domingo, 24 de enero de 2010

So you can cry me a river...




Cry me a river









Now you say you are lonely
you cried the long night through
Well, you can cry me a river
cry me a river
I cried a river over you.

Now you say you are sorry
for being so untrue
Well, you can cry me a river
cry me a river
cause I cried, I cried a river over you.

You drove me,
nearly drove me out of my head
while you never shed a tear
Remember?
I remember all that you said
told me love was to plebeian
told me you were through with me
and now you say you are lonely
well, just to prove you do.
Cry me a river
cry me a river
I cried a river over you.

And now, now you say you are lonely
Well, just to prove you do..
cry me a river...
Cry me a river
cause I cried a river over you.

You drove me
nearly drove me out of my head
while you never shed a tear
Remember?
I remember all that you said
told me love was too plebeian
told me you were through with me..

And now, now you say you are sorry
Well, just to prove you do..
Come on!
and cry me a river...
cry me a river
cause I cried a river over you

If my pillow could talk
imagine what it would have said
could it be a river of tears I cried in bed.
So you can cry me a river
go a head and cry that river
cause I cried, how I cried a river over you
How I cried a river over you...


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Esos descarriados lobos esteparios...


Hermann Hesse
"El lobo estepario"
Fragmento




¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre anacoreta en medio de un mundo, ninguno de cuyos fines comparto, ninguno de cuyos placeres me llama la atención? No puedo aguantar mucho tiempo ni en un teatro ni en un cine, apenas puedo leer un periódico, rara vez un libro moderno; no puedo comprender qué clase de placer y de alegría buscan los hombres en los hoteles y en los ferrocarriles totalmente llenos, en los cafés repletos de gente oyendo una música fastidiosa y pesada; en los bares y varietés de las elegantes ciudades lujosas, en las exposiciones universales, en las carreras, en las conferencias para los necesitados de ilustración, en los grandes lugares de deportes; no puedo entender ni compartir todos estos placeres, que a mí me serían desde luego asequibles y por los que tantos millares de personas se afanan y se agitan. Y lo que, por el contrario, me sucede a mí en las raras horas de placer, lo que para mí es delicia, suceso, elevación y éxtasis, eso no lo conoce, ni lo ama, ni lo busca el mundo más que si acaso en las novelas; en la vida, lo considera una locura. Y en efecto, si el mundo tiene razón, si esta música de los cafés, estas diversiones en masa, estos hombres americanos contentos con tan poco tienen razón, entonces soy yo el que no la tiene, entonces es verdad que estoy loco, entonces soy efectivamente el lobo estepario que tantas veces me he llamado, la bestia descarriada en un mundo que le es extraño e incomprensible, que ya no encuentra ni su hogar, ni su ambiente, ni su alimento."


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martes, 22 de diciembre de 2009

Ser lo que no tiene nombre




Ser lo que no tiene nombre







"Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos."


José Saramago



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De la necesidad (vital) de la ceguera...





De la necesidad (vital) de la ceguera...



«A veces necesitamos la ceguera y debemos permitir que ciertos errores y artículos de fe permanezcan intactos en nosotros mientras nos mantengan en vida.»


Friedrich Nietzsche



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lunes, 21 de diciembre de 2009

El sentido del amor: dar significado, exigir juramento…





El sentido del amor:

dar significado, exigir juramento…




"Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos,
ciegos que ven,
ciegos que, viendo, no ven."

José Saramago




No basta con que dos se dispongan de mutuo acuerdo a entregarse a los goces de Eros. En las cuestiones erótico-amatorias algo del pacto que alli se va tejiendo siempre parece ir “por más”…

En principio veamos la cuestión del sentido y significado que el amante “espera” sea otorgado por su amado.

El pacto de amor requiere que ambos partícipes concuerden en el sentido de “eso” de la “cosa” en que están involucrados. Pero como bien podemos anticipar, tal coincidencia de sentidos entre amante-amado no siempre acontece.

En principio, suponiendo que la mejor situación posible sería la de que ambos compartieran el sentido del pacto erótico en que se han implicado, tampoco esa “significacion unificada” ideal entre amado-amante pone un punto final y feliz a eso de sellar un pacto. Muy por el contrario: aún cuando ambos amantes se entreguen auténticamente por igual en la relación de amor, dijimos, siempre “se va por más”. El amor es también un animal omnívoro…

Iremos intercalando aquí algunas ideas de Jean-Luc Marion al respecto (Marion, Jean-Luc. El fenómeno erótico – Seis meditaciones. Ediciones literales, El cuenco de plata. Buenos Aires, 2005. Trad. Silvio Mattoni).



“La significación del otro se da por el contrario sin que nunca se vuelva una cosa disponible, sino en la medida que accede a abandonarse, en la medida en que se da cuando puede no darse. El otro se da diciendo que se da, como si se diera, y en tanto que puede no darse. El otro no puede dar su significación por sí mismo más que diciéndome, con palabras o en silencio, “aquí estoy yo, tu significación” no sólo en el tiempo, sino por un tiempo que me fija –por ende un tiempo sin demora, sin restricción ni límites asignables. La significación sólo se impone si se da sin prever que sea recogida, por lo tanto se da entregándose sin condición ni devolución ni prescripción. “¡Aquí estoy!” sólo le brinda una significación a mi intuición erótica atreviéndose a querer darse sin reservas, sin retorno –para siempre.”



Como podemos notar, el sentido y significación que se produce ante el implicamiento erótico-amoroso entre dos seres nunca es algo que se encuentre al alcance de la mano. El “sentido” que le atribuimos a un lazo erótico jamás es algo que está allí, disponible. Más bien podríamos decir que eso de “qué quiere decir para ti estar aquí gozando de este amor”, esa expectativa de sentido, puede tomar al menos cuatro modos de expresividad diferentes todos correspondientes a los esquemas tradicionales del amor:


1- El amante y el amado coinciden en dar un sentido-significado común a la experiencia erótico-amorosa que están vivenciando. En este caso estamos ante lo que Marion llama “significación unificada” (ya la analizaremos más a fondo, pues en verdad, pese a que suena como la opción más prometedora de felicidad, se las trae en términos de exigencias morales y de efectos de ilusionismo…).

2- El amado queda desbordado por la expectativa que el amante le precipita ante ese requerimiento o interrogación explícita o implícita acerca del sentido que tendría para él/ella dicha experiencia erótico-amorosa. El amado responde con la perplejidad, y el silencio. Se queda mudo, sin palabras. Como sea, queda claro que el sentido y significación que el amante esperaba oir no “vuelve” de boca del amado, no se produce esa expectativa de coincidencia en la significación.

3- El amado miente. Esto es, juega el juego de la inautenticidad conveniente. Dicho de otra forma: “dice” compartir la significación común con el amante, pero no es así. Digamos que se trata de un acto de engaño: el amado ajusta “medios a fines”. El amado no quiere renunciar a los beneficios de esa experiencia (llamese beneficios a tener buen sexo, sentirse acompañado, obtener bienes materiales, tolerar mejor la soledad, etc.) pero no quiere ser franco y decirle al/la amante que no comparte su sentido-significación dada a la experiencia pues supone anticipadamente (y tal vez, correctamente) que su amante se retiraría de la experiencia, perdiendo así el amado esos “beneficios” que tal relación le produce. Hay un cálculo de costo-beneficio en este “mentir” una significación compartida inexistente. El engaño de mentir un sentido que no es cierto hacia el amante, haciendole sentir a este último que se está compartiendo un significado común para la experiencia erótico-amorosa no suele tener buen final, aunque puede perdurar en el tiempo por un largo período dependiendo de “las artes de encantamiento” que el amado posea para mantener al amante en situación de ilusion compartida ficticia.

4- El amado es honesto y expresa que no comparte una significación común con el amante. Pese a ser una opción vivida de un modo más o menos doloroso por el expectante amante que aguardaba por esa ilusionante “significación unificadora”, generalmente en esta configuración hay una disyunción por la que optar: o resulta intolerable que el otro “no me ame ya-ahora-concidentemente” y la experienca se disuelve; o bien el amante decide esperar, dar un tiempo al amado para que tal vez pueda entregarse a ese sentido compartido que aún no siente dando paso a la “significación esperanzada” ("no me ama –aún- pero ya lo hará con el tiempo”). El amante se vuelve un “Ser de la fe”. Cree en un milagro de amor a futuro. Apuesta a construir lo que no se ha dado espontáneamente. Desde ya, nada garantiza que tal fe en la futura significación amorosa compartida se vaya a producir, siendo que si efectivamente nunca se produjera, el amante vivirá ese tiempo esperanzado de la espera como un tiempo perdido que no tardará en ser reprochado resentidamente al amado que no pudo entonces ofrecer nunca ese sentido por el que tanto apostó el amante creyente.




Como se puede observar, alcanzar ese “significación unificada” es casi, casi, una rareza estadística. Sucede. Sí, afortunadamente!!!! Pero no encontramos “a la vuelta de la esquina” a ese ser con quien arrojarnos en común a las miles de Eros con un sentido amoroso común, proyectivo, mutuamente compartido y potenciador. Y también discutiremos más sobre el final de este post las diferencias de pensar en una “significación unificada” propia de los modos tradicionales de concebir el amor, o qué sucede cuando se producen dos “significaciones autónomas cruzadas” que rompen los esquemas clásicos de entender la relación entre amantes.


Ahora sigamos la ruta propuesta por Marion, y veamos que acontece en caso de que, efectivamente, los dioses favorezcan los dados de la tirada erótica y –por Zeuz!!!- ambos egos acuerden en el significado erótico-amoroso:



“El otro no solamente debe entonces decirme “¡Aquí estoy!” en el momento, también debe prometerlo para todo momento venidero. No debe decirme la significación, debe prometérmela. La significación, la única que le permite a mi intuición que haga aparecer el fenómeno del otro para mí, surge como un juramento –o sigue faltando.”


Dijimos en el inicio de este post: nunca nada es suficiente en el amor. Siempre quien ama va por más…

Teníamos (rareza estadística mediante) el casi milagro erótico-neuroquímico-psíquico-existencial de que un otro y un yo (o digamos, dos egos) se entreguen en forma maravillosa y mágicamente en común a significar de igual modo una experiencia amatoria. Deberíamos darnos por satisfechos con tal magnificencia de los sentidos, con tal chance de potenciarse desde las spinozianas pasiones alegres… pero no. Queremos un poco más. Siempre. El amor es un fenómeno que no escapa a las regla de ambición. Más…

Entonces deseamos no solamente que nos deseeen, sino tambien que el otro decodifique la expectativa de sentido de lo que estamos viviendo de manera similar.

Pero también recordemos que ese “abandonarse” común al amar es ante todo un “dar”. Nos damos al otro en la medida en que el otro asimismo se da. Esta “dación” que se espera sea mutua no es cualquier clase de “darse”: necesitamos del otro que “nos diga” e-fec-ti-va-men-te que se está dando. Queremos su abandonarse, su entrega, pero no nos basta con el registro fantástico que los sentidos puedan aportarnos en ese goce, también deseamos que nos diga, con palabras de diccionario, bajo la forma del lenguaje hablado, que sí, que se está dando. Requerimos así, no solo la “significación unificadora” sino que esa significación sea dicha, sea verbalizada, sea apalabrada.

Y me detengo un poquito en esto de “apalabrada”.

La significación coincidente que espero del amado “debe” ser dicha, puesta en palabras. Pedimos al otro que apalabre –metafóricamente- lo sentido en común. Queremos los signos linguísticos que nos ratifiquen esa “comunidad” de sentido que estamos compartiendo con el amado. Somos animales del lenguaje, tenemos siempre esa hambruna suplementaria por la palabra hablada. Los poetas han llenado versos y versos con este exigente “dímelo…”, y también las cartas de amor, las canciones alusivas a la lírica del amor.

Ahora bien, supongamos que la siguiente tirada de los dioses sigue siendo favorable y que los dones de Afrodita siguen siéndonos ofrecidos. Supongamos que el amado “habla”, “palabrea” lo sentido por sus sentidos y lo hace auténticamente, y además nos ofrece la ratificación desde el lenguaje hablado:

“Heme aquí,
te soy dado
enteramente
al igual que tú te das
y soy yo
exactamente

ese mismo amor que tú esperas
que tú sientes
que tú significas”.



El asunto de las solicitudes no termina, ni poéticamente ni aca.
En esta dación que el amado me ratifica con su decir debe haber, también, una referencia a cierta temporalidad… infantil, casi: me amas y te amo sin demoras, ahora y aquí, pero también me amarás sin restricciones de tiempo, sin calendarios, me amas y me amarás ilimitadamente. Ilusión perenne? Sí. Demanda infantil de amor incondicional? Algo de eso tambien. Desde luego que se trata de una ilusión que toma la forma de una demanda. No es sólo el “dímelo” que destacáramos más arriba, es un tipo de “dímelo”: es “dímelo para siempre”.

Ahora ya no se trata sólo de un poner en signos del habla esa significación de amor común, de “apalabrar” en el sentido de transcribir lo sentido en signos del habla al oído del amante. Ahora estamos frente a un “apalabrar” en otra acepción del mismo verbo: el amante quiere que el amado comprometa su “palabra”, prometa, juramente de algún modo que esto mágico, sublime que es esa significación de amor compartida sea garantizada venideramente en forma indeterminada. El “dímelo por siempre” es solicitado bajo la forma de una promesa.



Paremos acá.
Empecemos a desenmascarar los filos peligrosos de este complejo anudamiento de solicitudes. Para comenzar, digamos que estamos ante una lógica imaginaria jugada en varios planos simultáneos:


-Esperamos que otro ser, otro ego diferente de mí mismo, posea una idéntica decodificación de una experiencia que sensorialmente es vivida desde dos cuerpos también diferentes y por ende, disímiles a la hora de transformar esas sensaciones eróticas y afectivas en representaciones-sentidos-significados. Si lo que significamos es más o menos común, lo es porque compartimos el vasto y a la vez restrictivo universo de los signos linguísticos que también más o menos (léase, desajustadamente) transcriben los sentires en palabras compartidas. De allí a expectar que dos egos diferentes “unifiquen” lo que significa para ellos de manera calcada una experiencia somática y emocional tan intensa como lo son las de tipo erótico-amorosas, estamos un poco lejos. La llamada “significación unificada” es una ilusión de sentido compartida vía la ficción de las palabras y los conceptos.

-Aún suponiendo que tanto amante como amado sientan algo intenso del orden del amor y el erotismo, lo que sí podrán ofrecerse auténticamente son significaciones cruzadas similares, pero nunca únicas, ni comunes, ni acoplables por identidad. Cada ego, entregado en una experiencia que sí les es común (lo no común es lo que se transcribe psíquicamente como representación dada a esa experiencia compartida) aportará la ilusión de la promesa, pero lo juramentado estará siempra basada en dos significaciones co-dependientes diferentes que ambos desean intercambiar, cruzar, intercalar.

-El amor no es un fenómeno que borre la diferencia entre dos seres, incluso hasta cuando esos dos seres se hallan en una “divina” experimentación amatoria intensificante y potentísima común, el sentido que den a lo vivido será singular. Sólo la ilusión de la palabra es lo que hace que esa experiencia nos parezca igualmente significable… y tal vez por esto mismo es que con tanto afán pedimos la verbalización del amor al amado!!! Es nuestro modo ilusorio e inconciente de crear una consistencia de sentido en una experiencia que dos egos siempre vivirán desde la autonomía de sus cuerpos, de sus mentes, de sus fantasmas, de sus historias singularísimas…

-El “dímelo”, esa exigencia de palabra, sutura cualquier diferencia, cualquier espacio de significación disímil que pueda haber entre el sentido que le atribuye a la misma experiencia el amante y el sentido que le atribuye el amado. Si ambos dicen “Te amo”, aparece entonces una designacion válida y obligatoria compartida humanamente que todos acordamos conceptualizar bajo la palabra “Amor”. El lenguaje “conjuga”, nos “cohesiona” con lo que una cultura y una sociedad entiende-impone-legitima como amor. Y el mismo lenguaje nos conjugará y cohesionará micropolíticamente con ese particular ser amado a traves de designaciones comunes. Y lo común me aporta un sentido compartido tranquilizador (“Tú y yo, ambos estamos sintiendo lo mismo”). La palabra tranquiliza vía la eliminación de esas rugosidades incómodas que son, nada más y nada menos, que las diferencias de sentido que el otro vivencia estando en la misma situación. Ese “te amo” borra súbitamente cualquier distancia de sentido que el amante o el amado posean acerca de su decodificación singular de la experiencia. “Te amo” es una verdad, pero es una verdad agradable en la medida que elimine lo diferente de ese “amar” y prepondere las semejanzas de sentido.


Producción de una doble ilusión?
Entre la designación (el “te amo”) y la “cosa” (la experiencia erótico-amorosa) no hay total concordancia. Las palabras son meras convenciones que simplifican los intercambios entre humanos, o los complican cuando nos damos cuenta de que la relación entre las palabra=designatum y las cosas no es unidireccional ni hay certezas en las designaciones ni hay cerrada correspondencia entre lo dicho y el fenómeno a que se alude.
La adaequatio que creemos oir en ese “Te amo” que deseamos sea el de un “te amo tal y como tú me amas a mí” es tan falaz como ciega a las diferencias de sentido. Y eso, señores, es liso y llano bálsamo ilusorio. Deseamos ser amados, pero bajo un patrón de identidad especular, y para creernos que eso sea posible el lenguaje nos viene de maravillas con sus ofrendas de correspondencias de sentido que nunca son tales. La designación “te amo” sólo cubre un muy limitado campo de sentidos compartido que nos resultarán suficiente si lo que queremos es la tranquilidad de un amor en espejo, inauténtico, pero garante de una igualdad de sentimientos y sentidos… ficticios.

El otro nunca se encuentra en condiciones de cubrir con su decir “te amo” el ancho campo de sensaciones, sentidos, deseos, miedos, esperanzas, temores, voluptuosidades, límites y torrentes emocionales que la experiencia erótico-amorosa le produce. En este sentido, ese “decir” del amor, ese “te amo” que a viva voz necesitamos oir del otro no es más que un empobrecimiento que el amado nos ofrecerá si lo comparamos con la magnitud de resonancias que la experiencia en sí misma le produce. Pero dado que somos hijos/as de la ceguera y el sosiego, buscamos y preferimos ese empobreciemiento en el que, al menos por un rato, abrazamos la tranquilidad de una identidad significatoria.

Los poco audaces –las mayorías…- se ahorran el vértigo de amar de cara a las diferencias y se paralizan de solo pensar por un segundo como sería eso de entregarse a una ética del deseo, un modo de significar estas experiencias intensas de la subjetividad como desafío tal que preserve la distancia y ponga a resgusrdo el valor de la autonomía personal. Prefieren, en cambio, el resentimiento que más tarde o más temprano aperece como consecuencia de vivir en la ilusión, la inautenticidad, y los efectos devastadores de una lógica hecha a medida de ciegos. .


Pero Marion nos abre aca, una otra perspectiva para vivenciar-decodificar el fenómeno erótico sin caer en esta tan poderosa trampa de las ilusiones, la identidad ficticia de sentires y las falsas ideas de significación compartida molarmente entre amante-amado:


“El fenómeno erótico consistirá, en cambio, en la significación única a la que van a adherirse dos intuiciones –porque cada uno de los ego le asegura por juramento al otro una significación única (...) ambos egos se realizan como amantes y hacen que aparezcan mutuamente sus fenómenos respectivos, aunque no por cierto conforme a una lógica imaginaria y unificadora- intercambiando o compartiendo una intuición común- que aboliría la distancia entre ambos, sino asegurándose recíprocamente una significación que viene desde otro lugar –prestándose al juego de un intercambio cruzado de significaciones, consagrando así decididamente la distancia en ellos.”


Quizá, sólo por convención deberíamos conservar la expresión dicotómica “amante-amado” pues desde el planteo de Marion, ambos se realizan como “amantes”, preservando la singularidad de lo que significa para cada uno de ellos ese “sentir amoroso” que no será ni calcado ni coincidente, sino libertariamente propio y transversalizado por la singularidades de cada uno. Habrá un requerimiento de promesa, pero no ya como un juramento que torne estática la experiencia, sino como un potente deseo de hacer perdurar la belleza de lo sentido. Se trata más que de un “prométeme”, de un “extendámoslo”: un deseo vitalista de que esa experiencia de mutua potenciación se amplie y prologue hasta el máximo de sus posibilidades.



Las significaciones que se den a la experiencia erótico-amorosa son siempre producidas desde el deseo, y el deseo es diferencia. Por lo cual, las significaciones que la dación amorosa entre dos seres puedan producirse siempre serán radicalmente diferentes. La mayor expectativa, la mejor de ellas en tal caso, es que tales significaciones se produzcan en el mismo plano de sentido. Ambos sentirán que están nadando en las aguas del amor. Pero cada cual sentirá esas aguas desde la soberana diferencia de su aparato sensorial, decodificará el placer de acuerdo a sus arcaicos mapas psicofísicos ya pre-constituídos, relanzará el deseo de volver a nadar en esas aguas desde disparadores propios que tendrán que ver con sus ansias singulares, su biografía, sus “series complementarias”. Y cada uno nadará con su propio estilo…

Las significaciones del amor son genuinamente diferentes. Dos que se aman, pueden optar por fundar un “creer” común que elimine estos incómodos rebordes en que el otro incomoda con su disimilitud. Como antídoto, invencionarán un registro imaginario tan común como frágil que deberá a su vez sostener un dispositivo de emparejamiento fusional y siempre idéntico a sí mismo para que todo el engranaje ficcional funcione. La otra opción es la que plantea intercambiar esas singulares-diferentes significaciones que cada uno de los amantes “introduce” en la entrega a la dación amatoria, sin eliminar la distancia, sosteniendo el compromiso desde la autonomía como modo de reafirmación de sí mismo, in summa, explorando un amar más real, libre, nutricio, un amar que ignore las exigencias de los que dicen hacer las cosas con “los pies en la tierra, sino un amar como si se tratara de volar de dos. Y me quedo pensando, como aún dándole vueltas a “la cosa” en aquellas palabras de Nietzsche acerca del sentido:


“No buscar el sentido de las cosas sino introducirlo”



Veremos en la próxima reflexión qué sucede con los requerimientos de certeza, la seguridad y el miedo a fallar (o a que el otro falle) en esa entrega amatoria.



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miércoles, 16 de diciembre de 2009

Amores Múltiples: aproximaciones a un fenómeno "cruzado"




Amores Múltiples: aproximaciones a un fenómeno "cruzado"






Querer ver a cualquier precio,
querer descifrar los enigmas de la naturaleza,
atreverse a decir la inconfesable verdad de que no hay verdad,
es exponerse,
como el intrépido Edipo,
a ser el más desgraciado de los hombres:
a perder la vista


Friedrich Nietzsche






Qué caracteriza al fenómeno del amor?
Pues sólo puedo ir aportando a este territorio que tan caro me resulta, una suerte de pensar desvalido, algo caótico (y ojalá, caotizante), un pensar múltiple acerca del amor.
Luego de haber dado algún seminario sobre este tema, hablar con colegas, alumnos y amigos del asunto, escucharlo desde el terapéutico y rico oído que aporta la clínica, y fundamentalmente de comenzar a escribir el armazón de lo que será algún día (quizá...) un libro sobre el tema, iré tratando de presentar desde aquí algunos de los ejes que, desde mi perspectivizado parecer post-metafísico y trans-moral, creo que deben componer un recorrido inevitable sobre el tema. Pese a todo lo anterior, y siendo que me instalaré en asuntos de Afrodita y quehaceres de Eros, iré afectuando estas reflexiones escriturales en forma pausada, lenta, con cierto sentido de la palpación. Después de todo, tratándose del amor, siempre se requiere hacer uso de las artes del buen tacto...




El amor, ese desafiante y conmocionante "entre"...

Jean-Luc Marion en “El fenómeno erótico – Seis meditaciones” (Ediciones literales, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2005. Trad. Silvio Mattoni. Pp 53-80.) sostiene que:


“El fenómeno amoroso no se constituye a partir del ego que soy; surge por sí mismo al entrecruzamiento en sí entre el amante (yo, que renuncio al estatuto de ego autárquico y aporto mi intuición) y el otro (que impone su significación al oponer su distancia). El fenómeno erótico no sólo aparece como algo común a él y a mí y sin un polo egoico único, sino que sólo aparece en ese entrecruzamiento. Fenómeno cruzado.”



Veamos entonces:

Estamos ante un “ego” (el ego del llamado “amante”) que pierde centro, justamente al cruzarse con un “otro” (ese otro al que llamamos “amado”).

El amor disuelve al Yo, al menos en sus acostumbrados espejismos e ilusiones de control: quien ama deja de controlar, pierde control racional sobre su suceder y su casi entera racionalidad (hasta entonces más o menos monárquica en lo que atañe a la toma de decisiones y a la determinacion casi central que imprime usualmente a los actos volitivos) decae, se empobrece, pierde poderío.

El acto de amar es un fenómeno de cruce: se produce en un “entre”, en un “en-medio”. Pureza borrosa de la bisagra.

J.L. Marion llama a este modo de aparicion y sensacion de amor “fenómeno cruzado”. No somos más "yo" ni "él-ella", sino una zona de borramiento.

Respondería el amor, por este mismo especto aquí descripto, a una cierta “fuzzy set logic” (una “lógica de conjuntos borrosos”)?

Probablemente.


Pensar el amor desde las coordenadas lógicas usuales es completamente estéril (para comprobar esto basta con que alguien trate de “hablar” en términos racionales con un amigo/a enamorado, lo cual resulta una tarea más extenuante y absurda que tratar de convencer a un psicótico de la irrealidad material de sus alucinaciones…).

El amor es, indiscutiblemente un asunto propio de la complejidad. De allí la posibilidad de aplicar algunas ideas y aportes de las teorías que se ocupan de pensar y analizar lo complejo. La complejidad del proceso amatorio es, ciertamente, siempre muy alta, no existiendo chances de aplicar modelos lógico-matemáticos precisos para comprenderlo. Y acordamos casi sin dudar también que el fenómeno amoroso es asimismo un proceso altamente no-lineal, encontrándose alli envueltas definiciones bastante imprecisas y conocimientos no estrictamente definidos cuando no directamente subjetivísimos.


La lógica de conjuntos borrosos podría colaborar a pensar un poco más apropiadamente esta “otra logicidad” que se establece en el amor? Quizá. Volvamos a tal fin al “fenómeno cruzado”, esa zona difusa “entre” que se constituye en el amor:

-Tenemos dos polos egoicos en estado de conmoción, dos yoes que ya no son tales por haber perdido buena parte de sus funciones y funcionalidades que poseían con anterioridad a quedar “atrapados” en esta fenomenalidad amorosa que los atraviesa y los resquebraja como unidades. Ninguno de los involucrados en el amor es "centro" sino que ahora el centro de cada uno no está, no "hay", o dicho de otra forma, en el amor el centro no existe o puede estar en todos lados, en cualquier cosa (literalmente). Cuando se ama, no hay cartesianismo que aguante…

-Los “yoes” en conmoción hacen que los sujetos involucrados deban ser pensados (ambos) no ya como ilusorias unidades sino como conjuntos identitarios cuyos términos definicionales se han vuelto inexactos, imprecisos. En otras palabras, aquello que decía "quién soy, quién era, cómo me comportaba, en qué creía" sufre una fortísima descentración copernicana. Una vez que la intensidad del fenómeno amatorio acaece, estas coordenadas de identidad, de comportamiento, de creencias, entran en un fuerte cuestionamiento casi, completamente involuntario.

-Si una subjetividad “caída” en un fenómeno amoroso es, por lo tanto, menos una unidad que un conjunto nebuloso (o borroso, o “fuzzy set”), las reglas que rigen esos fenómenos amorosos y a los enamorados allí envueltos serán reglas menos lógico-aristotélicas y más reglas difusas (o “fuzzy rules”).

-La llamada “verdad” (y por ende, la “falsedad”) en la que podemos pensar si microscopizamos tales fenómenos de Eros, tal vez deberían ser mejor analizadas a traves de conceptos como “vaguedad” o “borrosidad”. El amor nos lleva a bascular en ese "entre" (entre la verdad y lo falso, entre la imaginación y lo real, entre lo absurdo y lo lógico, entre el sí mismo y el otro, entre el desgobierno de las pasiones y el control de sí, entre la audacia y la conservación) porque estamos ante un modo del sentir que alberga todo lo múltiple a quien se arroje a sus aguas: el que ama es un ser en estado de resbalamiento, es un peregrino, y un rey, también un mendigo, un itinerante, un nómade, un dios, un exiliado, un pájaro, un anciano, un corcél, un niño, un pasajero, un caprichoso, un animal, un fantasma, un fugitivo, un sabio, un loco, un enfermo, un mago.


Entonces, qué queremos decir aquí cuando aludimos a la “borrosidad” en el amor?
Queremos decir con esto que para aquellos capturados en ese “fenómeno de cruce” que es enamorarse, las proposiciones, percepciones y representaciones pueden ser parcialmente y al mismo tiempo verdaderas y falsas. Esta simultaneidad (que pone los pelos de punta a los adoradores de las precisiones veritativas) hace que las disyunciones se vuelvan inclusivas (cuando amamos todo lo que tenga que ver con universo tramado entre el amante y el amado puede ser del orden de "y...y..."). En el amor, lo verdadero y lo falso sucede en forma simultánea: nada es cuestión de absolutos, todo es cuestión de grado.


El enamorado es un ser más rizomatizado que el ser "normal" no capturado por la fenomenología amatoria. Amar des-normaliza. Desde lo antiguos hasta nuestros días aún utilizamos la nítida expresión de "perder la cabeza". El que ama vive esa "extrañeza" de asistir a un cambio intenso, transmutador del mundo y de sí. Vemos otro mundo habitando dentro de este. Amar, altera.

Por esta misma causa, insistimos en decir que quien ama es un auténtico ser rizomático: habita el amor como se habita un pliegue. Y en ese espacio-tiempo de Eros los amantes han de replegarse y tambien "desplegarse". Han de adquirir fuerza y alegría de la fuente de la potencia, pero también sufrir ciertas de-potencias que los llevarán a dormir en los umbrales de la aflicción y la desazón de las pasiones tristes. Quien ama ha de desear transterrarse posesivamente en ese territorio que es la vida-cuerpo del amado y a la vez, por momentos, ha de desear apartarse, reservarse para sí mismo, desterrarse de lo amado lo más desapegadamente posible. Los amantes han de circular por lo estable, lo repetitivo, por la amalgama de sus iterāre y habrán de lidiar al mismo tiempo con el vértigo, la incertidumbre, lo inesperado. Caminan en una cornisa: un lado ofrece la poco fiable pero imprescindible garantía de la "promesa de amor", mientras que el otro lado del abismo los mira la amenaza potencial del averno que abriría en el pecho el posible dolor de la traición y/o el fin del lazo erótico-afectivo. Los que aman siempre han sido -correctamente vistos- como los más acabados funambulistas de la historia de las pasiones, y sobran razones y tragedias para legitimar esta "visión" del amante.

Siempre se trata de cruzamientos, empalmes, concurrencias, "entre", bisagras, intersecciones, superposiciones, convergencias al borde de lo divergente...


El amor, en su borrosidad lógica, nos expone a los avatares de la constante “bivalencia”. En ese inesperado cruce con el otro, en ese "fenómeno cruzado" que impone el enamoramiento nos arrojamos a la vez a inciertas relaciones de conexión o continuidad con lo amado. Al amar, cruzo mi ser-amante con el otro-amado tanto como se entreveran mis flujos, mis líneas de fuerza, mis potencias, mi micromundo. Vaya entrega!!! Y vaya miedo..!!! Y el devenir de esa resultante a la que llamamos "amor" tomará las direcciones imprevistas que adquieren dichas conexiones.


Agreguemos que la métrica del amor nunca se escribe sobre una topología de la linealidad. Tampoco hay nada (absolutamente NADA) que ligue al amor con las trascendencias metafísicas. Esto implica un duro golpe a una de las mayores illusĭo del amor romántico-moral: no hay ninguna raíz en el amor que nos funda a nada eterno... a excepción de nuestras más infantiles creencias. Ni amar es eterno, ni eternizable es nada que provenga o devenga del amor. Esta falsa fundamentación metafísica del amor -que sin embargo aún cobra creyentes día tras día, más que los que malamente acumulan las decadentes religiones...- deja al pensador del amor en una suerte de (feliz y abierta!) horfandad de categorías con las que tratar de elucidarlo: ya no podemos apelar a la eternidad, pero tampoco a la fidelidad moral, ni a la idea de "almas", ni a ninguna de las nociones o ideas con que hasta ahora se habían analizado los asuntos amatorios.

Amar se escribe en y desde las líneas de fuerza de los cuerpos mismos. O mas bien, es como si se tratara de graficar signos en el agua, en una suerte de cuerpo-de-agua cuya materialidad es líquida, inasible, De alli la borrosidad y vaguedad propia con que este fenómeno se vivencia y siente: opera en los cuerpos, pero en su materialidad líquida (diríamos, en las vísceras? en los fluídos? en la sangre?) y en todo caso, atraviesa por completo ese continente a-tópico y ubiquo que es el psiquismo, la líbido, los deseos.

Para quienes lo hemos vivido, sentido y, ahora, tambien pensado, lo múltiple es una categoría indispensable del amor.
Son múltiples las relaciones activas y pasivas que se componen en torno al amar, y estas relaciones (en todos sus distintos niveles e interacciones) son siempre a la vez múltiples creadoras de significaciones para quienes se encuentran vertidos y habitados por esa intensa experiencia del sentir. Y lo que se siente es, indudablemente, tan inmensamente múltiple...


Espero en un proximo post, presentar algunas ideas acerca de cómo pensar desde la perspectiva de la complejidad "cómo significan" la experiencia del amor en forma diferenciada el amante y el amado. Hasta entonces, y mientras tanto, que la pródiga Afrodita los acompañe!

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Nuestra maravilla _ La Gaya Ciencia (Nietzsche)




«¡Perder por una vez
el suelo bajo los pies!
¡Flotar!
¡Extraviarse!
¡Enloquecer!».



Aforismo 46 ("Nuestra maravilla")
"La Gaya Ciencia"
Friedrich Nietzsche


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sábado, 5 de diciembre de 2009

Del caos y las estrellas danzarinas - Nietzsche



Del caos y las estrellas danzarinas



Y Zaratustra habló así al pueblo:

Es tiempo de que el hombre fije su propia meta. Es tiempo de que el hombre plante la semilla de su más alta esperanza.

Todavía es bastante fértil su terreno para ello. Mas algún día ese terreno será pobre y manso, y de él no podrá ya brotar ningún árbol elevado.

¡Ay! ¡Llega el tiempo en que el hombre dejara de lanzar la flecha de su anhelo más allá del hombre, y en que la cuerda de su arco no sabrá ya vibrar!

Yo os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. Yo os digo: vosotros tenéis todavía caos dentro de vosotros.



Así habló Zaratustra - Prologo 5

Friedrich Nietzsche


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(*) El resaltado en negrita es mío.

El silencio soberano del convaleciente




El silencio soberano del convalesciente



"Cuando los animales hubieron dicho estas palabras callaron y esperaron a que Zaratustra les dijese algo; mas Zaratustra no oyó que ellos callaban. Antes bien, yacía en silencio, con los ojos cerrados, semejante a un durmiente, aunque ya no dormía: pues se hallaba en conversación con su alma. Pero la serpiente y el águila, al encontrarle tan silencioso, honraron el gran silencio que le rodeaba y se alejaron con cuidado."



“El convaleciente”
Así habló Zaratustra
Friedrich Nietzsche


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Image:
Scott Sterling
"Eagle Serpent"
2006
(acrylic)
www.scottsterlingart.com

El silencio es el último refugio de la libertad






"El silencio es el último refugio de la libertad"

Michel Campiche
Escritor suizo
1922




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Imagen: Símbolo Kanji de "Libertad"