miércoles, 28 de marzo de 2012

Apariencias de libertad - Emile Cioran



Apariencias de libertad






"No se pide la libertad, sino apariencias de libertad.
Por tales simulacros el hombre se esfuerza desde siempre."



Emile Cioran
"Pensamientos estrangulados" en "El Aciago Demiurgo"
(1969)


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lunes, 26 de marzo de 2012

Y cómo llegar a ser lo que se es…








Y cómo llegar a ser lo que se es…





 "... porque en el hombre la voluntad de vivir se ha elevado a la voluntad de vivir libre."
 Henri Bergson




"Llegar a ser lo que se es" (Wie man wird, was man ist), decía allá por 1888 un Nietzsche al borde del desquicio escribiendo con ardor desesperante su obra “Ecce Homo”.

La frase interroga directamente al ser, a quien se es,  de quien se parte, a quien se llega a ser. 

El ser como posible punto de llegada que sin embargo, no necesariamente emerge de un preciso punto de partida. 

Nacemos hundidos en un misterio mezcla de azares y maravillosas coincidencias biológico-genéticas: otro rulo en la misma hélice de ADN y esto que somos no hubiera sido sino muy otra cosa.  Emergemos a la vida como precipitado de una trama que nosotros mismos ignoramos, que nos antecede, nos atraviesa en planos orgánicos y simbólicos, trama inaccesible que nos relata antes de tomar contacto, incluso, con nuestro nombre propio. Nuestro origen, esa rugosa intersección de caracteres y signos pletóricos de uniqueness, es inevitablemente un punto de fusiones identitarias desconocido en gran medida. Sólo una pequeña porción de ese origen germinal nos es revelada parcialmente mediante la reconstrucción rememorativa -y siempre algo traidora a lo real acontecido-  del relato de origen. Este, siendo como es "relato", viene preñado de cierta distorsión y arbitrario rearmado de aquel real troquelado inasequible en que nos originamos.  Nacemos presa de un territorio que está marcado por lo ignorado, lo incompleto, lo impenetrable. Devenimos una identidad  configurada a partir de un inicial orden espontáneo...
 

Entonces, primera pregunta: cómo llegar a ser lo que se es con tales huellas de desconoceres de los que justamente procede lo que somos? Puede una ontología radical de sí realizarse con esa singularidad original de la que apenas sabemos tan pero tan poco?


Quién quiere llegar a ser lo que se es? 
Más aún, quién “puede” llegar a ser lo que se es?
Pues quien desee ser su más finamente tallado sí mismo, aceptando incluso sus misterios. Los misterios originales y los que hayan devenido en el decurso de su existir. Una cosa parece clara: este trabajo de darse a sí mismo un “ser”  exige tanto una voluntad de saber férrea como una aceptación de las incógnitas que nuestra identidad y nuestras acciones guadan en el secretismo  de sus pliegues.  Desconocemos y desconoceremos de nosostros mismos mucho más de lo que conocemos  (o creemos  conocer...). No nos sabemos. No sólo poseemos bastante poco "relato" respecto de nuestra llegada a este mundo, sino que mucho de lo hemos hecho en nuestro tiempo vivido como seres concientes (nuestras acciones voluntarias,  digamos) las hemos cubierto con el manto justificatorio de un libre albedrío que tiene poco de “libre” y abundante de determinado. Somos libres para elegir? Sí, definitivamente sí. Pero en una medida mucho más limitada que lo que pre-suponen nuestras desproporcionadas ansias de control residualmente cartesianas.    

Volvamos a la pregunta: quién quiere llegar a ser lo que se es?
En principio aquel que así lo desee con toda su fuerza. Aquel que, en efecto, resuelva que todo su deseo será puesto a disposición de esa andanza ontológica infinita, incierta, pero memorable que es ser acabadamente quien se sea. Apuesta radical si las hay, pues conlleva el coraje de tomarse a sí mismo como dura materia a esculpir, a trabajar, a develar en forma constante y sin excusas. Sin claudicaciones, sin recesos ni demoras darse a ser escultor excluyente y exclusivo de la propia subjetividad, del más personal individualismo. Pulido artesanal donde lo vivido -e incluyo como parte de "lo vivido" a la muerte- es siempre por mano propia. Cada vida se curte en conectividad con otras vidas,  no cabe duda de esto, pero finalmente siempre es asunto de sí y para sí cuando de lo que se trata es del delicado ejercicio de darle forma  reflexiva y conciente a quien se va siendo. El resultado final (un yo ficcional e insustancial? una mota subjetiva más que se diluirá algún día como materia inerte en la  voraz infinitud de un universo sin finalidades que ignorará nuestro nombreyapellido, lo que  hemos amado, lo que hemos llorado, lo que hemos comido, lo que hemos soñado?) es relativamente poco relevante. Lo que cuenta es qué hemos hecho de nosotros mismos enmedio, qué ética de sí coherentemente libertaria nos supimos crear en ese proceso... cómo supimos bailarla on the road...       

Llegar a ser quien se es implica llevarse a uno mismo al extremo de sí. 

Entregarse a configurar la propia individualidad con lentitudes y/o rapideces, pensándose en la misma medida que sintiéndose. Pensarse sensiblemente, siempre. Sensibilizar lo pensado. Juego sólo jugable para jugadores no sólo avezados en las artes de la introspección sino entrenados en gastar la suela de las vivencias intensas. Pensarse bien y a fondo es, en alguna medida, un arte inseparable de gastar la vida, consumirla con ligeras regulaciones respecto de la prudencia (insisto, ligeras), quemarla sin mucho otro miramiento más que hacer honor a esta loca excepción de las  probabilidades que ha sido nacer, estarse vivo -y más aún- gozar de una conciencia de esa vitalidad que nos es dada por única vez ahora y por no sabemos cuánto tiempo más puesto que la vida  que late  y sabe de su latido es cosa extremadamente frágil e imprevisible.

Claro que, también se puede existir aferrado a las prudencias, los recorridos controlados, las uniformidades, el apego estricto a lo conocido, la norma. Una existencia vivida sin las suelas gastadas  y sin grandes ejercicios de excitación sensorial puede dar como resultado, igualmente, una monumental obra de pensamiento, tan grandiosa como una majestuosa flor artificial. Se me ocurre, por ejemplo, la vida, decadencia y muerte de Kant como un espejo en el que mirar este tipo de superproducción del pensar incapaz de darse a la intensidad desordenante de las fluencias vitalistas y sin embargo creadora de un descomunal edificio de ideas… disecadas.

Llegar a ser lo que se es implica, asimismo y por ser una tarea móvil y movilizante, una tolerancia a las variaciones de velocidad. Construirse a sí mismo -dado que consiste en un trabajo de por vida- implica estarse en movimiento. Y ser conciente de que somos y estamos hechos de  alegres y conmocionantes movilidades-movimientos-fluencias, y también de tristes zonas de estancamiento.
 
Pensarse a sí, vivirse a sí mismo, matarse a sí mismo, contravenirse, reflexionarse en dirección inversa a la de la comodidad aprehendida. Sí, porque también es preciso asesinar aquello de uno mismo que ha envenenado, restringido, contraído, desvitalizado lo que se es. 
 

Pensarse a sí mismo es ordenar las representaciones, reordenarlas en nuevos órdenes, e incluso en determinados momentos, atreverse a desordenar lo que ya dimos por representado.  Ese pensar sobre sí mismo a veces se hace a ritmo lento, otras sufre fabulosas aceleraciones, e incluso padece del mismo modo aletargamientos cercanos al inmovilismo. 

Arriesgo como idea que a cada modo de ordenar el flujo continuo de representaciones le corresponda, por decirlo de algún modo, una “estación” propia del pensamiento: llamaría a esto los "tempi de la individualidad". Así, a veces pensaremos aceleradamente, a un ritmo allegro. Otras el pensar se demora, andante, menos dispuesto a la rápidez y más a una animada  serenidad sosegante. Otras veces transitamos letargos existenciales consonantes con un pensar cuyo ritmo oscila entre el adaggio y  el larghissimo. Y hasta en ciertas ocasiones puede que nos quedemos tan quietos que  casi rozamos el silencio del pensar, que no llega a ser ausencia de éste sino un repliegue hacia una  nadeidad que no logra munirse de suficientes signos como para enlazarse en palabras que la relaten.  Finalmente me resulta preciso incluir lo que en la tradición búdica y las prácticas orientalistas aparece como un tempo no parido por la rítmica occidental que es aquel propio del cese de la mente, punto de quietud absoluta en el que se detendrían no sólo el pensamiento todo sino el flujo mismo de representaciones. Estado de no-mente, no-acción, no-sujeto, nada sosegante. Quiebre final de las gramáticas en el cual se produciría un completo borramiento evaporante de la condición de ser que deviene página en blanco donde se elimina toda representación.  Y hasta quizá deberíamos agregar –como metafórico contrapunto de este último modo de la acción y el pensar que es la no-mente- al grito. Gritar,  esa llama quemante que hasta puede escapar incluso a la palabra misma aunque no por ello deja de erguirse como punto cumbre de una representación desesperante, exasperante, tremendamente agitada en su carne viva.      


Llegar a ser lo que se es constituye un estarse en movimiento constante y a la vez discontinuo: la vida en su persistente devenir es forzada a dejarse atrapar por las discontinuidades de las formas.  El  devenir es por definición siempre discurrente, y sólo son nuestros tempi pensantes los que fuerzan a ese devenir a solidificarse en formas individualizantes y representacionales que lo expresen. Vivir y pensar lo vivido.  Entrega al devenir y humana necesidad de sujetarse a formatos que relaten lo que nos ha acontecido y acontecerá. Trágica tensión dionisíaco-apolínea en la que se cuece la piel  profunda de cada existencia.

Y en todo ello, en medio de todo ello, el cuerpo. El cuerpo y la libertad radical de vivirse autogobernadamente.


El cuerpo propio,  un nodo ineludible y absoluto para todo ser,  pero a la vez  sede de lo inestable y lo relativo. Cuerpo que define lo que cada quien podrá o no podrá hacer de sí, consigo mismo, con los otros, con los objetos, con el mundo. Las afecciones, las pasiones, los deterioros, las fuerzas, los debilitamientos, los entornos, los sufrires, las delicias imprimen alteraciones y efectos a ese movimiento que cada cuerpo puede (o no) realizar.  Siempre se tratará de llegar a ser quien se es desde un cuerpo determinado. Cuerpo infinitamente singular y singularizable que será basamento desde el cual partir (y retornar) para practicar esa afirmación construyente de sí. Cada corporalidad (y su consecuente individualidad) constituirá el foco primero y último de esa travesía desmapeada que es trabajarse, elaborarse activamente como ser.  
                              
Para quien quiera, pueda, desee, la poderosa arcilla de la subjetividad siempre estará allí, dispuesta  a re-encontrarse con la semilla de sí mismo. 


En el camino  no sólo hay que hacerle frente a las temporalidades poco uniformes sino a los temporales del devenir. 
Y también hay que patear varios traseros, aprender técnicas funambulistas, restarle legitimidad a muchos mandatos tan imbecilizantes como inmovilizantes, amigarse con algunas sombras propias, matar todo lo muerto que carcoma la piel desde adentro… y tener cierta condición cardíaca tolerante con los vértigos. In summa, anarquizarse sabiamente.


Para quien desee llegar a ser lo que se es, el resultado es definitivamente incierto y relativo.  
La peripecia sólo promete una certeza embriagadora: en cada aventurero que se entregue a tal empresa se ha de mantener intacto su espíritu libre.

Y en tiempos cuya plaga de mediocridad diezma de a millones,  tal certeza libertaria no es menuda cosa..!      


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lunes, 12 de marzo de 2012

La marea del tiempo (regressus in infinitum)



 La marea del tiempo
(regressus in infinitum)



  "Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. 
No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, los dos.”




Jorge Luis Borges
De “El jardín de senderos que se bifurcan
Ficciones, 1944
(en "Borges Obras Completas", vol. 5, Sudamericana, p. 94)


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miércoles, 8 de febrero de 2012

Last request - Paolo Nutini (letra en inglés y español)


 My last request....











Last request
(Paolo Nutini)


Slow down, lie down,
Remember it's just you and me.
Don't sell out, bow out,
Remember how this used to be.
I just want you closer,
Is that alright?
Baby let's get closer tonight

Grant my last request,
And just let me hold you.
Don't shrug your shoulders,
Lay down beside me.
Sure I can accept that we're going nowhere,
But one last time let's go there,
Lay down beside me

Oh, I've found, that I'm bound
to wander down that one way road.
And I realise all about your lies
But I'm no wiser than the fool I was before.

I just want you closer,
Is that alright?
Baby let's get closer tonight

Oh, baby, baby, baby,
Tell me how can, how can this be wrong?

Yeah, lay down beside me.

One last time let's go there,
Lay down beside me






Ultimo pedido
(Paolo Nutini)


Desacelera, recostate
recuerda que sólo somos vos y yo.
No nos traicionemos, ni renunciemos
Acordate cómo esto solía ser
Sólo te quiero más cerca
está bien?
Nena, quedémonos más cerca esta noche.

Accede a mi último pedido
y solamente dejame sostenerte
No encojas los hombros
Recostate a mi lado
Seguramente puedo aceptar que nosotros no vamos a ninguna parte
pero por una última vez vayamos allí
Recostate a mi lado.

Me he dado cuenta de que estoy destinado a transitar
ese largo camino de ida
y a darme cuenta de todo sobre tus mentiras
Pero no soy más sabio que el tonto que fui antes
Sólo quiero hacerte saber algo, está bien?
Nena, quedémonos más cerca esta noche.

Nena, nena, nena
decime cómo puede ser esto algo equivocado?
Recostate al lado mío
Por una última vez vayamos allí
Recostate al lado mío.


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jueves, 2 de febrero de 2012

Bailemos mientras tengamos pies - ("Tomorrow" - David Budbill)



Tomorrow
David Budbill



Tomorrow
we are
bones and ash,
the roots of weeds
poking through
our skulls.
Today,
simple clothes,
empty mind,
full stomach,
alive, aware,
right here,
right now.
Drunk on music,
who needs wine?
Come on,
Sweetheart,
let’s go dancing
while we’ve
still got feet.





"Mañana"


Mañana
somos
huesos y cenizas,
las raíces de los yuyos
asomando a través
de nuestras calaveras.
Hoy,
ropas simples,
mente vacía,
estómago lleno,
vivos, alertas,
aquí,
ahora.
Embriagado de música,
quién necesita vino?
Vamos,
mi amor,
bailemos
mientras
tengamos pies.





David Budbill - Poeta y escritor
Ohio - 1940
(traducción made in me


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Miles to go before I sleep - Robert Frost






 Miles to go before I sleep 
Robert Frost




The woods are lovely, dark and deep.
but I have promises to keep,
and miles to go before I sleep,
and miles to go before I sleep.



Los bosques son bellos, oscuros y profundos
pero me quedan promesas que cumplir
y millas por delante antes de dormir,
y millas por delante antes de dormir.




Robert Frost
(Poeta / San Francisco, 1874 - Boston, 1963) 


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martes, 31 de enero de 2012

Dormir, esa práctica con la otredad...




Dormir, esa práctica con la otredad...



¡Morir..., dormir, no más!
¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón
y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne!
¡He aquí un término devotamente apetecible!
¡Morir..., dormir! ¡Dormir!...¡Tal vez soñar!

Hamlet”
Monólogo (Acto II – Escena I)



Los antiguos consideraban que, mientras estamos con vida, sólo los sueños nos acercan a experimentar la cesación mortal. Alejados de la conciencia, sin respuestas motoras, sin volición ni reflexión racional nos sumergimos en vida en lo otro...

Todos soñamos. Todos finalmente morimos.
Y si, al decir de Séneca “aequat omnes cinis” (la ceniza iguala todo), dormir también nos restituye a uno de los pocos territorios de igualdad humana comprobable: soñar.

Soñar es nuestra verdadera “otra” vida imbricada dentro mismo del existir.
Si decíamos en otro post que los muertos parecen durmientes perpetuos, podremos igualmente decir que los que duermen parecen muertos. El sueño, una muerte finita que sólo habitamos haciendo cesar, no la vida, sino la razón.

Si los sueños son nuestra principal experiencia con la otredad (y la muerte es el máximo de ajenidad que alguna vez experimentaremos puesto que al morir nos des-asimos de absolutamente todo lo que hemos sido), se entiende mejor porque siempre se imagina la muerte con un “territorio otro” donde los difuntos finalmente hallan un hipotético lugar extraterrenal donde descansar.

Así como partimos cada noche al mundo de los sueños, nuestro ánimo y lógica infantil (nunca del todo totalmente superadas tengamos los años que tengamos...) pareciera querernos consolar de las pérdidas analogando en la mortalidad una ida a una “otredad” alterna de esta vida. El Hades, el cielo, el paraíso, el eterno más allá. Pero que el consuelo sirva y sea efectivo no le da a éste estatuto de verdad.

Imaginamos en nuestras fantasías consolatorias que quien muere se encuentra en “un lugar mejor”.
La muerte sería, desde esa metáfora postmortem, una mejoría respecto de la enfermedad, el dolor, el sufrimiento, la angustia, el deterioro, el mal que se ha atravesado en la prisión corpórea de esta existencia. Demasiada carga platónica, para mi gusto, para un proceso de desgaste de la materia inscripto siempre en el ciclo ineluctable al que está sometida aquella.

Del mismo modo pareciera que los sueños, en algunos sentidos y bajo determinadas circunstancias, nos “mejoran”.
O bien porque nos realizan los deseos, o bien porque nos dan pistas imprecisas -pero pistas al fin- para capear los temporales que dejamos pendientes en el pasado o los temblores que nos deparan algunas decisiones que envuelven a nuestro futuro.

En los sueños el deseo se entrena, los terrores se escenifican, las angustias se teatralizan locamente, los anhelos vuelan y nos hacen sentir cómo sería ese batir de alas en el aire. E incluso, la muerte llega en nuestros sueños de formas tan inexactas como pesadillezcas... pero nos da la chance de despertamos de ella.

Dormimos, soñamos... entrenamiento tanto de la máquina deseante, como de las escenografías de la muerte (Eros y Tánatos parecen nunca perderse de vista uno al otro). 


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Y Epicuro dijo: “-Cuando la muerte te suceda tú no estarás allí”



Y Epicuro dijo: 
“-Cuando la muerte te suceda tú no estarás allí





No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda.”


Woody Allen



La muerte es irrelatable en 1era. Persona.
No hay relato propio de
"mi-vida-sin-mí".

Cuando ella nos llegue, nosotros estaremos apagamos.
Esto equivale a decir, en sentido estricto, que cuando la muerte se nos manifieste como tal ya no estaremos ahí (tal como decían los epicúreos). Desde este punto de vista, la muerte es asunto indiferente para el que muere.

Morir es hacer morada en la nada.

En la muerte no hacemos más que retornar al infinito mar de la inexistencia. Por eso nos angustia la propia finitud, porque intuimos la nadeidad de la que alguna vez azarosamente emergimos y pacientemente sin fecha revelable allí mismo nos espera para envolvernos con el eterno manto del vacío.

Misterio supremo e incertidumbre fatal la del instante en que acontecerá el propio morir.
Signo secreto que se guarda la semiología del futuro dormida en las esquinas de lo irrevelable.

El propio morir es un salto hacia otras tierras gramaticales: sin Yo, ni sujeto, ni cuerpo, ni narrador presencial. Fin del sujeto. Inicio de predicados tácitos. Todo se volcará a nombrarnos en conjugaciones pretéritas. No más presentes ni futuros simples ni compuestos.

De la muerte sólo podemos ser o dolidos testigos, o silenciosos alumnos, o semianestésicos observadores dependiendo del lazo o representaciones que nos unan con aquellos que van partiendo de esta existencia.

Así, la muerte sólo es reflexionable si toma como sujeto/objeto de sus silogismos al otro, en 2da o 3ras personas, como alguna vez bien me hizo notar mi amiga Ale Rudeschini en sus reflexivas indagaciones tanáticas.

Son “ellos”, “vosotros”, “él”, “ella”, o “tú” quienes mueren y pueden aún ser citados por mi propio pensamiento e invocados desde los sentires del desapego.

Un “Yo” que muere es un fin de relato donde se apaga el verbo propio y se disuelven las sintaxis de la voz propia.

Irse es aceptar disolverse en cuerpo, carne y gramática sin poder testimoniar ya acerca del acto mismo de disolución.. 



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Partir a tiempo




Partir a tiempo




“La única muerte digna es la que proviene de tu propia decisión,

los demás solo sobreviven su final”



Abel Desestress



La muerte me desgasta, incesante.”

Jorge Luis Borges




Si la muerte es la desadherencia última, cuando se trata de conjugarla en primera persona cómo saber si es tiempo o no para partir hacia ese desapego final?

Es posible entrenarse/prepararse para partir de este mundo lo mejor posible tal como lo hace el protagonista de “Les Invasions Barbares”, Rémy, cuando ha sido diagnosticado con cáncer terminal e intenta con sus amigos y seres queridos hallar -mientras dure la lucidez- un modo singular de dar forma al final de su vida?

Cómo saber, casi con certeza suicida, si es momento de irse?

Cómo desaferrarse de esta maravilla que es la excepción de estar viviendo?

Cómo negar la voluntad de vida que pulsa por hacernos permanecer, por hacernos perseverar en la existencia?

A veces se puede dar una suerte de planificación final a nuestro existir.
Ética y práctica del buen morir, que para ser tal, debe .
Ultimo timing en el que hay que poder disponer no sólo de una conciencia que lúcidamente escoge un autoaniquilamiento dignificante, sino la presencia de un contexto que permita-avale-contenga esa subjetiva determinación que intenta mapear su propia cesación. Menudo desafío.
Otras veces esa estrategia para la última despedida es irrealizable, incluso, pese a la declarada voluntad conciente que haya tenido en otro momento previo el que agoniza pues no siempre es controlable el contexto de un final de vida y muchas veces sucede que se queda preso de semiarbitrarias circunstancias relativas al proceso “técnico” e institucionalizado de morir. Tubos, máscaras, fluídos a préstamo, máquinas contabilizadoras de latidos y suspiros, manos tan expertas (o no siempre) como desafectivizadas (o no siempre), y toda una artillería artificial que termina ensañándose con un cuerpo que ya ha perdido casi por completo la posibilidad de experimentar concientemente las plenitudes vitales y que sólo pervive gracias a todo ese stock de tecnología y la suma de fuerzas impersonales.
La perdurabilidad sin estado de conciencia ni voluntad insiste en que los sistemas se mantengan en “on” maquínicamente, sin hacedor ni deseo vívido ni impulso reflexionante. El “quien” vira cada minuto un poco más hacia el lado de un “que”. Quien se era ya no es es, y en esa irrecuperabilidad persistir respirando es asunto más propio de aparatos de guerra contra la muerte que de vida que anhela ser vivida.
Los hospitales y clínicas acopian a diario agonías que nada tienen de gallardas, como diría Porfirio Barba-Jacob. La muerte tarda, o se la hace tardar, y en esa demora el agonizante pervive aunque la mismidad se desquicie y la identidad se diluya hasta dejar al ser en estado de sobras de lo que alguna vez ha sido.
Sombra de sí antes de ser ya ni sombra.

No hemos manejado nuestra entrada a la vida, es cierto.
Nuestro nacimiento no ha contado con nuestra voluntad planificadora.

Pero sí es asunto preferible (si se puede) decidir los modos de salida.

No podremos cambiar las reglas naturales, es cierto, pero la impronta personal no debería ausentarse en el final del juego... es bueno morir a tiempo, gallardamente.




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La muerte, ese último igualitarismo despiadado




La muerte, ese último igualitarismo despiadado






Las manos que dicen adiós son pájaros que van muriendo lentamente... “

Mario Quintana





La muerte es ese instante inerte que se precipita luego de respirar el último exceso de vida que nos queda. Dionisos es, finalmente, derrotado por Tánatos.

La fuerza de ese respiro final que da el agonizante es la última forma en que se manifiesta su tremenda voluntad de aferrarse a lo viviente. Ese conatus del que hablara Spinoza, esa fortísima voluntad de vida que nos acompaña hasta que cesamos de existir es el último eslabón que encadenará a un ser con la biografía de su final.

Cada final de vida es el cierre de una novela personal e individual tan inextricable como inabarcable.

Y en esa novela personalísima que componen los mapas vitales transitados por cada quien, la muerte siempre nos parece algo temprana. Para los que tenemos el privilegio de seguir quedando siempre nos queda una sensación de “por qué” ante una muerte. Probablemente sentimos esto aún en los ancianos que han llevado una larga vida porque uno puede percibir siempre alguna inconclusión, algún pequeño obrar que quedará pendiente, felicidades y disfrutes que nunca hubieron de llegar ni habrán de hacerlo. Si quien muere es alguien demasiado joven, esta temprana aparición de la muerte hace que nuestra sensación de inmerecimiento se acreciente aún más. Querríamos que algunos hayan tenido unos granos más de arena antes de que la Parca les diera vuelta violentamente el reloj. Como sea, la muerte es símbolo de un igualitarismo despiadado: frente a ella, todos nos presentaremos con la misma inerme desnudez.

Para los que permanecen, muchas veces sucede que los invade -en distintas proporciones- el “Síndrome de lo pendiente”: esa necesidad de que haya habido un-poco-más-de-tiempo para decir o expresar aquello no fue dicho o expresado con quien ahora ya no está.

Para el que perdura y testimonia la muerte del otro, llenar ese vacío que el muerto activa con su ida se vuelve un imperativo de supervivencia. Hay que sobre-pasar la muerte del otro para poder seguir vivo. Y ese relleno de sentido que tiene que advenir para ocupar con representaciones la tangibilidad física y cercanía emocional que el alguien otrora brindaba con su existencia es un “llenado” que se hace con lo que se pueda, con lo que se sienta, con lo que se recuerde, e incluso con lo que se olvide. Hay que habérselas con un modo de enlace que desprolijamente enhebra el pasado común que se ha vivido con quien ya no está, y esa dura despedida actual que siembra agujeros por doquier en el presente. 

¿Qué implica ser un individuo? Saber que a esta existencia se ha llegado solo y solo se ha de partir indefectiblemente. Y a diferencia de nuestro nacimiento, sobre el cual no tuvimos injerencia alguna, la muerte nos puede llegar a ofrecer un último gesto libertario: el que a conciencia nos permitirá escoger cómo morir, entre quiénes despedirnos de la vida, cuándo y bajo qué circunstancia dar configuración conciente a la propia cesación. Contra ese esfuerzo igualitarista despiadado de la muerte que. se nos dice, a todos nos iguala, diferenciarse. Darse un fin que afirme lo singular, romper el pattern común y esculpir la propia finitud si la conciencia agonizante nos lo permite.

Dichosos son aquellos que parten habiendo tenido buenas y plenas vidas transversalizadas por la libertad, y más serenos permanecen también quienes sientan que no han quedado abrazos pendientes con los que se han ido. La muerte enseña que nunca se sabe cuando ha de llegar, y en razón de esta incertidumbre es importante agotar lo que se sienta y sus manifestaciones como si cada día fuera el último. 

Vaciarse los sentimientos, entregar emociones, darlas a saber de alguna forma, todo eso colabora a partir o a dejar partir un poco más livianamente cuando llegue la hora. 

Dionisos sólo tiene un modo, fatal y final, de revertir la segura derrota bajo la guadaña de Tánatos: morir con una sonrisa, morir agotadas ya todas la alegrías, morir de tanta vida vivida lo más libremente que nos haya sido posible.




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