viernes, 17 de octubre de 2014

Julien Offray de La Mettrie - ¡Qué fugaz es la vida!





¡Qué fugaz es la vida!
Las formas de los cuerpos brillan, al igual que se cantan sonatas.
El hombre y la rosa aparecen por la mañana y por la noche se desvanecen.
Todo se sucede, todo desaparece y nada perece.





Julien Offray de La Mettrie
(Saint-Malo, 25 de diciembre de 1709 - 11 de noviembre de 1751)
Médico y filósofo francés
Fragmento de “Sistema de Epicuro


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domingo, 12 de octubre de 2014

Carta de Despedida (Henry Miller a Anaïs Nin)

 


Carta de Despedida
(Henry Miller a Anaïs Nin)



Mi querida Anaïs:

¿Qué son las despedidas sino saludos disfrazados de tristeza? Lo mismo que el deseo y el placer de verte mientras te desnudas y te envuelves en las sábanas. Nunca has sido mía. Nunca pude poseerte y amarte. Nunca me amaste o me amaste demasiado o me admiraste como la niña que toma una lente y se pone a ver cómo marchan las hormigas y cómo, en un esfuerzo incasable y lleno de fatiga, cargan enormes migajas de pan. Qué son aquellas noches lluviosas en medio de la cama de un hotel. Qué el recuerdo de nuestros pasos por la calle, en el teatro o en la sala de conciertos. Qué son los recuerdos de los celos y de tus amantes y de June y de mis amantes.

Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia, nuestras circunstancias; con aquello que se desbordaba en las paredes, el ruido de la calle y la explosión de tu mirada inquieta de ojos delineados en negro; con la sinceridad de tu cuerpo frágil y tu secreto agresivo e insaciable. El recuerdo puede ser cruel cuando estás volando febrilmente a tu próximo destino, a otros brazos que te reciban expectantes y hambrientos. El recuerdo de tu diario rojo que tirabas en la humedad de la cama entre tus labios entreabiertos y mis ganas de desearte. Te deseo. Te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido y tal vez, en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez, en medio de mi ciudad con la gente pasando en medio de las calles y la sorpresa en tus ojos y la gran dama con el fuego en la mano derecha.

Mi querida Anaïs, ma petite, ma jolie, infanta inquieta de sal nocturna. Te extraño cuando huyes de madrugada y te extraño cuando camino y me tomo un café en la calle; te extraño cuando June se acerca cariñosa y cuando paso por los grandes aparadores. Te extraño casi a todas horas: cuando escribo, cuando te pienso, cuando escucho las campanas que me anuncian que ya son las tres, cuando me acuerdo de las horas interminables entre humo y whisky, cuando tengo una comida que dura toda la tarde, también cuando me despido de ti cada día a la misma hora, cuando como en aquel lugar donde nos dio el aire y cuando escucho la radio. Adiós, Anaïs, adiós. Ya nos encontraremos en otras vidas y en otras vidas podré poseerte y quedarme contigo para siempre. Ya te veré en medio de la nieve y entre libros y vino. Adiós,

Henry



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domingo, 5 de octubre de 2014

Amas y Haenyos - Desnudas sirenas anarquistas en los mares de Oriente


Amas y Haenyos

Desnudas sirenas anarquistas en los mares de Oriente



Gabi Romano




“Agua en que mil formas me encuentras
siempre más libre que la luz del sol.”

Carmen Boullosa



Capaces de sumergirse en apnea (sin equipos especiales, o sea, a pulmón) hasta 20 metros de profundidad en busca de esponjas de mar, algas, moluscos, langostas, pulpos, y fundamentalmente ostras y perlas, estas sirenas del Pacífico bucean en aguas cuyas temperaturas rondan apenas los 15 grados durante jornadas completas. A estas mujeres, resistentes y raras como las perlas mismas que persiguen, se las conoce en Japón como “Ama” (“Umincho” en Okinawa, “Kaito” en la península de Izu), y en la matriarcal provincia de Jeju en Corea del Sur como “Haenyo” (cuyo significado literal es “mujer del mar”).  Son las sirenas de oriente, las más curiosas apneistas de la historia del buceo.








Una tradición de dos mil años


Las mujeres buceadoras son mencionadas ya en la antigua literatura oriental (1) (en Gishi-Wajin-Den, en el Kojiki, y más tardíamente en Corea desde el siglo XVII bajo el nombre de “Jam-Nyo”). Todo ello hace estimar que su existencia en oriente se remota a unos dos mil años atrás, manteniéndose esta tradición hasta nuestros días. Usualmente han realizado sus prácticas dentro de pequeños grupos cooperativos, o individualmente asociándose como colaboradoras de pesca free-time en alguna embarcación.

El primer censo que las registró de manera formal en el siglo pasado fue realizado en 1921 en Japón y dió un total de 13000 Amas (en 1960 el número de las mismas habría descendido a 6000). En Corea, hacia 1950 se contabilizaron sólo en la isla de Mara, 30000 Haenyos (los datos del año 2003 muestran asimismo un marcado descenso, con apenas 5650 mujeres buceadoras). En la actualidad existen unas 1000 mujeres dedicadas a esta actividad en Japón y otras 4500 en Corea, continuando la tendencia hacia una marcada disminución. Las pocas Amas existentes se encuentran en la zona de Ago -extremo sur del Parque Nacional de Ise Shima en la provincia de Míe en Japón- y en Corea del Sur en la antemencionada isla de Jeju. Esta legendaria práctica de flotar, nadar y bucear durante horas en las fauces del mar pronto desaparecerá, pero antes de que ello suceda trataremos de indagar un poco más de cerca sobre esta fascinante historia de poderosas y trabajadoras sirenas de carne y hueso.








Descensos y ascensos a puro pulmón


Por lo general, realizan su trabajo sin ninguna protección, frecuentemente con el torso al desnudo y vistiendo sólo una muy pequeña tanga o un short. En japón, a partir de 1955 algunas de ellas comenzaron a usar una especie de tela muy ajustada al cuerpo de color blanco (en la creencia de que los colores claros ahuyentan a los tiburones). Sólo muy recientemente algunas han empezado a incorporar trajes de neoprene, particularmente en Corea.

Las más jovencitas ocasionalmente usan unas especies de pequeñas aletas para sus inmersiones, prefiriendo casi siempre valerse de sus propios brazos entrenados desde la pubertad para esta tarea a la que se dedican de por vida. Suelen llevar un pincho o especie de espátula que les facilita despegar los moluscos de las rocas. Antiguamente utilizaban un pañuelo en su cabeza –en el que escribían oraciones- el cual cumplia con la finalidad de mantener el cabello sujeto.

Se considera que su mejor momento como buceadoras-recolectoras es alrededor de los 50 años. Hay Amas y Haenyos que bucean durante sus embarazos hasta bien entrado el tiempo gestacional. Otra curiosidad es que el oficio se ejerce saludablemente hasta casi los 70 años, de hecho, el año pasado salió un corto filmado en torno a la vida cotidiana de Chewar Park, una indómita Haenyo de 82 años de edad que sigue activa en su diaria tarea de sumergirse en las aguas marinas (2).





 

 

La transmisión de madres a hijas


Estas verdaderas sirenas de mar adentro comienzan su formación cerca de los 13 años de edad (3) –la transmisión se realiza de madres a hijas- comenzando la práctica con tres horas diarias en las que realizan inmersiones de 5 a 7 metros de profundidad durante no más de 15 minutos cada vez. El nombre de esta primera etapa es “cachido”.

La siguiente etapa (llamada “funado”) se inicia recién a los 30 años, momento en que ya están en condiciones de descender hasta los veinte metros de profundidad. Las Ama-funado se internan en el mar en embarcaciones, generalmente acompañadas por otras Amas y por un hombre a cargo del manejo del bote. Antes de saltar al mar se hiperventilan para llenar sus pulmones de aire y se zambullen nadando verticalmente, manteniendo las piernas entrelazadas a fin de poner la menor resistencia durante el ingreso al agua.

Durante el descenso utilizan bolsas con piedras que pesan entre 8-12 kilos, artificio que colabora en facilitarles la rápida bajada al fondo marino. En la cintura enlazan una cuerda que es lo que las conecta con la embarcación que las espera en la superficie. Cuando logran llenar la bolsa de recolección de moluscos, le dan dos tirones a la cuerda como señal para que la bolsa pueda ser izada. Ellas suben sin ninguna ayuda, excepto la de su propio esfuerzo. Se calcula que a lo largo de una hora de inmersión, estas mujeres-buzo pasan aproximadamente unos 30 min. en el fondo, otros 15 min. empleados en las subidas a la superficie y las bajadas, y otros 15 min. más descansando al lado de las embarcaciones. En una mañana de actividad pueden llegar a realizar unos cincuenta descensos, y otras cincuenta bajadas más por la tarde.








Resistencia, habilidad y adaptabilidad subacuática


Las Amas han sido consideradas como un muy llamativo ejemplo de resistencia física. 

Por esta misma razón, han llamado la atención de la ciencia y particularmente de la fisiología (4), siendo estudiadas con particular interés dado el desarrollo inusual de sus habilidades de poder resistir grandes presiones oceánicas, soportar el frio de las aguas en que realizan sus prácticas y, especialmente, por su notable adaptación para tolerar el dióxido de carbono en sus organismos durante tanto tiempo.

Sin embargo, pese a estas extraordinarias habilidades y resistencias corporales que les llevan a no sufrir las molestias propias del llamado “síndrome de descompresión”, muchas de ellas tienden a padecer durante la madurez de problemas relacionados a la pérdida audición, rotura de tímpanos y/o zumbidos.








Las sirenas anarquistas

Estas mujeres, legendarias amazonas del mar, demuestran que el cuerpo humano es una preciosa maquinaria capaz de afrontar desafíos impensables.

Nos recuerdan asimismo que la voluntad, el esfuerzo, el entrenamiento y la –hoy tan vilipendiada- “cultura del trabajo” permiten poder llevar adelante una dura tarea diaria en base a la cual ganarse honradamente la vida.

Las Amas y Haenyos no esperaron a que existan programas estatales de “acción positiva”. Tampoco enfrentaron los rigores de la existencia reclamando a que les lloviera un subsidio por desempleo, o un plus salarial por “trabajo en condiciones adversas”. No han tenido jamás una “asignación universal” de ninguna índole. No. Tampoco gozaron de licencias por maternidad ni nada que se le parezca (de hecho, la mayoría de ellas vuelven al mar al poco tiempo de dar a luz, llevando al bebé consigo a su trabajo, lo cual hacen dejando al recién nacido al cuidado de otras mujeres submarinistas que se rotan arriba de las embarcaciones a la espera de su turno para bajar a las profundidades).

Ellas se han mantenido a sí mismas, a sus familias y han criado a sus hijos sin ayuda de ningún programa paternalista. Han sido autónomas e independientes en el plexo de una cultura extremadamente adversa en lo que hace a las posibilidades de romper estereotipos femeninos sumisos y obedientes. Y han vivido así, dignas, con la frente bien en alto, fuertes como las rocas hacia las que se aventuran en busca de esos pequeños tesoros marinos en base a los cuales crean su economía. 

Las Amas y Haenyos han sido lo más cercano al mundo sirenaico que ha existido por fuera de las fábulas mitológicas. Han sido y son reales, sí, mujeres reales que supieron tomar el propio destino en sus manos, duramente, incansablemente. Y no hay perla más valiosa que aquella que se construye como resultado de una vida verdadera, laboriosa, en constante desafío por superarse a uno mismo, hasta que el reloj de la finitud marque su minuto final.
 



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1- En 1954, en su novela “The Sound of the Waves” (El sonido de las Olas) Yukio Mishima incluye entre sus protagonistas a Shinji Kubo, un modesto aprendiz de pescador hijo de una mujer Ama. El joven se enamorará de una jovencita llamada Hatsue, quien llega desde otra isla entrenada también para transformarse en Ama. Un hombre entre dos Amas…? Pues para quien quiera develar el misterio, deberá adentrarse en las páginas de Mishima, lo cual siempre es un gran placer desde el punto de vista literario.

2- En la actualidad, las Haenyo coreanas sí utilizan traje de neoprene, aletas, escafandra, y/o googles aunque continuan sin ayuda de ningún tipo de tanque de oxígeno ni nada similar. Esto las diferencia de sus pares japonesas que conservan más la tradición totalmente despojada. Sobre vida de Chewar Park en la isla de Jeju filmada por el director Kevin Sawicki –“Haenyo: Women of the Sea”- el trailer oficial puede verse en http://vimeo.com/79749308. También existe un documental de National Geografic en  http://www.youtube.com/watch?v=J7Kn4nYdZbQ

3- En la tradición coreana las niñas comienzan su entrenamiento bajo el agua un poco más tempranamente, a la edad de 11 años.

4- Frances M. Ashcroft en su libro “Life at the Extremes: the science of survival” ha estudiado algunos de los factores por los cuales fisicamente las mujeres resultan más adaptables para este tipo de submarinismo en apnea. También constituye un aporte objetivo valioso desde la mirada científica el trabajo de H. Rahn y  T. Yokoyama “Physiology of Breath-Hold Diving and the Ama of Japan”.



viernes, 14 de febrero de 2014

¿Y por qué celebrar San Valentín?


¿Y por qué celebrar San Valentín?




Gabi Romano






Porque quem ama nunca sabe o que ama,
nem sabe porque ama, nem o que é amar.”

 Fernando Pessoa



Me resisto a aceptar como natural cierta imposición de mercancías "culturales": los corazones por doquier me resultan saturantes a esta altura del mes de febrero. A fuerza de verlos por cuanto lado transito casi me resultan fastidiantes. El marketing del amor puede llegar a ser tan asfixiante como banal y carente de autenticidad. Si el dilema es “mercantilizar o no mercantilizar” un asunto del sentir, pues la verdad es que un poco me da igual, ya que cada quien es (en primera y última instancia) dueño de elegir si pone su horizonte sintiente a disposición de ciertas dinámicas del consumo o no y porque. ¿Quieres consumir San Valentín? Do it and be happy! ¿No quieres subirte a la marea edulcorada del 14 de febrero? No lo hagas y sé feliz con tu decisión también. Ya estamos grandecitos para decidir qué y por qué celebrar, qué y por qué comprar determinadas mercancías, qué y por qué no hacerlo. Cada quien sabrá, o racionalizará una u otra posición. E incluso también cabe la indiferencia ante el asunto, por qué no. Pero a veces me ocurre que esto de San Valentín, no sé, me empalaga... 








 -Tras Cupido celebrado en una hoja del almanaque

Como tantos otros, coincido en detestar ciertas fechas calendarias en las que presiento cierta ortopedia de festejo trasplantado, aunque luego igualmente pienso que casi toda celebración posee un origen culturalmente entrecruzado que muchas veces desconocemos y nada es puro per se. Ni siquiera técnicamente es "culturalmente nuestro" esa mismísima arbitrariedad que conocemos como “almanaque”. ¿Qué es realmente autóctono? Poco, o nada. Y eso tiene su lado interesante: las cosas que se nos dice debemos respetar, las celebraciones que marcan el año, los festejos colectivos, todo ello tiene algo de sedimentación de nuestros diálogos (o encontronazos) con otros pueblos, otras naciones, otras idiosincrasias. Nos hemos cruzado con otros, y de allí nos han quedado marcas calendarias.

Pero resulta que me sucede algo ciertamente incómodo: mi aproximación a las realidades del amor ha estado siempre muy lejos de evitar percibir en éste sus no pocas zonas oscuras. Uno no se cansa de leer acerca de historias de desamores, escuchar sobre amores que terminan en descomunales odios encendidos, advertir como bellas pasiones de amor desembocan en incomprensibles estados de indiferencia anestesiada, o ver -no sin cierta pena- como la sensibilidad amorosa se vuelve cosa casi imposible de practicar desde la alegría hedonista debido a encostradas incapacidades subjetivas, variadas discapacidades emocionales o simple estrechez para entregarse a vínculos que exigen que intensifiquemos nuestro sentido de estar vivos. La gente se vincula desde sus carencias, lamentablemente, no desde sus exuberancias sintientes. Y eso es una real pena. El mundo está repleto de impotentes amorosos. 

Sin embargo, el amor parece estar en todos lados y a la vez realmente en pocos. El marketing del amor, las publicidades, los libros de autoayuda, las novelas, la música insisten en hacernos topar con lo amoroso constantemente. Pese a esta hiperpresencia del amor, los consultorios de los psicólogos siguen recibiendo la contracara de esta fenomenología que nos invade con la amorosidad a diario. La gente padece falta de amor, o dolor de amor, o penas de amor, o desamor, o pérdidas de amor. Como bien afirmaba La Rouchefocauld, con el amor ocurre lo mismo que los espíritus: muchos hablan de ellos, pero pocos los han visto. Los fracasos, las fallas, la intermitencias amorosas ponen en evidencia que el desánimo, la desconfianza y la complejidad están mucho más a mano en la cotidianeidad que la imagen idílica de seres amables cuyos corazones sonrientes se prodigan cariños en un clima de serena bienaventuranza. El amor puede quedar encerrado y semimuerto de asfixia entre los cajones donde se esconden las amarguras. Incluso en ocasiones, hasta puede quedar enfermizamente mutado en violencia. Los amantes parecen muchas veces estar muy por debajo de la altura que reclaman los exigentes vuelos de Eros.      

Como sea, y aún así con todo este panorama complejo por delante de los ojos, hoy es 14 de febrero. Y no pasa para casi nadie desapercibido que se consume, à la carte, un nuevo Valentine´s Day

Sobreempujada por la fuerza inercial de esta fecha, la cosa aún parece estar dispuesta a empeorar un poco más aún cuando percibo que la evocación del amor se liga nada menos que a la memoria de algún mártir-santo. Porque es preciso aclarar enfáticamente que no se habla del “Día de Valentín” sino del día de “San” Valentín. ¿Cómo armarme una representación mental que ponga en intersección a un ignoto personaje ascético de amarillenta piel sin tacha como portador de una supuesta simbología amorosa? ¿Cómo pensar que un santo sea imago de ese oráculo tan indescifrable como indeciblemente intenso que son las pasiones del amor? ¿Cómo poner a la santidad -esa misma que renuncia al cuerpo y sus marejadas de sensaciones eróticas- en asociación con la llamarada informe y la irradiación de placer que se mezclan desproporcionadamente en el caldero en que nos transformamos cuando nos captura esa arena movediza que es estar enamorado? Para mí esa juntura entre la ascética de la santidad y la intensidad de lo amoroso me resulta imposible de sostener.

Pero justamente allí donde nos plantamos a decir un seguro “NO”, donde con firmeza rechazamos, donde decimos “Qué absurdo es esto!” es quizá en donde más y más profundamente el espíritu filosófico debe atreverse a aplicar la sospecha, la autointerrogación, el trabajo de desensamblar los propios pre-juicios arrimando decididamente la lámpara de la curiosidad.

En el albor de este día, símbolo del amor enamorado (pues el amor es muchos amores
, siendo el del enamorado uno de ellos) y apartándonos por un rato de las aparentes victorias inescrupulosas del consumismo de corazones de chocolate tanto como de las oscuras tristezas de los des-amores, tal vez podamos decir alguna cosa que valga la pena sobre “San Valentín”. Decir, pensar, saber, inteligir algo sin que se nos aparezcan en la mente osos abrazando corazoncitos de felpa, bombones de sabor hidrogenado, cenas carísimas edulcoradas entre velas acorazonadas, y todo ese atiborrado universo en rojopasión que nos invade insoportablemente desde las vidrieras o escaparates hasta si uno inocentemente va a comprar lo que sea en el maldito supermercado.

¿Qué hacer entonces? Pues nada mejor que un breve viaje en el tiempo, pues el amor implica siempre cierto grado de rememoración hacia atrás. Esta vez irse, brevemente, hacia los desbordados tiempos romanos. En la Roma antigua, con un poco de latín práctico y una pizca de historia del paganismo, tal vez hallemos alguna pista más dionisíaca y menos estructuradamente apolínea que nos permita deconstruir los sentidos de este 14 de febrero.

Andaremos descorriendo los velos y espiando ávidamente respecto de todo lo que se halle tras las huellas de la etimología, tras la leyenda del santo Valentín, tras las pasiones paganas, tras las tarjetas del amor condenado, tras las inquietas flechas de Cupido...









-Tras las huellas de la etimología

Ya la etimología nos revela, como casi siempre lo hace (sí, soy una terrible fanática de los mundos arcanos en que han nacido las palabras) una primera grata sorpresa. De la etimología del nombre Valentín y su significado se desprende que la palabra latina valens significa “fuerte, robusto, vigoroso, de buena salud”. En efecto, de ella devienen otras expresiones como valiente, valor, valioso, poderoso, e incluso válido. Valentia, por su parte es, ni más ni menos que “vigor, facultad de poder”. Todas rondan semánticamente al nombre Valentín. Los latinos solían pensar los nombres que darían a sus descendientes en función de simbolizar, a través de ellos, las virtudes que anhelaban proyectar en el carácter de estos herederos. Nunca ha sido cosa simple eso de “nombrar” al hijo, por lo que se puede apreciar. Nombres como Valens, Valentino o Valente, aludían a la fuerza, la vigorosidad, el poder y la potencia -y según parece de acuerdo a lo que puede apreciarse en antiguos documentos natales- este nombre fue bastante popular en tiempos en que el Imperio se debilitaba. Mientras el Imperio caía corroido por la corrupción y los demagogos de turno y todo se agrietaba por doquier, los romanos seguían depositando sus esperanzas de potencia en los hijos que seguían dando a su tierra, quizá deseando que estos vástagos suyos tuvieran la suficiente fuerza como para vivir con valor en tiempos de feroz decadencia. Comprensibles paradojas microsociales, que le dicen. Nombres derivados de Valens, pero en diminutivo, son por lo tanto Valentiniano y Valentín.

Me pregunto si esto ya no nos advierte con tímida claridad que el amor es asunto de valens
, esto es, de seres poderosos, seres que al menos mientras están cautivos del maravilloso hechizo del “amor enamorado” se sienten a sí mismos como más potentes, más vigorosos, más saludables. La etimología no hace más que afianzar esta línea interpretativa: la potencia y el amor poseen un ligamen indisoluble. Quien bienama, puede.










-Tras la pista del afamado santo


Sobre este día consagrado a los enamorados hay leyendas encontradas, superpuestas, insistidas.

Los relatos legendarios como el que a partir de aquí describiré, tienen (casi como si se tratara de una telenovela latinoamericana de las tres de la tarde) un poco de todo, pero sobre todo hay mucho de lección moral. Quiero decir con ello que en la leyenda hay poco de gris y mucho en blancoynegro: hay un malo, un bueno, el amor es visto como “Bien”, el odio como “Mal”. Desde ya que no faltará  un héroe martirizable, alguna ciega que se enamora, y un desagradable déspota que no logra completamente salirse con la suya.

¿Qué nos dice la leyenda del santo Valentín?
Pues se cuenta que hacia fines del siglo II dC. un emperador de nombre Claudio II (más conocido como “el gótico”) prohibió en territorio del Imperio romano mediante un edicto, la consagración de matrimonios entre los hombres de armas. El poderoso sujeto en cuestión argumentaba que los recién casados se negaban a ir guerrear, y esta debilidad era imperdonable para un gobernante romano necesitado de hombres para llenar las filas de sus tropas. De ahí en más, los matrimonios de soldados quedaron fuera de la ley. Nada de lecho nupcial, Roma necesitaba a sus hombres dispuestos a sublimar energía sexual en las batallas y consagrados a amar sólo a la patria. La tentación de la carne era quizás menos repelida que la debilidad humana que a veces acompaña a los asuntos del corazón. Pero siempre y en todo tiempo hay tercos dispuestos a defender a la sacra institución matrimonial, y a contravenir leyes arbitrarias. Y quien mejor para encarnar heroicamente esta defensa que un miembro eclesiástico: un tal obispo Valentín desafío la interdicción del emperador. Valentín casó así a decenas de soldados de manera secreta. En la clandestinidad, le dio peligrosamente la espalda al edicto imperial. Valentín se jugaba su pellejo en nombre de… de qué? No sé si del amor, pero sí de su institucionalización, no sé si de los enamorados, pero sí sé que de los reproductores de los futuros “hijos de Dios”. Como sea, el obispo casamentero fue rápidamente descubierto, y el impiadoso emperador Claudio ordenó sin titubeos que lo decapitaran. Pero la cosa no termina allí, y eso que el asunto ya daba para la leyenda de futuras generaciones. Resultó que el ahora encarcelado obispo, en espera de su más que segura muerte, conoció a una tal Julia quien era la hija ciega de su custodio, y… se enamoró de ella. Al diablo con los votos cuando se tiene un pie en el cadalso!!!! En este culebrón de la antigüedad (a veces creo poder asegurar que los mitos antiguos no son mucho más que, como ya he dicho, versiones sin TV de novelas en fascículos, vendidos como relatos orales para la culturería que gustaba y gusta de llamarse a sí misma “cultivada”) sucedió entonces lo imposible: la ahora amada Julia recupera la vista (siempre hay una ciega en todas las novelas… y una ciega que se recupera por amor, también) y ese milagro se atribuirá al inmenso y puro amor del obispo Valentín por ella. Pero la muerte es siempre la soberana final en este tipo de relatos de pasión y dolor: la inaplazable ejecución de Valentín fue finalmente llevada a cabo en el año 270 dC. un… 14 de febrero!

El capítulo final de la novela, perdón, de la leyenda, decía que en la tumba de Valentín, la para entonces vidente Julia, plantó un almendro y éste fue regado por la tremenda tristeza que manaba de sus lágrimas. Lágrimas de almendra. Ese árbol quedaría fijado hasta hoy como símbolo del amor y amistad. Fin de la historia, fin del déspota militar tiranizando con su odio a los soldados enamorados, fin del santo mártir movido por el sublime sentimiento del corazón, fin con la mujer ciega -vaya metáfora para "lo femenino"...- que recupera la vista gracias a los milagros del amor.


Mi mejor compañero de pensamiento crítico -que por esas coincidencias del deseo y de las elecciones vitales es asimismo mi marido- me decía en un almuerzo sanvalentinezco y respecto de este punto, que las lágrimas tienen una cierta forma almendrada. Siguiendo una posible ruta de sentido imprevista por mí, también me hizo notar que, curiosamente, el cianuro posee un olor similar al de las almendras amargas (de hecho la toxicidad de las almendras amargas es debida al ácido prúsico, el cual se combina con el potasio para formar una sal: el cianuro de potasio, tóxico poderosísimo y letal). Una hilera se formó de inmediato delante de mis neuronas sorprendidas: amor-almendras- amargura-lágrimas-sal-veneno-muerte... no es esto acaso "el otro rostro" del amor? ¿No es ese el oscuro y temido maleficio que quizá deba transitar todo enamorado? ¿Es que acaso el amor “desenamorado”, el devenido amar-go, vuelve a la pasión un veneno mortal..?








-Tras las pasiones paganas


Echando un vistazo al calendario de celebraciones y ritos antiguos, vemos que las fiestas paganas de la fertilidad romana (entre otros objetivos simbólicos que no viene al caso de momento enumerar aqui) tenían como propósito exorcizar la temidísima maldición de la esterilidad en tiempos en que la mortalidad infantil tenía sus tasas por las nubes.

El circuito concebir-parir-darbrazosalimperio dependía de esa precondición llamada “fertilidad”. Para garantizar la reproducción de romanitos, la tradición popular de la Roma antigua poseía sus rituales festivos referidos pues entonces, a la fertilidad. Dichas celebraciones, más conocidas por Lupercalia, se llevaban a cabo el día 15 de febrero. Las fiestas no se realizaban en cualquier lado, pues para los espíritus subjetivados en las tramas del misticismo, siempre hay lugares sagrados. Y los romanos tenían su lugar sagrado para esta fiesta también. Las fiestas se realizaban, de acuerdo con la leyenda fundacional, en el lugar en que la increíblemente famosa loba del relato había amamantado a los archiconocidos Rómulo y Remo. Ese sitio clave como piedra angular del discurso fundacional del Imperio, era llamado el Lupercal (palabra derivada del latín lupus, 'lobo'). Durante las Lupercalias se sacrificaban animales de cuya carne se preparaban correas hechas con tiras ensangrentadas de la piel del bicho muerto. Los sacerdotes, munidos de las sanguinolentas y probablemente malolientes tiras, corrían entre la multitud golpeando azarosamente a algunos de los asistentes con ellas. Pues, si se quería apartar la maldición de no tener hijos y/o curarse de ella, no había más que ponerse a correr entre la muchedumbre asistente a la Lupecalia y desear, por todos los medios, ser “bendecido” con el miniazote azaroso de éstas tiras. La creencia indica que una vez que se era golpeado con la correilla sólo debía uno de probar su estado de “curado” de un modo muy simple… yendo a casa a levantar las faldas de la esposa en misión reproductora para empezar a comprobar que efectivamente se lo había bendecido con el don de la fertilidad. O, según las malas lenguas, algunos vieron curarse la infertilidad exactos 9 meses después de la fiesta, pero resultó que el “vehiculo” de la curación no habrían sido los benditos azotes recibidos, sino el vecino que visitó a la esposa mientras el marido corría de lo más entusiasmado en el Lupercal. Cosas de la vida... Como sea, sexo y fiesta quedaban una vez más liados en este relato calendario.

Pero nunca falta quien esté dispuesto a aguar los festejos de Venus, y estos saboteadores del erotismo suelen tener pasaporte de alguna institución espiritual. Así, por la inapelable intervención de un tal Papa Gelasio, se prohibió hacia el año 494 dC. las antedescriptas celebraciones. Pero abundante gentuza de la plebe romana, esa que solía ignorar y desobedecer astutamente altri tempi la voluntad oscurantista de las autoridades del Dios monoteísta, siguió teniendo sexo, amando y procreando, pero ahora disimulando el rito pagano de la Lupercalia con la conmemoración de San Valentín el día anterior, o sea el 14 de febrero. Triunfo claro del resentimiento, y ocultamiento de los fragores dionisíacos por la vía de la consolidación del imaginario social cristiano y el derrocamiento de la pasionalidad báquica a través de la apropiación de “lo que sí es digno de ser celebrable”. Los descontroles de la carne quedaron subsumidos a una nueva celebración más correcta moralmente pues ahora se habla del amor y no del sexo, de la pareja y no de las pasiones de la carne, de los corazones y no de los entusiasmos recreativos de un hedonismo que probaba la capacidad reproductiva en un contexto lúbricamente pagano.

Luego resultó sencillo el re-ensamblaje de piezas simbólicas: se asociaron los relatos resignificados del santo Valentín martirizado en honor del matrimonio y ejemplo de la pureza curativa del “buen” amor, tramándose todo un concatenamiento de sentidos que llega hasta el tema de ofrendar objetos y garantizar promesas eternitarias entre los enamorados.

Un paso más en la historia de la estupidez humana -demasiado humana- y tenemos todo este circo montado por la industria de la tarjetería, las fábricas de chocolates, y los talleres de peluche con cientos de manos pegando ojitos de botón a los osos (que yo misma miraba hace unos años atrás casi con imbécil ternura) inundando hasta el Emporium Shopping de Bangkok en el corazón del sudeste asiático. Y si hay demanda, allí estará el mercado para satisfacerla: el amor es desde hace tiempo, una máquina de producir infinita cantidad de mercancías que le son asociadas. La demanda de amor es, literalmente, una demanda de los objetos que le son referenciados.










-Tras las tarjetas como condena


Se dice -otra de las leyendas semi-indocumentada- que en 1415 durante la guerra contra Francia, un tal Carlos duque de Orleans, padeció la captura de sus enemigos británicos. Trasladada la batalla de la guerra a otra batalla más mortecina -esa que debe librar un recluso contra sí mismo bajo las restricciones que impone la condición de pérdida de la libertad- las horas del duque rebajado ahora al status de vulgar preso de guerra en la Torre de Londres, pasaban ayudadas por el recurso de la escritura.

La finura aristocrática del duque y su pluma llevaron a que el hombre se dedicara a la “poesía carcelaria” (debería tratársela como un subgénero singular, he leído bellezas escritas en todos los tiempos en ese contexto celdario). Se dice que el tal Carlos tenía el exquisito refinamiento que otorgaba la buena educación de aquellos tiempos para los de su clase, y asimismo poseía una indudable capacidad-necesidad de transmutar en palabras su adverso destino como preso de guerra. En este universo repartido entre vencedores y vencidos, el duque se dedicó a volcar las penurias de su mundo interno en formato poético.

Dolor, melancolía, desesperación, muerte, recuerdos, anhelos en estado de encierro. En una escritura previa a su ejecución y dirigida a su amada esposa, firmó como "tu Valentín", inaugurando una incierta (pero legendaria ya) memoria de origen en la tarjetería del amor enamorado. Dicha carta-tarjeta sanvalentiniana escrita de puño y letra por un condenado a muerte en el siglo XIII se conserva actualmente en el Museo Británico y puede considerársela -según lo formulado por los cultores del amor espistolar- como la más antigua tarjeta en honor al enamoramiento de que se tenga noticia.








-Tras perderse en las fauces del amor


Finalmente nos parece de lo más imprescindible recorrer en este amoroso día las máximas de Émile Armand, el excepcional individualista francés. Armand no hablaba estrictamente de “pareja” sino de “camaradería amorosa”, un concepto individualista, fraternal, amistoso y gozoso entre quienes se prodigan amor. Armand nos incita a aspirar a volvernos para alguien un camarada más íntimo, más integral, más aproximable, deseando que esa misma sea la actitud de los seres que en la vida nos han amado y hemos ido amado. No esquivar ni la diversidad de ensayos amorosos ni la pluralidad de experiencias, resulten éstas como resulten. El amor no es resultadista: es un placer instalado en el curso del proceso mismo de amar. Intentar, aventurarse sin temor cada vez, pues el amor es parte de esa travesía más abarcativa que es una vida vivida plenamente. Amar, siempre darse a amar, siempre. ¿Por qué? Porque esa experiencia de interacciones efervescentes que lo amoroso es de las pocas que vale la pena ser vivida por el mero gusto de la experiencia misma.

Ceder a las propuestas de los mercaderes y autoconvencerse de comer uno de esos chocolates con formitas de amor que pululan por las vidrieras en este día es parte de las opciones. Practicar una suerte de canibalismo cardíaco en clave de cacao dulce no tiene nada de malo y mucho de recompensa bioquímica. Después de todo, el chocolate es "la" sustancia aliada de los devenires del enamoramiento: el affair de la feniletilamina con el amor, el alto contenido de ciertos polifenoles, la función vasodilatadora, la paz de las endorfinas... todo al alcance de la mano y envuelto en papelitos dorados que encierran las deliciosas promesas de este Prozac vegetal. Para aquellos que no tienen alguien por quien derretirse, pues siempre existe la opción de dejar derretir amable chocolate en sus solitarias bocas...

Whatever

Siempre se puede hacer de la circulación del amor-mercancía de San Valentín una ocasión rebelde para ejercitar la celebración de pensar. Genealogizar esta fecha permite desbanalizar el día de los enamorados.

Hoy se dice que se celebra el día del amor, o el más maravilloso modo de perder el gobierno de sí. Un bello desgobierno.

El amor, esa sensación lacerante y abismal de saberse temporalmente “adscrito” a otro ser -para decirlo en palabras de Ortega-, sensación en la que se retuerce sin demasiado éxito el anhelo de indominio, de indocilidad, de soberanía de un ser que ha perdido la ilusoria brújula racional que organizaba sus centros. Porque el amor es una potencia que descentra, desubica, sacude, invierte, en suma, despierta. El amor es un pasadizo a otro estado de conciencia tanto como una oportunidad para ser transitoriamente parte de un dueto de paradójicos dioses mortales.

El amor, región insondable cuya prepotencia territorial ahoga las fronteras del Yo y mezcla los límites de las pieles hasta tornarlas tierra sin ley.
Una invasión consentida sinsentido.

El amor, una danza de avesalmas que admite, como único deber, dejar siempre sin llave la estrecha puerta de la jaula en la que muchas veces se despliega el vuelo.
Un remontar.

El amor, juego de coraje al borde del acantilado.
Sin red.
Sin armadura.
Sin reglas.
Sin arnés.
Juego desprotegido de seguridades que sólo es pasible de ser jugado en el reino de la incertidumbre. Juego supremo que, cada vez que acontece, exige ser experimentado hasta sus últimas consecuencias sólo por espíritus que nunca olvidan el carácter alado de la libertad.

El amor, una divinamente humana impermanencia.





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martes, 11 de febrero de 2014

De la simpleza como intensidad



De la simpleza como intensidad




Cuando lo simple se experimenta desde una absoluta plenitud,
allí mismo también surge lo intenso.
Dicho de otro modo, 
la intensidad encuentra una ocasión que le es propicia para manifestarse  
 cuando plenamente nos demoramos
habitando una simpleza que nos resulta vital.



Gabi R.

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lunes, 10 de febrero de 2014

Jean-Francois Revel - ¿Y para qué filósofos?






Jean-Francois Revel
¿Y para qué filósofos?




 
"La filosofía no puede tener como punto de partida las contradicciones de los sistemas anteriores sino a condición de unir su examen a una interrogación original y realmente actual, sin lo cual es sólo el hospital en que se cura a las víctimas de las imprudencias intelectuales del pasado."


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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Navidad nietzscheana




Navidad nietzscheana





La Navidad no tiene que ver sólo con nosotros, sino con toda la Humanidad:
ricos y pobres, pequeños y grandes, clases bajas y altas.
Es precisamente esa alegría común lo que intensifica la nuestra.
De ella se puede hablar con todo el mundo, pues todos la aguardan con impaciencia.
Téngase en cuenta, además, su fecha: puede decirse que con ella culmina el año;
piénsese en la hora nocturna, en la que, sobre todo al atardecer,
el alma está mucho más impresionada,
y luego en la extraordinaria solemnidad con la que se celebra.


Ahora precisamente nos encontramos en medio de las alegrías de la Navidad.
La esperamos y vimos colmada nuestra espera, la disfrutamos y, ahora,
otra vez nos amenaza con abandonarnos.


¡Oh Navidad, oh Navidad, qué lejos, qué lejos!





Friedrich Nietzsche

De “Escritos autobiográficos de juventud” 1856-1869




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sábado, 7 de diciembre de 2013

Flâneur - Charles Baudelaire


 
Flâneur
 
Charles Baudelaire




 
Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar desapercibido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente. El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se regocija en su anonimato. El amante de la vida hace del mundo entero su familia, del mismo modo que el amante del bello sexo aumenta su familia con todas las bellezas que alguna vez conoció, accesibles e inaccesibles, o como el amante de imágenes vive en una sociedad mágica de sueños pintados sobre un lienzo. Así, el amante de la vida universal penetra en la multitud como un inmenso cúmulo de energía eléctrica. O podríamos verle como un espejo tan grande como la propia multitud, un caleidoscopio dotado de conciencia, que en cada uno de sus movimientos reproduce la multiplicidad de la vida, la gracia intermitente de todos los fragmentos de la vida.




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