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jueves, 17 de enero de 2013

El escritor, mensajero de Maratón - Jean-Paul Sartre





El escritor, mensajero de Maratón

Jean-Paul Sartre




“Se decía que el mensajero de Maratón había muerto una hora antes de llegar a Atenas. Había muerto y aún corría; corría muerto, anunció la victoria griega muerto. Este mito es bueno;  muestra que los muertos todavía actúan por un breve instante como si estuvieran vivos. Por un breve instante, un año, diez años, tal vez cincuenta años; de todos modos, un período finito; y luego son sepultados por segunda vez. Ésta es la medida que proponemos para el escritor: mientras que sus libros despierten enojo, incomodidad, vergüenza, odio, amor, vivirá, incluso si él ya no es más que una sombra. Luego, el diluvio. Abogamos por una ética y un arte de lo finito.”


Jean-Paul Sartre
“Escribir para la propia época” 


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miércoles, 10 de octubre de 2012

El irreverente Onfray y las aplicaciones de la risa de Demócrito




El irreverente Onfray y las aplicaciones de la risa de Demócrito






Gabi Romano




“Lo mejor para el hombre
es pasar su vida de la manera
más feliz posible y la menos triste”

Demócrito de Abdera
Siglo V aC.




El 1ro. de julio de 2008 Michel Onfray, alma mater de la ya legendaria Université Populaire de Caen, ofreció una de sus invaluables charlas en Paris para la web-radio “France Culture”. Desarrollada en el Théâtre du Rond-Point, la conferencia giró en torno al espíritu que animó al propio Onfray a pensar el poder de la risa como resistencia. La figura del filósofo de Abdera da título a esta conferencia sin desperdicio: “Le rire de Démocrite – Les sentiers de la création”.


La risa como barricada frente a la multidiseminada estupidez humana, la risa como rebeldía ante la imbecilidad que parece no tener fin, la risa como ocasión para desarticular el poder tiránico de toda forma que adopte ese mismo poder cuando se autoexalta como “auténtico” guardián de la verdad y gestor de lo autorizado.
 
La risa como primer, último y gran acto de desobediencia.
En suma, cagarse de risa antes que salir a incendiar el mundo... reir como opción antipesimista contra el realismo desvitalizante que nos rodea. Morir de risa para no salir a matarnos todos contra todos.

La risa como arma contra las pulsiones de muerte, la risa como antídoto para tolerar la incultura y sus múltiples manisfestaciones cotidianas, la risa contra cualquier imposición de mitologías políticas de derecha o de izquierda, la risa porque no tiene sentido creer en nada, la risa ante el sinsentido, la risa para exorcizar el ideal ascético al que suscriben todas las infames fábricas de religiones, la risa contra cualquier forma del odio, la risa contra en “deber tener” y no menos contra el “deber ser” o el "deber pensar", la risa como disparo humorístico contra la ridiculez.

Sí, Demócrito –con y a través del propio Onfray- se rien de todo o casi todo.

Para el rebelde de Caen, Demócrito es la encarnación trágica de esa risa insurrecta que mal se lleva con cualquiera de esas entidades que –incluso hasta hoy- seguimos cabezaduramente considerando “sagradas”.

Se dice que el celebérrimo médico Hipócrates fue convocado para diagnosticar la posible locura de Demócrito a quien sus conciudadanos abderianos querían curar de su insanía reidora. La carcajadas casi continuas de Demócrito generaban inquietud y ansias de categorización dentro de la morbilidad entre las gentes que habitaban allá por el siglo V aC. aquella ciudad de la costa Tracia. Hipócrates no pudo curar de la risa a Democrito: quién puede curar un signo inequívoco de la sabiduría..?

Se dice que Demócrito, siendo aun un jovenzuelo y viviendo todavía en la casa paterna, habría comenzado su formación –mucho antes de que Leucipo lo introdujera en el mundo de la física- con algunos antiguos caldeos y magos. No sería de extrañar que su don de reir haya sido, inicialmente, un modo de alquimizar mágicamente la tragedia angustiante de ver-oír-sentir la vasta e interminable cantidad de artificios y desgracias en que apestosamente se cuece el patetismo de la condición humana. La risa como transmutación del dolor o de la impotencia. La risa como reposo transitorio ante lo irremediable.        

Reproduzco aquí abajo el link de la charla dada en París, por si disponen de un tiempo/deseo para asistir a una hora y diez minutos de maestría, y aprovechando que es del no muy profuso material oral del pensador francés que se encuentra traducido en YouTube. Sobre el final de la conferencia dice Michel Onfray:  


“Tengo una pequeña lista en caso de que quieran poner algo en práctica, les doy objetos de los que se pueden reír, esto es lo que les propongo:


Reir de dios
de los curas
del clero
de la religión
reír de las iglesias
reír de Jehová
de Jesús y de Mahoma
reír del talmud
reír de la biblia
reír del corán
reír de los budistas
reír de los hinduístas
reír del dalai lama
reír del papa
reír de los iman
reír de los monjes
reír de las monjas
de los ayatola
reír de los mollah
reír de las mujeres con velo
reír del paraíso
del infierno
y del purgatorio
reír de la muerte
reír de los tontos
reír de los brutos
reír de los incultos
reír de los periodistas
reír de los universitarios
reír de los pretenciosos
reír de los cretinos
de los imbéciles que son casi siempre los mismos
reír de los caras largas
de los aburridos
reír de los que impiden reír
reír de los padres de familia (eso los hizo reír menos)
reír de las madres de familia
de las mujeres embarazadas
reír de los políticos
de los reyes
del presidente de la república
reír de los ministros
reír del más insignificante consejero municipal
reír de los banqueros
reír de los notarios
de los agentes inmobiliarios
reír de los jugadores de golf
reír de los futbolistas
de los traders
reír de los contadores
reír de la policía
reír de los milicos
reír de los platonistas
de los filósofos idealistas
de los espiritualistas
reír de la gran risa de los anarquistas
y terminar un día por morir de risa,
                                        cierto, pero al menos, haber verdaderamente vivido.”  
 


 



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viernes, 27 de abril de 2012

Epitafio de Seikilos: del amor, Eros y Thanatos




Epitafio de Seikilos:
del amor, Eros y Thanatos






Gabi Romano





"Todos necesitan de quien morirse".

Hugo Mujica






"Soy una imagen de piedra.
Seikilos me puso aquí, donde soy por siempre,
el símbolo de la evocación eterna".

 
Texto que precede al “Epitafio de Seikilos






Turquía, 1883.
Relato de una historia sobre un fragmento de otra historia.

El viento sopla generoso envolviendo en un solo y único abrazo sensorial el calor veraniego, los olores fértiles de la tierra de Aydin, y el sonido apaciguante del río Buyuk Menderes. En este mismo sitio a los pies del Egeo que los antiguos griegos llamaron "Anthea" o "Euanthia",  en  el mismo  preciso lugar que los romanos luego conocieran como “Tralleis” y en donde se celebraban el arte de la escultura y el teatro tanto como el de la guerra y la batalla,  ahí mismo, en ese perdido retazo del planeta de cuyas hilachas tironearon espartanos, persas, turcos y griegos a lo largo de la historia, en la misma ciudad que luego sería una vez más rebautizada bajo el velo de "Güzelhisar", hubo una mujer.

Una mujer común. Una más del reino de las idénticas. Una más de las tantas que habitaban el pueblo, una perdida entre todas esas "intersustituibles" amas de casa de faldón rústico y sencillo, una mujer como cualquier otra de las que pasaban las horas de los lentos días ancladas en sus gineceos.

Con un poco de esfuerzo, casi puede vérsela, regando con un esmerado cuidado su planta favorita. Nada resulta demasiado llamativo de este cotidiano y anodino retrato que  expone un mero acto de mantenimiento de la naturaleza “domesticada”. Nada resultaría raro,  excepto que esta desconocida habitante de Aydin ha usado largamente como soporte de su bienamada maceta nada menos que el histórico “Epitafio de Seikilos”.

Sí, avatares e ignorados desplazamientos que nunca llegaremos a develar lo suficiente hicieron que, finalmente, el histórico mármol en cuestión haya dejado de ser soporte de una  planta en una  sencilla casa de pueblo y ahora pueda contemplarse la inmensa dimensión histórica  de ese epitafio grabado en piedra en Copenhague, más precisamente en el museo danés (Nationalmuseet).


El “Epitafio de Seikilos”.
Pedacito de historia hecha de mármol, afectos intensos, lazos perennes y escritura.
A esta altura vale preguntarse con claridad,  qué es exactamente el “Epitafio de Seikilos”?


El “Epitafio de Seikilos” es una inscripción funeraria datada imprecisamente entre el 200 aC. y el 100 aC. La inscripción fue hecha, originalmente, sobre una columna de mármol con el propósito de ser  colocada luego sobre la tumba de Euterpe, esposa de un tal ignoto Seikilos de Asia Menor.
Luego de  varias vueltas de la vida y con el incierto correr de los siglos, el mármol en cuestion terminó sin su base... hasta llegar a ser un inocente posa-maceta en el hogar de esta mujer desconocida de la ciudad de Aydin, Turquía.

Epitafio de Seikilos.
O la historia de un fragmento.
O mejor aún, de como un fragmento que se vuelve signo mayor de una historia  que relata una sentida e íntima evocacion al amor, a la pérdida, al interminable sentir.

Otro dato curioso y relevante sobre este epitafio es que el manuscrito tiene la forma de una composición musical griega. El "Epitafio de Seikilos" es considerada como la melodía escrita conservada completa más antigua conocida. Una melancólica canción que se ha clasificado a su vez como un tipico “Skolion” o “canción para beber” (los skoliones eran canciones que se cantaban entre los invitados a los banquetes atenienses mientras la lira y la copa de vino escanciado iban pasando de mano en mano entre los bebedores invitados a la celebración).

Las “trilces” (para usar el neologismo-adjetivo creado por el poeta Cesar Vallejo ) palabras que dan soporte a la melodía grabada en este “Epitafio de Seikilos” son las sombras fértiles  que más de  vientiún siglos después nos permiten testimoniar el dolor que produce la pérdida de su esposa Euterpe a Seikilos.
Música, poesía, recuerdo que busca perpetuar la memoria del amor,  evocando a quien se ha amado cuando ese ser ya ha abandonado su cuerpo y existencia en este mundo.
No sabemos nada acerca del cómo o de las particulares circunstancias en que Euterpe hubo de morir, pero sí sabemos que en este último manojo de símbolos que Seikilos manda a grabar sobre la aún tibia tumba en que yacen los restos de su mujer, tambien hay algo de “Amor fati”.

En las palabras de este epitafio hay sin dudas un inmensa tristeza.
Y a la vez hay voluntad de hallar en esa mismísima pena un doloroso aprendizaje vital: un  saber que permita meditar acerca de la necesidad de abrazar toda circunstancia que nos toque afrontar, sea  ésta cual sea. Abrazar la contingencia con que el destino nos sacuda, nos estremezca, nos pasme. Abrazar toda desprevención del destino, aún cuando se trate de la definitiva separación que impone la muerte. No detenerse a morir también en la parálisis inercial del desconsuelo irreparable que impone la pérdida de lo amado. Abrazar, de pie, los pocos pero preciados saberes que dejan en su siembra  dolorosa las pérdidas inexorables.  Conservar los "bienes" intangibles que nos sembró en la existencia quien ahora ya ha partido. Abrazar, a traves de ese “Amor fati”, el saber vitalista que deja en el pensamiento la inexorabilidad de una muerte.

Y así lo hizo Seikilos hace más de veinte siglos atrás.

Seikilos y Euterpe, dos que aún entrelazan en un resto arqueológico que funde al amor, y su duelo  con un Eros que se niega a perderlo todo bajo la guadaña tanática.

Con esta estela funeraria, aquel inbiografiado hombre del que no tenemos rostro ni rastro ni resto más que ese trozo de ajado marmol funerario, intentó vestir con un poco de sabiduría el último lugar en que el cuerpo ya sin vida de su mujer halló descanso final.

El “Epitafio de Seikilo” dice asi:



Mientras estés vivo, brilla,
no dejes que nada te entristezca mas allá de la medida
porque corta es la vida por cierto,
y su retribución el tiempo exige.

ὅσον ζῇς, φαίνου, μηδὲν ὅλως σὺ λύπου•
πρὸς ὀλίγον ἐστὶ τὸ ζῆν, τὸ τέλος ὁ χρόνος ἀπαιτεῖ.
Hoson zēs, pheinou, mēden holōs sy lypou;
pros oligon esti to zēn, to telos ho chronos apeitei




Se trata de lo amado. Lo amado...
En lo amado, una banda de Moebius sagrada hace fluir a Eros y Thanatos en una extraña conjugación llevada a cabo bajo el nombre del divino verbo “Vivir”.




...




Alguna vez,  un hombre que resultaría un ser trascendental en mi alma, me dió un muy deseado primer beso con la música del "Epitafio de Seikilos" de fondo. Fue, sin dudas, el beso más raro que recibí en mi vida. Y para sumar rareza a la rareza, fue un largo e inolvidable beso upside down. Creo que aquella noche ambos brillamos, con una luminosidad  tan  bella  y fuerte como inaferrable.  Corta es la vida, demasiado breve siempre. Probablemente el espíritu de tales brevedades eternizadas por su carga de intensidad haya marcado aquel beso, a ese hombre, a mí.  Quizá.

Hay momentos, circunstancias más bien, en que me digo para mis adentros que valdría la pena despertarse cada día recordando el nudo vital de aquella estela simbólica grabada en mármol...


... as long as you are alive,
shine!




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martes, 5 de julio de 2011

Cuestión de escalas...



Cuestión de escalas...




Alejandro Magno increpaba a un pirata que había capturado
echándole en cara su profesión.

Soy pirata – se oyó responder – porque no tengo más que un barco.
Si tuviera una flota, sería un conquistador.


Alejandro lo dejó en libertad.





Fragmento de “Historias de la Historia
Carlos Fisas
(Ed. Planeta, 1997)

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viernes, 22 de abril de 2011

Hiparco, la alegría hedonista



Hiparco, la alegría hedonista




"La alegría ha sido llamada el buen tiempo del corazón."

Samuel Smiles
(1812-1904)
Escritor escocés




La biografía de este filósofo antiguo, como la de muchos otros "olvidados" por el hegemón académico y su prolijamente excluyente enciclopedismo, es una auténtica bruma.


Comencemos por no confundirlo con otro Hiparco, el de Nicea (quien fuera inventor de la trigonometría, reconocido astrónomo, importante geógrafo, matemático, y hombre de ciencia cuyo apego por la lógica formal ha formado parte de las seguras razones por las que resultó bastante más conocido y afamado que el Hiparco que hoy nos convoca).


Volvamos a la neblinosa vida de nuestro Hiparco, el que nos atrae desde la curiosidad reivindicante.

Los retazos de información que se tiene de Hiparco, el alegre hedonista, son escasos o directamente nulos en muchos manuales de filósofos respetablemente célebres. Lo que tenemos a mano se halla simplemente reducido casi de manera única a lo que nos cuenta el invaluable chusma de Diógenes Laercio en su tan citada “Vida, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres”. Allí se infiere que nuestro amigo, el hedónico Hiparco, se hallaba junto a Demócrito al momento de la muerte del filósofo tracio. Cito la escenografía en el lecho de muerte de Demócrito (no puedo evitar imaginar como una escena de una comedia desfachatadamente tragicómica, al uso de Aristófanes, este fragmento relatado por Laercio):


“Murió Demócrito, como dice Hermipo, en esta forma: como fuese ya muy anciano y se viese vecino a partir de esta vida, a su hermana, que se lamentaba de que si él moría en la próxima festividad de los tesmoforios, no podría ella dar a la diosa los debidos cultos, le dijo que se consolase. Mandóle traer diariamente algunos panes calientes, y aplicándoselos a las narices, conservó su vida durante las fiestas; pero pasados sus días, que eran tres, terminó su vida sin dolor alguno, a los ciento nueve años de edad, como dice Hiparco”.




Teniendo en cuenta la notable indigencia de datos biográficos y de formación un tanto contradictorios sobre Hiparco, lo que sí podemos considerar es que, efectivamente, es considerado como discípulo de Demócrito. También se sabe que ha sido Hiparco el autor de un pequeño tratado de corte hedonista. Tal librejo sensualista, más cerca de nuestros días, ha sido rescatado por Michel Onfray en su libro “Las sabidurías de la Antigüedad – Contrahistoria de la Filosofía I” (Anagrama, Colección Argumentos).


Qué me ha parecido llamativamente un “relieve de pensamiento” a recuperar de entre las ideas que ha esculpido este ignoto -e ignorado- filósofo antiguo?

Pues, en principio algo bien básico (y no por ello menos resaltable): me ha gustado inmensamente el hecho de que que Hiparco utilice la metáfora del “viaje” como una imagen adecuada para describir lo que él considera que es la existencia.




El viaje de la vida

Los viajes como metáfora de la vida que se ha vivido, que se va viviendo.

El “viaje” es una de las más bellas representaciones a las que acudir para transmitir cierto grado de comprensión sensible acerca de los laberintos, perdiciones, amplitudes, retos o derrotas por los que transita un ser viviente.

Es que, verdaderamente, una vida es como un viaje.

Los hay cortos, eternizables y poderosos, como lo fue la vida de Aquiles. Los hay largos, serenamente denunciantes y prolíficos al modo de Saramago. Hay viajesvidas escandalosos al estilo de Diógenes. Los hay aleccionadores, si seguimos las pisadas de un Deleuze, de un Sócrates. Los hay brillantes, rebeldes y violentamente arrebatados de este mundo, al estilo de Hipatía de Alejandría. Los hay intelectualmente intensísimos y provocadores como evoca la sola mención de un Nietzsche. Los hay desesperadamente poéticos y suicidas al modo de Alejandra Pizarnik  Viajes. Vidas. Y muertes.

El valor de tomar esta imagen del viajar como metáfora vital implica a su vez toda una serie de resonancias asociativas. Juego de metonimia con el mar, con el ponto y sus misterios, con el peligro y el coraje de la travesía, con aventurarse a lo desconocido, con la destreza del navegante, con la tekné mixturada con la sapiencia que debe alquimizar sabiamente quien se hace mar adentro de la vida. El viaje encierra toda una cadena de representaciones ligadas a las partidas y las llegadas, a los avatares del destino y las acechanzas que en medio del camino puede depararnos el “jugado movimiento” que es tomar la existencia como un abismo al que vale la pena lanzarse.

Viajar implica trabajar desde/en sí mismo, en lo temido y en lo ansiado, desaprendiendo el mapa conocido a cambio de lanzarse a una cartografía enigmática en la que se deberá aprender una adecuada valoración de lo pasajero y/o de lo definitivo, pero cuya meta no siempre coincide con ese resultado relativísimo al que denominamos “llegada”. Se trata de comprender, desde esta metáfora, la crucial importancia para un ser de darse un tiempo para la apuesta a la aventura de construir un sentido para su propia existencia, de otorgarse a sí un espacio para el moldeo singularizado de su propia subjetividad.

El “viaje” es, in summa, posibilitador de la andanza, de la celebrable capacidad de nomadizarse y abrir líneas de fuga que burlen el ceñimiento que termina imponiendo cualquier clase de fijismo.




Hiparco, un viaje posible

Tomar entonces la vida misma como viaje es colocar todo ese puñado de bio-representaciones que confluyen en un ser como si las dispusiéramos sobre una delicada seda semitransparente. Comprender toda esa complejidad que compone lo vivido por alguien -complejidades algunas evidentes y otras acalladas en el silencio intimista de lo que una vida relatada nunca "dice" ni dirá de sí misma- es desplegar esa seda cargado de hechos-datos-huellas a la luz del pensar. Pensar y biografiar la vida de alguien como viaje es, en sí, también un singular periplo.

Seguir el derrotero de signos y rutas por las que ha transitado un filósofo poco reconocido y divulgado menos aún, implica igualmente analizar situaciones puntuales en la existencia histórica e historizable de un ser singular, describir su obra sin despegar quirúrgicamente el tejido vital que duerme entre las ideas y conceptos por los que ha surcado su pensamiento. Las trayectorias y decisiones electivas que configuran el mapa de vida de un filósofo han de tomarse como los puertos que ha tocado la nave inquiriente de su existencia. Su legado, los mundos en los que ha anclado y des-anclado .

Hiparco...

Hiparco es griego, lo cual es otra manera de decir que ha nacido y crecido en un universo geográfico afín al agua, a la sal, a las embarcaciones, a los puertos, a lo isleño, a lo esclavizante y a lo aristocrático. Ser griego es ser subjetivado por una trama de microrelatos cargados de hazañas, batallas, ciudadanos, guerreros, barcos, anclas, cordajes, muertes, heroísmos, playas, dioses, goces, sangre, templos, vino, banquetes, y temperancias. Todo teñido por la brisa constante de las costas marinas. Hiparco era, en tal contexto, un hombre conocedor de las travesías. Y si la vida es travesía, habrá que considerar que lo que él llama “vivir” es habitar lo mejor posible el breve trayecto que nos toque recorrer con este cuerpo tan gozoso como padeciente, tan ávido de eternidad como acotadamente mortal. Porque, digámoslo con Hiparco, la vida siempre resulta demasiado breve. Incluso a veces, hasta brevísima.

Para colmo los buenos momentos no suelen ser tantos ni tan durables en el balance contable final si los comparamos con los malos momentos, con lo que se puede sufrir (o se ha sufrido). Los nefastos eventos que nos laceran a través de los dolores que de ellos emanan, suelen ser no pocos: enfermares de nuestro cuerpo, la tristeza en que nos podemos llegar a sumir al pasar por fuertes sufrimientos afectivos, desgracias inesperadas a que nos someten ciertos implacables peligros propios del simple hecho de “estar” dentro del estado que impone la naturaleza del planeta (cataclismos impredecibles, terremotos, tormentas destructivas, erupciones, plagas, pestes…).

Hiparco “sabe” que el viaje siempre es complicado y que nuestra humana condición es asimismo altamente precaria, vulnerable. Somos seres afectables por el dolor, seres doliente y a la vez productores de dolor. Estamos potencialmente expuestos a diversas formas y grados de dolor, muchos de ellos simpletamente inevitables o apenas pervenibles. De ahi, desde esta afirmación en la cual ni se niega, pero tampoco se cultiva el dolor, Hiparco ha de fundar su filosofar.





Guía hiparquiana del buen vivir 

Veamos ahora entonces tres planos de sugerencias para un mejor vivir que se desprenden de los planteos hiparquianos. Son breves, más una suerte de post-it prácticos que un tratado de aires solemnes. Tal breviario vitalista que nos ha legado el filósofo hedonista no es, pese a su simpleza, en absoluto falto de profundidad. Tal como veremos a continuación, las enseñanzas de Hiparco apuntan a remover innúmeros daños y limitaciones que ha impuesto la llamada “moral de esclavos” imperante aún en nuestra decadente sociedad:




1- Presentificar la existencia.

Esto es, primeramente, comenzar a practicar un apego mayor al presente.
Estarse aquí. Estarse ahora.
Un aferrarse al “bien” (en el sentido de "lo que es bueno para uno") del instante actual.
Volverse habitante del “ahora” del “aquí mismo”, de eso simple pero valioso que anida en algún rincón de lo que actualmente acontece. Utilizar el razonamiento, el pensar razonante, para seleccionar de entre la posible pesada basura cotidiana que a veces debemos enfrentar, lo que hace bien. Lo que nos hace bien En otras palabras, tender a la alegría, abrazar con afirmación poderosa la fugacidad positiva y positivizante que se nos anda escabullendo en algún punto del instante presente. Ser livianamente presentistas.

La espera de lo futuro –esa vana promesa que, de llegar, suele acudir a nosotros inmersa en un aura de imperfección frustrante, siempre a destiempo, siempre menos maravillosa de lo que nuestra fantasía dibujaba- es más que una apuesta a la esperanza, una certeza plena de desilusión.  Expectar conlleva a la decepción, a la tristeza del que desespera por no haber alcanzado a hallar aquello imaginario que tanto anhelaba desde el perfeccionismo infantil que tiraniza a la mente con sus mandatos de perfección. Ser menos narcisistas redunda a veces en ser menos esclavos psíquicos tutelados por la crueldad de un Super Yo impacientemente implacable.

Ni pasado ni futuro, eso nos contagia Hiparco.  

El pasado es un extravío entre las tinieblas de lo irrepetible y la nostalgia, mientras que el futuro es promesa inllegada cargada de altas dosis de incertidumbre o frustración.
Quien no se deja seducir por el poder melancólico de la anoranza ni por el poder de embrujo que posee la promesa de “lo que vendrá” se autoinmuniza de algún modo contra el dolor del desencanto.
Como buen hedonista Hiparco recomienda focalizarse en el disfrute del momento presente y considerar la actualidad en sí misma como fuente de la que extraer dicha para el alma y para el cuerpo. Cómo? No hay ruta definida. Ni ingrediente mágico. Pero este llamado a la actualidad del acontecer es parte del imperativo ético para Hiparco. Presentificar la existencia. Dotar de un valor intenso y saludable al fragmento de ciertos instantes.




2- Descentralizar la quejosa idea de “Por qué a mí..?”

La fascinación por la queja no es sólo patrimonio de las histéricas. O en todo caso, vendría bien historizar la histeria más prolijamente como problemática que de ninguna manera escapa a los atravesamientos de los poderes, la dominación, el culto a la debilidad como virtud, las estrategias de gobernabilidad, etc. Sin ir más lejos, toda nuestra cultura judeo-cristiana posee un hechizo espiritual por el sufrimiento, una atracción (que limita llamativamente con el morbo) por la figura de la víctima, un imán hacia lo doliente (si sabrán de esto los exitosos poetas románticos de todos los tiempos!), un bajo gusto por la práctica constante del lamento.

Hiparco, antecediendo en siglos a Spinoza y a Deleuze, alerta ya sobre el peligro enfermante de "cultivar la tristeza".

Primeramente, dejar de considerar que el quantum de acontecimientos negativos que suceden “sólo” nos suceden a nosotros. Es cierto que quién, sino cada uno de nosotros mismos, puede definir con lujo de detalles lo que es sufrir un embate del destino, lo que es pasar por la tremenda dolencia que implica atravesar determinadas pérdidas, lo que es temer o haber vivido ingratos peligros, lo que es afrontar con dolor inenarrable las desgracias emocionales o físicas que nos haya tocado padecer, lo que es sobrellevar enfermedades o duelos significativos. El dolor (cómo y cuánto algo nos hace doler) es algo totalmente intransferible. Del mismo modo es completamente cierto que sólo uno puede ser el mejor -y único- portavoz del relato de la mismidad en desgracia. Pero aún dando todo lo anterior por verdadero, no es menos cierto que todo ser vivo debe enfrentarse a la enfermedad, o a la injusticia, o a la decadencia física, o a la maldad, o al sufrir, o a las variadas caras que desafortunadamente asume el infortunio. Nadie es quien para enarbolarse como único destinatario de los modos del dolor.

Todos, en tanto humanos, somos atravesados por la condición sufriente, de maneras diversas, con intensidades diversas -y desde ya- con armas materiales-físicas-situacionales completamente distintas y desiguales para luchar contra ese sufrir (incluso los recursos para enfrentar  ciertos dolores están, políticamente, distribuidos en forma trágicamente inequitativa). 

Somos singulares para dar voz y poner en estado de discurso al también singular dolor que nos aqueje. Pero nadie está excluido de los circuitos múltiples por los que el dolor toma forma y recorre cada existencia. 

Nuestra narrativa del padecer sólo puede ser puesta en signos-palabras por cada quien (incluso habría que acotar que hay quienes siquiera pueden ponerle voz propia, signos audibles, a lo que duele, a lo que duela). El sufrir, insistamos una vez más, es definitivamente una experiencia triste no transferible. El dolor nunca es auténticamente algo narrable si quien escoge los decires es una bocavoz otra, o tercera. Pero pese a todo esto, de ningún modo somos los únicos en remar con exclusividad las pesadas aguas en que flota la “condena” del dolor.

El dolor y los infortunios son universales, aunque desde ya es remarcable que las condiciones para afrontar esos reveses están pésimamente distribuidas y esto es un hecho tan real como la universalidad del sufrimiento.

El punto a que nos lleva Hiparco con su llamado a dejar de considerarnos el “ombligo de las desgracias” es que la soberbia de la víctima suele ser apabullante, y voraz (éste es un punto de vista de gran incorrección política en nuestra época, por cierto, asunto que trabajará con gran maestría y coraje Pascal Bruckner en algunos de sus recomendables escritos).

Por momentos hasta pareciérame que existen gentes capaces de entrar en competencia a ver quién ha pasado por mayor dolor, por peor injusticia o por mayor aflicción. El deporte de los lamentos es ampliamente practicado en casi todo el mundo. Es que existe una especie de "pain score" cuyo puntaje mayor otorga el primer premio al más virtuoso?  A veces escucho, casi al borde de la verguenza ajena, a quienes contabilizan sus dolores como si se hallarán batiéndose con otros imaginarios sufrientes en un concurso de lamentaciones, de manera tal que quien acumule mayor padecimiento se vería coronado por un aura de beata virtud. O lo que es más deleznable, al más convincentemente quejumbroso se le permitirá ejercer una despiadada sed de castigo-venganza-resarcimiento ad infinitum bajo el nombre de “derecho de la víctima”. Subsidios estatales, licencias laborales, indemnizaciones lavadoras de culpas, o hasta puestos gubernamentales forman parte de la cadena de trofeos que pueden llegar a llevarse las “mejores víctimas”. Porque en este punto es una obligación distinguir que entre víctimas que se autoinsuflan el carácter de tales a través del recurrente recurso de la queja como “caso resarcible”, y víctimas reales. Las primeras terminan quitándole los justos derechos a las víctimas reales que sí han pasado calladamente incluso por peores infiernos terrestres arropadas con el manto invisible del silenciamiento forzado las más de las veces. Este sobrepoblamiento discursivo de víctimas invencionadas justamente genera efectos completamente injustos para con las ya extensas cantidades de víctimas que sí son reales. Estas últimas deben, revictimizadamente, “hacer fila” en busca de justicia, mezcladas en el largo corredor de modernos quejosos con derecho a indemnización que ha fortalecido la falaz administración de igualdades pseudodemocrátista.


Hiparco es quien nos recuerda que el mundo y sus seres han sido susceptibles de enfermar, padecer y perecer desde siempre. Somos animales frágiles y fragilizables. Un poderoso virus puede poner en severo jaque a nuestro sistema de defensas, una piedra al azar puede partirnos la cabeza en una turística práctica de trekking, un tonto accidente doméstico puede poner fin a las funciones de la médula espinal de un desprevenido mortal que inocentemente se duchaba para ir rutinariamente a su trabajo, un grupo de células puede rebelarse malformándose y acabar con un cuerpo sano en cuestión de meses, una bala puede pasar por el parabrisas de nuestro auto en medio de la violencia de un inesperado robo, un dolor afectivo puede hacer mella en nuestro corazón literalmente, un desastre natural puede terminar con un hogar, despedazar una familiar, abatir a todo un pueblo en apenas minutos.  Todo esto forma también parte del curso de la vida misma y sus remolinos. Placas tectónicas moviéndose bajo nuestros pies, hélices genéticas predeterminando enfermedades, estilos de vida muy expuestos a la somatización del stress, el azar entre las probabilidades accidentológicas, los índices de criminalidad crecientes.

Tantas cosas hacen al incremento de nuestra ya natural fragilidad! Somos parte de un azar inmanejable, del mismo modo que no podemos controlar los genes que nos mapean, ni la matriz simbólica en la que hayamos nacido y crecido (y me refiero a las otras matrices también: la matriz económica, la matriz religiosa, la matriz social). Estas matrices no son escogibles, ni los problemas y limitaciones que impone tal procedencia. Lo que sí es cierto es que nadie puede privarnos de la libertad de elegir qué podemos hacer con esas matrices una vez que las asumimos y hemos pasado por el -a veces- también penoso proceso de admitirlas y reconocerlas.

Nadie nos ha destinado como portadores especiales de dolores.
No merecemos el sufrimiento para expiar ningún pecado original acometido por ancestros imaginarios.
No vinimos a esta vida para que nuestra carne padezca.
Excepto que nos creamos que tal (divina?) designación sufriente se ha enfocado hacia nuestra persona por un designio del más allá a fin de ser puestos a prueba en nuestra tolerancia al sufrir. Hay quienes suponen con fervor que hay alguna “voluntad” aleccionadora supernatural en esos dolores que nos toca pasar, o que existe algún invisible ser supremo que gusta de escoger “especiales sufridores” (o especialistas en sufrimiento) para que llenen su currículum con un "Master en Desgracias", y así sus almas ganen un boleto en primera clase, directo y postrero a algún lugar privilegiado dentro de la pirámide organizacional que parece prometer la fábrica ultraterrena de bienaverturanza celestial.

Ni dolientes especialmente seleccionados por ningún hado ni ningún dios imaginario, ni pecadores designados para ser repetidamente desgraciados y con ello pagar el peaje a ningún paraíso postmortem.

Hiparco nos devuelve a la simpleza pagana.
Y a la modestia mortal de hacernos ver como lo que somos: brevísimas motas cargadas de latido apenas flotando en la infinita vastedad de un universo que carece de fin y de sentido.  Y esta modestia de vernos como la nimiedad que somos realmente, es al mismo tiempo un acto nada humilde. No es humilde porque deberíamos ver en este jubiloso azar que es haber salido de la nada al existir, un privilegio estadístico, un llamado a honrar con inmensa gratitud alegre y gozosa el hecho de estar vivos.

Aprender a ser lo que somos: insignificantes granillos de arena en el vasto y medanoso universo. Eso somos. Aunque también debemos ser dadores constantes de sentidos pasionales que bañen a esa misma vida sin sentido ni destino prefijado con un aura alegre de afirmación, libertad y terrena voluptuosidad placentera.



3- Perspectivizar el dolor

Los dolores deben ser “medidos” (por usar una expresión más o menos explicativa) como retos propios a los que estamos sometidos todos los humanos en mayor o menor proporción sólo por el hecho de habitar como especie este planeta y sus “irregularidades”. Irregularidades que el discurso dominante llamará asimismo “inequidad”, o "desastre ecológico", o "hambre" o "pobreza extrema", o "guerra", o "intolerancia"... o “daños colaterales”.

La heterogénea distribución de acceso a la materia devenida “bienes”, variedades de geografías con variedades de peligros climatológicos, exposición diferenciada a los factores naturales, adversidades culturales-sociales-económicas francamente inhumanas imponen severas restricciones a la voluntad de alegre afirmación con que todo humano debería poder honrar el mero hecho sublime de estar vivo.

Recordar siempre que hay otros que la pasan peor que uno no es un consuelo ni muy efectivo ni muy práctico, pero ocasionalmente sirve para que no olvidemos que no tenemos un contrato de exclusividad con el sufrir (ni con el placer, dicho sea de paso), y menos aún habrá coronamiento para el “mejor sufridor” ni una necesaria justicia post-terrena que ampare finalmente al “mayor quejoso” de los infortunios existenciales que haya atravesado.

Vivo ahora en una región del Africa subsahariana, y algunas geografías -y producciones de subjetividad derivadas de tales geografías, culturas, desgobierno, violentamientos, hambrunas desesperantes, guerras sin tregua- ponen aún más las cosas en escala. Ver a un joven morir de hambre en Zimbawe, ver a un bebe enfermo de Malaria en Etiopía -uno de los que se muere cada 30 segundos en Africa-, ver camas llenas de pre-muertos de SIDA en Namibia, o conocer a una mujer en Johannesburg que tal vez pase a formar parte de las estadísticas de violación -teniendo en cuenta que una mujer es violada cada 26 segundos en Sudáfrica- todo esto hace que, indefectiblemente una tenga el deber de poner, cuanto menos, el dolor propio en perspectiva... 




4- El pasaje del vaso vacío al “vaso medio lleno”

Sí, se trata de recuperar las representaciones que afirmen las fuerzas ascendentes y limitar el poder enfermante de aquellas representaciones que tiendan a debilitarnos, a quitarnos potencia, a ser objeto de las fuerzas descendentes.
Y justamente practicar esta "selectividad existencial" duramente sobre todo cuando arrecian grandes tormentas-tormentos cargados de tentáculos de negatividad. En momentos difíciles nos resulta mucho más arduo dar con sentidos positivos que nos conduzcan a aprender de los reveses que se viven en la amistad, en el amor, en el trabajo, en la familia. Podemos perder posesiones-objetos, dinero, propiedades- ver como se va desdibujando una antaño valorada amistad, conocer el enojo doliente que acarrea una punzante traición, experimentar la ponzoña de que se difunda una venenosa mentira sobre nuestra persona o sobre nuestros seres queridos, sentir el desgarro inconmensurable de un desengaño amoroso, o perder en manos de la muerte a quien tanto se ha amado. Sin dudas, ante tales escenarios de dolor, será saludable darse un hondo tiempo para las lágrimas, todo el necesario… pero pasado el duelo, hay que duelar el duelo mismo. En algún momento asomar la cabeza fuera del pozo oscuro y soportar otra vez -al principio es un literal soportar- el encuentro con la luz. Luego de  haber llorado todo lo necesario de ser llorado, hay que recuperar el hilo conductor del trabajo sobre sí mismo.

Hallar tal vez una explicación semiarticulada para lo que pasó, a veces forma parte de la sutura.
Pensar en qué horizonte nuevo se abrirá luego de que esa misma herida avance en su proceso de cicatrización también forma parte del túnel de salida del sufrir.
Otras veces, quizás perder nuestros bienes nos resulte en algún sentido liberador o en algún aspecto nos haga redimensionar otras formas de valor que la sujeción a la materialidad no nos permitía apreciar.
Tal vez el amigo que nos dio la espalda y se aleja nunca había sido tal, o se ha desfasado de nuestro recorrido en un punto tal que el lazo afectivo-amistoso no era ya más sostenible.
Acaso la traición nos enfrente de una vez por todas a las cegueras y falsas creencias que jamás nos hubiéramos atrevido a mirar del otro, por temor, por inseguridad, por cobardía o por comodidad.
Quién sabe si fortalecerse luego de una infamia y de estoicamente haber sido objeto de la maldad de injuriarnos no nos vuelvan finalmente más pulidos de espíritu, más capaces de ponernos de pie y mostrar desde el ejemplo lo que es luchar por la propia dignidad, pudiendo gradualmente ir sintiendo que se ha adquirido mayor valentía al haber sido uno capaz de calzarse las sandalias de David y derribar con la gomera de la verdad al Goliat que con sus mentiras nos pretendió denostar.
Tal vez tras la hecatombe del desengaño apreciemos en su justa medida ese terreno de pequeñez inauténtica en que mora el traidor y re-aprendamos lo que es la grandeza ética de aquellos que realmente son capaces del don de la lealtad.
Quizás perder lo intensamente amado nos lleve a cobijar en la calidez de la memoria lo mejor de lo vivido con ese particular ser, y a re-evaluar que aún nos queda la belleza de los instantes únicos que todavía podemos seguir compartiendo con los que nos acompañan sin mascaradas por entre este trayecto que es persevar en la existencia.

Entonces, transmutar el dolor en alegría.
Virar de las pasiones tristes hacia estados que propicien y produzcan alegrías.
Pegar un golpe de timón en un resquicio -aunque éste sea muy pequeño- que nos de la tempestad.
Y como un Odiseo sacudido en el Odre de los vientos, gritar en busca de un sentido posible flotando escondido entre los restos del naufragio, entre los despojos en que nos sentimos apenas suspendidos luego de que una mayúscula vuelta de campana puso patas para arriba nuestra nave vital.




Hacia un jubileo pagano

Para Hiparco, finalmente, la vida debe ser ocasión de júbilo “nos toque bailar con lo que nos toque bailar”. La filosofía, para este casi anónimo discípulo de Demócrito, es el camino que nos permite poner en perspectiva todo: ubicar en la vanalidad y en cuidadoso distanciamiento a lo trivial, aceptar en su punto medio lo inmodificable, acercarnos sin rodeos al presente cuando éste está investido por el bien de la dicha, o extraer del barro doliente la diamantina lección de vivir la vida sin dilaciones.

Hiparco nos quiere jubilosos, lo cual quiere decir, habitando con prevalencia la dicha. Ser plenariamente indulgentes en lo que hace a proveernos de pequeños o grandes placeres. Recobrar la libertad en la gracia de danzar lo que se viva, siempre, como si se tratara de una potente fiesta, trágica fiesta del existir.
Sensualizarnos.
Hedonizarnos con refinada sensibilidad.

Adquirir una relación de contacto con la vida tal, que jamás renunciemos al alimento del goce y al regocijo delicado pero intenso de todos los sentidos.
El disfrute de los instantes felices, y la puesta en destaque de los buenos momentos fugaces pero potentes serán para Hiparco la mejor garantía de una vida “lo más placentera posible” (tal el encabezado del capítulo que Onfray le dedica en su libro) y este será a la vez el mejor antídoto a que podamos acudir ante las ponzoñas del destino, el declinar de nuestros cuerpos y la dolencia que imponen las desgracias.


Hiparco, o cómo hacer de estar vivo una celebración enhebrada por la pasionalidad alegre que emana del placer de crear, construir, producir, preservar, cuidar, modelar y elegir en total libertad deseante buenos momentos…



(Me gusta Hiparco, sobre todo en la llamada "Semana Santa". Que bien conste).






Imagen:
"La alegría de vivir" (1905-1906)
Henry Matisse



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lunes, 23 de agosto de 2010

Las persuasivas tetas de Friné


Las persuasivas tetas de Friné





“La belleza es despiadada.
No la miras tú, te mira ella y no perdona.”

Nikos Kazantzakis



“Misterio es lo visible, no lo invisible.”

 Oscar Wilde





La belleza de lo femenino ha sido territorio para la abundante siembra de reflexiones intelectuales y pensares meditativos. Cuando tal belleza es ocasión que convoca al deseo, al encantamiento, y al deslumbre magnetizante, la razón se vuelve indigente y poco tiene para decir al respecto. Si consideramos la belleza como un tipo de “bien instrumental” (en el sentido de “ser útil” para ciertos fines) también debería compartir esta categoría englobadora con el dinero, e incluso con la libertad y hasta con el erotismo.

Ser libre. Poseer bienes suficientes. Tener belleza. Saber dar y darse placer.
Cuadrángulo que ofrece sus empinados lados para tratar de dar soporte ético, estético, simbólico y real a una subjetividad… exitosamente lograda?

Los míticos derroteros de la hetaira griega Friné parecen ser una subyugante síntesis perfecta de la potenciación que puede alcanzarse cuando se  combinan con inteligencia y buen tacto estos cuatro bienes instrumentales: dinero, libertad, belleza y erotismo. 
Preguntémonos, pertinentemente en este punto, si deberíamos considerar efectivamente a la sexualidad (en tanto refinado arte de educarse en-para lo erótico) un bien instrumental. Acaso han hecho las mujeres del sexo cultivado un “instrumento para”?  Ya avanzaremos sobre este punto un poco más adelante.
Si estos bienes instrumentales que mencionamos más arriba, en su kairológica conjunción, permitieron a Friné pasar a la historia, también parecería afirmable que esta antigua bella donna  tuvo a lo largo de su existencia una extraordinaria capacidad sensible e inteligente para saber navegar con tales bienes hacia el puerto nada  seguro de  intentar construir su propio destino.

Dinero? La chica supo hacerse de una más que significativa pila de decadracmas de oro.
Libertad? Pues su biografía ejemplifica uno de los posibles devenires disruptivos que podía tomar la libertad femenina como ejercicio de contrapoder (también los riesgos y peligros que tal libertad exigía por momentos afrontar en el tiempo que le tocó nacer) en un mundo claramente dominado por la masculinidad patriarcal.
Belleza? Sin duda. Toda su vida puede ser considerada como un constante pivotear en la potencia que emana de cierto tipo de exhuberante belleza mujeril. Es más, el juicio a que fue sometida en el siglo IV aC. bien podría abonar la tesis de Elaine Scarry (“On beauty and being just”) quien encuentra una conexión demostrable entre belleza y justicia.
Eros? El arte de los placeres sensuales/sexuales era ni más ni menos que el campo de entrenamiento de las hetairas. Pocas fueron recordadas en el mundo prostibular antiguo como Friné lo fue por sus inmejorables dotes amatorias y sus tan reconocidos dones a la hora de oficiar de intermediaria de la mismísima diosa Afrodita.


Oh divina
Friné…  





-Friné, historia de una hetaira


Si algo hay para decir en primera instancia sobre ella, es que todas las voces documentales coinciden en que fue una hetaira con una  belleza de alto impacto.
Perfecta como una diosa, y sin metáfora.
Ella era una suerte de afrodisíaco pasaje a los viajes del goce encarnado en pliegues, curvas e irresistibles encantos de fémina mortal dedicada a practicar las artes embelezantes del erotismo antiguo. Aristocracia prostibular que demarcaba con distinción a aquellas que llegaban a llamarse "hetairas".
Friné…
Hija de un tal Epikles, Friné nació en el 321 aC. en Tespias al pie del monte Helicón, región de Beocia y tierra de eolios. Si el origen es marca, pues en este caso lo ha sido poderosamente: Tespias tenía como dios principal a Eros, y era sede de la celebración de las fiestas “Erótidas” en honor a la mencionada deidad. Y sí, hay geografías que filigranan simbólicamente quien se es y será.

Friné no era su auténtico nombre de nacimiento. Su verdadero nombre fue Mnesarete  (Μνησαρετή) palabra que en griego antiguo significa “conmemoradora de la virtud”. Fue apodada “Friné” (Φρύνη) que quiere decir “sapo”, casi más que seguramente por antífrasis (figura retórica muy común entre los griegos que consistía en denominar a algo o alguien justamente con una palabra que indique todo lo contrario de las características o virtudes que poseía el objeto o sujeto en cuestión).
Siendo aún una pequeña se dedicó a la venta ambulante en su Tespias natal. Pero cuando la bonita niña se fue transformando en una hermosa y voluptuosa jovencita, poco tardó en sentir una irrefrenable ambición que no se contentaría ya con los pocos óbolos que juntaba cada duro día a través de las ventas por las calles.
En esa ambición, en ese “ir por más”, su escultural cuerpo tallado con el cincel de la belleza desmedida fue la clave. Pero agreguemos que no lo fue en menor medida la educación en el hetairismo. El ejercicio de la prostitución “erudita y sofisticada” le permitió el inusual privilegio de vivir como una mujer libre en medio del atenazante patriarcalismo sexista de la sociedad griega antigua. Friné se escapará así de las asfixias de una vida condenada al destino de su género decircunscribiéndose de los perímetros del gineceo a través de una doble vía: sus naturales dotes estéticas y su formación en los asuntos y usos de las aphrodisias.  

Probablemente empujada por su propia imagen de narcisa belleza femenina (en combinación con una fuerte autoestima y un libertario deseo de independencia infrecuente entre las mujeres griegas que apenas si se limitaban secamente a cumplir su rol como unidades uterinas reproductoras de ciudadanos y algunas otras más o menos banales extensiones funcionales de este rol principal en la escenografía biopolítica de la polis) en el esplendor de su juventud resolvió dedicarse plenamente al oficio del hetairismo. Se educó en las artes del placer sensualista, la dación de satisfacción sexual y la capacidad de saber acompañar cultamente a sus eventuales clientes masculinos en banquetes y veladas para las que especialmente se contrataban las hetairas. Aprendió los mil y un modos de dar complacencia a los hombres desde el cuerpo y la palabra, desde la música y la poesía, desde las cuerdas del clítoris a las de la lira. Hacer gozar a innúmeros nobles atenienses con sus carnales encantos y sapiencias de la buena compañía fue en lo que consistió su reputada ocupación. Friné ejerció el exótico e interesante oficio del ser y vivir como una hetera con excelencia: fue la mejor entre las de su rango. Las extraordinarias  dotes de esta afrodítica mujer la hicieron rápidamente famosa en todo Atenas y más allá. Entre sus amantes más conocidos pueden contarse desde el rey de Lidia, al afamado escultor Praxíteles, pasando hasta por el cínico Diógenes de Sínope (se habrán amado en su legendario tonel o bajo cielo abierto del ágora coronados apenas por la básica sábana de la luna cubiertos tan solo por las sombras cómplices de la noche?).

Decir que Friné fue una hetaira quiere decir también que se le atribuía como tal, cierta conexión con lo mágico y lo sagrado. No olvidemos que para los antiguos, las cortesanas poseían poderes vinculados con los dioses: se creía que por la vía del sexo las hetairas iniciaban a los hombres en los misterios de Afrodita. De hecho, y para ratificar lo anterior, en este caso también vemos que  efectivamente Friné  fue sacerdotiza de la diosa del deseo.

Si seguimos el catálogo de virtudes cortesanas que brillantemente compilara muchos siglos después Susan Griffin con el propósito de ahondar el estudio de la historia del cortesanato francés, tales “virtudes” se reunián en un ensamblaje impecable en la beocia Friné. Ella tuvo un temprano y continuo sentido de la oportunidad, una rotunda e indiscutible hermosura física, la dosis justa de descaro, un ingenio brillante para jugar todos los papeles que su oficio le solicitara, una alegría entendida básicamente como joie de vivre, un tal manejo de la gracia que prometía casi seguros devenires hacia la pasajera felicidad, encantos encantadores capaces de encantar encantadoramente. Gozar de esa (ciertamente cotizada y costosa) compañía de la tan virtuosa Friné era como beber néctar de los dioses. Hay mujeres capaces de dejar marcas indelebles en cada paso que dan en su camino existencial y en cada hombre que se estrella con una  entregada sonrisa contra sus peligrosas curvas. Friné fue sin dudas una de esas mujeres marcadoras.        


Demóstenes decía, para dar mayor claridad descriptiva respecto de los estamentos en los que se distribuían las mujeres en la antiguedad griega:

“Nosotros tenemos compañeras (hetairas) para la voluptuosidad del alma y prostitutas (pailakas) para la satisfacción de los sentidos; y mujeres legítimas para darnos hijos de nuestra sangre y llevar nuestras casas...”.

Políticos griegos, militares del Peloponeso, aristócratas, artistas y filósofos fueron ocasionales compañeros de esta seductora prostituta de lujo. Las hetairas eran aquellas entre cuyas gracias y talentos se encontraban, no solamente en manejar con delicada eficiencia los recovecos lúbricos de las aphrodisia, sino también cantar, recitar poesía, danzar y fundamentalmente acompañar a los hombres que las contrataban para pasar con ellas una velada y/o deleitarlos compartiendo con ellos placeres varios bien regados con vino y una refinada conversación. Probablemente Friné se habría educado en este particular oficio en una de las míticas escuelas para la formación de hetairas que había en la ciudad de Lesbos, en Mileto y también en Corinto.





-El anecdotario de una belleza libremente exhibida

Friné fue una hetaira bella, inteligente, discreta y talentosa. A diferencia de otras de su mismo oficio, no gustaba de andar por los baños públicos, y en general salvo alguna que otra excepción, parece haber tenido un bajo perfil si consideramos la alta exposición que el rol mismo de hetaira exigía al estar siempre rodeadas de ciudadanos poderosos y muy conocidos socialmente. Se dice que Friné hizo muchísimo dinero con sus eróticos y erogenizantes talentos. Tal fue la capacidad que tuvo de hacer fortuna a través de su cuerpo y de sus terrenales atractivos, que hasta se ofreció ella misma a pagar –de las arcas de su propio tesoro acumulado- la reconstrucción de la muralla de Tebas que Alejandro Magno había destruido en el año 336 aC. Una cortesana aportando sus dracmas de plata ganados desde su erótico cursus honorum e interviniendo en la solución de los asuntos de la polis…? Horror de horrores!!! Pero la cosa es que los viriles señores del ágora igual le aceptaron su generosa colaboración, y la muralla en cuestión fue reconstruída gracias a la benevolencia cívica de esta finísima prostituta.

Otra de sus más conocidas anécdotas relata que durante las celebraciones correspondientes al festival de Poseidón, la irresistible Friné solía acercarse a orillas del mar soltando las horquillas que recogían sus abuclados cabellos, dejándolos caer completamente sueltos sobre sus hombros y se adentraba -vestida únicamente con una delgadísima túnica de gasa- en las aguas del mar frente a todos los estupefactos asistentes al festival. Verla salir del mar con sus transparencias delineando las agraciadas convexidades y concavidades de su cuerpo era en sí mismo un festín aparte que se anexaba como mágicamente al festival del amo del mar. En ese momento todos olvidaban que estaban allí para honrar a un tal Poseidón del que durante esos minutos nadie recordaba nada, sumidos como estaban bajo el hechizo físico de la bella Friné y sus atributos salidos del agua cuan una Emmanuelle anticipada en la línea del tiempo cinematográfico. Hombre mujeres, jóvenes y adultos, curiosos imberbes y viejecitos deslibidinizados, nadie quería perderse ni un centímetro ni un detalle de la invitante carne mojada de la celebérrima hetaira: no todos los días podia verse a una mortal tan soberbiamente perfecta en estado de divinísima transparencia. De esta famosa escena marina que evocaba a Afrodita naciendo de la espuma marina, y de los esplendores desnudos que insinuaban su curvoso erotismo se alimentó la inspiración de muchos artistas de su época y de  otros de tiempos históricos subsiguientes. Tan fuerte fue su influencia que el pintor Apeles se inspiró en ella para imaginar su pintura “Afrodita Anadiómena” (que en griego significa “Afrodita saliendo de las aguas”).  Otro famoso artista que cayó en las redes de esta amante exquisita fue el escultor Praxíteles. En su obra “Afrodita” utilizó como modelo a Friné. Praxíteles se declaró locamente enamorado de la joven hetaira. Incluso una de las más famosas esculturas en la que Praxíteles había tomado de modelo a Friné se hallaba en el Templo de Delfos, nada menos que entre las estatuas de Arquídamas, rey de Esparta, y de Filipo, rey de Macedonia. Friné, o el emblema en tensión sagradopagana de la belleza estatuaria.

Pero luego de aquellos desinhibidos episodios en que  emergía con su túnica mojada del mar –anécdota que corría de boca en boca entre los atenienses con la misma velocidad con que recorre una llama el camino de la pólvora- las cosas se pusieron complicadas para la hetaira de sangre eolia...




-Del “mito” sobre el juicio a Friné y sus mitemas


En el 347 aC. Friné fue acusada de asebeia (la misma acusación que se le hiciera a Sócrates), falta que se castigaba con el destierro o la pena de muerte según los casos. La asebeia como delito incluía todo comportamiento contrario a lo religioso: desde faltar el respeto a los dioses de Atenas, negarlos, el desprecio hacia lo religioso, e incluso la excesiva (irrespetuosa) familiaridad con los dioses. El delito de impiedad por el que se le juzgaría a la seductora Friné habría sido por haber profanado los “Misterios Eleusinos”. La acusación era extremadamente seria y la sentencia probable hacía imaginar como castigo nada menos que la muerte. Los arcontes o areopagitas (jueces) serían implacables con ella.

Desesperada por la previsible dureza con que los ancianos y severos magistrados seguramente la sentenciarían, dicen que fue su amante -el escultor Praxíteles- quien le sugirió contratar a un tal Hiperides como su letrado defensor. Valga señalar que Hiperides había sido también, alguna vez, amante de Friné. Hiperides intentó convencer al tribunal (al menos en primera instancia) con el argumento de que era Afrodita misma quien se expresaba a través de Friné. Pero no olvidemos que estábamos ante una acusación de antireligiosidad en un Estado que consideraba la veneración de los dioses como parte del engranaje del funcionamiento social y político de las polis. Por lo que cualquiera que “atentara” desde los hechos o el discurso contra los que hoy vemos como los personajes imaginarios del Partenón, era visto como un alterador/a del orden cívico. Allí, en el areópago, se estaba enjuiciando un hecho religioso. O más bien, como hemos dicho, un comportamiento anti-religioso. Y cuando se trata de jueces que se ven a sí mismos como hombres fe, portadores y guardianes de creencias y protectores de los misterios divinos,  la razón poco y nada sirve como argumento. En buena medida fue por ello que la estrategia racional de Hiperides no sirvió de demasiado. José Manuel Pérez-Prendes Muñoz de la Universidad Complutense de Madrid, desgaja y deconstruye mucho más profundos e intrincados aspectos de este legendario juicio en su trabajo “El mito de Friné”, elucidándolo bajo la exhaustiva mirada que ofrece la historia del Derecho (Para quienes gusten de tales lecturas, puede hallarse tal interesante escrito en “Cuadernos de Historia del Derecho”, 1999, Nro. 6, 211-231).

El proceso y juicio en el areópago fue efectivamente duro, severísimo e implacable. Éste se llevó a cabo en la famosa “colina de Ares”, al oeste de la Acrópolis, lugar sede del consejo y de los juicios. 

El juicio a Friné parecía interminable, se había alargado más de la cuenta y a pesar de que casi ya se avizoraba un veredicto que parecía ser completa e inexorablemente desfavorable para la magnetizante hetaira, el asunto tomó un súbito giro.

Se dice que Friné misma, en un momento dado del juicio, decidió repentinamente dejar caer la parte superior de su túnica y apelar a la muda evidencia de los hechos como última estrategia para salvar su pellejo. Las esculturales tetas de Friné, amadas por tantos hombres, quedaron al descubierto ante los venerables jueces… y simplemente la absolvieron en el acto.

En otras versiones sobre el mismo momento del juicio se cuenta que fue su defensor Hiperides quien habría resuelto retirar el manto que la cubría desde el cuello a la cintura para que así, en la franca desnudez de su femeninísimo torso, los venerables ancianos del areópago juzgaran “desde la pura materialidad de los hechos”. Giro estratégico de Hiperides desde los límites de la razón hacia el ilimitado poder irracional que inspira la visión de ciertos  encantos? No lo sabemos con certeza. Como sea, aquella “revelación” dejó a los vetustos magistrados boquiabiertos. Debilitados, turbados, conquistados, a merded de aquellas fatales formas…

Deslumbrados por la esteticidad física de la hetaira, y “en vista de tales inapelables pruebas”,  la perdonaron pues no permitirían que se dañe o se hiciera sentencia adversa alguna contra una mujer que tenía las deliciosas e imponentes formas de una diosa. Por otra parte si se tiene en cuenta el oficio de la juzgada, Friné era en rigor, una auténtica "servidora de Afrodita". La diosa estaba en ella. Afrodita la habitaba. 
Admirables tetas exhibidas, reverencia masculina transmutada en exculpación.  Los ancianos sobrecogidos por el imprevisto poder de aquellos glorificados pechos helénicos. Siglos más tarde la condesa de Blessington dirá, ratificando sin saberlo lo sucedido en aquel antiguo tribunal que “lo bueno necesita aportar pruebas; lo bello no”.

Pareciérame, a esta altura, que la saturación de sentidos  y sensaciones que produce visualmente cierta fragmentada belleza erótica femenina, salva. 
Salva..?

Al menos para Friné, sí, sus tetas fueron salvíficas.





-El arte de la belleza en Friné,  
o Friné en las bellas artes (interrogaciones inevitables)


Benito Jerónimo Feijoo (en el siglo XVIII) alude desde la literatura al juicio contra Friné en uno de sus escritos, más precisamente en una de las cartas que Teófilo envía a Paulina en cuyo párrafo 18 describe con detalle el antemencionado episodio del juicio:


“Cometió Frine, Dama hermosísima de Atenas, que floreció cerca de los tiempos del grande Alejandro, un delito que merecía pena capital; y siendo acusada ante los Jueces del Areópago, compareció a ser juzgada en aquel severo Tribunal. Hizo oficio de Abogado suyo Hipérides, Orador famoso de aquella edad, el cual jugó con exquisito primor todas las piezas de la Retórica, para lograr la absolución de Frine. / Mas como el hecho fuese constante, y el delito gravísimo (algunos capitulan de impiedad), todos los Jueces permanecieron inexorables, mostrando el ceño del rostro la severidad del dictamen. Advertido esto por Hipérides, que era no menos sagaz que facundo, cuando ya veía inútil toda su elocuencia, apeló a otra elocuencia más eficaz. Acercóse intrépido a la bella acusada, y rasgando prontamente la parte anterior de su vestido desde el cuello a la cintura, puso patentes aquellos escándalos de nieve a los ojos de todo el concurso. No como si vieran la cabeza de Medusa, se convirtieron aquellos Senadores de hombres en estatuas; antes de la rigidez de estatuas pasaron a la sensibilidad de hombres. Viéronse al punto mudados sus semblantes, porque se mudaron sus ánimos; y los ojos, en cuya aireada majestad se veía poco antes escrita con anticipación la sentencia de muerte, o ya lascivos, o ya piadosos, dieron a leer la absolución. En fin, llegado a prestar los sufragios, todos los votos salieron a favor de Friné. Aunque tan delincuente como había entrado, salió absuelta como inocente; y los Jueces, que habían entrado inocentes, todos salieron culpados.”


Yo me inclino a pensar que “toda” Friné, toda ella lentamente produjo el encantamiento que finalmente la liberó en aquel juicio. Una hetaira era una mujer con una altísima autoconciencia de su cuerpo y una más aun aguda autopercepción del poder de su sexualidad. Su sólo caminar, la elegancia y gracia seductora con que vestía una sencilla túnica, su modo erótico-aristocrático de sentarse, de hablar, de sonreir, de mover lentamente las manos, de mirar. Si Doménico Cieri Estrada decía que la belleza humana es aristócrata, pues Friné debería ser considerada como la radical ratificación de tal controversial aseveración estético-política.
 
Como hetaira, sabía usar todos los movimientos de su hermosamente humano cuerpo para seducir y complacer. Y menciono nuevamente y de forma particular el asunto de la mirada, pues "el uso" de los ojos marca una diferencia entre una mujer vulgar y una refinada, entre una mujer ascética y una orgásmica, entre una mujer de moral mediocre y una que resuelve vivir de acuerdo a un ethos aristocrático sensualista. Mirada de Friné en la altura, en la diferencia y en la altivez de saberse irremediablemente dueña de un juego sexual refinado cada vez que ella resolviera jugarlo, incluso cuando se hallaba en el tablero abismal de sus adversarios y circunstanciales enemigos morales. Jamás supondría que Friné dejó de jugar ese juego de la seducción con aquel jurado de viejos arcontes. Después de todo, tratándose nada menos que de salvar el propio pellejo de la parca, una juega los juegos que mejor sabe jugar. Cuesta imaginar que Friné haya dejado su sensualismo en la entrada del areópago.  No dejamos nuestro cuerpos y sus inteligentes (y esta astutas) memorias kinésicas colgadas en el perchero de ninguna entrada, vayamos donde vayamos "nos" llevamos puestos quienes somos.  Y lo que es más irrefutable: nadie entra a dar su mayor batalla olvidando llevar justamente sus mejores armas! Friné llegó al juicio con sus muslos, sus hombros, sus pies, sus ojos, su cabello, sus manos, su invencible halo de seductora… y obviamente con sus tetas. Toda Friné, toda ella, toda su historia de vida estaba de pie en el centro de las miradas de ese histórico salón tribunal. Pienso que gradualmente su presencia creó una alquimia de la seducción, alquimia que finalmente halló su punto más alto en la contemplación a que expuso su torso desnudo. Revés del juego: ahora la mirada de los otros era la que transmutaba en redención el destino de la hetaira.

Muchos siglos después, más precisamente en 1861, el pintor francés Jean-Léon Gérôme retrató la erótica contundencia de aquel juicio y esa inmodesta belleza de Friné expuesta como estrategia de salvación. La pintura se llamó “Friné ante el areópago” (o "El juicio a Friné") y encabeza este escrito.


Es la belleza una oportunidad de salvación?
Para Friné lo fue, sin dudas.
O al menos quedó demostrado que revelar ante los ojos de los hombres los misterios de la hermosura femenina, desata algún tipo de representación mental lo suficientememte perturbadora capaz de... perdonar? dis-culpar? ex-culpar? absolver?   

Bellezas como la de Friné constituyen un tipo de encantamiento visual estéticamente arrogante, y definitivamente poderoso.
Belleza que se vuelve fuerza, pero sin violencia. Fuerza subyugante, potentemente coaccionadora.

Inevitablemente me pregunto a la luz de Friné: es la belleza un “arma” no violenta?
Tal vez.
Belleza como instrumento de poderío femenino a fuerza de carecer de otros medios de poder...? Belleza, persuasiva?
Belleza que sale a dar batalla para colaborar en el forjamiento de un destino propio?
Dependencia de la belleza para -paradójicamente- alcanzar una mejor y más lograda autonomía?
Es entonces acaso la belleza un modo de ejercer dominio, de afirmar un modo de dominio? Y si lo fuera, es este dominio que ejerce lo “bello femenino” una forma de gobierno sobre exactamente quién? sobre los hombres? sobre quien se ama? acaso sobre otras mujeres? cree gobernarse a sí misma la mujer en su cultivo frenético de la belleza (de ahí una posible lectura del culto al ornamento inútil que las persigue mentalmente hasta el fin de sus días)?
En qué esferas anhela fantasiosamente ejercer su dominio lo bellamente femenino?
Emite alguna clase de magnetismo y efecto temporalemente hipnótico la belleza sacroprofana femenina? Pregunta que sería interesante de formular, en principio, a aquellos jueces griegos...


Volvamos al fatum que menciona el título de este post. Las tetas de Friné. 
Ellas fueron las elocuentes ganadoras en el juicio.
Ellas, las que generaron tal fenómeno de absolución jurídica.
Ellas han sido las que pusieron a la hermosa Friné en  una página de la inmortalidad. 
Digamos, finalmente así, que realmente hay glándulas femeninas tan mudamente persuasivas que hasta permiten salvar la vida de su afortunada poseedora.  

Cierro este asunto mamario con palabras que vienen del mundo filo-poiético.
La poetisa guatemalteca Luz Méndez de la Vega, nacida a principios del siglo pasado, dedicó la imaginativa pincelada de estos versos en primera persona a la famosa hetaira de Tespias en su poemario “Helénicas”.




Indefensa y vulnerable.
Sola,
sin otro puñal
o espada heridora, que
mi palabra
y sin otro escudo
que mi belleza,
dejo caer mi túnica
ante vosotros.
Desnudo mi cuerpo
que adoraríais
si fuera de mármol frío,
o si estuviéramos solos,
sin otros ojos
que nos vieran
acariciarnos en el lecho.
¿Quién puede culpar
a la belleza plasmada
en carne y no en mármol,
por entregarse desnuda
-igual que la estatua-
a las manos que la acarician
y que en ellas se deleitan?
¿Quién puede culpar a la flor
que impúdica exhibe
la fresca plenitud
y el sexual aroma de su corola,
o a la fruta que sin ropaje
reluce bajo el sol e incita
voluptuosamente
a ser mordida?
Como la flor o la fruta,
aquí, yo, ante vosotros,
desnuda
como me vieran tantos ojos,
estatua viva
que modelaron tantas manos
y que gozaron tantos cuerpos,
os pregunto:
¿Es delito escuchar
la dulce voz de Eros
que incendia nieves?
¿o es crimen obedecer
el mandato
de la divina Afrodita
que me se señaló el camino
donador de placeres?
Inerme y vulnerable,
como mi desnudez,
espero la sentencia.
Yo,
sólo cumplí con mi destino.


EPÍLOGO
Cuando todos se fueron
el cuerpo de Friné
brillaba bajo el sol poniente
como una estatua de oro
y el más viejo de los jueces
se acercó
y, como si fuera a la diosa,
le puso un casto beso
sobre el sexo.




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