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martes, 28 de mayo de 2013

El alto precio de la lucidez





El alto precio de la lucidez



Gabi Romano





“La lucidez: martirio permanente,
inimaginable proeza.”

Emil Michel Cioran


Pocas cosas parecen haber superado mágicamente la velocidad de la luz. La rapidez con que circulan y se reciclan las ficciones a nuestro alrededor es uno de esos fenómenos que, de tan constante y vertigonoso, apenas si lo percibimos como tal. Nos hallamos, literalmente, suspendidos. Flotantes en un maremagnum de irrealidades, falsas razones, ilusionismos narcotizantes. A excepción de las invensiones tecnológicas y algunos prometedores avances científicos, en el resto de los territorios que hacen a la vida social, política, artística o cultural no hemos logrado dar ningún paso significativo hacia delante desde hace largo tiempo. El siglo XXI parece entregado, hasta ahora, a una larga siesta sin interrupciones conmocionantes.   

Lógicamente, en el espacio ingrávido, no hay ningún “hacia adelante” al que dirigirse con certidumbre… hemos perdido definitivamente la vocación de grandeza?




La fiebre replicadora


Si las ficciones se reproducen como piojos en la cabeza de un infante, esta velocidad de gestación de simulacros es inversamente proporcional a la inmovilidad fúnebre en que parece haber caído la ambición de transformar lo social con las armas de la novedad, desde la radicalidad creativa, haciéndose lo que nunca se ha hecho. Ni siquiera en campos históricamente revoltosos como suele ser el de la filosofía ha surgido nada seriamente subvertidor del (des)orden dado. Después de los martillazos de Nietzsche, nada. O casi nada, que es prácticamente lo mismo. 

Colabora activamente en este diagnóstico la capacidad maquinal del poder para multiplicar las ficcionalidades, erosionando con ello el valor que posee todo intento firme de acercamiento a la verdad. Las corrientes interpretacionistas y la hipervalidez no discutible en la que nadan hoy en día los intelectuales relativistas, han entronizado a la opinión variopinta como el nuevo ídolo al que debe presentarse respetos. Poco importa que las opiniones de la mayoría de estos pajarracos en proceso de semiextinción sean imbecilidades refritadas en las mismas viejas y conocidas sartenes de los prejuicios. Hoy los sumos sacerdotes comunicacionales del todo vale son quienes someterán a duras pruebas caldarias en el patíbulo de las superficialidades al que tome coraje y les arroje en la cara el incordiante guante de la verdad. Paradójicamente, esos mismos cancerberos del espectáculo de la degradación exigirán que se rinda tributo al mentidor profesional. Una vez vez, Sócrates contra los sofistas reloaded. En este contexto, la lucidez es un accidente racional y una claridad sensible incómoda para los adoradores de ficciones.

Pero el asunto no queda en el plano de la comunicación masiva ni de las religiones políticas y sus guardianes del sinsentido. Estos planos simplemente son un reflejo de una tragedia más profunda que es el vaciamiento de la subjetividad, que ha dejado reducida a ésta a piezas encastrables de una comunidad de clones subconjuntamente tribalizados, pero que enfáticamente dicen no ser tales.

La individualidad que busca afirmarse más allá de los berridos del rebaño es severamente acusada de egoísmo, contrariando con su sola presencia distintiva en el tablero social, el indiscutible “Bien Común”. Distinguirse es saber de antemano que se ha tomado el camino más largo, el más empinado, el más cuestionado, y por momentos, el más peligroso. 

El colectivismo ha llegado a tal paroxismo que, incluso, se ha creado un espejismo invertido: muchos llegan a decir que estamos viviendo en el más feroz individualismo cuando lo que justamente pisoteamos a diario es el enorme potencial y riqueza de la individualidad solar. Nuevamente, la lucidez autoafirmada parece ser una excusa más para justificar el castigo social de los hipócritas que siempre han tirado la piedra contra cualquier modalidad de existencia que intente vivir libre de coacciones e imposiciones. Y son esos mismos hipócritas los que, como no podría ser de otro modo, avalan y glorifican místicamente que el poder siempre meta su mano en el bolsillo ajeno.   

Apurados por repetir y repetirse. Apresurados por imponer una moral que no practican. Corriendo detrás de algún nuevo tótem bajo el que fanatizarse. Ansiosos por ejemplificarse como dueños del Bien y sancionadores del Mal. Así, de salto en salto, de copyright en copyright se deforma día tras día el jorobado servil, temeroso crónico de la lucidez ajena.




La múltiples velocidades tóxicas


La servidumbre desconoce el destino real al que será conducida por haber delegado el diseño de su devenir en otro, y sin embargo, no hay tiempo que perder. No hay que hacerle el juego a la demora en ese ir hacia no-se-sabe-donde. La inconducencia tampoco gusta de las esperas.

En efecto, “esperar” ha dejado de ser un verbo alusivo a la cualidad del que sabe aguardar, para pasar a ser una nueva enfermedad alérgica cuya etiología desconocida poco importa pero la mayoría insiste en combatir con el cronómetro en mano. Por otro lado, en el reverso de los apurones ansiógenos, tenemos a los cultores del slow motion. Éstos terminan siendo una caricatura de contraste, que finalmente lo único que terminan justificando es la portación de una fisiología de bajo metabolismo enmascarada de “estilo de vida”. La lentitud no es una virtud per se, del mismo modo que no lo es la velocidad. Los que elogian la lentitud no hacen más que exasperar los ánimos de los intrépidos, de los decididos, de los hacedores. Y en idéntica medida pero en dirección contraria, los que elogian la rapidez no hacen más que sumar rechazos por parte de los que legitiman los supuestos valores de la parsimonia apática, sobre todo cuando ésta deriva en una cierta tendencia a la pereza holgazana. El “justo medio” que recomendaba Aristóteles ha caído en desuso, demasiado antiguo, demasiado civilizado. Parece que no hay nada mejor que los extremos para asegurar la emocionalidad exacerbada, ese motor infalible de la decadencia social y del divisionismo estéril.  

A la compulsividad por “hacer lo que sea” hay que oponerle otro atajo contrastante al que nos hemos habituado con preocupante naturalidad: la intermediación tóxica.

Tóxica es la televisión con su cadena interminable -y a toda hora disponible- de banalidades intensificadas. Tóxicas son las distorsionadas representaciones mentales que intermedian “educativamente” para hacernos creer que entendemos los fenómenos que nos rodean, cuando en verdad lo único que hace el ciudadano promedio durante toda su vida es malcomprender la realidad por haberse habituado a usar lentes de razonamiento empañadas por cerradas ideologías abrumadas por la niebla del resentimiento. Tóxicas son todas las malditas falsas creencias que anidamos en nuestra sentimentalidad –y a las que no renunciamos porque sin ellas nuestra debilidad quedaría espantosamente expuesta como tal- que nos permiten autoconsolarnos cuando la existencia nos pone en jaque aunque a cambio de ese alivio espiritual terminemos dando soporte a edificios coercitivos milenarios. Tóxicas son las épicas imaginarias masivas en las que encuentran un templo colectivo donde arrodillar su idolatría los necesitados de morales dicotómicas en su incapacidad por forjar una ética individual sin dioses políticos terrenales, sin pseudosantos, sin monumentales tótemes de ninguna clase. Tóxicas son todas las desmesuras de sustancias que ingresan a un cuerpo impidiendo el soberano gobierno de sí, amenazando con transitorias (o peligrosamente metabolizadas) dependencias en las que la ilusión de libertad termina siendo una trágica farsa negacionista. Tóxicas son nuestras multiformes esclavitudes naturalizadas, las que adquirimos por obra y gracia de la propia estupidez irreflexiva, o las que nos acontecen por causa de tristes inseguridades repetitivas. Tóxico es lo que nos envenena, mental o físicamente con nuestro consentimeinto o sin él. Tóxicos son los consumos irreflexivos de imágenes cuya idealidad no hace otra cosa más que hundirnos en la frustración, haciéndonos olvidar de nuestra humana imperfección y volcando contra ella todo nuestro arsenal anticompasivo. Tóxico es, igualmente, alardear de las imperfecciones que podríamos escalonadamente mejorar justificando así nuestra desidia bajo el negligente lema de “acéptate como eres”, mote que infradotadamente nos vuelve incapaces de superarnos por nuestros propios medios respecto de aquello que sí es susceptible de ser mejorado. Tóxico es internalizar la envidia en vez de direccionar la propia potencia en competir siempre primeramente contra los límites de uno mismo. Tóxico es el robo de ideas originales en vez de trabajar arduamente en plasmar una invención creativa, en dejar una marca indeleble en un área en la que seamos particularmente habilidosos. Tóxico es suponer que la administración personal de nuestra libertad excluye la responsabilidad plena respecto de las consecuencias de nuestras prácticas porque el determinismo así lo dictamina. Tóxico es creer que educarse significa obtener buenos logros escolares, que aprender es aprobar exámenes recitativamente preocupados por no disonar jamás con la armonía que impone el pentagrama docente, que el estudio se limita a acumular adaptativamente más y más libretos de ideas iteradas con que nos sentimos a gusto sin advertir en ello una muy rudimentaria forma de masturbación intelectual. Tóxica es la comodidad del que disimula su inutilidad para romper horizontes tras la excusa del bienestar que extrae de su pequeño y mezquino esquemita de hábitos cotidianos alienantes. Tóxica es la jactancia diseminada de aquellos que se llaman a sí mismos “libres” moviendo sus alas recortadas dentro de su jaulita de rutinas esquemáticas. Tóxicos son esos reales conservadores que viven alimentándose de constancias y repeticiones mientras lamen posters de revolucionarios dinamiteros del “orden social”. Tóxico es gozar al ser aplastado por la escenografía iconográfica de los propios artificios discursivos. 

Tóxico es que las vidas hayan dejado de ser verdaderas para pasar a ser inauténticas farsas cargadas de contrasentidos inauditos.   

Tóxico es no advertir que las toxinas infinitas que intoxican al intoxicado lo hacen, por lo general, con el beneplácito toxicológico de éste.       




El efectivo marketing de la antilucidez


Lógicamente cada quien puede intoxicarse con lo que guste: el mercado de intermediaciones que ficticiamente nos hacen creer que sin ellas la vida sería insoportable en sus plenos desafíos, sus barrancas, sus abismos, sus incertezas, siempre se renueva con productos materiales/simbólicos mejorados, empeorados o remarketingzados. 

Libros placebos. 
Medicación placeba. 
Trabajo placebo. 
Música placeba. 
Ritos placebos. 
Tecnología placeba.
Entreteniemiento placebo. 
La nuestra es la era placebizada.

El marketing de la antilucidez es, por lejos, extendidamente eficaz.

¿Necesita usted de una épica colectiva imaginaria en la que esconder su verdadera e insoportable condición de perfecto mediocre acabado, su real condición de impotente incapaz de aventurarse plenamente en un heroísmo real en su vida personal? Pase y consulte el programa de estafas de nuestro gobierno! Nuestro catálogo se encuentra especialmente diseñado para que usted, sí usted, nuestro querido sentimental apólogo del fracaso, se sienta entre nosotros como en su casa… pase, vea, compre, vote! Nuestra gesta nacional y popular no defraudará su ansia de entregarse a ortopedias gratificadoras que le harán olvidarse durante unos años de las deformidades de su triste mundo micropolítico! Aproveche nuestra oferta especial en este mes electoral: llévese a mitad de su costo un set de promesas incumplibles de regalo! Y si llama en los próximos minutos, va sin cargo un libro de relatos de fantasía política infantil para relatarles a sus ingenuos nietos dentro de un tiempo -y recrear ante las generaciones venideras- su heroísmo de espantapájaros apoyando a nuestra causa!

¿Acaso no precisa usted renovar la bruma apaciguante bajo la cual descansar del duro desasosiego de estar vivo sin ser capaz de autocrearse una finalidad proyectiva a su existencia? Pase a nuestro sector especial, quítese los zapatos, aflójese la corbata, relaje su vejiga, póngase cómodo, en unos instantes una de nuestras empleadas públicas le resolverá sus problemas explicándole las bondades de nuestro último combo de fabulosas leyes y fantásticas cargas impositivas, siéntese, relaje el entrecejo… y fúmese la realidad!

¿Desea nuevos deseos? ¿Desea desear? ¿Siente que es preciso un poco de vértigo en la chatura de su gris devenir hacia la nada? ¿El psicoanalista le ha resultado menos eficaz que un chaman precolombino? ¿La neurosis lo acecha? ¿Ataques de pánico? ¿Necesita un poco de relleno transitorio en la desoxigenante carrera hacia ninguna parte que siente que está corriendo estúpidamente? No desespere! Ha dado usted con el proveedor adecuado! Siga atentamente nuestras instrucciones: encienda su plasma pagado en cuotas ad infinitum, y experimente la hipervisualidad de vidas ajenas. Luego, conecte su computadora y flote en el vértigo de un espacio abierto que no requiere que abandone el cerramiento real del suyo. Tercer paso, abra cuentas en redes sociales y practique la amistad incorpórea, llénese de miles de seguidores, intercambie poses con desconocidos, decenas de anónimos aduladores harán la delicia de su narcisismo en bancarrota. Cuarto, aprenda el arte vulgar de comunicar trivialidades insustanciales que lo transformarán en un exhibicionista de la existencia, esa técnica es fundamental para que nuestro artefacto funcione. Y por último, enamórese de alguna virtualidad oportunista que dará a sus emociones esa dosis de adrenalina que tanto le esquiva su existencia real. No pierda tiempo, coma de nuestra exquisita mierda, ya lo decía la sabiduría popular de los graffitis en los baños públicos: miles de moscas no pueden estar equivocadas! En caso de que todo esto falle, lamentablemente no reembolsamos los gastos y disgustos que nuestro período de prueba del producto le haya ocasionado. Pero si con el tiempo ratifica que su vida sigue siendo un remiendo de irrealidades, una larga cadena de frustraciones interminables, una vacuidad preocupante, le garantizamos relanzar el proceso una y otra vez, gratuitamente!    

Sí, el mercado de las farsas está lleno de compradores compulsivos…




Parirse en los exilios


En medio de esta vorágine de insanías, cegueras y decorados existenciales de muy mala calidad, la lucidez es un bien escaso.

Cercados como estamos por el imperativo a la acción, detenerse a pensar con plena conciencia es una rareza, una pequeña hazaña cotidiana tan devaluada como casi impracticable.

La lucidez no es placebo. Tampoco un tranquilizante.
No es recetable. Ni un producto de alcance masivo.

La lucidez es, primeramente, una pausa. Un habitar largamente el desaceleramiento.
No es inacción ni llama necesariamente al no-hacer, pero requiere de un tiempo propio entregado a razonar. La lucidez es un dedicarse a permanecer en el pensamiento que medita, en la reflexión que se toma a sí misma como objeto de elucidación.

Estarse lúcido puede ser, cuando no se ha estado acostumbrado a esta práctica, una ligera tortura. 
La lucidez, como un canal de parto que se abre por primera vez, duele.
Y en ese doloroso alumbramiento quien nace es uno mismo, de uno mismo.

Rematrizados, la lucidez permite re-engendrarnos.
Porque no nacemos sólo cuando abandonamos el útero de nuestra madre: se debe nacer de nuevo por segunda vez, por propia decisión, por propia engendradura, a través del descubrimiento conciente de las propias fuerzas. Porque sólo cuando se decide con todas las consecuencias respirar por uno mismo, ahí se ha de dar comienzo a la propia vida como obra escultórica personal e íntima. Ahí, en ese punto preciso, se renace desde sí y para sí.

La lucidez siempre adviene desde cierta forma de exilio. Probablemente porque para volverse a dar por re-nacido hay que apartarse de padres, tierras, patrias, lazos, consanguinidades, hábitos, idiomas, y toda semiología del arraigo a los viejos esquemas. A las pesadas columnas donde se ataba la otra vida irreflexiva hay que tumbarlas, hacerlas tumba simbólica, porque sólo lejos de las placentas nutricias (pero tan férreamente encadenantes) ha de modelarse a contracorriente esta otra vida ahora sí elegida, comprendida, lúcida.

La lucidez es la intimidad del pensar que, radicalizado, se autoelimina intermitentemente del mundo exterior para forjarse como proyecto singular. El lúcido debe primero aprender a manipular los signos desconcertantes y desordenados de sus propias representaciones. Debe limpiar la cabeza de basura inútil, pasar por el tamiz de la autocrítica lo que es digno de ser conservado de sí mismo y lo que es preciso arrojar al más lejano agujero negro. Debe separar su propia materia luminosa de su materia oscura, y si no todos los residuos que lleva dentro son deshechables, pues aprender a convivir con ellos, a neutralizarlos o a reciclarlos a su propia conveniencia. Acopiar síes. Afirmar los soberanos noes. Desprenderse de corduras contracturantes. No dejar de ser seriamente niño, ni mucho menos alegremente adulto. Darse a la risa cuando la risa nos reclama. Darse al llanto cuando el llanto nos retiene. Purgarse de lo que no tiene sentido. Aceptar el cuerpo que decae, el cuerpo que se place y que place a otros. Aceptar el exquisito azar de estar latiendo tanto como aceptar la irremediable finitud que alguna vez se nos cruzará en el camino. 

De la nada y hacia la nada… en el medio, ese todo lúcido que podemos ir siendo, tan intensamente vivido como lo deseemos. No hay excusas.
 
Los antiguos sabían suficientemenete bien que es preciso darse un tiempo para experimentar la soledad que piensa y se piensa. Sin esa práctica íntima de razonamiento meditado y solitario, los asuntos con que nos desafía el existir quedarían insuficientemente examinados. Pensar, en esa habitación de la pausa, es un acto que deriva éticamente en el ciudado de sí.

La lucidez exige tolerar las pocas duras certezas que tenemos.

Sabemos así que solos llegamos a este mundo y solos partiremos. 
Podemos percibir en todo lo que nos rodea que las cosas y los seres son transitorios, que nada permanece y que todo está sujeto a cambios impredecibles. Por lo tanto, la buena nueva, es que lo que nos hace sufrir o no nos hace bien es asimismo pasajero. El malestar, pasará, indefectiblemente, por lo tanto, por qué hacerse problema por ello? Aunque el corolario incluye que también será pasajera la intermitencia de los momentos felices, cosa que debería lanzarnos de cabeza a disfrutar de esas brevedades dichosas, sean cuales fueren.

Lo que espera en el futuro o lo que sucedió en el pasado no son asuntos que estén en nuestras manos, apenas si disponemos de lo que pasa aquí y ahora en nuestro escurridizo presente. Estamos hechos de polvo y el polvo del tiempo se cae entre los dedos de nuestros días, entre los pliegues de cada hora que va pasando. Ahí hay que estar, cada vez, por completo, en cada cosa que ahora se haga. Si estás comiendo, sólo estate allí comiendo. Si lees un libro, húndete en las páginas y no hagas otra cosa que perderte a ti mismo en ese hundimiento. Si estás haciendo el amor, haz el amor como si fuera la última vez que lo harás en la vida. Si te sientas en el medio del campo a sentir la brisa sin sentido ni finalidad alguna, sólo estate allí, vuélvete uno con la brisa. Si estás en tu trabajo, concentrate en ese punto práctico hasta que puedas culminar y desprenderte de la tarea cumplida como si nunca hubieras estado allí llevando a cabo ese objetivo. Si corres, corre, sólo corre y respira para correr, nada más corre, sé el suelo, sé el impacto, sé la fuerza desplegándose en la extensión de cada paso. No te distraigas con los barullos inútiles de la mente que bulle hacia todas partes y hacia ninguna. Estar aquí y ahora es una reconexión venturosa con el presente, que es lo único real, en definitiva, de lo que disponemos.

Siendo la incertidumbre la regla y la razonable previsión una excepción imprescindible, el mejor plan es saber que todo plan es mera voluntad de ordenar lo incierto, y por ende, no hay plan ideal. Lo incierto siempre nos recuerda que habrá algo que quebrará nuestra intención inicial de dar forma a lo caótico. De allí lo crucial que resulta ser flexibles para adecuar la cuadrícula a las fluencias.




Despiertos, aún en la mayor oscuridad


Cierto es que hay tanto con lo que habérselas! Hay que lidiar con las pérdidas, con la demencia de los infames, con los hijos de puta, con lo injusto, con los que juegan sucio, con los dolores, con la enfermedad, con los fracasos eventuales, con las fallas seguras, con los apremios, con los malos golpes de la suerte, con los reveses. Todo eso estará siempre, allí, como si se tratara de una condición perenne obstaculizadora que pondrá a prueba la capacidad de superarse, de asintóticamente mejorar, de ponerse de pie por encima de cualquier potencial ruina.

La lucidez, que en principio era un ducto apretado, incómodo, abrumador, lentamente se va volviendo un modo de estar, un modo de ir siendo, un modo de vivir despierto. Hay que desarrollar una grata confianza en y con la propia lucidez.

Siempre estarán alrededor los atajos, las nieblas, las ficciones. También eso seguirá estando ahí.

Y estarán asimismo las manchas oscuras, las noches cerradas, los bocas de lobo. 
Pero contando con la lucidez del lado de uno, se transita menos a tientas, se anda más despierto. Inclusive hasta cuando se sueña, se vuelve uno un poco duermevela.
La vigilia es el mejor estado para contemplar que hay demasiadas estrellas por alcanzar cuando se decide mantener la mirada alzada. Y es una real pena cerrar los ojos ante lo que inspira a elevarse… aunque ese vuelo nos cueste el alto precio de la lucidez.




(…los círculos comienzan donde finalizan para finalizar donde han comenzado
y por esto mismo parece apropiado terminar con esta semilla
brillantez desesperada del querido Cioran…)


La lucidez es el único vicio que hace al hombre libre:
libre en un desierto.




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jueves, 22 de septiembre de 2011

Drogas psicodélicas, una ventana a la mente?



Una ventana a la mente
Susan Blackmore





Las drogas psicodélicas proveen una de las mejores evidencias de que la mente está en el cerebro; que nuestros pensamientos, creencias y percepciones son resultado de la química. Tome usted una droga, específicamente algún alucinógeno, y muy probablemente su más íntimo “yo” resultará transformado. Esto significa que estas drogas pueden ser temibles, y que deben ser consumidas con gran cuidado y respeto para que potencialmente nos puedan revelar algunos de los secretos más ocultos de nuestra conciencia.

Hace un siglo, mucho antes de la prohibición, las bases de una ciencia de la intoxicación estaban siendo establecidas, y el psicólogo estadounidense William James, experimentó con el Óxido de Nitrógeno, un anestésico conocido como el “gas de la risa”. Nuestra conciencia normal racional, nos dice, es solo un tipo especial de conciencia, mientras que alrededor a ella se encuentran formas de conciencia completamente diferentes, siempre disponibles si se aplica el estímulo adecuado.

Otros experimentos describieron meticulosamente los efectos de inhalar éter, cloroformo o marihuana, y las extrañas distorsiones en el tiempo, la percepción y el sentido del humor que éstos producen. Más curiosamente, también describen cambios en las creencias e incluso en las filosofías. Por ejemplo, el Óxido de Nitrógeno tenía la curiosa habilidad de cambiar a los científicos materialistas al idealismo. Su descubridor, Sir Humphry Davy, valerosamente tomó él mismo la droga en un experimento en 1799 y concluyó diciendo “Nada existe, sólo los pensamientos”. Otros hicieron observaciones similares y encontraron sus ideas profundamente modificadas tras un pequeño encuentro con “otros estados de conciencia”.

Esto nos lleva a la muy curiosa pregunta de si lo que James llamó “nuestra conciencia normal racional” es necesariamente la mejor forma de comprender el mundo. Después de todo, si nuestras ideas sobre el mundo pueden cambiar tan dramáticamente con la ayuda de una simple molécula como el Óxido de Nitrógeno; ¿cómo podemos estar seguros de que nuestra química cerebral normal es la más adecuada para hacer ciencia y filosofía? ¿Y qué tal si la evolución hubiera tomado un camino ligeramente diferente y hubiéramos terminado con una química cerebral menos inclinada a hacernos creer en dios y en la vida después de la muerte?, ¿O qué tal si la química actual del cerebro evolucionó para ayudarnos a sobrevivir y a reproducirnos con el costo de darnos falsas creencias sobre el mundo? Si esto es así, es posible que las drogas alteradoras de la conciencia nos den, de hecho, mejor y no peor entendimiento del que tenemos en nuestro llamado “estado normal”.

Tomen como ejemplo la experiencia habitual de “disolver nuestro yo”, o de “volverse uno con el universo”. Esto puede sonar como mística sinsentido, pero de hecho, encaja mucho mejor con el entendimiento científico del mundo que con nuestra visión dualista tradicional. La mayoría de nosotros se siente, la mayoría del tiempo, como si fuera una especie de “yo separado” habitando en un cuerpo como si chofer de automóvil se tratara. Hablamos de “mi cuerpo” e incluso de “mi cerebro” como si el “yo” fuese algo separado. A través de la historia, muchas personas han creído en un alma o espíritu que pueden abandonar el cuerpo e incluso sobrevivir a la muerte de éste. La ciencia, sin embargo, ha sabido por mucho tiempo que esto no puede ser así.

No hay un “observador” dentro de nuestro cerebro que tiene nuestras experiencias, y no hay espacio en él donde quepa un “yo interior” para controlarlo. Sólo está un cerebro hecho exactamente de lo mismo que el mundo a su alrededor. En otras palabras, realmente somos uno con el universo.

Esto significa que el sentido psicodélico puede ser, de hecho, más cierto que la visión dualista ordinaria. Así que, aunque nuestro estado normal es mejor para sobrevivir y reproducirnos, no siempre ha de ser el mejor para entender quienes y qué somos.

Quizás hasta podríamos tener ciencias llevadas a cabo en alguno de éstos estados intoxicados. Esto es justo lo que el psicólogo Charles Tart sugirió en 1972 en la prestigiosa revista Science. Él relacionó diferentes estados de la conciencia con diferentes paradigmas científicos y propuso la creación de “ciencias de estados específicos”; ciencias nuevas que serían realizadas por científicos trabajando en estados alterados y comunicando sus hallazgos a otros en esos estados. Estas nuevas ciencias podrían tener solo aplicaciones limitadas, pero da en el blanco en que nuestro estado normal, constreñido como es por la particular química evolutiva que le tocó, podría no ser la única forma de entender el universo.

Desde el trabajo pionero de Tart acerca de los estados alterados, la mayoría de las drogas psicodélicas han sido prohibidas y las investigaciones en este aspecto obstaculizadas. Mientra las culturas que han usado estas drogas por milenios, las han tratado con respeto y las controlan con rituales elaborados; nuestra cultura les deja su control a los criminales e intenta negar sus asombrosas capacidades en la conciencia. Quizás un día, cuando la prohibición sea finalmente abandonada, los científicos podrán una vez más retomar la promesa ofrecida por estas pequeñas sustancias químicas que nos pueden decir mucho de nosotros y de lo que somos.


Publicado en New Scientist, 13 de Noviembre del 2004, p 36
From "A window to the mind"

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viernes, 9 de septiembre de 2011

Vigilia - Frank Outlaw



"Vigilia"
Frank Outlaw



"Vigila tus pensamientos, se convierten en palabras;
vigila tus palabras, se convierten en acciones;
vigila tus acciones, se convierten en hábitos;
vigila tus hábitos, se convierten en carácter;
vigila tu carácter, se convierte en tu destino."



Frank Outlaw
Cowboy del siglo XIX
(1856-1930)


("Watch your thoughts, they become words;
Watch your words, they become your actions;
Watch your actions, they become habits;
Watch your habits, they become character;
Watch your character, it becomes your destiny.")




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jueves, 25 de agosto de 2011

Tu mejor destino



Tu mejor destino



Permanece de pie,
forja con esmero tus pocas o muchas valiosas armas,
mira a la muerte con la frente en alto,
apunta las velas de tus naves siempre hacia adelante,
y arrebátale cada día al destino que te sea impuesto
tu propia porción de destino libremente elegido.
Ese es tu mejor destino.



Gabi R.

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martes, 28 de junio de 2011

Ser la piedra... y lanzarse...





"Tenés que ser de piedra, entendés?, y lanzarte"



María Salgado
Escritora española
(Madrid, 1984)

En "31 poemas"
Puerta del Mar, CEDMA, Málaga, 2010



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Imagen: "Personaje lanzando una piedra" (1926)
                Joan Miró




viernes, 17 de junio de 2011

Todo hueco es trinchera (microhistoria fotográfica del "Beso de Vancouver"



Todo hueco es trinchera
(microhistoria fotográfica del "Beso de Vancouver")





“El ruido de un beso no es tan retumbante como el de un cañón,
pero su eco dura mucho más.”

Oliver Wendell Holmes





Vancouver, Canadá.
Miércoles 15 de junio de 2011.

Era la final de la Liga Profesional de Hockey sobre hielo (NHL). Jugaban los “Canucks” de la fría Vancouver contra los “Bruins” de Boston.
Los locales perdieron 4 a 0.
En vista de los desafortunados resultados, los hinchas canadienses, enardecidos por la derrota, salieron a las calles a expandir su furia por el centro de la ciudad enloquecida. La policía, como suele hacerlo en tales casos de desmesura pasional colectiva, salió a reprimir a los hinchas iracundos. Hubo más de 100 heridos.

Scott Jones, de 29 años, en el suelo de una calle de Vancouver besa a su novia, Alexandra Thomas, una licenciada en ingeniería medioambiental. Ambos habían ido a ver la final de Hockey. Y los dos salieron lastimados atrapados en medio de los incidentes. Ella recibió un golpe de un escudo policial.

Una foto de ese instante lo muestra a él besándola amorosamente, tirados ambos en medio de la acera. Quizá la besó para consolarla, quizá para hacerle sentir que toda iba a estar bien, quizá para seguir amándola pese a toda adversa circunstancia.

Richard Lam -de la agencia Getty- fue el periodista que captó con su cámara el instante de amor en medio de la trifulca urbana. El "Beso de Vancouver" quedó, a partir de ese momento de mágica captura que sólo logra producir el buen arte fotográfico, eternizado para la posteridad.

Como dice el viejo proverbio: en el amor y la guerra, todo hueco es trinchera.


(Make love, no war dude!)




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lunes, 6 de junio de 2011

"Niña de papel dormida" - Lorena Ledesma Aguirre

    

"Niña de papel dormida"
(Lorena Ledesma Aguirre)



   "Como no podía escribir porque las palabras se me llenaban de ira y pronto se transformaban en abismal tristeza, quise volver a dibujar. Tomé un block de hojas blancas, un lápiz goldfaber y un borrador. Me senté bajo el sol que tras una jornada de lluvias estaba tibio, mientras el vientito frío sureste me acariciaba los pies. Pensé en un rostro bonito de mujer, tracé largos cabellos manipulados por una brisa fuerte. La vestí de blanco, la decoré con una sonrisa. Busqué magia en mi cabeza, fantasías de cuentos leídos. Quise ver magia pero no la encontré.

Recordé que una vez soñé con escribir cuentos para chicos pero desistí cuando me di cuenta que tenía la mente demasiado perversa para eso.

En mis cuentos habría demasiados monstruos, las princesas no se casarían con su amado, dejaría que los castillos fuesen tomados por asalto por los pobres para reducir las desigualdades, no daría fiestas maravillosas para no presumir, pondría a los magos al servicio del reino para ensayar un comunismo mágico y por lo tanto dejaría de existir la monarquía. Mi cuento sería un desastre total.

Borré los ojitos brillantes de mi niña de papel y le dibujé unas largas pestañas cerradas para que no despierte. No le hice fondo para que todo lo construya con la imaginación y sea feliz. Abandoné el block a un lado del sillón y me abandoné en mis propios sueños. ¿Nada me importa? Sólo quiero que me ame, quiero amarlo. Mi madre tiene razón, soy una ociosa sin ambiciones ni objetivos claros en la vida."




Publicado originalmente en "Plumas latinoamericanas"
27 de diciembre de 2010
http://plumaslatinoamericanas.blogspot.com/2010/12/nina-de-papel-dormida.html

 
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martes, 17 de mayo de 2011

"Teenage Head - Confessions of a High School Stoner" - Erik Davis



"Teenage Head
Confessions of a High School Stoner"
by Erik Davis




"But drugs are like sexual pleasures:
experimentation is a prerequisite for judgement.
For each of us, certain drugs will become
allies, enemies, passing acquaintances
but first they must be encountered, knee-deep in the mud of personal history."

Eric Davis




(Originally appeared in "The Village Voice"
June 22, 1993)



I became a teenager the year Reagan ran for president, and by the time the lizard slid into office, I was already a total stoner. I bonged skunk bud, chased JD with Coke, snorted Beauties, and had dropped my first dose of acid the previous Halloween, tripping to Ummagumma amidst the paisley bedsheets and pillows that lined the loft my friend Bry-Fry knocked together in his family's garage. Phasing between the reveries of a bookish childhood and the hormone-fueled angst of teendom, my mind liquified, running through the cracks and creases of a suddenly unfolded world.

In the last couple of years, that world has seemed closer to the surface, and I don't think it's a matter of my own nostalgia. Raves, which restage the Neopagan commingling of a Woodstock I never saw in venues resembling the space stations I never will, are only the greatest and most media-friendly example of youth culture's desire to tune into trippy frequencies. There are also rappers talking hemp conspiracy theories and crafting stoned-out beats and rhymes, cyberslackers building virtual worlds, prog rockers and jocks dancing in the dust at Lollapalooza. And it's not just the kids. If you don't see a connection between brokerage firms' increasing reliance on virtual reality representations of stock data and the Economist's pro-legalization cover story, you probably didn't smoke enough pot in high school. And with the FDA opening the door to psychedelic research at the same time tabloid TV is updating psychedelic scare stories to match the upswing in teen acid use, it's reassessment time.

But drugs are like sexual pleasures: experimentation is a prerequisite for judgement. For each of us, certain drugs will become allies, enemies, passing acquaintances—but first they must be encountered, knee-deep in the mud of personal history.

Though the timing of my early encounters now seems a bit out-of-hand, the place was certainly more than appropriate: coastal California. Not that my neck of the palms was a ganja paradise. Before I entered junior high, my family moved inland from Del Mar, the mellow, upwardly mobile surf town north of San Diego name-dropped in "Surfing, U.S.A.," to Rancho Santa Fe, a wealthy and conservative realm of citrus groves, migrant Mexican workers, and geriatrics in golf carts. Stone-cold Reagan country, and me and Senzo Joe would escape into the weed, toking up in so many lemon groves that the sharp tang of citrus peels still conjures up bud.

Pot led me into a tangible world of bubbling micro-perceptions, haunted winds, and hilarious malformations of the data-stream. But pot also gave me something that has stuck with me far longer than the urge to bake the brain: a love of slippage, founded in the realization that altering perception alters the claims reality makes on you. The various social agendas of parents, teachers, and the ghost of God could be sidestepped not only by sullen monosyllables and the worship of unwholesome heavy metal guitarists but by tinkering with consciousness itself. What greater rebellion than rewiring one's experience of the world?

Parents have reason for concern. At 13, identity is a spell woven from a bursting body, ego defenses and worldviews have yet to congeal, and the prepubescent power of fantasy lurks just below the surface. That's why kids can travel so far into their headphones, role-playing games, pop star posters, and beat-up copies of The Necronomicon. Toss in a psychedelic—and let no one tell you that good weed cannot be a psychedelic—and the warp gets deep. Pot lets you see dragons in the clouds again.

I know, because I saw a lot of stuff, zoning out in that bedroom whose every surface area was covered with some numinous image: goat-gods, space ships, mandalas, Penthouse pin-ups, Jesus, Jimmy Page. In that psychic house of cards, I jerry-rigged my mind, teaching myself to soar off a single hit of scraped resin, the reek cloaked by blackberry incense on my hodge-podge altar crowned by a cement Buddha. He was a birthday gift from Senzo Joe, ripped off from someone's lawn, and once I swear he slyly peeled back his ponderous eyelids and stared me down.

The ominous intensity of that gaze, conjured with so little fuel, could be evidence of the dangers mind-altering drugs pose for kids. But it's difficult for big folk to make judgements about teens without projecting their own foibles and fears onto creatures who live in a completely different world—a zone that is far more complicated than a simple stage "between" childhood and that elusive (and highly debatable) state called maturity. The things that make teens teens—their pliable subjectivities, imaginative resourcefulness, rebellious courage, cliqueshness, and cultural verve—give them powerful tools and contexts for experiencing drugs, tools that most adults lack. It's no accident that many kids start taking drugs at about the same age when children in traditional societies are tossed into a terrifying rite of passage, often involving some freaked-out combination of blood, darkness, self-sufficiency, and secrets. For better or worse, acid, 'shrooms, and massive bongloads now perform this rite, leaving marks that are both scars and the deep patterns of change.

Unfortunately, dog-eared copies of Castaneda or a snide older sibling is the closest many kids come to having a guide for this phase shift between innocence and experience. That's where subculture steps in, collective identities which can shore up the threat of dissolution and excess. The public high school I attended—imagine an open-air Ridgemont High surrounded by sagebrush and rocky arroyos, with seagulls diving for your lunch meat—was a mosaic of pot-smoking cliques, their turf demarcated as succinctly as the multicolored regions in maps of the cerebral cortex: skateboarders, metalheads, punks, death-rockers, stoners, and the various flavors of surfer—the long-haired Zep fans, the cue balls that dug ska, and the dread-headed ones we called Waspafarians.

Too tripped out to surf, my friends and I set ourselves somewhat apart. Our campus turf was beyond the smoking section, behind a wall, in the Gel Circle—from the verb "to gel," synonymous with "veg" and "mold," all denoting the same state of blazing slack. I suppose we were perceived as druggies rather than simply stoners, but now I'd call us heads. (Since I was issued into the world the same month as Sgt. Pepper's, my notion of "head" is a reading, not a recollection. For me, heads directed their radicalism toward consciousness rather than society or the defense of nature. Seizing the means of perception with techniques rather than truths, the archetypal head was neither a daisy-lover nor the bomb-thrower, but something in between, wired into cavernous headphones, devouring SF paperbacks, pop physics, yogic manuals, anarchist cook-books, all while smoking tons of pot and maintaining an account at the campus mainframe.)

It was this exploratory interiority, coupled with an ironic and parasitic relationship to the suburban carnival of SoCal drug culture, that defined my closest group of friends for the first few years of high school. Talking weird science, meditating, reading Hunter Thompson, Moebius, and Be Here Now, listening to Eno, Floyd, Zappa, and, yes, Yes (with the Talking Heads our one concession to new wave), we played the hippies the punks played at killing. Yet we mixed with death-rock chicks and skinheads more than surfers, almost as if the extremity of our anachronism was our shock tactic.

And so much of it had to do with drugs: Thai-stick, black hash, Humboldt sense so juicy that even doubled-up in sandwich baggies, shoved into a greasy blue jeans, it'd reek up Trig. There was usually speedy blotter to be had, but a beneficent wind might bring Orange Sunshine, purple microdot, four-way Windowpane. As with computers or political organization, the specific rituals this candy produced were quite self-reflexive: scrounging and pooling of petty resources, hunting down the weedman, catching rides through the tract-home maze, scoring, seeking the hidden zones, foraging for implements. We were immersed in an educational system whose ultimate goal is filling in little round circles with No. 2 pencils, and drugs actually offered a crooked avenue to resourceful, independent problem-solving, from knocking on some housewife's door at 10 p.m. to ask for a sheet of aluminum foil to learning how to make a pipe from an apple, how to use weights and scales, how to research pharmacology at the university library, how to grow plants.

And, most fun of all, pot taught us the guerilla art of concealment, of disappearing into the fractal curves in the landscape: pockets of sagebrush, sandstone, and pine that have since been almost entirely obliterated by the tumorous development endemic to Southern California. Secret forts became stoner zones: Mars, Red Rocks, the Hobbit Hole, the e Mushroom Tree. Like some pied piper of Pan, marijuana leads kids to places gone to seed—vacant lots, stream beds, canyons, underpasses, boundary zones where landscape becomes imaginative clay, suddenly collectivized in the ritual trinity of substance, vessel, and flame. Most drugs are "natural" in their origin, even if the worlds they conjure are not. But the cosmos pot opens up is distinctly organic (hence vegging out). You can hear it in pothead hip hop, a fuzzy echo as if some crunchy lichen has run riot over the mix. The resurgence of weed as cultural icon may not be a matter of returning to nature but recovering its flow in the urban milieu: how to slip through the cracks in the concrete, how to grow wilderness in the most degraded or rigidly stratified of circumstances. That's not a spoon or a needle or a bottle on all those caps around town. It's a leaf.

* * *

We drank loads too, almost as much for the sport of keg crashing as for the sloshy slapstick philosophizing it produced. And weed itself often devolved into a kind of beer. But psychedelics were always our Grand Guignol of phantasmic ecstasy. LSD turns the mind into a kind of silly putty, lifting images from a comic-book world and then twisting them alternately into hilarious caricatures or resonant archetypes. Kids can dig this, and certainly can ride with it better than most adults, who find the world unstable enough as it is. Because most of us were still cushioned in out parents' homes, my friends and I had a baseline security that allowed us to enter LSD's ontological house of mirrors with the proper plasticity. Like running hell-bent down the slippery rocks of a steep river bank, tripping makes for a certain balance in flux, an internal momentum easier for kids to achieve than their more brittle future selves.

We knew from Leary and Alpert the importance of set and setting, advice we both followed and blatantly ignored. Outdoor Dead shows were a cross between the bardos of the Tibetan afterlife and romper rooms, but North County's unspoiled zones were the greatest backdrops. The summer we were gobbling all of Squiggles's white blotter, we'd time our doses to hit at sunset. We'd kick back on the coppery cliffs of Red Rocks beneath a hunchbacked pine and watch the sun melt into the immense, resplendent sea. The sky struck the total chord of the spectrum, from the reddish lump of the slipping orb through the violet haze of the canopy above. And to the east was the distinct boundary where dusk stopped and evening began to sketch the uncertain hieroglyphs of the stars.

And then we'd plunge, in that aimless and reckless quest for the silliest of grails (a party, pot, a parent-free abode), arms open to the banal, tinny surface of suburban culture. Perhaps I became an apocalyptic postmodern the night I entered a 7-11 with the knee-shaking awe of a UFO abductee, or learned to listen for the the cosmic giggle in the babble of popular culture the night Weffles and I, toasted on some nameless blotter, visited Tuddy's downbeat seaside motel.

The place smelled like a cave, the carpet was stained with sticky grime, and Tuddy, an outpatient from a mental ward and one of the good-natured party animals we called aardvarks, was blotto, a half-empty case of Henry's or Mickey's or some other lousy lager on the formica table. We murmured weird communications, attempting to track the myriad and ridiculous paths other aardvarks had taken that night. Like the eye of a djinn, a 13-inch black-and-white TV stared down at us from the corner of the ceiling. It was showing Animal Crackers. Groucho took measure of our squalid scene, raised an eyebrow, and split the world apart with a wisecrack of gutter satori, as if someone had fished a smelly copy of Mad from a dumpster and folded it into a delicate origami swan that instantly took to wing, singing the elusive song of the psychedelic ineffable: "Hello, I must be going..."

It doesn't really matter what Groucho said. Acid doesn't give you truths; it builds machines that push the envelope of perception. Whatever revelations came to me then have dissolved like skywriting. All I really know is that those few years saddled me with a faith in the redemptive potential of the imagination which, however flat, stale, and unprofitable the world seems to me now, I cannot for the life of me shake.

* * *

Years ago, the weed and I pretty much parted ways. Some folks claim that pot chills them out, but in my brain it produces a bubbling, crackling connection-machine which quickly sinks into the mire. Trivial objects, words, and glances stitch together webs of deep and intense meaning that uncomfortably thicken—once a Greek salad in New Haven set off a rumination on the flows of Western history which overwhelmed my puny mind like a tidal wave. Pot makes a lot of people uncomfortably paranoid, in part because it produces enough connections to elicit the subterranean patterns of the conspiracy theorist, while not rewiring the self a la five grams of Stropharia cubensis. Whether or not the sense that everything fits together is perceived as a holistic liberation or a dire trap depends a lot on how tightly you are clutching to your frame of mind.

For all their gifts, drugs create too many problematic relations: to their own absence, to habit, to money, to the dealer, to the down. They did nothing for my teen angst or my memory, and for others were less forgiving. High school friends of great wit, intelligence, and spirit are now junkies, alkies, hopeless flakes, burn-outs, and, in more than one instance, a corpse. They were no more taken by drugs back then than I was. Today, I rave it up now and then, keep periodic appointments with the gibbering, serpentine, science-fiction All-Being who resides in the hyper-dimensions of psychedelic space, and drink beer. I did not reject drugs; I cordially withdrew, making sure to leave the door ajar for whatever intriguing substances remain unchecked on my curriculum vitae.

But I take great satisfaction in the fact that many people acquainted with either my writing or my person assume I'm a total stoner. For when I began to pull away from regular drug use, I realized that I didn't want to do drugs as much as to think drugs, to simulate their hyper-connections, magical causality, and semiotic drift as much as possible within my own mind. The French post-structuralists (and Castaneda fans) Gilles Deleuze and Felix Guattari, whose works produce the immanent patterning of psychedelic cognition, write that drugs can be understood at the level where "desire directly invests perception...and the imperceptible is perceived"—a liberatory goal indeed. But Deleuze and Guattari are fairly down on drugs themselves. To quote them quoting Henry Miller, the point is to get drunk on a glass of water.

Which is to say that sobriety alone does not have the tools to build sense and meaning from these vertiginous, virtual, data-dense end-times. Level-headed thinking is no option when the ship is pitched to and fro—you either resist and puke, or ride with the galloping serenity of the mounted nomad. Perhaps Walter Benjamin was right: civilization is perpetual crisis, and my point of view is only an indication of that irreparable deviation my reason took over a decade ago. But for those of us who get stoned off dusk, who tinker with the simulacrum of consciousness, who turn our minds into heads, the question is moot. Like that giddy flash of anxiety that hits the moment the blotter melts on your tongue, it's too late now. Here it comes.
 
 
                                                
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jueves, 18 de noviembre de 2010

"High Society" - Historia a-moral de las drogas



"High Society"
Historia a-moral de las drogas




Joaquín Rábago
EFE - Londres




                    Un mundo extraño éste de las drogas, defendidas a veces por algún Estado a cañonazos, combatidas otras, sin demasiado éxito, a golpes de ley, como documenta una exposición que acaba de inaugurarse en la capital británica, High Society.

Es conocido en efecto el modo brutal con el que Gran Bretaña trató de resolver en el siglo XIX el comercio de opio con el que la East India Company trataba de pagar el té, la seda, la porcelana y otras mercancías que importaba de la China. El opio era ilegal en ese país y cuando el comisionado chino del emperador decidió requisar todo el opio importado por los británicos de la India para tirarlo al mar, el imperio británico, en nombre del libre comercio, atacó con sus cañoneras varios puertos chinos y obligó a ese país a firmar el acuerdo de paz de Nankín (1842). A partir de ese momento, las plantaciones de opio en la India se convirtieron en uno de los activos más rentables del imperio británico y el comercio con China permitió al Reino Unido imponerse claramente a las potencias comerciales rivales como España, Portugal y Holanda.

La exposición de la Wellcome Collection, que podrá visitarse hasta el 27 de febrero y que está acompañada de un libro (High Society: Mind Altering Drugs, de Mike Jay, Ed. Thames & Hudson), arroja una mirada desapasionada y ajena a cualquier tono moralizante sobre el fenómeno de los alucinógenos o estupefacientes. Un fenómeno que bajo una y otra forma se ha dado en todas las sociedades y que esta exposición examina históricamente desde sus orígenes en las culturas mediterráneas y del Oriente Medio y en otras partes del mundo.

High Society (Alta Sociedad), título que se ha dado a la exposición jugando con las palabras -high (alto) equivale también a "estar colocado" (drogado)-, parte de la idea de que la alteración de la conciencia mediante la ingesta de determinadas sustancias, ya sean actualmente lícitas como el alcohol o ilícitas como la heroína, es un "impulso universal". A partir de esa constatación, examina el uso de distinto tipo de drogas en todo el mundo bien sea con propósitos recreativos, experimentales, religiosos, medicinales o sociales, como parte de ciertos rituales que siguen practicando aún en nuestros días algunas sociedades tribales, todo ello en un claro intento de demostrar que las drogas no son una enfermedad exclusiva de la sociedad moderna.

La mayoría de las drogas que hoy se consideran ilícitas, como el cannabis, la cocaína o la heroína, se derivan de plantas que se han utilizado como medicinas durante miles de años, y así se han encontrado jarritas destinada al opio, fabricadas antiguamente en Chipre y distribuidas por toda el Mediterráneo.

El cannabis es una planta originariamente de Asia central, pero era ya conocida de los antiguos griegos mientras que los exploradores españoles que llegaron a América fueron testigos del consumo por los indígenas andinos de las hojas de coca, que sólo en el siglo XIX se sintetizaron para la producción de cocaína.

Las drogas se han utilizado y siguen empleándose también para motivos de interacción social, se explica en la exposición, que pone como ejemplos el uso que se hacen de una bebida como el ayahuasca, producida a partir de plantas alucinógenas, en rituales chamánicos de los Tukano, de la Amazonía colombiana, o el empleo del peyote, un pequeño cactus rico de mescalina, por el pueblo huichol, de México.

A finales del siglo XIX, conforme las drogas ganan en potencia, se comienza a tomar conciencia de que hay que controlarlas y se estudian distintas alternativas:  educación,  medicación o la más radical, criminalización. Esta última se aplicó en su día, sin demasiado éxito, al alcohol en EEUU, y hoy sigue aplicándose a diversos narcóticos gracias a una convención de la ONU que no ha evitado la existencia de un mercado ilegal que esa misma organización calcula que genera 320.000 millones de dólares de beneficios al año.

La exposición de la Wellcome Collection reúne objetos y testimonios relacionados con la historia de las drogas de etnógrafos, científicos, escritores o artistas. Entre esos nombres figuran Sigmund Freud, que escribió un panfleto sobre la coca; Albert Hofmann, el primero que describió la síntesis del LSD y sus efectos; Samuel Taylor Coleridge, autor de Kubla Khan, poema escrito bajo la influencia del opio; y Thomas de Quincey, autor de las Confesiones de un inglés comedor de opio. Están también el poeta francés Charles Baudelaire (Los paraísos artificiales), su compatriota Théophile Gautier (El club de los hachichines) o Henri Michaux, que pintó muchas veces bajo los efectos de la mescalina.


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martes, 11 de agosto de 2009

Todos somos adictos...




Todos somos adictos...




Las drogas lo que hacen es inducir modificaciones químicas
que también pueden inducir la soledad,
el silencio, la abstinencia, el dolor, el miedo.

Químicamente no se puede distinguir a una persona bajo los efectos de una droga,

que bajo los efectos del yoga por ejemplo.
Químicamente no somos más que un conjunto de reacciones.


Antonio Escohotado




Practico una “pasión por la etimologia” conectada casi por obvias razones con el placer que me produce la lectura de diccionarios. El mundo etimológico me resulta como una especie de “gruta de Ali Baba”: llena de tesoros y ... ladrones.

Esos tesoros yacen en los significados perdidos, en el reencuentro con lo desusado, con lo caído en el olvido del tiempo a fuerza de nuevas praxis culturales. En ese caso me invade un estado de “maravillada”, bañada por la refulgencia de voces escondidas dentro de palabras habituales. Me siento una rescatista sacando del polvo de las pérdidas y las amnesias linguisticas significados o palabras diminutas que son, al menos para mí, como inalteradas semillas de oro abandonadas cerca del inagotable árbol de la lengua.

Pero veamos el asunto desde la perspectiva de los ladrones.
Las etimologias se pueden “robar” del uso cotidiano sin que un determinado sujeto sea el ejecutor de tal acto vil y despreciable. Visto en terminos foucaultianos, las mallas de saber-poder-verdad efectúan firmes y constantes trabajos de invisibilizacion de palabras, sentidos y significados disacordes con la moral normativa. El discurso del orden indefectiblemente se apropia de lo inconveniente, lo recicla y lo regurgita derramandolo otra vez al engranaje de los enunciados, sí y solo sí, la palabra-significado-voz-expresion se acomoda dócil y adecuadamente al status quo. El solo hecho de que este engranaje discursivo funcione con sus lógicas habituales para crear enunciados “ya” esta poniendo en marcha mecanismos de elisión, olvido, represión de palabras y sentidos para imponer esa ilusión histórico-social que llamamos “verdad”. Secuestrar sentidos es parte de la maquinaria del habla social, al igual que producirlos. Y ahora vamos a este segundo caso.




-Resemantizando la lengua


Producir nuevos sentidos implica romper la legitimacion de los sentidos preconcebidos y aceptados hasta ese momento. Tempo del “imaginario radical”, para decirlo con Castoriadis.
Agallas para invertir valores, “discurso del des-orden”.
Tenacidad creativa para destronar los valores de las “palabras jaulas” en las que giran en circulos los sentidos tradicionalmente aceptados.
Regar la vida con contravalores nunca antes enunciados, con voces rescatadas de la niebla de lo perdido, e incluso con la invención de soportes linguisticos nuevos. Resemantizar es un tarea de subversión en la política del habla y sus sentidos.

Y acá estamos a un paso de la necesidad de neologizar, necesidad que a veces parece ser tan imperativa como complicada de llevar a la práctica en el decir cotidiano. Producir una nueva significación en un término, una expresión, un vocablo, una voz, una palabra es quebrar la fidelidad al significado común que transita sobre la misma. Se requiere ser desleal a la lengua aceptada y sus convenciones.
No olvidemos que las palabras ya aceptadas cohesionan, unen, dan soporte común no sólo al entendimiento dentro del rebaño sino al simple "darse a comprender" comunicacional.
Desarmar una palabra y trabajar en sus nuevos sentidos no manifiestos es deconstruir un valor, una creencia, o desmontar ambos al mismo tiempo. Esto que se ha dado en llamar exactamente “resemantizacion”, una tarea que puede ser en parte producida creativamente desde el “rescatismo” de voces olvidadas o desde el sacar la superficie etimologías excomulgadas del paraíso artificial del sentido mediocre común.


Veamos un ejemplo de lo más interesante.
Mi hija me cuenta que a la salida del colegio una mujer se le acercó y le pidió algo de dinero. Me dice que la mujer en cuestión (a la que en adelante llamaré “Q”) no lucía nada bien, se la veía desaliñada y poco saludable, extremadamente delgada. Esta persona le dijo sin muchos preámbulos:
-“Yo soy una adicta”, y le revela luego:
“Sabés que la palabra adicta viene de “a-dicto” que quiere decir “sin palabras”, bueno los adictos somos eso, personas que no pudimos decir tantas cosas y por eso la adicción viene como a tapar o a ocupar el lugar de esas cosas no dichas, esas cosas para las que no tenemos o no tuvimos palabras”.

Luego de esto, “Q” tomó el dinerito que le dió mi hija y se marchó a repetir la solicitud de auxilio en moneda a otro transeúnte circunstancial. Mi hija se quedó medio perpleja y pensativa. Y me cuenta la anécdota con asombro filosófico-etimológico.




-Adicto…

Según los decires de “Q”, adicto es, etimológicamente, una persona que se ha quedado sin palabras. Veamos como es esto más de cerca. Pondré la palabra "adicto" en la cápsula de Petri de mis diccionarios de latín...

Desde la lógica de “Q”, la explicación de la voz “adicto” responde a la formación del prefijo privativo griego “a-” y “dictum” (del latín, dicho, palabra). Actualmente “a-” está establecido como prefijo privativo aceptado en el idioma español. Esto último permite que se puedan inventar muchísimos neologismos híbridos anteponiendo "a-" a una raíz de cualquier otro origen.

Pero la palabra “adicto” no es un neologismo actual. Ni siquiera es una palabra históricamente reciente. La palabra “adicto” es bastante antigua y no puede ser un híbrido de las caracteristicas que describieramos en el párrafo precedente.

La creativa etimologizacion provista por “Q” no es correcta técnicamente hablando. Aunque esto no deslegitima el valor de sentido que intentaba producir "Q" en quien la escuchara. Sea que el efecto de escucha recaiga en mi hija, o en mí, o en quien sea que pueda absorber ese discurso de "Q", lo que alli brota es la voluntad de “querer hablar” que hay en esa etimologia fantástica (y digo fantástica en la doble acepción de impresionante en términos emocionales y psicológicos, y a la vez no científica, no lógica para un etimólogo).

Volvamos entonces a la tarea deconstructiva: decíamos que el prefijo privativo “a-” es de origen griego y la palabra “dictum” es nítidamente proveniente del latín. En lenguas como la inglesa, que conservan consonantes geminadas, la misma palabra “adicto” se escribe duplicando la letra “d” (inglés “addict” ), lo cual no hace mas que estar demostrando que el prefijo original no es entonces el “a-” del griego atribuido érroneamente por “Q”, sino el prefijo “ad-” , que sí es latino. Pero “ad” en el caso de “adicto” no quiere decir “carencia o privacion de”, sino por el contrario, “acercamiento”. Por otra parte, “dicto” significaba en latín (y todavía continúa significando en nuestros días) “dedicado, muy inclinado, apegado”.

Ubicada la etimologia de “adicto” en su cuna correctamente latina, la palabra gana en amplitud y pierde su connotacion negativa de carencia.

En este punto, me agrada y estimula escaparme al mundo de Penîa y sus carencias, y lanzarme al multiplicante universo deleuziano que intenta desmentir justamente el aspecto de la carencia como inherente al ser.




-Nosotros -todos- los apegados...

Veamos con esta otra lente entonces. Se puede decir perfectamente que alguien es adicto al trabajo, adicto a la series de TV policial, adicto al poder, adicto al surf, adicto a cazar libelulas en verano, adicto a los libros de Carl Sagan…

“Adicto” es una voz latina que viene del mismisimo latín “addictus”. Ésta última es el participio perfecto pasivo del verbo “addicere” (de “ad” -a, hacia, para- y “dicere” –decir-). Este verbo significa en latín “asignar, adjudicar, entregar o dedicar”. Como reflexivo o en voz pasiva, su significado quiere decir “apegarse o adherir a…”.

De modo que, estrictamente desmontada la etimología de “adicto” el sentido alli está fuertemente circunscripto a la idea de alguien que se halla demasiado cerca, poderosamente apegado, adherido a algo, irreflexivamente inclinado hacia alguien.

Con esto último a mí ya me basta como para percibir lo que alguna vez comencé a pensar en dueto con un ser muy amado por mí: todos somos addictus. Todos.

Por qué “Todos somos addictus”?
Pues no quiero decir con esto de ninguna manera, que todos seamos consumidores perdidos de crack, o delincuentes heroinomanos, o alcoholicos irredentos. No. Cuando digo que todos somos adictos, estoy tratando de empujar y quebrar la frontera que sin razon argumentativa algunos trazan para la vulgar concepción de “adicción”.
Me canso a diario de escuchar y/o leer a gente negadora, los ciegos de sí mismos, que ponen la alabra "adicto" en los consumidores de drogas penalizadas. Mientras, ellos mismos, cargan sus frasquitos de pastillas, nunca se apartan de su paquete de cigarros, y en se clavan todas las noches que pueden su alcohol favorito. Fatuos mentecatos morales.
Circunscribir la palabra “adicto” a la sanción moral que condena a quien consume drogas ilegales es hacerse el soberano idiota con los millones de adicto legales a drogas socialmente aceptadas como el alcohol y los cigarros, o las pastas farmacológicas vendidas bajo receta.
Este auténtico discurso de doble moral es muy propio a su vez de los inquisidores médico-higienistas del siglo XX y de éste siglo tambien. Una intervencion en la vida privada -una más...- por parte de los guardianes de la hipocresía de todos los tiempos.

El recorrido etimológico que efectuara más arriba, sólo me presentó ante los ojos la posibilidad de generar una apertura más ética y más existencial del “addictus”. Ya no se trata de cargar el peso negativo de esta palabra contra las espaldas de quien consume drogas ilegales, sino abrir este sustantivo a un nuevo plano de significación que, de algún modo, no deja afuera a nadie del fenómeno adictivo.





-La maldita enfermedad del "apego"
Todos somos addictus? Si, en la medida en que todos padecemos la “enfermedad del apego”, y eso es lo que está sólidamente demostrado en la etimología y significado de la palabra misma: quien no esté apegado a algo/alguien, quien no deba lidiar con alguna cadena o esclavitud anímica, quien esté "a salvo de..." , quien sea total y absoluto amo de sí podra sustrarse de ese “Todos somos…”. Pero no veo a nadie tener la franqueza de arrojar la piedra… al menos si el que siquiera piensa en tirarla aún respira y está latiendo.

A qué o a quién nos apegamos, nos adherimos, a qué o a quién somos leales, de qué o de quién no somos capaces de desapegarnos, hacia qué o quién nos inclinamos... pues eso será asunto de cada sujeto, estará determinado por los trayectos propios de cada vida vivida, de cada libertad históricamente situada, de cada “serie complementaria” al decir de Freud, de cada trama de existencia, de cada condicionante situación material-subjetiva, de cada soma inervado por impulsos nerviosos cuya configuracion es tan irrepresentable como irrepetible.
Algunos se apegaran a los hijos, otros serán fanáticos del trabajo y su profesión, otros no sabran vivir sin una cuenta bancaria de seis ceros, otros se apegarán a un amor, o estarán adheridos sin remedio a alguna sustancia fumable-bebible-inyectable-comible en proporciones tan variables como sus pulsiones de muerte se lo permitan. Algunos serán leales a un conjunto poco móvil de ideas politicas, otros desarollarán una inclinación religiosa a ir a ver fútbol los domingos, algunos tendrán un apego deliberado al sexo, otros no podrán vivir sin la droga fuerte del poder.

Se me puede objetar aquí que entonces todo da lo mismo (ser adicto al helado de chocolate o ser demasiado apegado al consumo de hashish o ser leal a una camiseta de futbol o fumar viente cigarrillos diarios o poseer una poco explicable, obsesiva e irrenunciable pasión por criar perros siberianos en su casa). Se me objetará también que entonces adónde está la decision libertaria de cada quien, si en definitiva todos somos esclavos aparentemente pasivos de algo que a duras penas podemos manejar.
Me dirán: es que acaso no importa si la “sustancia” es el vino tinto, los antidepresivos, el poder, el éxito, la mentira, el sexo oral callejero, el dinero, las compras compulsivas o el LSD?





-Apegos y sustancias: neurobiología más allá de la moral
Como ya podemos apreciar, la multiplicacion de lo que llamamos “sustancia adictiva” tambien se amplía con desmesurada vertiginosidad cuando se abre la noción de adicción=apego a otros territorios.

Para ir inmediatamente hacia estas dos objeciones, permítaseme decir primero que está muy fundamentado neurológica y cerebralmente que nuestro centro de adicción se activa más alla de las connotaciones virtuosas o inmorales que le querramos adjudicar a una sustancia. "x".

 Por ejemplo, el tan “sublime” estado de amor pone en funcionamiento el mismo centro liberador de sustancias quimicas cerebrales que se activa cuando se consume una rayita de cocaína.

Curioso, nuestro cerebro es bastante menos menos moral de lo que muchos creen a la hora de efectuar distinciones entre apegos adictivos “in virtu” o carente de ella.
Las respuestas químicas cerebrales acercan sin pudicia al poético enamorado con el desquiciado que aspira por la nariz, tan cerca el aura de magia que envuelve al ser amado con la inmunda y malvada cocaína. Sí. Nos guste o no, es cerebralmente de este modo. Asi es. Y sé que esta afirmación es algo que a mi abuela no le gustaría escuchar en modo alguno, pero tambien es completamente real.

Luego, creo que tratándose de un asunto que pone de relieve nuestra involuntaria pero inequívoca inclinación a adherirnos a algo o a alquien, el libre albedrío (tan cristiano y repartidor de culpas él) tiene poco y nada para decir. Elegimos, pero en una proporción que es muchísimo más pequeña que lo que nosotros gustamos de creernos.

A lo sumo, habria que evaluar cada apego adictivo en términos de “voluntad” y de capacidad (quiero decir con esto ultimo, si realmente ese sujeto “puede” o no “puede” afectuar un trabajo sobre sí mismo de desapego, y aún si pudiera, hasta dónde podrá es un enigma estrictamente personal). Por lo que no es que niegue rotundamente que haya un grado de libertad en todo este asunto, pero temo que está un tanto sobrevaluado, vía un libre albedrío que insiste en adjudicar y repartir severas responsabilidades y castigos consecuentes como si todos fuéramos máquinas iguales a la hora de “poder” o “no poder” lidiar” con algo que poderosamente nos atrae como el hierro al imán.

En el apego adictivo a algo/alguien se trata casi siempre más de una relacionalidad en la que el sujeto irresponsablemente “puede” (o, insisto, “no puede”) y de una cuestion de grado: algunos pueden más, otros menos, algunos no pueden tanto y otros no pueden hacer nada para despegarse.

No estoy aquí justificando ningun tipo de daño, dolor o maltrato que el adicto produzca a partir de su apego debarrancante cuando la adicción toma caracteristicas enfermizas, decadentes, desvitalizantemente mortíferas.
La victimización del adicto que se pierde a sí mismo en las alcantarillas de las sustancias es una coartada deleznable: el "yo no lo hice, fueron las malditas drogas, el maldito alcohol, la maldita pasion amorosa enceguecedora" jamas justifica un crimen o un daño a otros. Eso es sencillamente de cretinos hijos de perra cuya impulsividad imbécil y sin control ya estaba allí mucho antes de que llegue el alcohol o el amor ciego o el paco. Sólo que ahora les viene como anillo al dedo la ola de inimputabilidad comprensiva que los cobija químicamente para nunca enfrentar su auténtica realidad como animales incontenibles.

Por eso no se trata de mirar para otro lado cuando alguien delinque y lastima via su adicción. El daño a sí mismo es un primer límite a considerar en este tema, pero un segundo límite lo constituye cuánto y cómo son rodeados los que rodean al adicto. Y no se trata tampoco de ampararlo protectivamente justificándolo en el "mal" que las sustancias le inocularon sin su consentimiento. Vamos... nadie es angelical en esta vida, ni el drogón que mata para conseguir dinero, ni el marido que muele a palos a su esposa en nombre del sacro matrimonio indisoluble, ni el criminal pasional que mata por amor posesivo, ni el fumador que intoxica a toda la familia por causa de su compulsion a la nicotina.

Encarar este asunto desde una ideal libertad responsable que se se trampea a sí misma es insuficiente e incluso incorrecto. El prisma victimista no ofrece nada mucho más superador.




-El cuidado de sí

Las adicciones son un complejo tema de construcción, conocimiento y cuidado de sí mismo, y del otro.

Muchas extralimitaciones adictivas y sus tremendas consecuencias sociales podrían comenzar a discutirse desde parámetros más realistas que los estériles y repetidos esquemas de intervención sanitaria y judicial con que hoy se trabaja la posibilidad de cura y/o punición en los casos más severos. Tal vez en esos casos se justifique profundamente escuchar más allá del latín y sus lógicas lo que “Q” dijo a mi hija.
Tal vez en esa sensacion de estar "privado de palabra" se pueda hallar una clave -no correcta para los etimólogos- pero definitivamente más humana a la hora de acercarse a un esquelético títere casi muerto que camina por las cornisas.

In summa, todos somos adictos en la medida en que nadie está posicionado por encima de los apegos fuertes, las lealtades viscerales, las inclinaciones pasionales, los diversos modos y formas del "apetito", la voracidad posesiva del deseo, los juegos relacionales con objetos o seres hacia quienes experimentamos una poderosa adherencia psico-física-emocional.

Nadie puede estar a salvo de la telaraña de la “adiccion”.
Las patas de esa vieja araña tan eterna como incontrolable, tejen su red sobre la tela de nuestras vidas mismas. Somos seres relacionales, ergo, somos necesitados de apego-cercanía-lealtades-inclinaciones-deseos-apetitos-adhesion-relajación a muchas formas de otredad subjetiva u objetiva. Habitamos la adiccion porque somos humanos necesitados... no carentes, pero siempre necesitados de un palenque donde rascarnos, o tranquilizarnos.

Quisiera destacar un último punto. Aún en esta adicción en la que estamos todos igualados por ser parte de nuestra condición humana, estamos a la vez en estado de diferencia unos con respecto a otros.
El “todos somos…” es un englobador práctico que permite advertir una condición humana y existencial compartida allí donde la moral de anteojeras ve y veía sólo la sanción al descarriado, al anormal, al inmoral, al débil, al despreciable. Pero luego de ese englobamiento generalista -recurso meramente operativo y virtual a la hora de explicar- luego… estamos en la multiplicidad de las diferencias.
Del “somos todos adictos” al “somos todos diferentes adictos”.

Las proporciones de estos apegos, la capacidad para aprender a incluirlos en una lógica hedonista no dañina para sí ni para el otro, la inteligencia sensible y racional para ser leal a las propias y caprichosas pasiones-apegos sin dejar en ello la alegría vital ni la salud ni la dignidad conforman lo que será asunto a trabajar por las libertades agónicas (e indigentes, pero existentes) de cada uno.


Cierro con este parrafo de Escohotado:


“Profundizar en la regla del conocerte a ti mismo, que sigue el principio socrático, el principio de la ética. Es el rito de maduración de las sociedades occidentales avanzadas a principios del siglo XXI. En la práctica se ve si el ser tiene buen o mal gusto, si se controla o no se controla; si debajo de su aparente educación esconde un monstruo autoritario, rencoroso o deprimido, o si por el contrario, tiene –como diría Freud– un "ello" (es decir, un inconsciente) sano y capaz de disfrutar. Las drogas brindan a la condición humana más control, más capacidad de enfrentarse a los desafíos de la vida. Cuando llega la prohibición, también llega la coartada victimista que permite a las personas decir esa gran falsedad: "Ay, yo no quería pero sin darme cuenta me hice esclavo y ahora soy una pobre piltrafa humana. Me permito robar a mis conciudadanos y no cumplir mi palabra"





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