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sábado, 23 de febrero de 2013

Un espíritu desconfinado - Carta de Emile Cioran sobre Borges



Un espíritu desconfinado

Carta de Emile Cioran sobre Borges





París, 10 de diciembre de 1976




Querido amigo:

El mes pasado, durante su visita a París, me pidió usted que colaborara en un libro de homenaje a Borges. Mi primera reacción fue negativa; la segunda también. ¿Para qué celebrarlo cuando hasta las universidades lo hacen? La desgracia de ser conocido se ha abatido sobre él. Merecía algo mejor, merecía haber permanecido en la sombra, en lo imperceptible, haber continuado siendo tan inasequible e impopular como lo es el matiz. Ese era su terreno. La consagración es el peor de los castigos -para el escritor en general y muy especialmente para un escritor de su género. A partir del momento en que todo el mundo lo cita, ya no podemos citarle o, si lo hacemos, tenemos la impresión de aumentar la masa de sus “admiradores'', de sus enemigos. Quienes desean hacerle justicia a toda costa no hacen en realidad más que precipitar su caída. Pero no sigo, porque si continuase en este tono acabaría apiadándome de su destino. Y tenemos sobrados motivos para pensar que él mismo se ocupa ya de ello.


Creo haberle dicho un día que si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado. En Europa, como ejemplar similar, se puede pensar en un amigo de Rilke, Rudolf Kassner, que publicó a principios de siglo un excelente libro sobre la poesía inglesa (fue después de leerlo, durante la última guerra, cuando me decidí a aprender el inglés) y que ha hablado con admirable agudeza de Sterne, Gogol, Kierkegaard y también del Magreb o de la India. Profundidad y erudición no se dan juntas; él había logrado sin embargo reconciliarlas. Fue un espíritu universal al que sólo le faltó la gracia, la seducción. Es ahí donde aparece la superioridad de Borges, seductor inigualable que llega a dar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, un algo impalpable, aéreo, transparente. Pues todo en él es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas deliciosos.


Nunca me han atraído los espíritus confinados en una sola forma de cultura. Mi divisa ha sido siempre, y continúa siéndolo, no arraigarse, no pertenecer a ninguna comunidad. Vuelto hacia otros horizontes, he intentado siempre saber qué sucedía en todas partes. A los veinte años, los Balcanes no podían ofrecerme ya nada más. Ese es el drama, pero también la ventaja de haber nacido en un medio ``cultural'' de segundo orden. Lo extranjero se había convertido en un dios para mí. De ahí esa sed de peregrinar a través de las literaturas y de las filosofías, de devorarlas con un ardor mórbido. Lo que sucede en el Este de Europa debe necesariamente suceder en los países de América Latina, y he observado que sus representantes están infinitamente más informados y son mucho más cultivados que los occidentales, irremediablemente provincianos. Ni en Francia ni en Inglaterra veía a nadie con una curiosidad comparable a la de Borges, una curiosidad llevada hasta la manía, hasta el vicio, y digo vicio porque, en materia de arte y de reflexión, todo lo que no degenere en fervor un poco perverso es superficial, es decir, irreal.


Siendo estudiante, tuve que interesarme por los discípulos de Schopenhauer. Entre ellos, un tal Philip Mainlander me había llamado particularmente la atención. Autor de una Filosofía de la Liberación, poseía además para mí el aura que confiere el suicidio. Totalmente olvidado, yo me jactaba de ser el único que me interesaba por él, lo cual no tenía ningún mérito, dado que mis indagaciones debían conducirme inevitablemente a él. Cuál no sería mi sorpresa cuando, muchos años más tarde, leí un texto de Borges que lo sacaba precisamente del olvido. Si le cito este ejemplo es porque a partir de ese momento me puse a reflexionar seriamente sobre la condición de Borges, destinado, forzado a la universalidad, obligado a ejercitar su espíritu en todas las direcciones, aunque no fuese más que para escapar a la asfixia argentina. Es la nada sudamericana lo que hace a los escritores de aquel continente más abiertos, más vivos y más diversos que los europeos del Oeste, paralizados por sus tradiciones e incapaces de salir de su prestigiosa esclerosis.


Puesto que le interesa saber qué es lo que más aprecio en Borges, le responderé sin vacilar que su facilidad para abordar las materias más diversas, la facultad que posee de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del Tango. Para él cualquier tema es bueno desde el momento en que él mismo es el centro de todo. La curiosidad universal es signo de vitalidad únicamente si lleva la huella absoluta de un yo, de un yo del que todo emana y en el que todo acaba: comienzo y fin que puede, soberanía de lo arbitrario, interpretarse según los criterios que se quiera. ¿Dónde se halla la realidad en todo esto? El Yo, farsa suprema. El juego en Borges recuerda la ironía romántica, la exploración metafísica de la ilusión, el malabarismo con lo ilimitado. Friedrich Schegel, hoy, se halla adosado a la Patagonia.


Una vez más, no podemos sino deplorar que una sonrisa enciclopédica y una visión tan refinada como la suya susciten una aprobación general, con todo lo que ello implica. Pero, después de todo, Borges podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas, y si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado.


E.M. Cioran
 




(El resaltado en negrita es mío...)

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jueves, 17 de enero de 2013

El escritor, mensajero de Maratón - Jean-Paul Sartre





El escritor, mensajero de Maratón

Jean-Paul Sartre




“Se decía que el mensajero de Maratón había muerto una hora antes de llegar a Atenas. Había muerto y aún corría; corría muerto, anunció la victoria griega muerto. Este mito es bueno;  muestra que los muertos todavía actúan por un breve instante como si estuvieran vivos. Por un breve instante, un año, diez años, tal vez cincuenta años; de todos modos, un período finito; y luego son sepultados por segunda vez. Ésta es la medida que proponemos para el escritor: mientras que sus libros despierten enojo, incomodidad, vergüenza, odio, amor, vivirá, incluso si él ya no es más que una sombra. Luego, el diluvio. Abogamos por una ética y un arte de lo finito.”


Jean-Paul Sartre
“Escribir para la propia época” 


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viernes, 11 de enero de 2013

Ficcionalizaciones filosóficas - Philip K. Dick



Ficcionalizaciones filosóficas
 
Philip K. Dick




“Soy un filósofo que ficcionaliza, no un novelista; mi habilidad de escribir cuentos y novelas es utilizada con el fin de dar forma a mis percepciones. El centro de mi escritura no es el arte sino la verdad. Por lo tanto lo que yo cuento es la verdad, y sin embargo no hay nada que pueda hacer para aliviarla ni por hechos o explicaciones. De todas maneras esto suele darle ayuda a un tipo de persona sensible y atormentada por el cual hablo. Creo que entiendo el ingrediente en común en ellos a quienes mi escritura les ayuda: ellos no pueden atenuar sus propias sospechas sobre la irracional y misteriosa naturaleza de la realidad. Y para ellos el corpus de mi escritura es un largo argumento acerca de esta inexplicable realidad. Es una integración y presentación y análisis y respuesta e historia personal.”



Philip Dick
(1928-1982)

De "The Exegesis of Philip K. Dick - A Reader's Diary"


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jueves, 10 de enero de 2013

Alquimias imprescindibles - Lygia Bojunga Nunes




 Alquimias imprescindibles




"Un día, me dio por transformar cosas pequeñas; 
transformaba un dolor en coma; 
convertía un alivio en signo de exclamación; 
transformaba una esperanza en interrogación. 
Me gustó.
Me sentí medio hechicera."



Lygia Bojunga Nunes 
Escritora
(Brasil, 1932)

Fragmento de "El trueque y la tarea"


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miércoles, 9 de enero de 2013

Escribimos - Jorge Castelli






 

Escribimos
(del querido amigo y escritor Jorge Castelli)



"Escribimos para que nos quieran, qué duda cabe; todo artista necesita ser querido y apreciado. Escribimos, absortos, intentando explorar el mundo, sus características, sus rarezas, sus miserias y sus cumbres. Escribimos con vocaciones de náufrago o de almirante. Escribimos porque no nos queda otro remedio. Escribimos para que los dedos nos demuestren su bravura y para que la sangre no termine arrumbada en un rincón del organismo, respirando de manera mecánica. Escribimos porque no sabemos quiénes somos y tenemos la secreta ilusión de averiguarlo. Escribimos porque siempre es la hora de escribir y de sellar la idea. Escribimos por amor y por desidia, por revelación y por las dudas. Escribimos desde la vida, con serias intenciones de estudiarla y de cambiarla. Escribimos para no llegar a viejos, para que no se borre nuestra infancia, para no quedar encerrados en un horno.

Pero también escribimos por horror, por noción de huellas en la arena, por fragilidad de intrascendencia, por ilusa sensación de sacarle la lengua a la muerte a medio centímetro de sus ojos. Escribimos como si cada texto fuese un logro, una victoria en la desmuerte, una zancadilla a los finales verdaderos.

¿Quién nos dirá si en algún lugar desconocido no estaremos ganando en realidad alguna secreta partida?”



Jorge Castelli
Enero 2013
 
(Jorge Castelli, nacido en Buenos Aires en 1956, es novelista, cuentista, poeta y dramaturgo. Pero por sobre todas las cosas es, para mí y ante todo, un amigo entrañable)



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martes, 31 de enero de 2012

Borramientos brillantes


Borramientos brillantes




“Borges, para ser Borges, tuvo que aprender a borrar a Borges.”



Marietta Gargatagli
(De “Una escritura muy cercana a una conversación amable”
En “Revista ñ”, 14/11/2011)
Imagen: Malena Peralta

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viernes, 16 de diciembre de 2011

Boldly until the fingers moved no more (Christopher Hitchens - In memoria )

 


Christopher Hitchens 
 In memoria




“Christopher did not offer a model of what to think. 
He offered a model of how to think – and how to live. Fully. Fearlessly. Joyously. 
And then, alas too soon, of how to die: without bluster but without flinching, boldly 
writing until the fingers moved no more.”



Christopher no ofrecía un modelo sobre qué pensar. 
El ofreció un modelo sobre cómo pensar -y cómo vivir. Plenamente. Sin miedos. Jubilosamente. 
Y entonces, tristemente demasiado rápido, cómo morir: sin guapear, pero sin estremecimiento, audazmente escribiendo hasta que los dedos no se muevan más.”





Palabras de David Frum
In memoria de Christopher Hitchens
(Portsmouth, Reino Unido, 13 de abril de 1949 – Texas, EE. UU., 15 de diciembre de 2011 )


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lunes, 1 de agosto de 2011

El fuego de la palabra




"Las palabras también son fuego en otro estado."


Cristina Pérez
(San miguel de Tucumán, 1973)
Escritora y periodista argentina


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sábado, 18 de junio de 2011

A un año de la partida de José Saramago



A un año de la partida de José Saramago






“Siempre acabamos llegando a donde nos esperan”

José Saramago
De “El año de la muerte de Ricardo Reis




Hace exactamente un año atrás, el 18 de junio de 2010, moría el escritor portugués José Saramago.
Nos dejaba en el recuerdo y la memoria una vida plena de lucidez, una obra literaria en completa armonía con sus ideas, con su historia, con sus principios. Nos legó un modelo: el de un parrhesiasta de la letras.

Habiendo aprendido a leer en portugués siendo yo ya una mujer bastante crecidita, me he podido dar el lujo de tener varios inolvidables paseos de novela por su obra en su lengua original. Con un estilo de escritura único, limpio, y elevadamente poético a la vez, retrató la dureza del hambre y la miseria medieval en “Memorial do Convento” (1982). También rememoro hoy los sinsabores de los trabajadores de Lavre que pinta con pulcra grandeza en “Levantado do Chao ” (publicado en 1980). Y cómo omitir en el repaso esa bella novela de amor espectral sobre el atormentado Fernando Pessoa y sus iluminadas sombras heterónimas magistralmente narrada en “O ano da morte de Ricardo Reis” (1984).


Portador tenaz de una pluma nunca indiferente a las variadas formas que adopta la mentira, Saramago denuncia la superstición y critica sin medias tintas los embustes colectivamente instalados. En esa línea, nos entregó en 1991 el polémico e imprescindible "O evanghelo segundo Jesus Cristo" (“El evangelio según Jesucristo”). Ese libro le costó una suerte de autoexilio en el que partió de su Portugal natal, país  donde el gobierno lo acusó de “ofender a los católicos”, a vivir en la isla de Lanzarote (Canarias).
Ensaio sobre a cegueira” publicado en 1995 imagina el escenario de una epidemia de ceguera blanca: los egoísmos que desata la búsqueda de la supervivencia, los temores, las responsabilidades asumidas y no asumidas, la indiferencia, todo aparece en medio de esa escenografía de contagio de cegueras. En 2004 arremete contra los límites democráticos. “Mal tiempo para votar”, nos dice con una si-no-metáfora su personaje de "Ensaio sobre a lucidez" (“Ensayo sobre la lucidez”). Y en casi nada se equivoca.

Preocupado, inquietado por asuntos filosóficos atemporales, Saramago deja las semillas de sus reflexiones personales dar fruto en la boca de sus personajes. Estos son abrumados por los límites en el uso de la libertad, practican la valentía anónima, sienten el aire fresco de la alegría o la modesta esperanza, padecen la incapacidad de “ver”, se interrogan acerca del compromiso, remueven los mantos sagrados que cubren a los dioses, exploran el cuerpo, ponen en entredicho a la muerte misma.

Matsuo Bashō (poeta japonés del siglo XVII considerado el padre de los haikus) tenía una expresión particular para denominar la fusión entre verdad, honestidad y poética: “fuga no makoto”. Saramago ha tenido el coraje de practicar esa “fuga no makoto” cabalgando como un Quijote peninsular entre las decepciones del siglo XX y las desorientaciones del siglo XXI.

Tremendo pensador Saramago.
Corroe.
Fustiga.
Aúlla.
Nunca quita sus pies ni sus manos del barro de las trincheras.
Exige del lector el -cada día más- subversivo acto de pensar más. Mejor. Aún.
Inmenso escritor Saramago.

Alterador de puntuaciones, de gramáticas pre-establecidas, omitiendo comas-puntos-espacios-comillas, creó la magia de inventar sentido en párrafos larguísimos capaces de durar toda una página. Dueño de una prosa extremadamente singular, su lectura sin respiro oxigena el don de libertad creativa del escritor sin restarle, con esta particular estilística, significado al rompecabezas que va tallando el sacudido -lógicamente sacudido- lector.

Se lo extraña a Saramago.
Se lo extraña opinando, escribiendo, pensando, debatiendo, haciendo pensar. Viviendo.

Como él mismo decía, se llega finalmente adonde se es esperado. Y siendo esto así, Saramago sigue llegando desde sus páginas repletas de verdades y/o desde imaginarias narrativas invitantes siempre a la reflexión. Y ahí mismo, entre sus palabras (donde sino..!) es donde lo seguiremos esperando y encontrando.

A un año de su muerte, recordarlo es una añoranza sólo apenas mitigable releyendo sus libros. Herencia sagrada de quien, como pocos, hizo de su vida un heroico acto de sinceridad hecha escritura.

Larga vida a Saramago.


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lunes, 6 de junio de 2011

Escribir es elevar el pensamiento a la altura de los pies - Jorge Curinao




“Escribir es elevar el pensamiento a la altura de los pies.”

Jorge Curinao
Poeta
(Santa Cruz, 1979)


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"Niña de papel dormida" - Lorena Ledesma Aguirre

    

"Niña de papel dormida"
(Lorena Ledesma Aguirre)



   "Como no podía escribir porque las palabras se me llenaban de ira y pronto se transformaban en abismal tristeza, quise volver a dibujar. Tomé un block de hojas blancas, un lápiz goldfaber y un borrador. Me senté bajo el sol que tras una jornada de lluvias estaba tibio, mientras el vientito frío sureste me acariciaba los pies. Pensé en un rostro bonito de mujer, tracé largos cabellos manipulados por una brisa fuerte. La vestí de blanco, la decoré con una sonrisa. Busqué magia en mi cabeza, fantasías de cuentos leídos. Quise ver magia pero no la encontré.

Recordé que una vez soñé con escribir cuentos para chicos pero desistí cuando me di cuenta que tenía la mente demasiado perversa para eso.

En mis cuentos habría demasiados monstruos, las princesas no se casarían con su amado, dejaría que los castillos fuesen tomados por asalto por los pobres para reducir las desigualdades, no daría fiestas maravillosas para no presumir, pondría a los magos al servicio del reino para ensayar un comunismo mágico y por lo tanto dejaría de existir la monarquía. Mi cuento sería un desastre total.

Borré los ojitos brillantes de mi niña de papel y le dibujé unas largas pestañas cerradas para que no despierte. No le hice fondo para que todo lo construya con la imaginación y sea feliz. Abandoné el block a un lado del sillón y me abandoné en mis propios sueños. ¿Nada me importa? Sólo quiero que me ame, quiero amarlo. Mi madre tiene razón, soy una ociosa sin ambiciones ni objetivos claros en la vida."




Publicado originalmente en "Plumas latinoamericanas"
27 de diciembre de 2010
http://plumaslatinoamericanas.blogspot.com/2010/12/nina-de-papel-dormida.html

 
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miércoles, 15 de diciembre de 2010

El cuerpo escriba


El cuerpo escriba



“Descubrir que escribir se hace en parte con el cuerpo, tranquiliza.”


 Mauricio Kartún
En “Cómo construir y deconstruir una obra


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domingo, 5 de diciembre de 2010

El túnel de la escritura

 

El túnel de la escritura




Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena.
A veces tengo la impresión de que surjo de lo que he escrito como una serpiente surge de su piel.
Antes se aprende a morir que a escribir.



Enrique Vila-Matas
Escritor español
(Barcelona, 31 de marzo de 1948)

 

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Sarcófagos de papel


Sarcófagos de papel



"¿Qué se encierra en los libros?
en esos sarcófagos y sudarios.
El pasado es el botín de los libros…"


Friedrich Nietzsche
“La Gaya Ciencia”



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sábado, 4 de diciembre de 2010

Lo inexpresable - Rainer Maria Rilke





 Lo inexpresable 
Rainer Maria Rilke 



"Las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un recinto que nunca holló palabra alguna. Y más inexpresables que cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura."




Rainer Maria Rilke
(1875, Checoslovaquia) - 1926, Suiza)

 

 
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domingo, 28 de noviembre de 2010

Toda opinión es también un escondite






“Toda opinión es también un escondite,
toda palabra también es una máscara.”


Friedrich Nietzsche
"Más allá del Bien y del Mal"



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domingo, 14 de noviembre de 2010

Alejandra Pizarnik, la analizante y llamadora de ausencias



“Nombre de lo que me muerde”


Por Marcelo Percia





Alejandra Pizarnik, primera analizante en castellano, interroga al psicoanálisis, no sólo como espacio clínico o zona de identidad personal, sino como modo de intervenir en las discusiones de la cultura. (Texto extractado de “Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis”, Alción Editora, publicado en el suplemento “Psicología” de Página/12, 30 de abril de 2009).

 


Suele llamarse analizante a la persona que se analiza con un psicoanalista. En este texto el término va más allá de esa circunstancia. Alejandra Pizarnik (que tiene esa experiencia desde muy joven) participa, en otro sentido, de lo que me gustaría llamar la ilusión intelectual argentina en el psicoanálisis como experiencia del pensar.

El psicoanálisis como inmersión de quienes quieren conocerse, como ideal desculpabilizador del deseo, como figuración de un mundo familiar menos represivo, como experiencia del yo destronado, como imagen de una mismidad lejana, ajena, exiliada, como creencia liberadora de sentido, como contemplación trágica del pasado, como pregunta por la crueldad humana, como denuncia del malestar moral de nuestro tiempo, como asunto de subjetividades migrantes, extranjeras, discriminadas. El psicoanálisis como utopía de la diferencia.

La expresión Alejandra Pizarnik, la primera analizante en castellano no significa que ella sea la paciente que inaugura la lista de nuestro record internacional de analizados; quiere decir que ella, la que se sabe nacida en las palabras, es maestra excepcional para pensar una práctica cada vez más profesionalista. Llamo profesionalista a una actividad que ve en el psicoanálisis sólo una profesión. Un trabajo de rutinas, pacientes, consultorios, libros y revistas especiales, congresos, supervisiones, redes de derivación, amparos institucionales, plataformas publicitarias, estrategias de reconocimiento. ¿Es otra cosa?

Alejandra Pizarnik, primera analizante en castellano, interroga al psicoanálisis, no sólo como espacio clínico o zona de identidad personal, sino como modo de intervenir en las discusiones de la cultura; en las preguntas sobre cómo tramamos relaciones con el lenguaje, con las representaciones que nos hacemos de nosotros mismos y del mundo; con la idea de porvenir, con los asuntos de la vida: el dolor y el sufrimiento, el deseo y la muerte.

No se puede imponer a los psicoanalistas que aprendan a escuchar, como diría Pizarnik, “con una esponja en los oídos”, ni obligar a que profesores dicten en clases universitarias que “por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”, pero sería una lástima privarse de esas ideas.

Entonces, decir que leo a Alejandra Pizarnik como primera analizante en castellano es un modo de avisar que encuentro –en ella que afirmó que Freud es un poeta trágico– a una maestra de analistas.

Que Alejandra Pizarnik anotara en sus Diarios cosas que piensa sobre su propio psicoanálisis tiene y no tiene relación con el asunto. Es cierto que esas menciones se presentan como citas, pero no es allí donde ella habla mejor como analizante. Incluso cuando indago las desventuras de esa mujer joven sólo busco aprender a leer el manifiesto de su enseñanza.

La afirmación de que Alejandra Pizarnik es la primera analizante en castellano no necesita ser probada contando cosas de su intimidad o coleccionando circunstancias biográficas (historias de familia, judaísmo, aventuras sexuales, viajes, lecturas, depresiones, noches de insomnio, internaciones, intentos de suicidio o su muerte a los treinta y seis años por exceso de pastillas para dormir). Esos desechos de su vida apenas interesan aquí. No se recorta su estar analizante para engrosar la lista de casos clínicos.

“Primera analizante” puede leerse, entonces, como: mujer afectada por el lenguaje. Sensibilidad que sabe que su dolencia es cosa hecha de palabras, que percibe que las mismas palabras que dan qué pensar pueden ser tormentos, espejismos, ruidos, en los que no (se) piensa nada. O dicho de otra forma, primera no porque no haya otra antes que ella, sino porque no falta a la cita cuando es llamada a pensarse en el lenguaje. Porque sabe que la máquina de pensar es artilugio vacío y, a la vez, lleno de piezas que pueden volverse locas. Que puede darse máquina con pensamientos que la gozan, con obsesiones que la dominan, con voces que traman sufrimientos de los que, por momentos, quiere desprenderse.

No leo a Pizarnik como visionaria o testigo lúcido del psicoanálisis de su época. El sentido de la vista o su punto de vista no están en juego. Interesa Pizarnik como oído poético dislocador de una cultura que aloja al psicoanálisis como práctica del cuidado de sí.

Interesa su mirada como lo imprevisto en esa práctica. Interesa ella misma como arremetedora que alerta sobre lo que les pasa a quienes no hacen lo correcto, sobre los peligros que acechan a quienes se arriesgan a la desapropiación de sí.

Lo que queda pendiente no es la pregunta de qué pudo o no pudo el psicoanálisis hacer por Alejandra Pizarnik, sino qué puede hacer a los psicoanalistas la lectura de su obra. Leer a Pizarnik es una decisión.

Habría muchos otros modos de nombrarla: la mujer de la existencia venidera, la llamadora de ausencias, la que desespera del lenguaje, la que se aloja partida, la que arremete viajera, la enamorada de las ruinas, la que hace el mundo palabra por palabra, la que se siente deletreada por un semianalfabeto, la que vive desnuda como si llevara un traje de vidrio, la que tiene deseos de huir hacia un país más hospitalario, la inlúcida que sabe que ama sombras, la que escribe con humor “mi amante es obscena porque me toca la hora”, la que se da cuenta de que cumple una pena por nada, la del lenguaje alejandrino, la que va hacia no hay dónde, la que intenta nacerse sola, la que pregunta cómo es posible no saber tanto, la niña santa y lujuriosa, la que pide ser curada de algo que no se cura, la que advierte que habla para amueblar el escenario vacío del silencio, la que siente que el envejecimiento del rostro ha de ser una herida de espantoso cuchillo, la reina en el exilio, la que simpatiza con todos los sufrimientos, la que piensa que la felicidad consiste en estar a salvo del pronombre yo, la supliciada, la que fue demasiado lejos en su soledad. De todos los modos de llamarla, elijo este: Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis.



Esperadora

Pizarnik es el nombre de una esperadora infatigable. Escribe en su diario en marzo de 1961: “Esta espera inenarrable, esta tensión de todo el ser, este viejo hábito de esperar a quien sé que no va a venir. De esto moriré, de espera oxidada, de polvo aguardador”.

La espera, si no se confunde con la esperanza de que suceda algo, puede pensarse como dar tiempo o darse tiempo de llegada. Eso que solemos llamar el sí mismo es una existencia venidera.

La espera del analizante tiene algo de ir al encuentro de una verdad que nunca llega. Pero, una espera que es ir hacia lo que no se alcanza no es, necesariamente, impulso insatisfecho, tensión que frustra, expectativa fatigada.

¿Y una espera oxidada? Parecería una espera marchita, deslucida, sin frescura. Una espera que se consume dolida de eso que no llega. Como en A la hora señalada, que no es la película de la espera, sino la del cumplimiento de una amenaza. La urgencia de un plazo corrompe la espera. La impaciencia no es impulso de deseo; puede ser su lastre, su cautiverio.

Muchas veces, lo que una persona que se analiza espera no es la espera, sino consumar una esperanza, conquistar una felicidad custodiada de palabras, conjurar la desgracia en todas sus formas por medio del pensamiento. ¿Una especie de religión?

Quizá Pizarnik pida que el psicoanálisis le ofrezca lo que no tiene: una fórmula de felicidad. Razones de acogida a dudas de la existencia, ahora, expresadas en primera persona de un singular en el que se celebra a sí misma. Pero también percibe, en su expectativa de sentirse mejor, una ilusión de autorreforma, una maniobra de corte y confección para forzar su coincidencia con la imagen que le gustaría alcanzar.

Tal vez aquella espera oxidada, ese polvo aguardador, sean pulsaciones tristes, ansiosas, descreídas de su existencia venidera.

No se vive así como así en situación de espera; la esperanza se cuela por todas partes. El juego de la esperanza puede decirse en tres pasos. Primero, se inventa (a medida de la propia ilusión) un absoluto distante, caprichoso y salvador. Segundo, se vive en la incertidumbre (dado que el absoluto es caprichoso y distante). Tercero, se aguarda con fe (a veces portándose bien) la llegada eventual de la salvación.

Practicante de la espera no quiere decir dogma de un ir hacia sin una meta; tampoco doctrina de me da lo mismo qué pueda pasar. La escritora es practicante de la espera porque trata de deshacer en ella misma la tentación de someterse a un absoluto.

Alejandra Pizarnik analizante, más allá de todo psicoanálisis, porque es una mujer que escribe sobre lo que le pasa. Analizante porque se sabe enferma de una especie de maldición amorosa: se siente poseída por lo que no puede poseer. Analizante porque sale al encuentro de lo que no llegará, porque se sabe abandonada. Escribe en marzo de 1961: “Y he aquí lo que me mata, he aquí la forma de mi enfermedad, el nombre de lo que me muerde como un tigre crecido súbitamente en mi garganta, nacido de mi llamado”.

Llamadora de ausencias, Alejandra Pizarnik se pregunta por qué no la atraen quienes se enamoran de ella o por qué su fascinación por el abandono o por qué se empecina en llamar a quien no habrá de venir o por qué la entristece alguien que llega con deseos de verla.

Alejandra Pizarnik, una llamadora de ausencias. Pero no porque haga citas que fracasan, sino porque da de sí la voz que convoca un lenguaje. Pensar es precisamente eso: llamar a que las palabras acudan, solicitar que se apersonen en las sensaciones, las emociones, la belleza, la angustia.

Analizante, también, porque piensa su existencia como misterio. Escribe en su diario, en el verano de 1956: “No comprendo el anhelo de ‘lo fantástico’, ni a la literatura de ‘misterio’. Es que ¿es posible hallar más misterio que en la propia existencia?”.

Admite que desconoce lo que le pasa, que duda sobre el sentido de sus actos, que de su boca salen cosas que la sorprenden, que sus deseos la visitan como parientes desconocidos.

Escribe cinco años después, cuando declara su mayor obsesión después del amor y la escritura, anotando entre paréntesis su propia voz en tercera persona: “El más grande misterio de mi vida es éste: ¿por qué no me suicido? En vano alegar mi pereza, mi miedo, mi olvido (se olvida de suicidarse). Tal vez por eso siento, de noche, cada noche, que me he olvidado de hacer algo, sin darme cuenta de qué. Cada noche me olvido de suicidarme”.

No dice que quiere suicidarse, se pregunta por qué no se suicida. El suicidio no parece un deseo, sino una fatalidad. Entonces, cada noche se olvida de lo inevitable. Tal vez así, en el olvido, diga su deseo de vivir.

Alejandra Pizarnik toma, a su manera, el problema que Camus –quien, en El mito de Sísifo, afirma que el suicidio es el único problema filosófico verdaderamente serio– designa como el misterio más radical de la existencia: “¿Por qué elijo vivir pudiendo decidir mi muerte?”. Como si vivir fuera una decisión que el olvido toma todos los días. El olvido como cesación de la muerte.

Escribe en su diario, en octubre de 1957: “No soy más que una humilde muchacha desnuda que espera que lo Otro le dicte palabras bellas y significativas, con suficiente poder como para izar sus pobres tribulaciones y para dar validez a lo que de otra manera serían desvaríos”.

La proeza del decir no consiste en realizar una sustancia mentada ni en la voluntad de hablar, sino en el impulso de ceder la iniciativa a lo expresado, de confiar la cuestión del hablar a la astucia de las palabras.

Dejar la iniciativa a lo dicho es admitir que las palabras pronunciadas se adelantan a las palabras pensadas o transportan inventivas de sentido no previstas en la decisión de hablar. Oscar del Barco (Juan L. Ortiz, poesía y ética, ed. Alción, 1996), a propósito del poeta Juan L. Ortiz, escribe: “La extinción de lo humano no está produciéndose por el lado sublime del exceso sino por el lado maligno de la llamada ‘programación total’ y del ‘control total’. Pienso en la alternativa que representan el poeta y el místico, quienes saben que no son y viven como noseres. Habita el que es sin ser, porque el habitar exige el despojo de toda iniciativa. Es el sueño de Mallarmé, su propuesta de darle ‘la iniciativa a las palabras’, de que las palabras sin ‘dueño’ sean las que abren el sentido sin sentido ‘humano’ que es el poema. El habitar adquiere así característica de advenimiento”. Pizarnik sabe que pierde la conducción de lo que dice cuando escribe o que es sobrepasada por el flujo de las palabras.



La primera

Pero, ¿por qué primera si lo que se dice sobre ella podría afirmarse, también, de otras escritoras y otros escritores en castellano? Su obra poética y su prosa derraman intimidad, pero no porque permitan espiar sus secretos (su interioridad desnuda), sino porque es la obra de una mujer que intima con el lenguaje. Pizarnik traba y trama amistad con las palabras: intenta ligarse ella misma en todo lo que escribe y tiene la mala intención de estar en el decir.

Así mismo, los Diarios (y parte de su correspondencia publicada) constituyen una escritura infrecuente en nuestra lengua. En sus páginas fragmentarias no hace alarde o culto de sí, como suele ocurrir en autobiografías o memorias. Ofrece su diario de escritora como lugar de experimentación de ella misma en el lenguaje, como espacio para pensarse en relación a sus lecturas y como demora para anotar lo que siente. Hasta el final no deja de preguntarse por el deseo, el amor, la angustia, la soledad. Cada vez intenta nombrar lo que no puede decir. No censura hechos que teme confesar ni secretos que la inquietan. Prueba escucharse pensar lo que le pasa. Escribe como una analizante que se hace destinataria de sus palabras.


Un año antes de su muerte publica El infierno musical. Cito de allí un texto que se llama “La palabra que sana”. Propongo leerlo como manifiesto de su enseñanza: “Esperando que un mundo sea de-senterrado por el lenguaje, alguien canta en el lugar en el que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”.

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sábado, 2 de octubre de 2010

Credo y técnica para prosa moderna - Jack Kerouac



Credo y técnica para prosa moderna
(extracto)
Jack Kerouac




Credo y técnica para prosa moderna
Jack Kerouac
“Lista de Esenciales”



1) Secretas libretas garabateadas y desenfrenadas páginas mecanografiadas para tu propio deleite.
2) Resignado a todo, abierto, atento.
3) Trata de no emborracharte nunca fuera de tu casa.
4) Ama tu vida.
5) Algo que sientes hallará su propia forma.
6) Sé un loco santo silencioso de la mente.
7) Sopla tan hondo como quieras soplar.
8) Escribe sin base lo que quieras desde el cimiento de la mente.
9) Con hipnótica fijación soñar sobre el objeto que tienes ante ti.
10) Elimina las inhibiciones literarias, gramáticas y sintácticas.
11) Como Proust sé un viejo dopado del tiempo.
12) Decir la verdadera historia del mundo en monólogo interior.
13) El centro preciso de interés es el ojo dentro del ojo.
14) Escribe para ti recordando y asombrándote.
15) Trabaja hacia fuera desde el expresivo ojo central, nadando en el mar del lenguaje.
16) Acepta perder para siempre.
17) Cree en el santo contorno de la vida.
18) Lucha para dibujar el torrente que ya existe intacto en la mente.
19) No pienses en palabras cuando te detengas sino para ver mejor el cuadro.
20) Conserva la huella de cada día en la fecha que blasona tus mañanas.
21) Ni temor ni vergüenza en la dignidad de tu experiencia, lenguaje y conocimiento.
22) Escribe para que el mundo lea y vea tus exactas fotografías de él.
23) Elogio del Carácter en la Fría inhumana Soledad.
24) Composiciones salvajes, indisciplinadas, puras, brotando desde abajo, cuanto más locas mejor.
25) Eres un genio todo el tiempo.



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domingo, 30 de agosto de 2009

"Escribir" (fragmento) - Marguerite Duras



"Escribir"

(fragmento)
Marguerite Duras


"Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar. Creo que la persona que escribe no tiene idea respecto al libro, que tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y que, de esa aventura del libro, sólo conoce la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido.

(...)

"Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir es también no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es. El libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos haber explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación: su separación, la separación del libro soñado, como el último hijo, siempre el más amado.


Un libro abierto también es la noche."




Marguerite Duras
“Escribir”
Tusquets Editores, Barcelona, 2000.
Pp. 22, 30 y 31.


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