Mostrando entradas con la etiqueta Territorios filoso-placenteros: las drogas.... Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Territorios filoso-placenteros: las drogas.... Mostrar todas las entradas

jueves, 22 de septiembre de 2011

Drogas psicodélicas, una ventana a la mente?



Una ventana a la mente
Susan Blackmore





Las drogas psicodélicas proveen una de las mejores evidencias de que la mente está en el cerebro; que nuestros pensamientos, creencias y percepciones son resultado de la química. Tome usted una droga, específicamente algún alucinógeno, y muy probablemente su más íntimo “yo” resultará transformado. Esto significa que estas drogas pueden ser temibles, y que deben ser consumidas con gran cuidado y respeto para que potencialmente nos puedan revelar algunos de los secretos más ocultos de nuestra conciencia.

Hace un siglo, mucho antes de la prohibición, las bases de una ciencia de la intoxicación estaban siendo establecidas, y el psicólogo estadounidense William James, experimentó con el Óxido de Nitrógeno, un anestésico conocido como el “gas de la risa”. Nuestra conciencia normal racional, nos dice, es solo un tipo especial de conciencia, mientras que alrededor a ella se encuentran formas de conciencia completamente diferentes, siempre disponibles si se aplica el estímulo adecuado.

Otros experimentos describieron meticulosamente los efectos de inhalar éter, cloroformo o marihuana, y las extrañas distorsiones en el tiempo, la percepción y el sentido del humor que éstos producen. Más curiosamente, también describen cambios en las creencias e incluso en las filosofías. Por ejemplo, el Óxido de Nitrógeno tenía la curiosa habilidad de cambiar a los científicos materialistas al idealismo. Su descubridor, Sir Humphry Davy, valerosamente tomó él mismo la droga en un experimento en 1799 y concluyó diciendo “Nada existe, sólo los pensamientos”. Otros hicieron observaciones similares y encontraron sus ideas profundamente modificadas tras un pequeño encuentro con “otros estados de conciencia”.

Esto nos lleva a la muy curiosa pregunta de si lo que James llamó “nuestra conciencia normal racional” es necesariamente la mejor forma de comprender el mundo. Después de todo, si nuestras ideas sobre el mundo pueden cambiar tan dramáticamente con la ayuda de una simple molécula como el Óxido de Nitrógeno; ¿cómo podemos estar seguros de que nuestra química cerebral normal es la más adecuada para hacer ciencia y filosofía? ¿Y qué tal si la evolución hubiera tomado un camino ligeramente diferente y hubiéramos terminado con una química cerebral menos inclinada a hacernos creer en dios y en la vida después de la muerte?, ¿O qué tal si la química actual del cerebro evolucionó para ayudarnos a sobrevivir y a reproducirnos con el costo de darnos falsas creencias sobre el mundo? Si esto es así, es posible que las drogas alteradoras de la conciencia nos den, de hecho, mejor y no peor entendimiento del que tenemos en nuestro llamado “estado normal”.

Tomen como ejemplo la experiencia habitual de “disolver nuestro yo”, o de “volverse uno con el universo”. Esto puede sonar como mística sinsentido, pero de hecho, encaja mucho mejor con el entendimiento científico del mundo que con nuestra visión dualista tradicional. La mayoría de nosotros se siente, la mayoría del tiempo, como si fuera una especie de “yo separado” habitando en un cuerpo como si chofer de automóvil se tratara. Hablamos de “mi cuerpo” e incluso de “mi cerebro” como si el “yo” fuese algo separado. A través de la historia, muchas personas han creído en un alma o espíritu que pueden abandonar el cuerpo e incluso sobrevivir a la muerte de éste. La ciencia, sin embargo, ha sabido por mucho tiempo que esto no puede ser así.

No hay un “observador” dentro de nuestro cerebro que tiene nuestras experiencias, y no hay espacio en él donde quepa un “yo interior” para controlarlo. Sólo está un cerebro hecho exactamente de lo mismo que el mundo a su alrededor. En otras palabras, realmente somos uno con el universo.

Esto significa que el sentido psicodélico puede ser, de hecho, más cierto que la visión dualista ordinaria. Así que, aunque nuestro estado normal es mejor para sobrevivir y reproducirnos, no siempre ha de ser el mejor para entender quienes y qué somos.

Quizás hasta podríamos tener ciencias llevadas a cabo en alguno de éstos estados intoxicados. Esto es justo lo que el psicólogo Charles Tart sugirió en 1972 en la prestigiosa revista Science. Él relacionó diferentes estados de la conciencia con diferentes paradigmas científicos y propuso la creación de “ciencias de estados específicos”; ciencias nuevas que serían realizadas por científicos trabajando en estados alterados y comunicando sus hallazgos a otros en esos estados. Estas nuevas ciencias podrían tener solo aplicaciones limitadas, pero da en el blanco en que nuestro estado normal, constreñido como es por la particular química evolutiva que le tocó, podría no ser la única forma de entender el universo.

Desde el trabajo pionero de Tart acerca de los estados alterados, la mayoría de las drogas psicodélicas han sido prohibidas y las investigaciones en este aspecto obstaculizadas. Mientra las culturas que han usado estas drogas por milenios, las han tratado con respeto y las controlan con rituales elaborados; nuestra cultura les deja su control a los criminales e intenta negar sus asombrosas capacidades en la conciencia. Quizás un día, cuando la prohibición sea finalmente abandonada, los científicos podrán una vez más retomar la promesa ofrecida por estas pequeñas sustancias químicas que nos pueden decir mucho de nosotros y de lo que somos.


Publicado en New Scientist, 13 de Noviembre del 2004, p 36
From "A window to the mind"

______________________________________________________________________________

martes, 17 de mayo de 2011

"Teenage Head - Confessions of a High School Stoner" - Erik Davis



"Teenage Head
Confessions of a High School Stoner"
by Erik Davis




"But drugs are like sexual pleasures:
experimentation is a prerequisite for judgement.
For each of us, certain drugs will become
allies, enemies, passing acquaintances
but first they must be encountered, knee-deep in the mud of personal history."

Eric Davis




(Originally appeared in "The Village Voice"
June 22, 1993)



I became a teenager the year Reagan ran for president, and by the time the lizard slid into office, I was already a total stoner. I bonged skunk bud, chased JD with Coke, snorted Beauties, and had dropped my first dose of acid the previous Halloween, tripping to Ummagumma amidst the paisley bedsheets and pillows that lined the loft my friend Bry-Fry knocked together in his family's garage. Phasing between the reveries of a bookish childhood and the hormone-fueled angst of teendom, my mind liquified, running through the cracks and creases of a suddenly unfolded world.

In the last couple of years, that world has seemed closer to the surface, and I don't think it's a matter of my own nostalgia. Raves, which restage the Neopagan commingling of a Woodstock I never saw in venues resembling the space stations I never will, are only the greatest and most media-friendly example of youth culture's desire to tune into trippy frequencies. There are also rappers talking hemp conspiracy theories and crafting stoned-out beats and rhymes, cyberslackers building virtual worlds, prog rockers and jocks dancing in the dust at Lollapalooza. And it's not just the kids. If you don't see a connection between brokerage firms' increasing reliance on virtual reality representations of stock data and the Economist's pro-legalization cover story, you probably didn't smoke enough pot in high school. And with the FDA opening the door to psychedelic research at the same time tabloid TV is updating psychedelic scare stories to match the upswing in teen acid use, it's reassessment time.

But drugs are like sexual pleasures: experimentation is a prerequisite for judgement. For each of us, certain drugs will become allies, enemies, passing acquaintances—but first they must be encountered, knee-deep in the mud of personal history.

Though the timing of my early encounters now seems a bit out-of-hand, the place was certainly more than appropriate: coastal California. Not that my neck of the palms was a ganja paradise. Before I entered junior high, my family moved inland from Del Mar, the mellow, upwardly mobile surf town north of San Diego name-dropped in "Surfing, U.S.A.," to Rancho Santa Fe, a wealthy and conservative realm of citrus groves, migrant Mexican workers, and geriatrics in golf carts. Stone-cold Reagan country, and me and Senzo Joe would escape into the weed, toking up in so many lemon groves that the sharp tang of citrus peels still conjures up bud.

Pot led me into a tangible world of bubbling micro-perceptions, haunted winds, and hilarious malformations of the data-stream. But pot also gave me something that has stuck with me far longer than the urge to bake the brain: a love of slippage, founded in the realization that altering perception alters the claims reality makes on you. The various social agendas of parents, teachers, and the ghost of God could be sidestepped not only by sullen monosyllables and the worship of unwholesome heavy metal guitarists but by tinkering with consciousness itself. What greater rebellion than rewiring one's experience of the world?

Parents have reason for concern. At 13, identity is a spell woven from a bursting body, ego defenses and worldviews have yet to congeal, and the prepubescent power of fantasy lurks just below the surface. That's why kids can travel so far into their headphones, role-playing games, pop star posters, and beat-up copies of The Necronomicon. Toss in a psychedelic—and let no one tell you that good weed cannot be a psychedelic—and the warp gets deep. Pot lets you see dragons in the clouds again.

I know, because I saw a lot of stuff, zoning out in that bedroom whose every surface area was covered with some numinous image: goat-gods, space ships, mandalas, Penthouse pin-ups, Jesus, Jimmy Page. In that psychic house of cards, I jerry-rigged my mind, teaching myself to soar off a single hit of scraped resin, the reek cloaked by blackberry incense on my hodge-podge altar crowned by a cement Buddha. He was a birthday gift from Senzo Joe, ripped off from someone's lawn, and once I swear he slyly peeled back his ponderous eyelids and stared me down.

The ominous intensity of that gaze, conjured with so little fuel, could be evidence of the dangers mind-altering drugs pose for kids. But it's difficult for big folk to make judgements about teens without projecting their own foibles and fears onto creatures who live in a completely different world—a zone that is far more complicated than a simple stage "between" childhood and that elusive (and highly debatable) state called maturity. The things that make teens teens—their pliable subjectivities, imaginative resourcefulness, rebellious courage, cliqueshness, and cultural verve—give them powerful tools and contexts for experiencing drugs, tools that most adults lack. It's no accident that many kids start taking drugs at about the same age when children in traditional societies are tossed into a terrifying rite of passage, often involving some freaked-out combination of blood, darkness, self-sufficiency, and secrets. For better or worse, acid, 'shrooms, and massive bongloads now perform this rite, leaving marks that are both scars and the deep patterns of change.

Unfortunately, dog-eared copies of Castaneda or a snide older sibling is the closest many kids come to having a guide for this phase shift between innocence and experience. That's where subculture steps in, collective identities which can shore up the threat of dissolution and excess. The public high school I attended—imagine an open-air Ridgemont High surrounded by sagebrush and rocky arroyos, with seagulls diving for your lunch meat—was a mosaic of pot-smoking cliques, their turf demarcated as succinctly as the multicolored regions in maps of the cerebral cortex: skateboarders, metalheads, punks, death-rockers, stoners, and the various flavors of surfer—the long-haired Zep fans, the cue balls that dug ska, and the dread-headed ones we called Waspafarians.

Too tripped out to surf, my friends and I set ourselves somewhat apart. Our campus turf was beyond the smoking section, behind a wall, in the Gel Circle—from the verb "to gel," synonymous with "veg" and "mold," all denoting the same state of blazing slack. I suppose we were perceived as druggies rather than simply stoners, but now I'd call us heads. (Since I was issued into the world the same month as Sgt. Pepper's, my notion of "head" is a reading, not a recollection. For me, heads directed their radicalism toward consciousness rather than society or the defense of nature. Seizing the means of perception with techniques rather than truths, the archetypal head was neither a daisy-lover nor the bomb-thrower, but something in between, wired into cavernous headphones, devouring SF paperbacks, pop physics, yogic manuals, anarchist cook-books, all while smoking tons of pot and maintaining an account at the campus mainframe.)

It was this exploratory interiority, coupled with an ironic and parasitic relationship to the suburban carnival of SoCal drug culture, that defined my closest group of friends for the first few years of high school. Talking weird science, meditating, reading Hunter Thompson, Moebius, and Be Here Now, listening to Eno, Floyd, Zappa, and, yes, Yes (with the Talking Heads our one concession to new wave), we played the hippies the punks played at killing. Yet we mixed with death-rock chicks and skinheads more than surfers, almost as if the extremity of our anachronism was our shock tactic.

And so much of it had to do with drugs: Thai-stick, black hash, Humboldt sense so juicy that even doubled-up in sandwich baggies, shoved into a greasy blue jeans, it'd reek up Trig. There was usually speedy blotter to be had, but a beneficent wind might bring Orange Sunshine, purple microdot, four-way Windowpane. As with computers or political organization, the specific rituals this candy produced were quite self-reflexive: scrounging and pooling of petty resources, hunting down the weedman, catching rides through the tract-home maze, scoring, seeking the hidden zones, foraging for implements. We were immersed in an educational system whose ultimate goal is filling in little round circles with No. 2 pencils, and drugs actually offered a crooked avenue to resourceful, independent problem-solving, from knocking on some housewife's door at 10 p.m. to ask for a sheet of aluminum foil to learning how to make a pipe from an apple, how to use weights and scales, how to research pharmacology at the university library, how to grow plants.

And, most fun of all, pot taught us the guerilla art of concealment, of disappearing into the fractal curves in the landscape: pockets of sagebrush, sandstone, and pine that have since been almost entirely obliterated by the tumorous development endemic to Southern California. Secret forts became stoner zones: Mars, Red Rocks, the Hobbit Hole, the e Mushroom Tree. Like some pied piper of Pan, marijuana leads kids to places gone to seed—vacant lots, stream beds, canyons, underpasses, boundary zones where landscape becomes imaginative clay, suddenly collectivized in the ritual trinity of substance, vessel, and flame. Most drugs are "natural" in their origin, even if the worlds they conjure are not. But the cosmos pot opens up is distinctly organic (hence vegging out). You can hear it in pothead hip hop, a fuzzy echo as if some crunchy lichen has run riot over the mix. The resurgence of weed as cultural icon may not be a matter of returning to nature but recovering its flow in the urban milieu: how to slip through the cracks in the concrete, how to grow wilderness in the most degraded or rigidly stratified of circumstances. That's not a spoon or a needle or a bottle on all those caps around town. It's a leaf.

* * *

We drank loads too, almost as much for the sport of keg crashing as for the sloshy slapstick philosophizing it produced. And weed itself often devolved into a kind of beer. But psychedelics were always our Grand Guignol of phantasmic ecstasy. LSD turns the mind into a kind of silly putty, lifting images from a comic-book world and then twisting them alternately into hilarious caricatures or resonant archetypes. Kids can dig this, and certainly can ride with it better than most adults, who find the world unstable enough as it is. Because most of us were still cushioned in out parents' homes, my friends and I had a baseline security that allowed us to enter LSD's ontological house of mirrors with the proper plasticity. Like running hell-bent down the slippery rocks of a steep river bank, tripping makes for a certain balance in flux, an internal momentum easier for kids to achieve than their more brittle future selves.

We knew from Leary and Alpert the importance of set and setting, advice we both followed and blatantly ignored. Outdoor Dead shows were a cross between the bardos of the Tibetan afterlife and romper rooms, but North County's unspoiled zones were the greatest backdrops. The summer we were gobbling all of Squiggles's white blotter, we'd time our doses to hit at sunset. We'd kick back on the coppery cliffs of Red Rocks beneath a hunchbacked pine and watch the sun melt into the immense, resplendent sea. The sky struck the total chord of the spectrum, from the reddish lump of the slipping orb through the violet haze of the canopy above. And to the east was the distinct boundary where dusk stopped and evening began to sketch the uncertain hieroglyphs of the stars.

And then we'd plunge, in that aimless and reckless quest for the silliest of grails (a party, pot, a parent-free abode), arms open to the banal, tinny surface of suburban culture. Perhaps I became an apocalyptic postmodern the night I entered a 7-11 with the knee-shaking awe of a UFO abductee, or learned to listen for the the cosmic giggle in the babble of popular culture the night Weffles and I, toasted on some nameless blotter, visited Tuddy's downbeat seaside motel.

The place smelled like a cave, the carpet was stained with sticky grime, and Tuddy, an outpatient from a mental ward and one of the good-natured party animals we called aardvarks, was blotto, a half-empty case of Henry's or Mickey's or some other lousy lager on the formica table. We murmured weird communications, attempting to track the myriad and ridiculous paths other aardvarks had taken that night. Like the eye of a djinn, a 13-inch black-and-white TV stared down at us from the corner of the ceiling. It was showing Animal Crackers. Groucho took measure of our squalid scene, raised an eyebrow, and split the world apart with a wisecrack of gutter satori, as if someone had fished a smelly copy of Mad from a dumpster and folded it into a delicate origami swan that instantly took to wing, singing the elusive song of the psychedelic ineffable: "Hello, I must be going..."

It doesn't really matter what Groucho said. Acid doesn't give you truths; it builds machines that push the envelope of perception. Whatever revelations came to me then have dissolved like skywriting. All I really know is that those few years saddled me with a faith in the redemptive potential of the imagination which, however flat, stale, and unprofitable the world seems to me now, I cannot for the life of me shake.

* * *

Years ago, the weed and I pretty much parted ways. Some folks claim that pot chills them out, but in my brain it produces a bubbling, crackling connection-machine which quickly sinks into the mire. Trivial objects, words, and glances stitch together webs of deep and intense meaning that uncomfortably thicken—once a Greek salad in New Haven set off a rumination on the flows of Western history which overwhelmed my puny mind like a tidal wave. Pot makes a lot of people uncomfortably paranoid, in part because it produces enough connections to elicit the subterranean patterns of the conspiracy theorist, while not rewiring the self a la five grams of Stropharia cubensis. Whether or not the sense that everything fits together is perceived as a holistic liberation or a dire trap depends a lot on how tightly you are clutching to your frame of mind.

For all their gifts, drugs create too many problematic relations: to their own absence, to habit, to money, to the dealer, to the down. They did nothing for my teen angst or my memory, and for others were less forgiving. High school friends of great wit, intelligence, and spirit are now junkies, alkies, hopeless flakes, burn-outs, and, in more than one instance, a corpse. They were no more taken by drugs back then than I was. Today, I rave it up now and then, keep periodic appointments with the gibbering, serpentine, science-fiction All-Being who resides in the hyper-dimensions of psychedelic space, and drink beer. I did not reject drugs; I cordially withdrew, making sure to leave the door ajar for whatever intriguing substances remain unchecked on my curriculum vitae.

But I take great satisfaction in the fact that many people acquainted with either my writing or my person assume I'm a total stoner. For when I began to pull away from regular drug use, I realized that I didn't want to do drugs as much as to think drugs, to simulate their hyper-connections, magical causality, and semiotic drift as much as possible within my own mind. The French post-structuralists (and Castaneda fans) Gilles Deleuze and Felix Guattari, whose works produce the immanent patterning of psychedelic cognition, write that drugs can be understood at the level where "desire directly invests perception...and the imperceptible is perceived"—a liberatory goal indeed. But Deleuze and Guattari are fairly down on drugs themselves. To quote them quoting Henry Miller, the point is to get drunk on a glass of water.

Which is to say that sobriety alone does not have the tools to build sense and meaning from these vertiginous, virtual, data-dense end-times. Level-headed thinking is no option when the ship is pitched to and fro—you either resist and puke, or ride with the galloping serenity of the mounted nomad. Perhaps Walter Benjamin was right: civilization is perpetual crisis, and my point of view is only an indication of that irreparable deviation my reason took over a decade ago. But for those of us who get stoned off dusk, who tinker with the simulacrum of consciousness, who turn our minds into heads, the question is moot. Like that giddy flash of anxiety that hits the moment the blotter melts on your tongue, it's too late now. Here it comes.
 
 
                                                
  _________________________________
 


jueves, 18 de noviembre de 2010

"High Society" - Historia a-moral de las drogas



"High Society"
Historia a-moral de las drogas




Joaquín Rábago
EFE - Londres




                    Un mundo extraño éste de las drogas, defendidas a veces por algún Estado a cañonazos, combatidas otras, sin demasiado éxito, a golpes de ley, como documenta una exposición que acaba de inaugurarse en la capital británica, High Society.

Es conocido en efecto el modo brutal con el que Gran Bretaña trató de resolver en el siglo XIX el comercio de opio con el que la East India Company trataba de pagar el té, la seda, la porcelana y otras mercancías que importaba de la China. El opio era ilegal en ese país y cuando el comisionado chino del emperador decidió requisar todo el opio importado por los británicos de la India para tirarlo al mar, el imperio británico, en nombre del libre comercio, atacó con sus cañoneras varios puertos chinos y obligó a ese país a firmar el acuerdo de paz de Nankín (1842). A partir de ese momento, las plantaciones de opio en la India se convirtieron en uno de los activos más rentables del imperio británico y el comercio con China permitió al Reino Unido imponerse claramente a las potencias comerciales rivales como España, Portugal y Holanda.

La exposición de la Wellcome Collection, que podrá visitarse hasta el 27 de febrero y que está acompañada de un libro (High Society: Mind Altering Drugs, de Mike Jay, Ed. Thames & Hudson), arroja una mirada desapasionada y ajena a cualquier tono moralizante sobre el fenómeno de los alucinógenos o estupefacientes. Un fenómeno que bajo una y otra forma se ha dado en todas las sociedades y que esta exposición examina históricamente desde sus orígenes en las culturas mediterráneas y del Oriente Medio y en otras partes del mundo.

High Society (Alta Sociedad), título que se ha dado a la exposición jugando con las palabras -high (alto) equivale también a "estar colocado" (drogado)-, parte de la idea de que la alteración de la conciencia mediante la ingesta de determinadas sustancias, ya sean actualmente lícitas como el alcohol o ilícitas como la heroína, es un "impulso universal". A partir de esa constatación, examina el uso de distinto tipo de drogas en todo el mundo bien sea con propósitos recreativos, experimentales, religiosos, medicinales o sociales, como parte de ciertos rituales que siguen practicando aún en nuestros días algunas sociedades tribales, todo ello en un claro intento de demostrar que las drogas no son una enfermedad exclusiva de la sociedad moderna.

La mayoría de las drogas que hoy se consideran ilícitas, como el cannabis, la cocaína o la heroína, se derivan de plantas que se han utilizado como medicinas durante miles de años, y así se han encontrado jarritas destinada al opio, fabricadas antiguamente en Chipre y distribuidas por toda el Mediterráneo.

El cannabis es una planta originariamente de Asia central, pero era ya conocida de los antiguos griegos mientras que los exploradores españoles que llegaron a América fueron testigos del consumo por los indígenas andinos de las hojas de coca, que sólo en el siglo XIX se sintetizaron para la producción de cocaína.

Las drogas se han utilizado y siguen empleándose también para motivos de interacción social, se explica en la exposición, que pone como ejemplos el uso que se hacen de una bebida como el ayahuasca, producida a partir de plantas alucinógenas, en rituales chamánicos de los Tukano, de la Amazonía colombiana, o el empleo del peyote, un pequeño cactus rico de mescalina, por el pueblo huichol, de México.

A finales del siglo XIX, conforme las drogas ganan en potencia, se comienza a tomar conciencia de que hay que controlarlas y se estudian distintas alternativas:  educación,  medicación o la más radical, criminalización. Esta última se aplicó en su día, sin demasiado éxito, al alcohol en EEUU, y hoy sigue aplicándose a diversos narcóticos gracias a una convención de la ONU que no ha evitado la existencia de un mercado ilegal que esa misma organización calcula que genera 320.000 millones de dólares de beneficios al año.

La exposición de la Wellcome Collection reúne objetos y testimonios relacionados con la historia de las drogas de etnógrafos, científicos, escritores o artistas. Entre esos nombres figuran Sigmund Freud, que escribió un panfleto sobre la coca; Albert Hofmann, el primero que describió la síntesis del LSD y sus efectos; Samuel Taylor Coleridge, autor de Kubla Khan, poema escrito bajo la influencia del opio; y Thomas de Quincey, autor de las Confesiones de un inglés comedor de opio. Están también el poeta francés Charles Baudelaire (Los paraísos artificiales), su compatriota Théophile Gautier (El club de los hachichines) o Henri Michaux, que pintó muchas veces bajo los efectos de la mescalina.


______________




martes, 11 de agosto de 2009

Todos somos adictos...




Todos somos adictos...




Las drogas lo que hacen es inducir modificaciones químicas
que también pueden inducir la soledad,
el silencio, la abstinencia, el dolor, el miedo.

Químicamente no se puede distinguir a una persona bajo los efectos de una droga,

que bajo los efectos del yoga por ejemplo.
Químicamente no somos más que un conjunto de reacciones.


Antonio Escohotado




Practico una “pasión por la etimologia” conectada casi por obvias razones con el placer que me produce la lectura de diccionarios. El mundo etimológico me resulta como una especie de “gruta de Ali Baba”: llena de tesoros y ... ladrones.

Esos tesoros yacen en los significados perdidos, en el reencuentro con lo desusado, con lo caído en el olvido del tiempo a fuerza de nuevas praxis culturales. En ese caso me invade un estado de “maravillada”, bañada por la refulgencia de voces escondidas dentro de palabras habituales. Me siento una rescatista sacando del polvo de las pérdidas y las amnesias linguisticas significados o palabras diminutas que son, al menos para mí, como inalteradas semillas de oro abandonadas cerca del inagotable árbol de la lengua.

Pero veamos el asunto desde la perspectiva de los ladrones.
Las etimologias se pueden “robar” del uso cotidiano sin que un determinado sujeto sea el ejecutor de tal acto vil y despreciable. Visto en terminos foucaultianos, las mallas de saber-poder-verdad efectúan firmes y constantes trabajos de invisibilizacion de palabras, sentidos y significados disacordes con la moral normativa. El discurso del orden indefectiblemente se apropia de lo inconveniente, lo recicla y lo regurgita derramandolo otra vez al engranaje de los enunciados, sí y solo sí, la palabra-significado-voz-expresion se acomoda dócil y adecuadamente al status quo. El solo hecho de que este engranaje discursivo funcione con sus lógicas habituales para crear enunciados “ya” esta poniendo en marcha mecanismos de elisión, olvido, represión de palabras y sentidos para imponer esa ilusión histórico-social que llamamos “verdad”. Secuestrar sentidos es parte de la maquinaria del habla social, al igual que producirlos. Y ahora vamos a este segundo caso.




-Resemantizando la lengua


Producir nuevos sentidos implica romper la legitimacion de los sentidos preconcebidos y aceptados hasta ese momento. Tempo del “imaginario radical”, para decirlo con Castoriadis.
Agallas para invertir valores, “discurso del des-orden”.
Tenacidad creativa para destronar los valores de las “palabras jaulas” en las que giran en circulos los sentidos tradicionalmente aceptados.
Regar la vida con contravalores nunca antes enunciados, con voces rescatadas de la niebla de lo perdido, e incluso con la invención de soportes linguisticos nuevos. Resemantizar es un tarea de subversión en la política del habla y sus sentidos.

Y acá estamos a un paso de la necesidad de neologizar, necesidad que a veces parece ser tan imperativa como complicada de llevar a la práctica en el decir cotidiano. Producir una nueva significación en un término, una expresión, un vocablo, una voz, una palabra es quebrar la fidelidad al significado común que transita sobre la misma. Se requiere ser desleal a la lengua aceptada y sus convenciones.
No olvidemos que las palabras ya aceptadas cohesionan, unen, dan soporte común no sólo al entendimiento dentro del rebaño sino al simple "darse a comprender" comunicacional.
Desarmar una palabra y trabajar en sus nuevos sentidos no manifiestos es deconstruir un valor, una creencia, o desmontar ambos al mismo tiempo. Esto que se ha dado en llamar exactamente “resemantizacion”, una tarea que puede ser en parte producida creativamente desde el “rescatismo” de voces olvidadas o desde el sacar la superficie etimologías excomulgadas del paraíso artificial del sentido mediocre común.


Veamos un ejemplo de lo más interesante.
Mi hija me cuenta que a la salida del colegio una mujer se le acercó y le pidió algo de dinero. Me dice que la mujer en cuestión (a la que en adelante llamaré “Q”) no lucía nada bien, se la veía desaliñada y poco saludable, extremadamente delgada. Esta persona le dijo sin muchos preámbulos:
-“Yo soy una adicta”, y le revela luego:
“Sabés que la palabra adicta viene de “a-dicto” que quiere decir “sin palabras”, bueno los adictos somos eso, personas que no pudimos decir tantas cosas y por eso la adicción viene como a tapar o a ocupar el lugar de esas cosas no dichas, esas cosas para las que no tenemos o no tuvimos palabras”.

Luego de esto, “Q” tomó el dinerito que le dió mi hija y se marchó a repetir la solicitud de auxilio en moneda a otro transeúnte circunstancial. Mi hija se quedó medio perpleja y pensativa. Y me cuenta la anécdota con asombro filosófico-etimológico.




-Adicto…

Según los decires de “Q”, adicto es, etimológicamente, una persona que se ha quedado sin palabras. Veamos como es esto más de cerca. Pondré la palabra "adicto" en la cápsula de Petri de mis diccionarios de latín...

Desde la lógica de “Q”, la explicación de la voz “adicto” responde a la formación del prefijo privativo griego “a-” y “dictum” (del latín, dicho, palabra). Actualmente “a-” está establecido como prefijo privativo aceptado en el idioma español. Esto último permite que se puedan inventar muchísimos neologismos híbridos anteponiendo "a-" a una raíz de cualquier otro origen.

Pero la palabra “adicto” no es un neologismo actual. Ni siquiera es una palabra históricamente reciente. La palabra “adicto” es bastante antigua y no puede ser un híbrido de las caracteristicas que describieramos en el párrafo precedente.

La creativa etimologizacion provista por “Q” no es correcta técnicamente hablando. Aunque esto no deslegitima el valor de sentido que intentaba producir "Q" en quien la escuchara. Sea que el efecto de escucha recaiga en mi hija, o en mí, o en quien sea que pueda absorber ese discurso de "Q", lo que alli brota es la voluntad de “querer hablar” que hay en esa etimologia fantástica (y digo fantástica en la doble acepción de impresionante en términos emocionales y psicológicos, y a la vez no científica, no lógica para un etimólogo).

Volvamos entonces a la tarea deconstructiva: decíamos que el prefijo privativo “a-” es de origen griego y la palabra “dictum” es nítidamente proveniente del latín. En lenguas como la inglesa, que conservan consonantes geminadas, la misma palabra “adicto” se escribe duplicando la letra “d” (inglés “addict” ), lo cual no hace mas que estar demostrando que el prefijo original no es entonces el “a-” del griego atribuido érroneamente por “Q”, sino el prefijo “ad-” , que sí es latino. Pero “ad” en el caso de “adicto” no quiere decir “carencia o privacion de”, sino por el contrario, “acercamiento”. Por otra parte, “dicto” significaba en latín (y todavía continúa significando en nuestros días) “dedicado, muy inclinado, apegado”.

Ubicada la etimologia de “adicto” en su cuna correctamente latina, la palabra gana en amplitud y pierde su connotacion negativa de carencia.

En este punto, me agrada y estimula escaparme al mundo de Penîa y sus carencias, y lanzarme al multiplicante universo deleuziano que intenta desmentir justamente el aspecto de la carencia como inherente al ser.




-Nosotros -todos- los apegados...

Veamos con esta otra lente entonces. Se puede decir perfectamente que alguien es adicto al trabajo, adicto a la series de TV policial, adicto al poder, adicto al surf, adicto a cazar libelulas en verano, adicto a los libros de Carl Sagan…

“Adicto” es una voz latina que viene del mismisimo latín “addictus”. Ésta última es el participio perfecto pasivo del verbo “addicere” (de “ad” -a, hacia, para- y “dicere” –decir-). Este verbo significa en latín “asignar, adjudicar, entregar o dedicar”. Como reflexivo o en voz pasiva, su significado quiere decir “apegarse o adherir a…”.

De modo que, estrictamente desmontada la etimología de “adicto” el sentido alli está fuertemente circunscripto a la idea de alguien que se halla demasiado cerca, poderosamente apegado, adherido a algo, irreflexivamente inclinado hacia alguien.

Con esto último a mí ya me basta como para percibir lo que alguna vez comencé a pensar en dueto con un ser muy amado por mí: todos somos addictus. Todos.

Por qué “Todos somos addictus”?
Pues no quiero decir con esto de ninguna manera, que todos seamos consumidores perdidos de crack, o delincuentes heroinomanos, o alcoholicos irredentos. No. Cuando digo que todos somos adictos, estoy tratando de empujar y quebrar la frontera que sin razon argumentativa algunos trazan para la vulgar concepción de “adicción”.
Me canso a diario de escuchar y/o leer a gente negadora, los ciegos de sí mismos, que ponen la alabra "adicto" en los consumidores de drogas penalizadas. Mientras, ellos mismos, cargan sus frasquitos de pastillas, nunca se apartan de su paquete de cigarros, y en se clavan todas las noches que pueden su alcohol favorito. Fatuos mentecatos morales.
Circunscribir la palabra “adicto” a la sanción moral que condena a quien consume drogas ilegales es hacerse el soberano idiota con los millones de adicto legales a drogas socialmente aceptadas como el alcohol y los cigarros, o las pastas farmacológicas vendidas bajo receta.
Este auténtico discurso de doble moral es muy propio a su vez de los inquisidores médico-higienistas del siglo XX y de éste siglo tambien. Una intervencion en la vida privada -una más...- por parte de los guardianes de la hipocresía de todos los tiempos.

El recorrido etimológico que efectuara más arriba, sólo me presentó ante los ojos la posibilidad de generar una apertura más ética y más existencial del “addictus”. Ya no se trata de cargar el peso negativo de esta palabra contra las espaldas de quien consume drogas ilegales, sino abrir este sustantivo a un nuevo plano de significación que, de algún modo, no deja afuera a nadie del fenómeno adictivo.





-La maldita enfermedad del "apego"
Todos somos addictus? Si, en la medida en que todos padecemos la “enfermedad del apego”, y eso es lo que está sólidamente demostrado en la etimología y significado de la palabra misma: quien no esté apegado a algo/alguien, quien no deba lidiar con alguna cadena o esclavitud anímica, quien esté "a salvo de..." , quien sea total y absoluto amo de sí podra sustrarse de ese “Todos somos…”. Pero no veo a nadie tener la franqueza de arrojar la piedra… al menos si el que siquiera piensa en tirarla aún respira y está latiendo.

A qué o a quién nos apegamos, nos adherimos, a qué o a quién somos leales, de qué o de quién no somos capaces de desapegarnos, hacia qué o quién nos inclinamos... pues eso será asunto de cada sujeto, estará determinado por los trayectos propios de cada vida vivida, de cada libertad históricamente situada, de cada “serie complementaria” al decir de Freud, de cada trama de existencia, de cada condicionante situación material-subjetiva, de cada soma inervado por impulsos nerviosos cuya configuracion es tan irrepresentable como irrepetible.
Algunos se apegaran a los hijos, otros serán fanáticos del trabajo y su profesión, otros no sabran vivir sin una cuenta bancaria de seis ceros, otros se apegarán a un amor, o estarán adheridos sin remedio a alguna sustancia fumable-bebible-inyectable-comible en proporciones tan variables como sus pulsiones de muerte se lo permitan. Algunos serán leales a un conjunto poco móvil de ideas politicas, otros desarollarán una inclinación religiosa a ir a ver fútbol los domingos, algunos tendrán un apego deliberado al sexo, otros no podrán vivir sin la droga fuerte del poder.

Se me puede objetar aquí que entonces todo da lo mismo (ser adicto al helado de chocolate o ser demasiado apegado al consumo de hashish o ser leal a una camiseta de futbol o fumar viente cigarrillos diarios o poseer una poco explicable, obsesiva e irrenunciable pasión por criar perros siberianos en su casa). Se me objetará también que entonces adónde está la decision libertaria de cada quien, si en definitiva todos somos esclavos aparentemente pasivos de algo que a duras penas podemos manejar.
Me dirán: es que acaso no importa si la “sustancia” es el vino tinto, los antidepresivos, el poder, el éxito, la mentira, el sexo oral callejero, el dinero, las compras compulsivas o el LSD?





-Apegos y sustancias: neurobiología más allá de la moral
Como ya podemos apreciar, la multiplicacion de lo que llamamos “sustancia adictiva” tambien se amplía con desmesurada vertiginosidad cuando se abre la noción de adicción=apego a otros territorios.

Para ir inmediatamente hacia estas dos objeciones, permítaseme decir primero que está muy fundamentado neurológica y cerebralmente que nuestro centro de adicción se activa más alla de las connotaciones virtuosas o inmorales que le querramos adjudicar a una sustancia. "x".

 Por ejemplo, el tan “sublime” estado de amor pone en funcionamiento el mismo centro liberador de sustancias quimicas cerebrales que se activa cuando se consume una rayita de cocaína.

Curioso, nuestro cerebro es bastante menos menos moral de lo que muchos creen a la hora de efectuar distinciones entre apegos adictivos “in virtu” o carente de ella.
Las respuestas químicas cerebrales acercan sin pudicia al poético enamorado con el desquiciado que aspira por la nariz, tan cerca el aura de magia que envuelve al ser amado con la inmunda y malvada cocaína. Sí. Nos guste o no, es cerebralmente de este modo. Asi es. Y sé que esta afirmación es algo que a mi abuela no le gustaría escuchar en modo alguno, pero tambien es completamente real.

Luego, creo que tratándose de un asunto que pone de relieve nuestra involuntaria pero inequívoca inclinación a adherirnos a algo o a alquien, el libre albedrío (tan cristiano y repartidor de culpas él) tiene poco y nada para decir. Elegimos, pero en una proporción que es muchísimo más pequeña que lo que nosotros gustamos de creernos.

A lo sumo, habria que evaluar cada apego adictivo en términos de “voluntad” y de capacidad (quiero decir con esto ultimo, si realmente ese sujeto “puede” o no “puede” afectuar un trabajo sobre sí mismo de desapego, y aún si pudiera, hasta dónde podrá es un enigma estrictamente personal). Por lo que no es que niegue rotundamente que haya un grado de libertad en todo este asunto, pero temo que está un tanto sobrevaluado, vía un libre albedrío que insiste en adjudicar y repartir severas responsabilidades y castigos consecuentes como si todos fuéramos máquinas iguales a la hora de “poder” o “no poder” lidiar” con algo que poderosamente nos atrae como el hierro al imán.

En el apego adictivo a algo/alguien se trata casi siempre más de una relacionalidad en la que el sujeto irresponsablemente “puede” (o, insisto, “no puede”) y de una cuestion de grado: algunos pueden más, otros menos, algunos no pueden tanto y otros no pueden hacer nada para despegarse.

No estoy aquí justificando ningun tipo de daño, dolor o maltrato que el adicto produzca a partir de su apego debarrancante cuando la adicción toma caracteristicas enfermizas, decadentes, desvitalizantemente mortíferas.
La victimización del adicto que se pierde a sí mismo en las alcantarillas de las sustancias es una coartada deleznable: el "yo no lo hice, fueron las malditas drogas, el maldito alcohol, la maldita pasion amorosa enceguecedora" jamas justifica un crimen o un daño a otros. Eso es sencillamente de cretinos hijos de perra cuya impulsividad imbécil y sin control ya estaba allí mucho antes de que llegue el alcohol o el amor ciego o el paco. Sólo que ahora les viene como anillo al dedo la ola de inimputabilidad comprensiva que los cobija químicamente para nunca enfrentar su auténtica realidad como animales incontenibles.

Por eso no se trata de mirar para otro lado cuando alguien delinque y lastima via su adicción. El daño a sí mismo es un primer límite a considerar en este tema, pero un segundo límite lo constituye cuánto y cómo son rodeados los que rodean al adicto. Y no se trata tampoco de ampararlo protectivamente justificándolo en el "mal" que las sustancias le inocularon sin su consentimiento. Vamos... nadie es angelical en esta vida, ni el drogón que mata para conseguir dinero, ni el marido que muele a palos a su esposa en nombre del sacro matrimonio indisoluble, ni el criminal pasional que mata por amor posesivo, ni el fumador que intoxica a toda la familia por causa de su compulsion a la nicotina.

Encarar este asunto desde una ideal libertad responsable que se se trampea a sí misma es insuficiente e incluso incorrecto. El prisma victimista no ofrece nada mucho más superador.




-El cuidado de sí

Las adicciones son un complejo tema de construcción, conocimiento y cuidado de sí mismo, y del otro.

Muchas extralimitaciones adictivas y sus tremendas consecuencias sociales podrían comenzar a discutirse desde parámetros más realistas que los estériles y repetidos esquemas de intervención sanitaria y judicial con que hoy se trabaja la posibilidad de cura y/o punición en los casos más severos. Tal vez en esos casos se justifique profundamente escuchar más allá del latín y sus lógicas lo que “Q” dijo a mi hija.
Tal vez en esa sensacion de estar "privado de palabra" se pueda hallar una clave -no correcta para los etimólogos- pero definitivamente más humana a la hora de acercarse a un esquelético títere casi muerto que camina por las cornisas.

In summa, todos somos adictos en la medida en que nadie está posicionado por encima de los apegos fuertes, las lealtades viscerales, las inclinaciones pasionales, los diversos modos y formas del "apetito", la voracidad posesiva del deseo, los juegos relacionales con objetos o seres hacia quienes experimentamos una poderosa adherencia psico-física-emocional.

Nadie puede estar a salvo de la telaraña de la “adiccion”.
Las patas de esa vieja araña tan eterna como incontrolable, tejen su red sobre la tela de nuestras vidas mismas. Somos seres relacionales, ergo, somos necesitados de apego-cercanía-lealtades-inclinaciones-deseos-apetitos-adhesion-relajación a muchas formas de otredad subjetiva u objetiva. Habitamos la adiccion porque somos humanos necesitados... no carentes, pero siempre necesitados de un palenque donde rascarnos, o tranquilizarnos.

Quisiera destacar un último punto. Aún en esta adicción en la que estamos todos igualados por ser parte de nuestra condición humana, estamos a la vez en estado de diferencia unos con respecto a otros.
El “todos somos…” es un englobador práctico que permite advertir una condición humana y existencial compartida allí donde la moral de anteojeras ve y veía sólo la sanción al descarriado, al anormal, al inmoral, al débil, al despreciable. Pero luego de ese englobamiento generalista -recurso meramente operativo y virtual a la hora de explicar- luego… estamos en la multiplicidad de las diferencias.
Del “somos todos adictos” al “somos todos diferentes adictos”.

Las proporciones de estos apegos, la capacidad para aprender a incluirlos en una lógica hedonista no dañina para sí ni para el otro, la inteligencia sensible y racional para ser leal a las propias y caprichosas pasiones-apegos sin dejar en ello la alegría vital ni la salud ni la dignidad conforman lo que será asunto a trabajar por las libertades agónicas (e indigentes, pero existentes) de cada uno.


Cierro con este parrafo de Escohotado:


“Profundizar en la regla del conocerte a ti mismo, que sigue el principio socrático, el principio de la ética. Es el rito de maduración de las sociedades occidentales avanzadas a principios del siglo XXI. En la práctica se ve si el ser tiene buen o mal gusto, si se controla o no se controla; si debajo de su aparente educación esconde un monstruo autoritario, rencoroso o deprimido, o si por el contrario, tiene –como diría Freud– un "ello" (es decir, un inconsciente) sano y capaz de disfrutar. Las drogas brindan a la condición humana más control, más capacidad de enfrentarse a los desafíos de la vida. Cuando llega la prohibición, también llega la coartada victimista que permite a las personas decir esa gran falsedad: "Ay, yo no quería pero sin darme cuenta me hice esclavo y ahora soy una pobre piltrafa humana. Me permito robar a mis conciudadanos y no cumplir mi palabra"





___________________________________________________________________




 

sábado, 14 de marzo de 2009

Coraline y la puerta secreta – Una pelicula imprescindible




Coraline y la puerta secreta
Una pelicula imprescindible





Las drogas lo que hacen es inducir modificaciones químicas
que también pueden inducir
la soledad,
el silencio, la abstinencia, el dolor, el miedo.


Antonio Escohotado




Acabo de volver del cine. Hacia muuuuuchos años que una pelicula no me dejaba en este estado de impresion? fascinada? preocupada? admirada? esteticamente maravillada? infinitamente capturada?


La pelicula, Coraline y la puerta secreta. O tambien traducida bajo el acertado titulo de "Los mundos de Coraline".


En apariencia, un film de dibujos animados muy a lo “Tim Burton”, pero en esta ocasion dirigida por Henry Selick y basada en un libro (libro p-e-r-f-e-c-t-o) de terror para chicos escrito por el britanico Neil Gaiman.








Los dos mundos de Coraline


La pelicula relata la vida gris, aburrida e insatisfecha de Coraline, una niña activa, valiente, y curiosa que vive con sus padres -unos simples mortales preocupados por llegar a fin de mes con sus salarios,  siempre capturados por las mediocridades de sus trabajos, y con un obvio escaso tiempo para prestarle atencion a su hija- una imagen que remite al espectador casi de inmediato a la situacion de una tipica pequeña familia de sectores medios a los que siempre parece estar por morderles los talones la proxima crisis del contexto economico-social en que se encuentran. Coraline y su familia se mudan a una casa de aspecto siniestro y descuidado. En ella, Coraline halla una habitacion con una pequeña puerta en una de sus paredes. Movida por la curiosidad y acompañada por una extraña muñeca de trapo (identica a Coraline, pero de tela y con llamativos ojos de botones), Coraline entra por la puertecita a un mundo duplicado, identico al que vive, pero lleno de colores, confortable, con abundancia de comida y dulces, y unos padres identicos a los verdaderos pero complacientes, calidos, con tiempo para jugar, siempre atentos a sus solicitudes, y sobre todo, dispuestos a hacer realidad todos sus deseos de modo tal de hacer su vida placentera. Un detalle: sus “otros padres” no tienen ojos reales, sino botones cosidos en su lugar.

Con ayuda de una llave magica y unos ratones idem, Coraline entra y sale de ambos mundos varias veces, aunque cada vez se encuentra mas frustada por lo que halla en el mundo real al regresar a este. Coraline pasa de alternar entre los dos mundos a decidir irse por un tiempo al mundo duplicado-placentero. El pasaje entre ambos mundos lo realiza moviendose (gateando) por una especie de ducto tubular. La cosa se complicara cuando la aparentemente "madre ideal duplicada" le exija a Coraline perder sus ojos y coser en su lugar los botones como condicion para permanecer en aquel mundo placentero. A partir de alli, la niña debera luchar con el inmenso poder de la madre ficticiamente “benigna” quien en realidad se revela como una bruja que ya ha quitado el alma a otros chicos/as que, al igual que Coraline, vivian infelices e insatisfechos. Advirtiendo ya el peligro de la situacion, Coraline deseara volver entonces a su mundo real al descubrir que detras del los colores y bellezas sensoriales de ese mundo de placer no hay absolutamente nada. ¿Que activara su angustia a estas alturas? El hecho de que tal vez sea tarde para emprender el regreso al mundo real.

Un gato negro que pasa de un mundo a otro sin perder sus ojos reales, y que aconseja a Coraline con sabiduria, acompañara a la niña en sus enormes esfuerzos por tratar de “zafar” del terror cada vez mayor que se desata en el mundo placentero. El terror alli se incrementa de manera proporcional al paso del tiempo junto con el mayor poder que simultaneamente va adquiriendo la madre-bruja de las agujas (pues la madre ficticia, ya desenmascarada como despiadada hechicera, es en verdad una especie de araña hecha de agujas). What a nightmare!!! Para ver como se “desenlazara” esta historia, bueno, habra que ver la película. Hasta aca, mi resumen de lo que el film exhibe como nudo en su trama.


Mas alla de los efectos visuales, mas alla de la perfeccion con que cada personaje es finamente retratado, mas alla de ser una extraordinaria puesta en escena de un no menos extraordinario libro aterrorizante para niños/as, Coraline y la puerta secreta es mucho mas que un mero film animado exquisitamente con la estetica de lo siniestro…










La trama detrás de la trama

Durante los primeros minutos de la historia, confieso que me entregue a “simplemente estoyenelcineconmishijasmaschicasaviendounapelimasdeesasparachicos”. Con el correr de la historia, empece a percibir una cierta construccion estetica muy entre onirica, psicodelica y alucinatoria. Visualmente el mundo perfecto-ideal en que Coraline, por curiosidad y obvia frustracion por su vida cotidiana real, se introducia era de ensueño... pero de un ensueño tan bello como innatural.

Al poco rato percibi –por la insistencia de la imagen de las agujas, probablemente, como primer elemento muy llamativo- que la pelicula tenia un sentido referido al abuso de sustancias, particularmente al consumo intravenoso de heroina/metadona y morfina. Muertes por sobredosis de esta sustancia crecen en los EEUU y Europa año tras año, la edad de consumo ha bajado hasta alcanzar a la llamada “poblacion infantil”, y se ha incrementado su uso en las poblaciones demograficas correspondientes a los suburbios y zonas rurales. Un informe de 2008 de la Comision Europea, destacaba ya por ese entonces que la heroina seguía siendo el principal y mas grave problema de drogas que debe enfrentar la UE (los cultivos de adormidera de Afganistan –proveedor principal de la UE- habian producido cantidades record entre 2006 y 2007). Siendo extremadamente difícil dar con un calculo exacto del número de heroinómanos en Europa, se calcula que en la UE y podria haber entre 1,3 mill. y 2 millones de consumidores de derivados del opio (morfina y heroína) y drogas sintéticas con efectos similares. Dadas estas cifras, las muertes –tanto las producidas por sobredosis como las que se producen por problemas derivados de la poderosa adiccion a estas drogas duras- se contabilizan anualmente en miles. Miles de jovenes muertos… que alguna vez fueron niños/as… como Coraline.









El negativo de la fotografía ideal 

Vuelvo, entonces a esta impresionante pelicula. La riqueza de elementos acerca “de los cuales seguir pensando” que aporta este film podria resumirse en tres o cuatro tematicas, todas incomodas y urticantes para las moralidades que gozan de propagandizar las bondades del los valores tradicionales. Si quien esta leyendo estas reflexiones se encuadra dentro de los partidarios de las logicas de adaptacion y correccion social, sugiero interrumpir la lectura de lo que sigue.

La pelicula trabaja, a mi criterio, estos cuatro ejes interactuantes:


1) La exigencia y sujecion que implica entrar en la “normalidad social”

2) Las complejidades ocultas e invisibilizadas socialmente de la relacion madre-hija

3) De como la curiosidad no siempre implica necesariamente "aprendizaje"

4) Los microscopismos subjetivos que se gatillan en el consumo de drogas llamadas “pesadas”



Veamos entonces.

La pelicula es inquietante, al menos si pensamos que Coraline es apenas una niña que no se siente dichosa en su mundo real, y que en apariencia y por un rato, “supone” “cree” “ilusiona” que existe un mundo mejor, colorido y feliz al que acceder a costa de … perder sus ojos. Nada menos que los ojos!!! Los ojos, el mirar, simbolos de la principal fuente de acceso al conocer, al apropiarse cognitivamente del mundo. La mirada propia es lo que le es exigido a Coraline sacrificar para poder “pertenecer” al mundo de los buenos-amables-felices-dichosos-idealizados. En lugar de sus propios ojos, ella debera aceptar coserse botones (objeto fijo, similaralizante, igualizador, objeto hecho en serie que lo vuelve a quien lo acepta uno mas en la serialidad humana) y asi pertenecer al mundo feliz. A los fines adaptativos, la sociedad "normal" exige perder la propia mirada, entregar el propio pensar a los criterios que fija un Otro desde la autoridad, y empezar asi el camino de “ver” la vida a traves de lo mandatado socialmente como correcto y aceptable. Coraline se rehusara a ello, pero debera luchar contra el despiadado poder autoritario del personaje de la bruja (a traves de quien toma cuerpo la capacidad de quitar lo singular de la libertad, de hecho es este poder encarnado en la bruja el que se encarga de coser los botones y dibujar falsas sonrisas a los sujetados sociales que viven en ese jardin de delicias ficcionales). La bruja -representacion de lo brutal que puede ser cualquier maquinaria igualadora al tratar de imponer a todos sus sumisos ingenuos servidores la farsa de sus ensueños imposibles- esta dispuesta a usar todos sus recursos y violencia para forzar a Coraline a ser “una mas”, una mas en el rebaño del pseudomundo ideal. Este mundo de los felices y adaptados se revelará, finalmente como lo que es: un mundo de muertos. La muerte es la que finalmente revela la entera ficcion que constituye esa "oferta" de idealidad. Y con la muerte ha de morir lo más individual de cada quien, pues previo a ella, la máquina de autoridad ya se hubo de tragar la libertad de decidir responsablemente. Decidir vivir fuera de la igualación ficcional del mundo ideal exige a quien ose desafiar tal trampa, una fuerza de voluntad extrema para poder “seguir siendo” quien uno en realidad es. Y aun intentado con uñas y dientes desujetarse y salir de esas ficciones, la empresa de la liberacion puede ser todo un fracaso. La libertad y sus batallas no nos ofrecen jamas la garantia del exito final.

Que decir de las familias duplicadas y sus respectivas caracteristicas? La familia real de Coraline, disfuncional por cierto (qué grupo con intensas interacciones emocionales cotidianas no lo es en algun grado...) es una imagen nitida de las familias neuroticas standard. La chiquilla alcanza a entrar y experimentar el borde-frontera que marca pasar de una estructura familiar neurotica a una imagen alucinatorio-psicotica donde la Ley esta encarnada (literalmente) y no hay posibilidades de escapar. Y recordemos que “ver” lo ficcional del mundo con los botones de la psicosis, implica contemplar un mundo que se deshace en sus arbitrariedades y sinsentidos. Ver desde esta perspectiva psicotica la realidad, se paga perdiendo la razon, o sea, enloqueciendo, o incluso muriendo.










El gato nietzscheano

Sin embargo, como una especie de personaje salvífico crucial hay alguien que no pertenece ni a la neurosis de la familia ni al mundo alucinatorio de las agujas. Es un personaje que se encuentra en las antipodas del esclavo-adaptado social. Es el gato. Imagen autonoma de aquel que se gobierna a si mismo, alguien que puede pasar de un mundo a otro sin dejar empeñada jamás su libertad a cambio de nada ni de nadie.

El gato pertenece al mundo gris, y de hecho vuelve a ese mundo donde la felicidad se escabulle por todos lados, por saber que precisamente en ese, solo en ese y no en el otro mundo, puede llegar a uno a ser lo mas autentico que se pueda ser. Es en el mundo gris donde, finalmente, existe la chance de hallar -cada tanto- pequeñas porciones de colores para acuarelar la vida y darle tonos mas plenos.  El gato es practicante del nietzscheano “amor fati”, del abrazar aquello del destino que no podemos voluntariamente cambiar. Gracias a esta fina postura existencial, el gato puede "bailar la que tenga que bailar" en la circunstancia eventual que le toque atravesar, y no por ello es un resignado: es un practicante del pathos de la distancia y un ser activo con respecto a la circunstancia existencial que tenga que vivir.

El gato posee su propia sabiduria –solitaria, singular, individualista- pero a su vez sera él quien colabore solidariamente en las peleas que Coraline debera enfrentar si decide no normalizarse, no perderse en la adaptacion desingularizante, no dejar de ser quien ella es, ni enloquecer en la locura del pseudomundo alucinatorio. El gato es un Espiritu Libre cooperativo que acompañara a Coraline en sus derroteros libertarios.

Ademas del gato, seria injusto no mencionar tambien el personaje de Wybie Lovat, un chico que tambien se duplicara y terminara simbolizando el valor de construir una amistad, la importancia de dejarse acompañar en las desventuras, y las nada sencillas operaciones afectivas que implica la aceptacion de andar por la vida sabiendo que existe un "par", un buen compañero que estará en las buenas y en las malas.










Cielos e infiernos entre madre y hija...

Que las relaciones madre-hija son particular y especificamente complejas, ya lo han destacado y trabajado varias psicoanalistas y especialistas en cuestiones de genero. No sera entonces mi intencion redundar sobre este punto desde la citada optica. Me interesa, si, destacar que la pelicula se introduce en los aspectos “politicamente incorrectos” de lo femenino, y por ende, de las mujeres entre ellas, y asi entonces, de lo sombrio que existe en la relacion entre las madres y sus hijas mujeres.

La madre, como mito, es severamente desmitificada y mostrada en sus aspectos mas ocultables e incomodantes para la valoracion tradicional. La alternancia entre la dulzura y los ataques de ira, la mentira de jugar a la sobredulcificacion como representacion del Bien femenino, los malhumores semiconstantes que echan por tierra el ideal de paciencia y entrega maternal, la incapacidad para escuchar con afecto-tiempo-comprension lo que una mente pequeña y aun en formacion necesita expresar, la dificultad para entregarse mansamente a un tiempo ludico comun con su hija Coraline, su desprecio por cocinar, la marcada inmersion en el trabajo-profesion-actividad sin manifestar culpa por ello, los diarios modos elocuentes con los que dia a dia la niña es considerada más como un estorbo que como un ser con necesidades existenciales propias a las que se debe atender, in summa, en la madre real de Coraline aparece sin mediaciones justificadoras la otra cara de lo maternal. Todo lo que las mujeres-madres no muestran socialmente de sí mismas, todas sus miserias humanas, todas las malfunciones de un rol historicamente idolatrado hasta la santificacion, todas las facetas mas alejadas del cuento de la “incondicionalidad” femenina frente a los hijos, todo esta alli... y estalla ahi.

Logicamente, esta madre, que sin llegar a ser fria es por momentos distante o desatenta, no es mostrada como “mala” (en esto la pelicula es cuidadosamente “poco moralista”), sino como una mama del siglo XXI, preocupada por trabajar, pagar el uniforme del colegio de la hija, enojada con la incomodidad de lidiar con varios roles simultaneamente, sabiendose co-responsable de las ventajas o penurias economicas de la familia. Sin embargo, existe en esta madre un gran merito que muchas otras madres en situacion similar tienden a extraviar: la mamá de Coraline sabe y puede decir “Noes” a su hija. Cuando Coraline la desafia con esa firmeza y decision que solo la infantil arrogancia tiende a exponer para lograr salirse con la suya, la madre dice y mantiene el "No". Poner en espera los deseos inmediatos de la niña hace que Coraline deteste a su madre casi constantemente. En contrapartida, la madre ideal del mundo placentero, tiene el “si” facil, es complaciente, empalagosamente dulce y… aunque oculta a un monstruo despiadado dentro de si. Al respecto, el gato sapiente advierte a Coraline, tempranamente, que esa madre perfecta y “normal” (???), puede que la quiera… comer!!!! Esto aterra a la niña, pues como seria posible que alguien tan atento, amable, amoroso, amante de la perfeccion de los roles… devore a otro ser???!!!!! Y menos a… una hija!!!!!??? Pues me temo que las madres demasiado devotas de la normalizacion, efectivamente, tienden a cometer una suerte de canivalismo existencial con las vidas autonomas de sus hijas, comiendose los sueños de diferenciacion de estas, y por ende, haciendolas entrar al aparato de la normalidad social con una sonrisa canibal en sus bocas.










Cuando la exploracion pone en riesgo de vida


He escuchado muchas veces, en el discurso de pedagogos autoproclamados "progresistas", que estimular la curiosidad de los chicos es altamente positivo para el desarrollo de la inteligencia. Coincido en este concepto, y sigo pensando que asi es. Pero tambien considero que la curiosidad sin sentido de la autoproteccion, sin red, con escaso soporte afectivo y poca voluntad de dialogo, y sin cultivo de lo que implica la responsabilidad ante las consecuencias de la ciertas exploraciones, entraña peligrosidad. Sobre todo, tratándose de niños, e incluso de adolescentes.

Mantenerse en equilibrio entre estimular la curiosidad (y la experimentacion a que esta conlleva) y contener-guiar acerca de los aspectos riesgosos que esas mismas experimentaciones pueden traer, es extremadamente dificil para los padres. Muchos creen estar al tanto de las vidas de sus hijos, cuando en realidad son informados de un porcentaje infinitesimal de lo que ellos estan experienciando. Los hijos nunca transmiten el real caudal de vivencias por los que van atravesando el mundo al que se abren como individuos. Si el crecimiento entraña una cada vez mas creciente autonomia de los hijos/as, ese aumento en sus autonomias como seres independientes es directamente proporcional a la perdida de control sobre sus vidas por parte de los padres.

Pero me gustaria destacar que, al menos en la perspectiva que pone en visibilidad la pelicula, existen riesgos inherentes al ejercicio de la curiosidad completamente abierta, incluso si esta tiene que ver con “aprendizajes propios de la vida”. Particulamente tengo una clara postura a favor de la despenalizacion de las drogas para uso personal. Argumentar esta postura dara para otro post. Pero me gustaria recordar que el film esta basado en un libro escrito por un britanico, ciudadano de uno de los paises que mas complejamente debe enfrentar el problema del consumo, adiccion y muerte de jovenes por drogas inyectables. Si las campañas de prevencion convencionales han demostrado ser casi siempre impotentes en terminos de presentar el problema de las adicciones y sus peligros de manera realista y pedagogica, este film deberia ser considerado como una de las mejores herramientas para debatir con chicos acerca de los terribles desastres que drogas como la heroina puede producir. Por que? Porque Coraline y la puerta secreta puede ser vista como una metafora del abuso de sustancias peligrosas. Coraline vive en la grisura de un mundo en el que siente que no es escuchada, un mundo con padres pero paradojica y simbolicamente, casi sin ellos.










Un mundo en-medio del mundo

El mundo de Coraline la frustra, la hace sentir infeliz, sola, por momentos desafectivizada y muchas veces enojada con la situacion vital que le toca afrontar en su existencia real con esos padres reales. Una llave y una puerta “magica” aparecen (podria tomarse a ambas como el simbolo de una sustancia aliviadora o directamente “salvadora”, desde una mirada demasiado convencional, pero descartando esta interpretacion, bien puede decirse que simplemente Coraline es curiosa por saber de que se trata eso nuevo, tentador, llamativamente invitante que se abre con una llave intrigante). Y así Coraline “entra”, ingresa, por la via de la curiosidad y a traves de ese ducto-vena-tubo, a otra instancia sensorial.

Ese otro mundo es fascinante en los primeros momentos: se le presenta como un experimentar reconfortante, placentero, bello, bueno, agradable. Coraline descubre otro mundo dentro de este. Y no es un sueño (la niña les trata de explicar, en vano, a sus padres lo vívido de la experiencia y es conciente de que no es una produccion onirica). Tampoco es lo real (pues si fuera “real” no habria alli el componente de placidez arrolladora ni de placer supremo que justamente fallan-faltan en su cotidianeidad agrisada). Es un en-medio.

Lo que en principio es curiosidad, rapidamente es deseo de “otra vez”, y “de nuevo”, y “ir por mas”, por eso Coraline toma la llave y decide entrar –ahora si- bajo su total y completo deseo hacia el otro mundo de los placeres donde los deseos se cumplen como por arte de magia. Poco despues descubrira que el mundo placentero deviene creepy atmosphere. Irrealidad, terror, perdida de la libertad, sensacion de encierro de la voluntad, miedo a no poder retornar a lo que ahora sentira como “infinitamente necesitado” mundo de la realidad.

¿No son acaso casi todos estos los sintomas de no-retorno que manifiesta discursivamente y en su cuerpo un adicto a drogas duras? Las agujas, antes pasaporte al bienestar, ahora son amenazantes, y Coraline debera luchar contra ellas. Ella debera derrotar al poder desvitalizador de las agujas que quieren “coserla”, fijarla, engullirla en el mundo de pseudoplacer que rapidamente deja de satisfacerla como sí lo hacia en un principio. Los otros chicos con los que Coraline se cruza en su viaje por el mundo de las agujas y los botones, o estan mas capturados que ella (ya tienen los ojos “fijos”, sin vida, que en la historia son representados por los botones sustitutos de los ojos) o… ya han muerto. Son los que ya han perdido la batalla contra Thanatos justamente los que le advierten a Coraline que está corriendo un grave peligro por estar “del otro lado” de lo real. Si, porque no todos pueden ni podran sobrevivir en su batallas contra el poder de las agujas, ni tendran suficiente tiempo de vida para recorrer dificultosamente las sombrias instancias de retorno del ducto-vena hacia lo real. La muerte y sus jóvenes muertos son la mayor fuente de advertencia y prevención que Coraline percibirá aterrada como presagio de lo que puede acontecer si no emprende una decidida lucha por abandonar el mundo-agujas.










Pensando las drogas out-of-the-box


Hay mucho mas para devanar de la trama de este film.
Pero espero que cada quien pueda pensar a partir de estas ideas su propio modo de aproximarse a Coraline y sus enseñanzas vitales.

Un deseo que me desperto esta pelicula: ojala este film fuera pasado como cine-debate en las escuelas. Pero se necesitara de una mirada mas –mucho mas- amplia que la solemos tener en nuestras sociedades politicamente correctas para incorporarlo como tal y hablar, sin disfraces ni palabras incomprensibles sobre las adicciones con los chicos y los jovenes.

Creo que, lamentablemente, estamos a años luz de poder debatir en terminos verdaderamente preventivos sobre este tipo de problematica con la poblacion potencialmente en riesgo que son nuestros chicos y nuestros jovenes.

Nuestras y nuestros Coralines merecerian el esfuerzo de que seamos adultos, parresiastas y sinceros en los enfoques que deberiamos transmitirles. Sin mentirles. Sin ocultar la parva de adicciones a sustancias legales con las dia tras dias las madres y padres tapan pastilleramente sus malestares, los padres beben para soportar las presiones, los tios se embriagan o humean los fines de semana, las abuelas se sedan para soñar con los deseos incumplidos.

Honesticémonos: vivimos en un mundo cargado de adicciones, adictos... todo esto entre hipócritas negadores de sus propias adicciones (sean estas a sustancias legales o prohibidas).

Desde la insinceridad moraloide, las filas de heroinomanos no haran mas que engrosarse, dibujando mundo irreales placido-aterradores con la punta de sus jeringas. Y los ejércitos de niños, adolescentes y jóvenes seguirán muriendo en esta guerra que impone igualacines mortíferas por vía intravenosa.

Sigamos pensando sobre todo ello, y sigamos atentos a este tipo de peliculas valiosas e imprescindibles como Coraline y la puerta secreta. Para muchos banalizadores del cine animado infantil, una simple pelicula mas... desafortunadamente el mundo está lleno de idiotas que no logran mirar más allá de la superficie, ni siquiera cuando van al cine con sus hijos.







            __________________________________________________________________