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sábado, 12 de octubre de 2013

Yo no refuto los ideales, ante ellos, simplemente, me pongo los guantes - Friedrich Nietzsche





Yo no refuto los ideales, ante ellos, simplemente, me pongo los guantes
Friedrich Nietzsche






"El hielo está cerca, la soledad es inmensa; ¡mas qué tranquilas yacen todas las cosas en la luz!, ¡con qué libertad se respira!, ¡cuántas cosas sentimos debajo de nosotros! La filosofía, tal como yo la he entendido y vivido hasta ahora, es vida voluntaria en el hielo y en las altas montañas: búsqueda de todo lo problemático y extraño que hay en el existir, de todo lo proscrito hasta ahora por la moral. Una prolongada experiencia, proporcionada por ese caminar en lo prohibido, me ha enseñado a contemplar las causas a partir de las cuales se ha moralizado e idealizado hasta ahora, de un modo muy distinto a como tal vez se desea: se me han puesto al descubierto la historia oculta de los filósofos, la psicología de sus grandes nombres. ¿Cuánta verdad soporta, cuánta verdad osa un espíritu? Esto fue convirtiéndose cada vez más, para mí, en la auténtica unidad de medida. El error (el creer en el ideal) no es ceguera, el error es cobardía. Toda conquista, todo paso adelante en el conocimiento es consecuencia del coraje, de la dureza consigo mismo, de la limpieza consigo mismo. Yo no refuto los ideales, ante ellos, simplemente, me pongo los guantes. Nitimur in vetitum [nos lanzamos hacia lo prohibido]: bajo este signo vencerá un día mi filosofía, pues hasta ahora lo único que se ha prohibido siempre, por principio, ha sido la verdad”





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viernes, 11 de enero de 2013

Ficcionalizaciones filosóficas - Philip K. Dick



Ficcionalizaciones filosóficas
 
Philip K. Dick




“Soy un filósofo que ficcionaliza, no un novelista; mi habilidad de escribir cuentos y novelas es utilizada con el fin de dar forma a mis percepciones. El centro de mi escritura no es el arte sino la verdad. Por lo tanto lo que yo cuento es la verdad, y sin embargo no hay nada que pueda hacer para aliviarla ni por hechos o explicaciones. De todas maneras esto suele darle ayuda a un tipo de persona sensible y atormentada por el cual hablo. Creo que entiendo el ingrediente en común en ellos a quienes mi escritura les ayuda: ellos no pueden atenuar sus propias sospechas sobre la irracional y misteriosa naturaleza de la realidad. Y para ellos el corpus de mi escritura es un largo argumento acerca de esta inexplicable realidad. Es una integración y presentación y análisis y respuesta e historia personal.”



Philip Dick
(1928-1982)

De "The Exegesis of Philip K. Dick - A Reader's Diary"


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miércoles, 5 de octubre de 2011

Decir amor... eterno amor?




Decir amor... eterno amor?




Quien ama desea lo eterno.
Quien ama, desea lo eterno?
Y si amamos más de una vez en la vida, es que deseamos sucesivas eternidades?




-Quien ama desea lo eterno

Declarar un amor -esto es, iniciar un relato amoroso direccionado a una persona exclusiva y excluyente- es un acto discursivo que, de alguna forma, anhela individualizar ese amor de entre muchos “otros amores”.
El modo en que ese amor singularizado intenta perpetuar su uniqueness (palabra de la que carecemos en español) es a través del deseo de eternidad. Por esta razón es que quien ama desea lo eterno, más allá de las connotaciones romanticoides y abstractas que suele evocar el término "eternidad" en su idealismo de aspiraciones metafísicas.
Quien ama desea eternizar ese amor bajo la marca de lo único. Un amor que escape de la repetición. Esa es la verdadera trascendencia a que puede aspirar un buen amar.

Los fragmentos que he intercalado en este post pertenecen a Jean-Luc Marion de su libro “El fenómeno erótico”. Texto que he leído-hojeado-releído-rehojeado tanto que alguna vez deberé pegar o coser o lo que sea que lo devuelva a un estado de unidad pues sus páginas se me han ido soltando en tanto ajetreo incansable de lecturas, seminarios y subrayados. De él se desprende, entre muchas otras cuestiones, que amar es un acto del que no deberíamos esperar reciprocidad, ni igualdad, ni mesuras de ninguna índole.

Amar sin pretensiones es amar sin finalidades. Sin expectativas de resultados. Un amor sin fin, en el sentido de amor que no aguarda (ni se guarda en el bolsillo) "finalidades" irrevelables y también como "amor que no se imagina un final" y en ese sentido, prosigue mientras prosigamos en esta vida. Double unending...



El amante se individualiza también por la eternidad,
o al menos por el deseo de eternidad.”


Amar es un fenómeno de dación. Nos damos amando. Quien ama se da.
Dar dándose. Ahí reside la potencia activa de constituirse en amante (poniendo así la pasiva imagen del “ser amado” en un lugar relativamente secundario, o al menos no tan relevante en la dinámica de Eros).  Quien ama se pierde, se disuelve en esa fuerza que proyecta hacia el otro, pero sin embargo pese a la disolución y el extravío, se "halla", se re-encuentra consigo mismo más que nunca, tal vez como nunca. Disolverse para re-hallarse, una de las paradojas más extrañas que provoca el amor.

Amar es un fenómeno intenso en sí, incluso cuando aquel a quien se ama y se dirigen nuestros sentires queda en silencio, no responde, e incluso no co-responde. El otro -el amado- es inspiración para el amor, pero la fuerza activa de lo amoroso se encuentra en la capacidad de quien ama, del lado de quien ama. Y esto ya lo sabían bien los poetas trovadorescos.

Damos lo que somos cuando nos sabemos “in love”.
Y ahí somos puro vértigo desplegado. Esto es así aún cuando no se sabe qué retornará exactamente de ese amor por parte de quien amamos. La correspondencia, la espera, el estupor, la inautenticidad, la mentira, la dilación, la indecisión, el vacío, o un gran amor son parte del “encastre” que podrá suceder como retorno. Todo puede suceder cuando se “declara” un amor. O también nada.




-Una proeza sin promesa

Quien se lanza a amar debe aprender a poner la gran “x” del lado del acontecer.  Ama. Fuera de eso, nada sabe.
En realidad el amante bien puede seguir siendo un escéptico experimentando aquello de que todo es susceptible de ser sometido a la duda y la interrogación. Lo que diferenciará a un amante de un escéptico-no-enamorado es que el primero se encuentra bajo un estado en el que ahora posee una certeza que no proviene de ningún lado más que de las alturas livianas de su propio sentir.
El que ama vuela, levanta vuelo. Sobre todo, deja de ser rehén de la incerteza  y del escepticismo habitual  para batir alas por encima de ciertas dudas. En la ecuación de quien ama, la duda/la pregunta/lo incierto quedan del lado de la "x" por despejar.  

Cuando alguien enuncia/anuncia su amor lo que cobra relevancia es eso y sólo eso: posee una verdad  indisimulable y eso es lo único que cuenta. Pondrá el temor en el futuro y se fogueará en las artes de convivir con la incertidumbre sólo respecto de lo que seguirá. Claro que puede  elegir también la opción de la retirada:  se puede marchar a rumiar ascéticamente  por fuera del juego de los sentimientos amatorios, sea  desde una posición nihilista sobre el amor o desde el refugio en la cobardía protectiva pasando por formas combinadas y/o intermedias.
El amor en su variante auténtica e intensa es sin duda asunto heroico. Casi, una proeza sin promesa.
Tal vez allí resida la imposibilidad de amar y las dolencias de des-amor (o falta de amor) que enferma en estos tiempos a nuestras sociedades hundiéndolas en diversas forma de resentimiento y de odio.  A lo sumo, vivimos en tiempos de falsas epopeyas o epopeyas de papel maché.
Los héroes no sólo no abundan en casi ningún terreno, y si los hay son una farsa. El ejemplar heroico  prácticamente forma parte de la museología de lo extinto.
En este contexto, lo amoroso se ha vuelto romántico relato vulgar, teatro de superficies. Hemos perdido la aristocracia de nuestros sentimientos.

Pero siempre queda alguna esperanza realista, pequeña, que desnubla esta vida agónica alérgica  a los heroísmos. Es cuando algo bellamente amoroso acontece, algo que desmiente la comedia de insinceridades que respiramos con más efectos tóxicos que el peor smog.
Sin romanticismos idealistas, pero sin negar la trascendencia que disparan las afecciones fuertes y dislocantes, cada tanto alguien se atreve a abrir el juego, meterse descalzo en la Caja de Pandora... y dice “te amo”. Por supuesto me estoy refiriendo al “te amo” como palabra plena, no como cursilería discursiva o acomodaticia frase de bajo precio en la feria de sentimientos de ocasión.

En esas excepciones es cuando entran los transgresores, esos parrhesiastas que se animan a decir verdad desde un decir de amor.

Son rara avis los amantes que aún en tiempos de indigencia amorosa sueltan de la boca un trémulo pero altivo, poderoso y radical “yo te amo”. Puro sujeto en puro predicado.




-Poder amar

Quien ama puede.
Y ama quien puede. No todos pueden. No todos aman.

El amante es pura voluntad de poder.
Difícilmente algo mueva de lugar, de su sentir potente y pleno, a ese que dice sentir que ama plenamente.  Como ya dijimos, los que aman poseen un campo privilegiado de certeza (punto en común con la locura y con la testarudez infantil). Desde este punto de vista no hay cosa más terca, loca y perseverante que alguien que ama.
Y si ama y lo dice con todas las correspondientes palabras, es porque ese amor se le ha vuelto una constante en los sentidos. Enuncia y hace saber su amor porque ya no hay posibilidad de ocultamiento ni razón que justifique el silencio precavido. El decir del amor es una forma del coraje de decir de la verdad.

El amante es (o debería tratar de ser) por sobre todo, amo de sí en el territorio de sus sentires. Un amor  Amo de sí debería poder ser totalmente sensible al otro, pero cuidando la caída en las formas de la servidumbre. El amor está allí para ser vivido, vibrado, atravesado. No para ser objeto de culto ni de servidumbre esclavizante y esclavizadora.

Las oscilaciones anímicas siempre se intercalarán indefectiblemente ligadas a la respuesta  que provenga del amado creando pasiones alegres o tristes. Pero esta interacción no implica necesariamente  tener que caer sí o sí en calamitosos estados de dependencia  en donde la propia subjetividad queda totalmente  encogida dentro de la soberanía que le hemos cedido al otro.
Dependiendo de sutiles movimientos del otro se llora, se desea, se sueña, se cree, se odia, se vuelve a amar. Pero a veces, curiosamente, sin esos “sutiles movimientos del otro”, sin esa co-dependencia peligrosa,  también se llora, se desea, se sueña, se cree, se odia, o se vuelve a amar. Por eso quien ama es un Amo que debe lidiar con los dos rostros de Jano: posee autonomía relativa en su propio dominio de sentires, y a la vez puede terminar siendo semiesclavo no sólo del otro y sus respuestas afectivas sino de sus propias sensaciones las cuales experimenta autónomamente como amante. Oscile anímicamente para donde oscile, será Amo de la verdad de su amor si puede mantener el timón de ese afecto total en medio de lo que venga, de lo que sea, de lo que pase.

Amar no debería ser una esclavitud sino un acto compartido de mutuas libertades capaces de transformar  en mandato re-elegible el imperativo de encontrarse una a la otra siempre. Amar bien es una real co-liberación.




-Amor y parrhesía

Qué decimos cuando nos atrevemos a soltar un “te amo”? (digo “atrevimiento” porque siempre tiene algo de bella insolencia el decir del amor).
Decirlo es decir una verdad. Una verdad inocultable para sí mismo, principalmente. Por eso el primer espacio de honestidad en que se despliega el decir amoroso es en el de la auto-honestidad.
Sentir que se ama y decirlo constituye una forma discursiva de la verdad. Verdad directa que atañe a la existencia de quien la enuncia y que, tal vez, impacte en la existencia de quien la recibe.
Es importante resaltar que el que enuncia ese amor es el que se arriesga. Por eso estamos aquí ante la figura de un parrhesiasta. Se corre un riesgo diciendo “te amo” tanto como se corren riesgos diciendo ciertas verdades entrelazadas con la propia vida. El que enuncia un amor se pone en riesgo, pero habita una zona de autonomía muy singular: es amo nuevamente justamente porque decide correr el riesgo.
Si los sentimientos lo queman, toma entre sus manos esa quemazón y sale a la arena de las posibilidades inciertas en busca de aire (no para apagar el fuego, sino justamente para subir la apuesta y avivar las llamas).

El decidor de amor es quien descorre el telón del destino con una curiosidad inevitable desde la que decide enfrentar el miedo al rechazo o a lo que suceda... lo prefiere antes que empollar la heces de la propia pavura.

Si el fenómeno amoroso es asunto de dos, la enunciación del amor implica en primera instancia una jugada de riesgo por parte de sólo uno de los involucrados.  Sólo uno da el paso al frente. Siempre  es uno de los dos  quien primero dice-enuncia esa comprometida frase hecatómbica. Devengan las consecuencias que advengan.




-La individualización de lo eterno

El deseo de amor es un deseo de diferenciación.
Para quien ama, “este” amor tiene que poder ser distinto de otros amores anteriores y futuros. Una ruptura en la sucesión de similaridades pretéritas y por venir. Debe ser un amor singularizado, o no será.  No es apenas una variación, una sorpresa disruptiva, o algo distinto. Es una diferencia radical, de grado y calidad. Una elevación: esa es la real aspiración que posee la convicción discursiva que se expresa como puede desde el “te amo”.


Consideremos un hecho de la experiencia. En el momento de intentar proferir un casi indecible ‘te amo’ con los ojos abiertos y a la cara, o bien que se lo haga con los brazos estrechados sobre el otro y los ojos a punto de cerrarse por la fuerza del deseo, le hace falta al amante tanto como al amado, aunque sólo fuera por un instante y tras una serie abultada de ‘otras veces’, la convicción o al menos la apariencia, y hasta la ilusión voluntaria de la convicción de que, esta vez sí es la buena, de que esta vez estará bien y para siempre.”


En efecto, en palabras de Marion, se trata de que “esta vez sí es la buena, de que esta vez estará bien y para siempre.

Se trata de una ilusión?
Si pensamos exclusivamente desde el punto de vista de lo eterno como ideal romántico, probablemente sí.

Que sea una ilusión implica que no es verdad?
No. Definitivamente no. Estamos ante una verdad que coexiste con elementos ilusorios pero constituye una verdad total para el que ama. Esto aunque a los lógicos cartesianos esto les saque ronchas en la piel.

Estamos ante el anhelo del "eterno retorno" del que hablara Nietzsche?
Desde ya: queremos que ese amor sea ese amor en cualquier ciclo de repeticiones en que lo pudiéramos volver a hallar otra vez. Lo amaríamos en cualquier universo paralelo, eligiéndolo sin titubeos hasta con los ojos vendados.

Lo que se diga en estado amatorio sigue reglas muy diferentes a las de la lógica racional, y sin embargo no se aparta de ser una verdad. No se trata por eso de una irracionalidad ni de una ilogicidad, sino de un universo en el que las palabras y los sentimientos toman caminos lógicos algo diferentes a los usuales para expresar un estado que desborda al propio discurso. Algo del amor está más allá del discurso. Pero no nos quedan muchas opciones cuando se trata de transmitirlo ayudados por el lenguaje del cuerpo,  por el arte,  por la música, por la mirada.

Cuando amamos utilizamos muchas formas lógicas no formales: por momentos no hay “principio de razón suficiente”, ni silogismos estrictamente perfectos, ni criterios de verdad-falsedad con los que  normalmente diseccionamos la cotidianeidad. En-amor todos somos abnormals.




-Amor que se enuncia no se piensa
 
El amor, al desear ser expresado toma lo que necesita de la lógica y lo que también necesita de las herramientas del lenguaje formal para “hacerse entender”. De todos modos, nada de esto quiere decir que el amante en sus decires siga estrictamente la racionalidad. Como tampoco nada de esto quiere decir que el amante esté faltando a la verdad. Todo lo contrario! Probablemente en su “te amo” haya más gesto de autenticidad discursiva que en lo que acostumbra decir en la mayoría de sus días grises plagados de estructuras comunicacionales perfectamente lógicas, intachablemente correctas, impecables desde el punto de vista semántico y pragmático.

Qué hace con la lógica quien enuncia su amor:  la usa vagamente, la transgrede, la evita, la rodea, incluso la ignora. O lo que es mejor aún, la supera.


En el momento de amar, el amante no puede creer lo que dice y lo que hace sino bajo un cierto aspecto de eternidad. O en rigor, una eternidad instantánea, sin promesa de durar, pero sin embargo una eternidad de intención. Al amante tanto como al amado le hace falta al menos la posible convicción de que esa vez ama para siempre, irreversiblemente, de una vez por todas. Para el amante, hacer el amor implica por definición la irreversibilidad”





-Contra toda duda

El propio amante casi no puede creer ni lo que dijo ni lo que hace/hizo.


-Le dije “te amo”.
(Cómo fui capaz de decirle “te amo”?!!!!)


Son muchos los actos, acciones, verbos, signos que escapan de la normativa cuando se ama. Casi todo se evade de la ley, de la norma, del orden.
Amar es una rareza in-creíble.
Y parte de esa sensación de rareza proviene de saber que es completamente demente aspirar a alguna “eternidad” en un amor. En medio de un mundo que nos sopapea constantemente con la certeza de la muerte, el amor desmiente a esta última a través de su insensata pero magnánima búsqueda de eternidad.
El amor siempre tiene hambre de infinitud: quiere a través de su voluntad eternizadora lo que no existe, lo que no se puede, lo que no es ni será. Quiere todo.

En cierta medida sus “imposibles” son algo así como su estrella y su guía.

Un amor por siempre es un amor irreversible. Sin vuelta atrás, puro porvenir de ilusión. Decir “te amo” es el atrevimiento ilógico de anhelar una eternidad que sabemos imposible lógicamente pero que deseamos como lo más real entre lo real cuando le pegamos una patada en el traste a la dictadura de la lógica.

La solución de compromiso con lo real es desear que ese amor permanezca eternamente mientras dure su temporal instante.
Pero la razón no es una bestia fácil de narcotizar.
Por eso mismo reaparece la duda. O mejor dicho, es la “razón razonable” la que se encarga con sus colmillos de instilar la duda racional. La razón nos murmura “-La eternidad no existe”, “-Estás pidiendo una nueva ilusión”, “-Los sentimientos no son irreversibles”, “-Estás siendo ingenuo/a”, “Esto no tiene sentido, no tiene sentido, no tiene sentido, no-tie-ne-sen-ti-do”, “-Deberías haberte callado”, "No servirá de nada", "-Qué tontería has hecho" y otras maldades casi de tipo superyoico que en su modo reprochón y lacerante buscan crear culpa o arrepentimiento por haber abierto la boca.

Por suerte el que ama tiene habilitado un flexible muro de contención contra todo el caudal impetuoso de las leyes racionales. Las deja pasar, como una represa, hasta donde quiere. El amante toma de la racionalidad lo que le place. El resto lo transforma en una especie de mar de fondo con volumen regulable, que por lo general, resuelve poner en mute.


Por supuesto, bien puedo decir ‘te amo’ dudando claramente de poder (y de querer poder) amar para siempre, incluso casi con la certeza de desfallecer dentro de poco; pero nunca puedo decirlo sin mantener al menos una ínfima posibilidad (es decir, una posibilidad a secas) de que esta vez sí amaré para siempre, de una vez por todas. Sin esa posibilidad, por mínima que se quiera, no solamente que no podría imaginarme psicológicamente que hago el amor, mucho menos hacerlo efectivamente, sino que de hecho me condenaría a mentir.”





-El ínfimo sueño de singularidad

Por qué necesitamos mantener aunque más no sea una ínfima ilusión en la singularización eternizable de nuestro amor? Pues porque sin esa minimísima certeza de que nuestro amor es único, sin ese sueño con poco pie en lo real de que está será “la mejor vez de entre todas las veces acontecidas y por acontecer” no podríamos extraviarnos en un nuevo amor.
Por supuesto que se puede perfectamente prescindir del “te amo” y aún así enredarnos en sentires intensos y gozosos, pero estaríamos hablando de cruces eróticos, de intercambios sexuales, de afectos interesantes, de buenas experiencias con otros significativos, de afinidades gratificantes etc... todo, menos un gran amor.
El amor enunciado auténticamente como tal requiere de nuestras ilusiones... una vez más. Y la ilusión de singularidad de nuestro amar es quizá la que más nos importa transmitir en esa movida de piezas crucial que es haber dicho que se ama.
El requerimiento de la singularidad es pre-requisito para la ilusión de eternidad. Del mismo modo la ilusión de eternidad sólo puede dispararse como creencia compartida con quien se ama si ambos sucumben a esa singularidad en dueto.
Este requerimiento de lo ilusorio y el efecto de la experiencia singular de lo que es  “más y mejor”   hacen que el amante, a pesar de todas las dudas que le presente el núcleo duro de su siempre alerta racionalidad, exprese la verdad de lo que siente.Y ame. Y lo diga sin vueltas ni artificios.


Decir “te amo” nace de una ilusión. Es cierto. Pero sin esa bella ilusión heroica estaríamos sencillamente  perdidos o casi muertos dentro de la boscosa bruma de nuestras epopeyas personales pendientes.




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lunes, 25 de julio de 2011

La verdad no demanda creencias




"La verdad no demanda creencias."

Dan Barker
(1949-)





Nota al pie:
Me animo sin duda a agregar que del mismo modo en que la verdad no demanda creencias, la creencia (en lo que sea o en quien sea, en un partido político, en el Estado, en Buda o en los gnomos del bosque) perfectamente prescinde de la verdad para poder seguir sosteniéndose, justamente, como una creencia. Será que verdad y creencia son absolutamente y desde todo punto de vista irreconciliables?

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lunes, 20 de junio de 2011

“Caperucita Roja” - O la lucidez desengañada


“Caperucita Roja”
O la lucidez desengañada




"Hemos medido el valor del mundo de acuerdo con categorías
que refieren a un mundo puramente ficticio.”
Friedrich Nietzsche
“Aurora”


“No lloréis, bichos, que hasa los astros sufren desengañados.”
Kobayashi Issa



Hay desengaño en la lucidez. Vaya si lo hay..!
Caperucita es el personaje que supo más temprana y rápidamente de este asunto de la seducción, la mentira, el engaño, los peligros de la ingenuidad.
Y del lobo, qué decir del lobo que siempre es loboferoz, así, todo junto, todo malignidad, todo embuste malicioso, todoélpendientehaciaelabismo.

Hace un tiempo, en mi mundo hogareño poblado por muchas hijas y tantísimas películas infantiles, pude ver una maravillosa versión recomendable de “Caperucita Roja”, con una abuelita que es de lo más increíble y fantástica, un leñador de diván, y un lobo que se las trae como ninguno. Una trama rica en matices, aleccionadora, contravalórica, rompedora de modelo tradicionales y mitos ingenuides. Recomiendo esta peli para cualquier edad a pesar de ser de dibujos animados (es de los mismos realizadores de Shreck). El título completo de la peli es "La verdadera historia de Caperucita Roja - Hoodwinked".


Caperucita finalmente logra alcanzar su propia lucidez.
Y ser una desobediente también (acaso se puede ser lúcida sin acceso a la desobediencia?)
Su lucidez la des-engaña. O es el desengaño lo que la vuelve lúcida, lo que la aparta de lo-que-no-es-verdad? Pero antes de llegar a responder estos asuntos hay que dejar correr algo de agua debajo del puente.


Pero ya sabemos que todo esto se trata de un cuento. Un cuento que, como todos los cuentos, nos ha sido contado para que luego, a su vez, nos lo contemos a nosotros mismos. Los cuentos son contados para después contar con ellos y que ellos nos cuenten, nos relaten en su relato.

Quién es realmente Caperucita? Es ciertamente el lobo un loboferoz?
Le creyó realmente alguna vez Caperucita al lobo? Y el lobo, realmente creyó que Caperucita le creía?
Qué mito los devora a ambos en la historia?
Vale en este “cuento” poner bajo sospecha la fuerza con que se imponen las apariencias?








1-El desengaño de la lucidez

Los cuentos son engañadores. Los cuentos cuentan cuentos.
Con un agravante: estamos rodeados de múltiples “cuentos”, todos ellos de índole diferente.

Los cuentos nos embaucan bellamente. Hasta que tiramos de una hilacha pequeña, un fin de semana cualquiera, en un momento repentino, y... zas! La tela de lo que creíamos era nuestro mundito ilusorio de verdades autoinducidas se deshace sin más, hilacha tras hilacha ante la petrificada palidez de nuestra bocabiertamalllll y nuestros sentidos congelados. Ni Cenicienta fue al baile en calabaza, ni los Tres Chanchitos sobrevivieron en la casa de ladrillos, ni la Bella Durmiente se despertó, ni el Príncipe dió ningún beso necrofílico a Blancanieves.

Si el engaño del cuento es susurrante y persuasivo, la lucidez nos desengaña brutalmente. Nunca es suave. Ni linda. Ni siquiera buena. Maldita lucidez?
La lucidez del desengaño tal vez nos vuelva más verdaderos, pero definitivamente no nos vuelve más felices (al menos en lo inmediato).
A veces adquirir lucidez simplemente sucede. No lo buscamos. Y cuando sucede se produce una caída estrepitosa de la fantasía sosegante por el tobogán implacable de lo real. Una reducción notoria del campo de lo ilusorio nos deja en tales casos -al menos transitoriamente- con los sentidos congelados. En la lucidez repentina, en ese “darnos cuenta”, un abanico de colores brillantes repentinamente se nos cierra, todo se oscurece y sin embargo vemos todo como nunca lo hemos visto. Con nuestra mejor cara de idiotas quedamos atrapados entre las varillas rotas de ese abanico multicolor sobre el que flotaban nuestros sueños.

Estar lúcido es casi como un abismo desde el que nos mira la incerteza súbita de otra lógica que no advertíamos hasta que la desalmada comprensión nos atrapara con sus tenazas desilusionadoras. Digamos que repentinamente trocamos la hiperabundancia anestésica de nuestras ficciones por la indigencia estrecha y amarga del inesperado realismo.

Cambiar blandos sueños por duras verdades es mal trueque, sin dudas. Uno muy malo.

Visto desde esta perspectiva parece comprensible y hasta razonable que no queramos así nomás soltar completamente la mano del ilusionismo que nos mantenía atados a nuestras amadas fábulas. Los humanos somos voraces bichos siempre algo hambrientos de creencias.

Todo este desbarranque de nuestras falsas solideces a cambio de... de apenas la nublada intermitencia de lo despojadamente cierto.

Frente al lobo Caperucita se da cuenta de que algo se ha roto dentro de sus antiguos ojos ciegos.








2- El espejo roto

Desengañarse es un sentimiento, o es un modo del intelecto que acompaña al acto sensible del desencantamiento emocional?

Como sea, el espejo se rompe. Está roto, sin remedio ni remedo.

Salimos al medio del bosque del desencanto y atrás va quedando -cada vez más y más y más chiquita- nuestra hasta ahora cálida y confortable casita de los dulces sueños. Atrás queda nuestra madre y sus consejos desoídos, los cuidados de la infancia, y tooooodos los cuentos que nos contaron...

Roto el espejo se rompe el espejismo. Llega el inmenso trabajo inacabable de forjarse algún sentido nuevo, algo que nos re-ligue con esta incierta y telúrica existencia sobre la que posamos nuestros titubeantes pasos cotidianos. Pero incluso con los pies lastimados sobre los pedazos del reciente espejo quebrado, no nos resulta nada simple tirar al inodoro las últimas cerillas mágicas, ni quemar las cortinas del teatro. No queremos. No podemos. No sabemos.

Persistimos entonces.

Caperucita insiste en hablar con el lobo. (Poor thing...)

Todavía queremos un acto más del ilusionista. Una tirada más del dardo diabólico de la inautenticidad (puesto que ya “sabemos” pero aún nos resistimos a sumergirnos en las consecuencias reales de aceptar plenamente ese “saber”). Queremos robarnos la moneda mágica, tragárnosla para que nadie nos la vuelva a quitar, aunque nos indigeste.

Caperucita tropieza con el lobopiedra una vez. Y otra. Y otra.

Casi podría decirse que algo de sí busca tropezar con el lobo, la piedra, el error, la seducción, la mentira.
Caperucita sabe de Freud, de la compulsión a repetir, de la terquedad neurótica y similares yerbas. Pero por más que sepa, no puede con su inclinación a repetir.








3- Cuando el lobo es mucho más que apenas un lobo


Caperucita pone su zapato en la piedra, su cara cerca del lobo.

Insistencia neurótica? Sí, desde ya. Pero hay algo más ahi. El lobo es mucho más que el lobo.

La piedralobo es la única reminiscencia que Caperucita tiene de la ingenuidad que perdió. El lobo es la prueba de que alguna vez fue ingenua y creyó. Ha perdido la ingenuidad y la creencia, y sabe perfectamente en el fondo de ella misma que esa pérdida es indefectible. Por eso se aferra al lobo, permanece cerca de él, no se marcha, lo pone a prueba incluso a sabiendas de que e-fec-ti-va-men-te-es-el-lo-bo!

El lobo es la piedra con la que Caperucita insiste en tropezarse pues él le recuerda lo que ya no tiene pero tuvo: su ingenuidad. Y él es a la vez, la causa de su lucidez adquirida. El lobo es la ingenuidad que ya no tiene y la lucidez que acaba de adquirir. El lobo es una bisagra. Un rito de pasaje entre la inocencia crédula y el saber escéptico.

La ingenuidad, como “modo del creer”, se ha perdido en medio de la bruma del bosque. Qué le queda a Caperucita del relato de su creencia? Pues el lobo.

Caperucita no tolera muy bien esa pérdida. Le duele. Al menos está claro que no acepta haber perdido la ya perdida ingenuidad de sus sueños del todo. El lobo no la seduce a repetir errores, lo que la seduce es seguir-siendo-en-reminiscencia, seguir evocando la que era, la que creía.

Caperucita desea rememorar rememorándose en lo rememorando.

Por eso es que repite, persiste en permanecer con el lobo más se la cuenta. Aún le queda la ilusión de que en la reminiscencia tal vez recupere algo de lo que ella ha sido antes, incluyendo todo lo que ha sido o pudo ser: sus errores, sus horizontes perdidos, sus cuentos de hadas incinerados, su biografía trunca, sus decisiones abandonadas, sus trayectos no tomados, sus decepciones acumuladas.

Caperucita se busca en la repetición. Busca la que ya no es. Y por esta razón se pone en peligro. Fracasa, y camina por la cornisa del riesgo inútilmente.

Los deseos de (re)ilusión tal vez sean así de inconcebiblemente poco inteligentes porque no es nada fácil tramitar emocionalmente eso de que lo real nos deja desnudos en medio de una calle desolada, recordándonos inermidades tan pasadas como reeditables. Cómo no correr hacia la huída del ensueño? Cómo no aferrarse -como Caperucita- a los destellos moribundos de la infancia perdida?









4- Dosis de mentiras para garantizar la supervivencia

La película Hoodwinked presenta magistralmente la figura de la abuela. Una abuela que hornea pastelitos pero que también practica deportes, se mueve, salta, indisciplina a Caperucita. Curiosamente es la abuela, y no la madre, quien resulta clave para arrancar a Caperucita de sus desaciertos y tonteras neuróticas, romper con las repeticiones y alejarla de las pasiones tristes. El dolor del desengaño es, con la intermediación de la abuelita, un pasaporte a la vida como aventura.

La abuela la ayuda a crecer ofreciéndole un modelo femenino que transgrede las imposiciones a fin de vivir una vida más plena y autenticamente. La abuela encarna el rechazo a todo modelo de identidad impuesto. Y con esto destraba en buena medida la opresión del “deber ser” reactivando una nueva ilusión: lo que se puede llegar a ser. Pizarnik decía “cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste”.

Pero como Caperucita aún tiene mucho que aprender, antes de hallar la salida de su espejo roto hacia la "salud", quiere repetir. Desea repetir. Y repite.

Es que duele desengañarse de ese "fabuloso" mundito en el que soñar no se distancia demasiado de la vigilia, aunque en esa borrosidad haya probables infecundidades, parálisis, e improductividades varias. Necesitamos de una abuelita persistente que nos recuerde que se nos ama sin muchas condiciones, necesitamos estúpidamente del amor, de la pasión, de una oleada bioquímica que inunde nuestro cerebro de feniletilaminas, de un tóxico natural y paradojalmente benigno, necesitamos de una alucinación que ponga en producción al deseo.

La otra opción -siempre a mano- es apelar a sacar de nuevo entrada para el espectáculo de las obediencias pre-establecidas, del fraude que desgana, buscarse una pantalla donde proyectar alguna patética parodia de la felicidad, montar una escenografía de vida parecida a los fuegos artificiales de año nuevo. Luego, nos queda un regusto a humo mezclado con hastío. Lógicamente hay muchísima gente que vive de este modo. Todos necesitan algo que los sostenga, incluso un falso sostén cuenta. Todo necesitan algo antidotal que contrarreste la angustia de nadeidad que acompaña al desencanto.

Recordemos que las mentiras y los montajes de nuestros ilusiones nos poisonean la existencia, pero también hay que reconocer que ciertas dosis -incluso bajas dosis- de verdad pueden resultar letales para ciertos espíritus no muy preparados para roer el hueso duro de "vivir en la verdad". No todos pueden lidiar con el coraje de la parrhesia.

Por eso la mentira (por más que esto duela a los defensores acérrimos del discurso sincericida) también tiene un rostro aliado con la supervivencia. Me he preguntado muchas veces: vale más, ocasionalmente, plantarse en el sincerismo destructivo que optar por la insinceridad compositiva? No tengo una respuesta cerrada al respecto. Parecería que hay que nutrir con la sucia grasa de la inautenticidad los engranajes de una vida para que esa vida persista funcionando como tal. Eso al menos piensa Nietzsche cuando sostiene que la mentira también está al servicio de la vida. Y muchas veces la ilusoria falsedad en que alguien es capaz de llenar sus días sostiene la funcionalidad de esa subjetividad. Luego el círculo se relanza. Hay que retornar a lo real para otra vez retornar a lo irreal, pasar la puerta giratoria de la autenticidad para entrar en la siguiente puerta giratoria de la próxima inautenticidad, y así, en un dibujo orbital sin centro ni diseñador. Un ciclo eternamente retornante en el que parecen ser equivalentes lo autentico y lo inauténtico, las gastadas verdades y las falsedades consensuadas. Y así seguimos, wandering.

Son las mentiras paréntesis irreales para aligerar la pesadez que tiende a filtrarse constantemente en nuestros vivires?
Prefiere Caperucita el cuento contado por el lobo, o el duro trabajo de desenmascararlo hasta dejarlo sin guarida?








5- Cuestión de complicidad

Hay Caperucitas siempre que haya lobos feroces. Y hay lobos feroces en la medida en que haya Caperucitas.

Porque -no jodamos- que en estas cuestiones del encantamiento-desencantamiento siempre hay intercambio, interacción, otros, unos, ser-en-relación. El desencantamiento trae consigo una ruptura de las asociaciones que aún mantenemos con imagos de tipo infantil. Caperucita es en relación al lobo feroz. Y es una niña.

Esto es así aunque sepamos de antemano que también en toda Caperucita hay una fiera afilando sus garras a escondidas dentro de la canastita de pasteles. O que al lobo le tiemblan las piernas y el alma producto de saberse afectado cada tanto del mal de la soledad en más de una noche fría, o temiendo como teme algún día envejecer y perder su intimidante dentadura, sus pelos, su garra conquistadora.

Sabemos que las Caperucitas pueden ser feroces.

Y que en invierno los lobos tiemblan.

Pero nada de esto quita que cada uno juegue su juego de roles pre-asignados en el tablero de lo previsto por los mitos que los trascienden.

Quiero decir con esto que no deberíamos perder de vista que en todo desengaño hay una visión conspirativa que asigna valores dentro de la interaccion entre el engañado y quien ha ofrecido el fake néctar-producto-mentira en cuya maliciosa trampa el inocente ilusionado dice haber caído. Distribuidos en la categoría de buenoyengañado/maloengañador, los papeles terminan siendo bastante rígidos en el libreto de La Comedia de las Ilusiones Perdidas. Habrá siempre quien se hace llamar a sí mismo "engañado" (víctima, seducido, encantado, desprevenido, hechizado, perjudicado) y un otro a quien se atribuirá el nombre de "engañador" (victimario, seductor, encantador, planificador, manipulador, hechicero, damnificador).


Pero me temo que a estas alturas estamos en condiciones de empezar a mirar otra cara escondida de este asunto.

Una Caperucita engañadora? Un lobo seducido?

No nos apresuremos. Salgamos primero de las dicotomías, y alejémonos también de sus posibles reversibilidades estériles.









6- Todos hemos sido el lobo. Todos hemos sido Caperucita

Milan Kundera es un atajo para recorrer las vetas de esta madera de un modo menos estático (tal vez por ello me pasé madrugadas quemándome la cabeza con ciertos tramos de “The Unbearable Lightness of Being” - La insoportable levedad del ser).

Tomas, Tereza, Sabina, Franz. Todos en la novela kunderiana transitan por esas brillantes páginas entre la pesadez de la levedad y la levedad de las pesadeces. Uno que intenta volverse múltiple por la vía de las infinitas leves infidelidades. Dos que no pueden dejar de ser solitarios unos. Tres que complican a los apenas dos. Muchos que vuelven todo a la pregunta por lo Uno. Vidas en nuance. El libro de Kundera podría haberse subtitulado "Claroscuro", tranquilamente.

Caperucitas vestidas de lobos que son lobos vestidos de caperucitas y así, en una perpetua circulación de pieles como máscaras, nunca hay definición alguna respecto si definitivamente son lobos o caperucitas.

Subjetividades sin sustancialidad en las que hallar reparo.
Engañadores engañados.
Trampas que entrampan a sus hacedores.
Hechiceros hechizados.
Infieles leales apagando sus vidas entre lealtades infieles.

Se puede tomar de un trago un delicioso falso néctar, a sabiendas de que se esta bebiendo la dulzura embriagadora de una necesaria mentira, y sin por eso luego andar denunciando a quien lleno el copón por forzarnos a hacérnoslo beber en condiciones de engaño? Podemos, sin mayores condenas, ignorar transitoriamente la inautenticidad de una interacción y atreverse a ella plenamente sin salir de ese bello laberinto de espejos lloriqueando e implorando justicia (o linchamiento) para con quien hayamos entrado a gozar en las colinas de Petřín?

Little red riding hood between mirrors.
Run, little red riding hood.
Be one, be finally you among the sleepless.


Caperucita y el lobo bien saben sobre eso de intercambiar algo más que vestuario y maquillaje, siempre y cuando ambos ignoren la moral.

Qué sucede si, desengañada la ingenuidad infantil, persistimos en la lúdica de la niñez?
Sólo jugar.

Sin dañarse. Sin perjudicarse. Sin objetivos. Sin metas. Sin proyecciones.
Decidirse a desacobardarse de la propia jaula y jugar, sólo jugar.

Un juego que consista en seleccionar nuestros instantes venideros con más cuidado, cambiar los parámetros con que medimos la felicidad, considerar más la calidad de las intensidades en las que nos involucramos, inclinarse un poco menos por las rutas sinuosas de lo vertiginoso, preservar celosamente la radiante vitalidad que nos vaya quedando según la etapa del ciclo vital que transitemos, evitar tanto cuanto podamos lo que nos consuma sin devolvernos con similar generosidad alguna otra belleza gratificante a cambio.

Podrá Caperucita jugar otro juego? Inventar otras reglas?

Podrá Caperucita patearle el trasero a la falsa invocación a “la magia”, a “lo sublime”, a “lo especial”, a "la química de la piel" y todos esas vacías frases vulgares... e invitar sencillamente al lobo a jugar el juego sólo por el juego mismo? Y el lobo cobarde, aceptará desnudarse de todo disfraz de arrogancia narcisista, desatar los tontos hilos de su máscara y seguirle el loco juego a Caperucita? Qué harían esos dos personajes si no tuvieran la presión de tener que sostener desde sus cuerpos y sus actos la pesada armadura de la escenografía moral?








7- El escollo moralista

Caperucita y el lobo es un cuento y la vez es la cristalización de un mito: el de la víctimada engañada en su inocencia, y el victimario embaucador que finalmente recibe su castigo con la muerte misma.

Por otra parte, venimos insistiendo que hay desengaño en la lucidez. No podemos ni debemos negarlo. Aceptarlo es entender que la desilusión es una ejecución semi-involuntaria de nuestros frágiles sueños.

El problema se presenta (como en toda ejecución de sueños) cuando sentimos que el mito de Caperucita y el lobo justifica una especie de "derecho" al resarcimiento contra quien ejecutó nuestros sueños. Ahí todas las víctimas autoproclamadas como tales reclaman la guillotina y que se les entregue la cabeza de quien sea designado como el lobo-victimario matador de las ilusiones decapitadas. El consenso siempre es a favor de que se aplique merecido castigo al lobo (que tiene histórica malafama de ser siempre malocruelvilodiosoinclemete desde la mirada juzgadora de los rectos hombres y mujeres de Bien).

Big, big bad wolf.

El embaucador lobo merece sufrir por haber sacado provecho de un débil... después de todo, se ha comido los sueños de la pobre Caperucita!

El desengañado siente un indiscutible dolor por el embuste que lo sedujo. Y ese dolor del desilusionado es el pathos a través del cual el resentimiento encuentra puerta de entrada en el cuerpo de la víctima. Caperucita se enferma, incluso hasta cuando ve la cabeza del lobo rodar en el supuestamente justiciero acto de guillotinamiento. Ella se enferma de enojo consigo misma (digamos que lo que hace más bien es penar por la propia estupidez de haber permitido y asentido en el engaño). Y enferma también por admitir su propia vulnerabilidad ante el poderío de aquel que pudo marcar las cartas a su casi entero favor y direccionar la jugada sin su anuencia.

Sin duda que esta vision del desengaño apesta a moral. Pero es la visión generalizada que emerge con asidua “naturalidad” cuando se analizan los casos de desengaño.

Caperucita sufre, enferma, odia, detesta. Caperucita desengañada y sedienta de venganza es una de las imágenes más acabadas del resentimiento. Ella es capaz de invertir horas en masticar por anticipado el posible sabor de su revancha, de la venganza, de la (imposible?) justicia. En esta versión moral Caperucita es la absoluta encarnación del esclavo resentido. Pero no obstante todo esto, ese es el posible y usual modo de comprender a la malaraña del destino del que se sirvió el lobo, su tela seductora, y el resbalón mortuorio de ese insecto atontado llamado “Caperucita” que a veces en determinado momento de la vida nos hemos sentimos un poco todos.

Todos tenemos un gen de little red riding hood me temo. Hombres y mujeres hemos sido alguna vez Caperucita en las garras de algún lobo/a feroz. Y también hemos sido, incluso a pesar nuestro en ciertos momentos, feroces lobos.








8- El Mitsein de Caperucita y el lobo (una interpretación inmoral)

Pero hay variaciones interpretativas para el mismo cuento.

La lucidez desengañada no es asunto de contrastes en blanco o negro. De hecho posee sus tornasoles escondidos.

Consideremos en un contexto amplio, que la muerte acecha siempre. Y el reloj de arena de cada uno siempre tiene también, finalmente, los granos contados. Life is fucking short.

Ahora sí, imaginemos a Caperucita luego del cuento.

Run, little red riding hood!!! Run, run, run..!


Digamos que Caperucita se despierta el día despues del desengaño. Pero se encuentra con que no hay salida moral para su desilusión. La jovencita no puede volverse una serpiente resentida puesto que no hay guillotinas ni guillotinadores dispuestos a cortale la cabeza al seductor lobo feroz. No habrá malditas Medeas que se cobren con sus venganzas las traiciones de los Jansones.

Sé que cuesta armar el contramito.
Pero sé también que es posible la invención de una interpretación de esta historia desde otro lugar más... a-moral. Incluso creo que es necesaria una salida más allá de la moral para el problema del desengaño. Aunque cueste, vale la pena intentar bocetar una Caperucita -Parte II- que reescriba la historia en clave inmoral.

Qué hará entonces Caperucita sin la coartada del resentimiento justiciero?
Pues resuelve andar lúcida y desengañada, pero sin rumiar dolor.

Desembarazarse de los decaimientos post/ilusión. Terminar con el sufrimiento habiéndolo vivido, pero sin atarse a esa paralizante columna de enfermedades, insomnios y alaridos de tragedia a que empuja el infernum de persistir en el resentimiento.

Salir de los salares de las lágrimas, salir a flote del propio llorar como quien vuelve a nacer de un líquido bosque oscuro.

La lucidez desengañada es una forma de presenciar y de testimoniar la muerte de algunos de nuestros sueños. El lobo puede ser un proyecto fracasado, una pareja que nos traicionó, un hijo que no sigue la recta trazada por el deseo de sus padres, un amigo que no nos tendió la mano cuando más lo necesitábamos, la deslealtad de un colega en quien confiábamos en nuestro trabajo, o sencillamente alguien que traicionó cuando le ofrecimos una pequeña parte de nuestros sueños.

Duele duelar el sueño roto. Pero duelar un sueño muerto no es aceptar la muerte de la esperanza. Siempre queda en el bolsillo agujereado en donde se nos perdió la última ilusión una ficha para apostar a la lúdica libertad de nuevos-otros juegos.


Se puede ser lúcido en medio del encantamiento? Sí, rotundamente sí.
E incluso se puede gozar profundamente en y de él.
Podemos estar lúcidos respecto de nuestras más amadas mentiras. Acariciarlas, acostarnos con ellas, perpetrar la hermosura infantil de tratar de eternizarlas, cuidarlas, protegerlas, e incluso intentar -lúcidamente- multiplicar nuevas ilusiones por ahí, ilusiones que por su parte no harán más que relanzarnos hacia otras mentiras o verdades aún inconquistadas.

Tal vez parte de la lección que deba enfrentar una Caperucita extramoral sea jugar, de ahora en adelante, menos ceñida a la moral establecida, y entender que dada la brevedad de la existencia vale la pena jugar la mayor cantidad de juegos que se presenten en el camino.

Bajo qué condiciones? Estar alerta respecto de los seductores pasadizos en que ciertos juegos han de ser jugados, sin negarlos, afirmándolos como parte de la lúdica inmanejable que emerge en ciertas atractivas interacciones. Y seguir alerta para entender exactamente que se han de jugar juegos, sólo juegos por jugar, sin dañar ni dañarse. Si el resultado de esos juegos finalmente es un “resultado” propiamente dicho, será más allá de haber pretendido establecer una meta desde el inicio mismo. Quiero decir, que si de ese juego finalmente se entreteje un proyecto, será porque el juego mismo ha ido tomando una forma, y no porque esa forma puede ser impuesta desde el inicio del juego en sí. A veces es suficientemente protectivo recordar que las laderas de los tableros en que movemos nuestras piezas se mantengan en los bordes del instante, revalorizando lo actual, olvidando planes y futuros imperfectos.


Un lobo.

Una Caperucita.

Dos que lúcidamente deciden contarse un cuento, un buen cuento, desengañados pero esperanzados al menos en las fuerzas del Mitsein (ser-con) que reactivan vivamente las fuerzas del deseo.

Caperucita ha desandado el camino de la ilusión, y le propone al lobo que deje de ser feroz y que acuerde con ella en no direccionar demasiado hacia adelante los deseos (nada sabemos del ese "adelante", por lo tanto no vale la pena preocuparse demasiado por algo tan incierto). Y le pide asimismo que intente no mirar hacia atrás (nada podemos hacer respecto de modificar fácticamente lo que es pasado). Afirmar las pisadas en el presente y elevarse mas allá, incluso por encima del instante estando plenamente en él, genialidad reservada para pocas Caperucitas rojas e igualmente pocos lobos feroces.

En suma, Caperucita crece, e invita en ese crecimiento al lobo a que cultive con ella un talento existencial que deberan aprender a sostener y alimentar: interactuar intensamente en un juego sin metas predefinidas sin perder la lucidez, pero sin negar el don de la esperanza.

Nuevos pañuelos de color saliendo de una imperfecta galera imaginaria

En medio del bosque desencantado.

Caperucita.

El lobo.

Again, wandering souls... but free wandering souls.




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jueves, 23 de diciembre de 2010

domingo, 5 de diciembre de 2010

La verdad que no tiene morada - Sergio Givone



"La verdad que no tiene morada"
Sergio Givone



"El alma que se abisma en la nada es restituída a la verdad. Mejor aún: sólo abismándose en la nada, el alma puede ser restituída a la verdad. La verdad que no tiene morada. Que no está en sí, siempre y únicamente idéntica a sí misma. Y que, por lo tanto, no puede ser captada sino en su salir de sí, en su hacerse otra."




(Sobre el pensamiento de Eckhart de Hochheim 1260-1328)
En: Sergio Givone - “Historia de la Nada”
2da ed., Adriana Hidalgo ed.
Buenos Aires, 2009. 


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