miércoles, 26 de junio de 2013

Nadar... nadar incansablemente contra la peligrosa corriente de la servidumbre






Nadar...
 nadar incansablemente contra la peligrosa corriente de la servidumbre




"El ejercicio de la dominación material 
apareja inevitablemente tanto para el mismo como para su práctica, 
una esclavitud más o menos acentuada"

Herbert Spencer




El síntoma más inequívocamente padecido por un ciudadano respecto del arbitrio de un gobierno que pretende expandirse hasta el paroxismo, es el recorte gradual de sus libertades individuales. Esta condición tan limitante como inaceptable, retrotrae al individuo a la sujeción representada por las antiguas referencias simbólicas propias de la condición de esclavo o de la servidumbre medieval. Un gobierno voraz es la inaudita combinación trinitaria de un Amo al que arrodillarse, un Señor al que tributar y un Dios secular al que se deberá idolatrar fundido en una marea colectiva fascinada con el hechizo del paternalismo dirigista.

El individuo que elija sustraese de esa alienante y enfermizamente océanica sensación masificante sentirá -con la completa certidumbre que aún le brinda una saludable fortaleza singular- que quienes gobiernan están intentando borrar sin contemplaciones su preciada condición ontológica autónoma.

Este síntoma se padece en la medida en que el mismo expresa la pérdida de la libertad individual y el preaviso de condena a todo aquel que manifieste el derecho radical a la diferenciación. En esa inadecuación del espíritu libertario a la imposición del estribillo colectivo encuentra su forma la rebelión contra la exigencia de igualación y la práctica de la desobediencia civil ante la inmoral obligación de rendir pleitesía y culto a las vulgaridades falaces que pregona el estatismo.

¿Qué se encuentra solapado en las tinieblas, en el revés, en el negativo de este síntoma que experimenta el ciudadano insubordinado frente a la prédica impositiva de la religión política? Diremos que si el síntoma es la falta de libertad del individuo, aquél es reflejo de un signo no menos peligroso ni letal: el signo de un poder político que ha activado en forma declarada la semilla del autoritarismo que anida en toda voluntad de control gubernamental.

La visibilidad que adquieren bajo estas condiciones la coerción, la coacción, la corrupción, el fanatismo y el autoritarismo no son más que los modos en que se desenmascara a sí misma la mafiosa ambición de poder de todo gobierno amante de la desproporción cuando se aferra a la posibilidad de autoperpetuar su saqueo a la sociedad al amparo de esa bestia ilimitada que llamamos “Estado”. 




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lunes, 10 de junio de 2013

Del hombre bueno - Estobeo




 Del hombre bueno
 Estobeo





“El hombre bueno no está constreñido por nadie ni constriñe a nadie,
no es obstruido por nadie ni obstruye a nadie, 
no está forzado por nadie ni fuerza a nadie, 
no domina ni es dominado. 
Lo contrario vale para el hombre malo” 



Estobeo
(Macedonia, siglo V)
De "Églogas"



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miércoles, 5 de junio de 2013

martes, 28 de mayo de 2013

El alto precio de la lucidez





El alto precio de la lucidez



Gabi Romano





“La lucidez: martirio permanente,
inimaginable proeza.”

Emil Michel Cioran


Pocas cosas parecen haber superado mágicamente la velocidad de la luz. La rapidez con que circulan y se reciclan las ficciones a nuestro alrededor es uno de esos fenómenos que, de tan constante y vertigonoso, apenas si lo percibimos como tal. Nos hallamos, literalmente, suspendidos. Flotantes en un maremagnum de irrealidades, falsas razones, ilusionismos narcotizantes. A excepción de las invensiones tecnológicas y algunos prometedores avances científicos, en el resto de los territorios que hacen a la vida social, política, artística o cultural no hemos logrado dar ningún paso significativo hacia delante desde hace largo tiempo. El siglo XXI parece entregado, hasta ahora, a una larga siesta sin interrupciones conmocionantes.   

Lógicamente, en el espacio ingrávido, no hay ningún “hacia adelante” al que dirigirse con certidumbre… hemos perdido definitivamente la vocación de grandeza?




La fiebre replicadora


Si las ficciones se reproducen como piojos en la cabeza de un infante, esta velocidad de gestación de simulacros es inversamente proporcional a la inmovilidad fúnebre en que parece haber caído la ambición de transformar lo social con las armas de la novedad, desde la radicalidad creativa, haciéndose lo que nunca se ha hecho. Ni siquiera en campos históricamente revoltosos como suele ser el de la filosofía ha surgido nada seriamente subvertidor del (des)orden dado. Después de los martillazos de Nietzsche, nada. O casi nada, que es prácticamente lo mismo. 

Colabora activamente en este diagnóstico la capacidad maquinal del poder para multiplicar las ficcionalidades, erosionando con ello el valor que posee todo intento firme de acercamiento a la verdad. Las corrientes interpretacionistas y la hipervalidez no discutible en la que nadan hoy en día los intelectuales relativistas, han entronizado a la opinión variopinta como el nuevo ídolo al que debe presentarse respetos. Poco importa que las opiniones de la mayoría de estos pajarracos en proceso de semiextinción sean imbecilidades refritadas en las mismas viejas y conocidas sartenes de los prejuicios. Hoy los sumos sacerdotes comunicacionales del todo vale son quienes someterán a duras pruebas caldarias en el patíbulo de las superficialidades al que tome coraje y les arroje en la cara el incordiante guante de la verdad. Paradójicamente, esos mismos cancerberos del espectáculo de la degradación exigirán que se rinda tributo al mentidor profesional. Una vez vez, Sócrates contra los sofistas reloaded. En este contexto, la lucidez es un accidente racional y una claridad sensible incómoda para los adoradores de ficciones.

Pero el asunto no queda en el plano de la comunicación masiva ni de las religiones políticas y sus guardianes del sinsentido. Estos planos simplemente son un reflejo de una tragedia más profunda que es el vaciamiento de la subjetividad, que ha dejado reducida a ésta a piezas encastrables de una comunidad de clones subconjuntamente tribalizados, pero que enfáticamente dicen no ser tales.

La individualidad que busca afirmarse más allá de los berridos del rebaño es severamente acusada de egoísmo, contrariando con su sola presencia distintiva en el tablero social, el indiscutible “Bien Común”. Distinguirse es saber de antemano que se ha tomado el camino más largo, el más empinado, el más cuestionado, y por momentos, el más peligroso. 

El colectivismo ha llegado a tal paroxismo que, incluso, se ha creado un espejismo invertido: muchos llegan a decir que estamos viviendo en el más feroz individualismo cuando lo que justamente pisoteamos a diario es el enorme potencial y riqueza de la individualidad solar. Nuevamente, la lucidez autoafirmada parece ser una excusa más para justificar el castigo social de los hipócritas que siempre han tirado la piedra contra cualquier modalidad de existencia que intente vivir libre de coacciones e imposiciones. Y son esos mismos hipócritas los que, como no podría ser de otro modo, avalan y glorifican místicamente que el poder siempre meta su mano en el bolsillo ajeno.   

Apurados por repetir y repetirse. Apresurados por imponer una moral que no practican. Corriendo detrás de algún nuevo tótem bajo el que fanatizarse. Ansiosos por ejemplificarse como dueños del Bien y sancionadores del Mal. Así, de salto en salto, de copyright en copyright se deforma día tras día el jorobado servil, temeroso crónico de la lucidez ajena.




La múltiples velocidades tóxicas


La servidumbre desconoce el destino real al que será conducida por haber delegado el diseño de su devenir en otro, y sin embargo, no hay tiempo que perder. No hay que hacerle el juego a la demora en ese ir hacia no-se-sabe-donde. La inconducencia tampoco gusta de las esperas.

En efecto, “esperar” ha dejado de ser un verbo alusivo a la cualidad del que sabe aguardar, para pasar a ser una nueva enfermedad alérgica cuya etiología desconocida poco importa pero la mayoría insiste en combatir con el cronómetro en mano. Por otro lado, en el reverso de los apurones ansiógenos, tenemos a los cultores del slow motion. Éstos terminan siendo una caricatura de contraste, que finalmente lo único que terminan justificando es la portación de una fisiología de bajo metabolismo enmascarada de “estilo de vida”. La lentitud no es una virtud per se, del mismo modo que no lo es la velocidad. Los que elogian la lentitud no hacen más que exasperar los ánimos de los intrépidos, de los decididos, de los hacedores. Y en idéntica medida pero en dirección contraria, los que elogian la rapidez no hacen más que sumar rechazos por parte de los que legitiman los supuestos valores de la parsimonia apática, sobre todo cuando ésta deriva en una cierta tendencia a la pereza holgazana. El “justo medio” que recomendaba Aristóteles ha caído en desuso, demasiado antiguo, demasiado civilizado. Parece que no hay nada mejor que los extremos para asegurar la emocionalidad exacerbada, ese motor infalible de la decadencia social y del divisionismo estéril.  

A la compulsividad por “hacer lo que sea” hay que oponerle otro atajo contrastante al que nos hemos habituado con preocupante naturalidad: la intermediación tóxica.

Tóxica es la televisión con su cadena interminable -y a toda hora disponible- de banalidades intensificadas. Tóxicas son las distorsionadas representaciones mentales que intermedian “educativamente” para hacernos creer que entendemos los fenómenos que nos rodean, cuando en verdad lo único que hace el ciudadano promedio durante toda su vida es malcomprender la realidad por haberse habituado a usar lentes de razonamiento empañadas por cerradas ideologías abrumadas por la niebla del resentimiento. Tóxicas son todas las malditas falsas creencias que anidamos en nuestra sentimentalidad –y a las que no renunciamos porque sin ellas nuestra debilidad quedaría espantosamente expuesta como tal- que nos permiten autoconsolarnos cuando la existencia nos pone en jaque aunque a cambio de ese alivio espiritual terminemos dando soporte a edificios coercitivos milenarios. Tóxicas son las épicas imaginarias masivas en las que encuentran un templo colectivo donde arrodillar su idolatría los necesitados de morales dicotómicas en su incapacidad por forjar una ética individual sin dioses políticos terrenales, sin pseudosantos, sin monumentales tótemes de ninguna clase. Tóxicas son todas las desmesuras de sustancias que ingresan a un cuerpo impidiendo el soberano gobierno de sí, amenazando con transitorias (o peligrosamente metabolizadas) dependencias en las que la ilusión de libertad termina siendo una trágica farsa negacionista. Tóxicas son nuestras multiformes esclavitudes naturalizadas, las que adquirimos por obra y gracia de la propia estupidez irreflexiva, o las que nos acontecen por causa de tristes inseguridades repetitivas. Tóxico es lo que nos envenena, mental o físicamente con nuestro consentimeinto o sin él. Tóxicos son los consumos irreflexivos de imágenes cuya idealidad no hace otra cosa más que hundirnos en la frustración, haciéndonos olvidar de nuestra humana imperfección y volcando contra ella todo nuestro arsenal anticompasivo. Tóxico es, igualmente, alardear de las imperfecciones que podríamos escalonadamente mejorar justificando así nuestra desidia bajo el negligente lema de “acéptate como eres”, mote que infradotadamente nos vuelve incapaces de superarnos por nuestros propios medios respecto de aquello que sí es susceptible de ser mejorado. Tóxico es internalizar la envidia en vez de direccionar la propia potencia en competir siempre primeramente contra los límites de uno mismo. Tóxico es el robo de ideas originales en vez de trabajar arduamente en plasmar una invención creativa, en dejar una marca indeleble en un área en la que seamos particularmente habilidosos. Tóxico es suponer que la administración personal de nuestra libertad excluye la responsabilidad plena respecto de las consecuencias de nuestras prácticas porque el determinismo así lo dictamina. Tóxico es creer que educarse significa obtener buenos logros escolares, que aprender es aprobar exámenes recitativamente preocupados por no disonar jamás con la armonía que impone el pentagrama docente, que el estudio se limita a acumular adaptativamente más y más libretos de ideas iteradas con que nos sentimos a gusto sin advertir en ello una muy rudimentaria forma de masturbación intelectual. Tóxica es la comodidad del que disimula su inutilidad para romper horizontes tras la excusa del bienestar que extrae de su pequeño y mezquino esquemita de hábitos cotidianos alienantes. Tóxica es la jactancia diseminada de aquellos que se llaman a sí mismos “libres” moviendo sus alas recortadas dentro de su jaulita de rutinas esquemáticas. Tóxicos son esos reales conservadores que viven alimentándose de constancias y repeticiones mientras lamen posters de revolucionarios dinamiteros del “orden social”. Tóxico es gozar al ser aplastado por la escenografía iconográfica de los propios artificios discursivos. 

Tóxico es que las vidas hayan dejado de ser verdaderas para pasar a ser inauténticas farsas cargadas de contrasentidos inauditos.   

Tóxico es no advertir que las toxinas infinitas que intoxican al intoxicado lo hacen, por lo general, con el beneplácito toxicológico de éste.       




El efectivo marketing de la antilucidez


Lógicamente cada quien puede intoxicarse con lo que guste: el mercado de intermediaciones que ficticiamente nos hacen creer que sin ellas la vida sería insoportable en sus plenos desafíos, sus barrancas, sus abismos, sus incertezas, siempre se renueva con productos materiales/simbólicos mejorados, empeorados o remarketingzados. 

Libros placebos. 
Medicación placeba. 
Trabajo placebo. 
Música placeba. 
Ritos placebos. 
Tecnología placeba.
Entreteniemiento placebo. 
La nuestra es la era placebizada.

El marketing de la antilucidez es, por lejos, extendidamente eficaz.

¿Necesita usted de una épica colectiva imaginaria en la que esconder su verdadera e insoportable condición de perfecto mediocre acabado, su real condición de impotente incapaz de aventurarse plenamente en un heroísmo real en su vida personal? Pase y consulte el programa de estafas de nuestro gobierno! Nuestro catálogo se encuentra especialmente diseñado para que usted, sí usted, nuestro querido sentimental apólogo del fracaso, se sienta entre nosotros como en su casa… pase, vea, compre, vote! Nuestra gesta nacional y popular no defraudará su ansia de entregarse a ortopedias gratificadoras que le harán olvidarse durante unos años de las deformidades de su triste mundo micropolítico! Aproveche nuestra oferta especial en este mes electoral: llévese a mitad de su costo un set de promesas incumplibles de regalo! Y si llama en los próximos minutos, va sin cargo un libro de relatos de fantasía política infantil para relatarles a sus ingenuos nietos dentro de un tiempo -y recrear ante las generaciones venideras- su heroísmo de espantapájaros apoyando a nuestra causa!

¿Acaso no precisa usted renovar la bruma apaciguante bajo la cual descansar del duro desasosiego de estar vivo sin ser capaz de autocrearse una finalidad proyectiva a su existencia? Pase a nuestro sector especial, quítese los zapatos, aflójese la corbata, relaje su vejiga, póngase cómodo, en unos instantes una de nuestras empleadas públicas le resolverá sus problemas explicándole las bondades de nuestro último combo de fabulosas leyes y fantásticas cargas impositivas, siéntese, relaje el entrecejo… y fúmese la realidad!

¿Desea nuevos deseos? ¿Desea desear? ¿Siente que es preciso un poco de vértigo en la chatura de su gris devenir hacia la nada? ¿El psicoanalista le ha resultado menos eficaz que un chaman precolombino? ¿La neurosis lo acecha? ¿Ataques de pánico? ¿Necesita un poco de relleno transitorio en la desoxigenante carrera hacia ninguna parte que siente que está corriendo estúpidamente? No desespere! Ha dado usted con el proveedor adecuado! Siga atentamente nuestras instrucciones: encienda su plasma pagado en cuotas ad infinitum, y experimente la hipervisualidad de vidas ajenas. Luego, conecte su computadora y flote en el vértigo de un espacio abierto que no requiere que abandone el cerramiento real del suyo. Tercer paso, abra cuentas en redes sociales y practique la amistad incorpórea, llénese de miles de seguidores, intercambie poses con desconocidos, decenas de anónimos aduladores harán la delicia de su narcisismo en bancarrota. Cuarto, aprenda el arte vulgar de comunicar trivialidades insustanciales que lo transformarán en un exhibicionista de la existencia, esa técnica es fundamental para que nuestro artefacto funcione. Y por último, enamórese de alguna virtualidad oportunista que dará a sus emociones esa dosis de adrenalina que tanto le esquiva su existencia real. No pierda tiempo, coma de nuestra exquisita mierda, ya lo decía la sabiduría popular de los graffitis en los baños públicos: miles de moscas no pueden estar equivocadas! En caso de que todo esto falle, lamentablemente no reembolsamos los gastos y disgustos que nuestro período de prueba del producto le haya ocasionado. Pero si con el tiempo ratifica que su vida sigue siendo un remiendo de irrealidades, una larga cadena de frustraciones interminables, una vacuidad preocupante, le garantizamos relanzar el proceso una y otra vez, gratuitamente!    

Sí, el mercado de las farsas está lleno de compradores compulsivos…




Parirse en los exilios


En medio de esta vorágine de insanías, cegueras y decorados existenciales de muy mala calidad, la lucidez es un bien escaso.

Cercados como estamos por el imperativo a la acción, detenerse a pensar con plena conciencia es una rareza, una pequeña hazaña cotidiana tan devaluada como casi impracticable.

La lucidez no es placebo. Tampoco un tranquilizante.
No es recetable. Ni un producto de alcance masivo.

La lucidez es, primeramente, una pausa. Un habitar largamente el desaceleramiento.
No es inacción ni llama necesariamente al no-hacer, pero requiere de un tiempo propio entregado a razonar. La lucidez es un dedicarse a permanecer en el pensamiento que medita, en la reflexión que se toma a sí misma como objeto de elucidación.

Estarse lúcido puede ser, cuando no se ha estado acostumbrado a esta práctica, una ligera tortura. 
La lucidez, como un canal de parto que se abre por primera vez, duele.
Y en ese doloroso alumbramiento quien nace es uno mismo, de uno mismo.

Rematrizados, la lucidez permite re-engendrarnos.
Porque no nacemos sólo cuando abandonamos el útero de nuestra madre: se debe nacer de nuevo por segunda vez, por propia decisión, por propia engendradura, a través del descubrimiento conciente de las propias fuerzas. Porque sólo cuando se decide con todas las consecuencias respirar por uno mismo, ahí se ha de dar comienzo a la propia vida como obra escultórica personal e íntima. Ahí, en ese punto preciso, se renace desde sí y para sí.

La lucidez siempre adviene desde cierta forma de exilio. Probablemente porque para volverse a dar por re-nacido hay que apartarse de padres, tierras, patrias, lazos, consanguinidades, hábitos, idiomas, y toda semiología del arraigo a los viejos esquemas. A las pesadas columnas donde se ataba la otra vida irreflexiva hay que tumbarlas, hacerlas tumba simbólica, porque sólo lejos de las placentas nutricias (pero tan férreamente encadenantes) ha de modelarse a contracorriente esta otra vida ahora sí elegida, comprendida, lúcida.

La lucidez es la intimidad del pensar que, radicalizado, se autoelimina intermitentemente del mundo exterior para forjarse como proyecto singular. El lúcido debe primero aprender a manipular los signos desconcertantes y desordenados de sus propias representaciones. Debe limpiar la cabeza de basura inútil, pasar por el tamiz de la autocrítica lo que es digno de ser conservado de sí mismo y lo que es preciso arrojar al más lejano agujero negro. Debe separar su propia materia luminosa de su materia oscura, y si no todos los residuos que lleva dentro son deshechables, pues aprender a convivir con ellos, a neutralizarlos o a reciclarlos a su propia conveniencia. Acopiar síes. Afirmar los soberanos noes. Desprenderse de corduras contracturantes. No dejar de ser seriamente niño, ni mucho menos alegremente adulto. Darse a la risa cuando la risa nos reclama. Darse al llanto cuando el llanto nos retiene. Purgarse de lo que no tiene sentido. Aceptar el cuerpo que decae, el cuerpo que se place y que place a otros. Aceptar el exquisito azar de estar latiendo tanto como aceptar la irremediable finitud que alguna vez se nos cruzará en el camino. 

De la nada y hacia la nada… en el medio, ese todo lúcido que podemos ir siendo, tan intensamente vivido como lo deseemos. No hay excusas.
 
Los antiguos sabían suficientemenete bien que es preciso darse un tiempo para experimentar la soledad que piensa y se piensa. Sin esa práctica íntima de razonamiento meditado y solitario, los asuntos con que nos desafía el existir quedarían insuficientemente examinados. Pensar, en esa habitación de la pausa, es un acto que deriva éticamente en el ciudado de sí.

La lucidez exige tolerar las pocas duras certezas que tenemos.

Sabemos así que solos llegamos a este mundo y solos partiremos. 
Podemos percibir en todo lo que nos rodea que las cosas y los seres son transitorios, que nada permanece y que todo está sujeto a cambios impredecibles. Por lo tanto, la buena nueva, es que lo que nos hace sufrir o no nos hace bien es asimismo pasajero. El malestar, pasará, indefectiblemente, por lo tanto, por qué hacerse problema por ello? Aunque el corolario incluye que también será pasajera la intermitencia de los momentos felices, cosa que debería lanzarnos de cabeza a disfrutar de esas brevedades dichosas, sean cuales fueren.

Lo que espera en el futuro o lo que sucedió en el pasado no son asuntos que estén en nuestras manos, apenas si disponemos de lo que pasa aquí y ahora en nuestro escurridizo presente. Estamos hechos de polvo y el polvo del tiempo se cae entre los dedos de nuestros días, entre los pliegues de cada hora que va pasando. Ahí hay que estar, cada vez, por completo, en cada cosa que ahora se haga. Si estás comiendo, sólo estate allí comiendo. Si lees un libro, húndete en las páginas y no hagas otra cosa que perderte a ti mismo en ese hundimiento. Si estás haciendo el amor, haz el amor como si fuera la última vez que lo harás en la vida. Si te sientas en el medio del campo a sentir la brisa sin sentido ni finalidad alguna, sólo estate allí, vuélvete uno con la brisa. Si estás en tu trabajo, concentrate en ese punto práctico hasta que puedas culminar y desprenderte de la tarea cumplida como si nunca hubieras estado allí llevando a cabo ese objetivo. Si corres, corre, sólo corre y respira para correr, nada más corre, sé el suelo, sé el impacto, sé la fuerza desplegándose en la extensión de cada paso. No te distraigas con los barullos inútiles de la mente que bulle hacia todas partes y hacia ninguna. Estar aquí y ahora es una reconexión venturosa con el presente, que es lo único real, en definitiva, de lo que disponemos.

Siendo la incertidumbre la regla y la razonable previsión una excepción imprescindible, el mejor plan es saber que todo plan es mera voluntad de ordenar lo incierto, y por ende, no hay plan ideal. Lo incierto siempre nos recuerda que habrá algo que quebrará nuestra intención inicial de dar forma a lo caótico. De allí lo crucial que resulta ser flexibles para adecuar la cuadrícula a las fluencias.




Despiertos, aún en la mayor oscuridad


Cierto es que hay tanto con lo que habérselas! Hay que lidiar con las pérdidas, con la demencia de los infames, con los hijos de puta, con lo injusto, con los que juegan sucio, con los dolores, con la enfermedad, con los fracasos eventuales, con las fallas seguras, con los apremios, con los malos golpes de la suerte, con los reveses. Todo eso estará siempre, allí, como si se tratara de una condición perenne obstaculizadora que pondrá a prueba la capacidad de superarse, de asintóticamente mejorar, de ponerse de pie por encima de cualquier potencial ruina.

La lucidez, que en principio era un ducto apretado, incómodo, abrumador, lentamente se va volviendo un modo de estar, un modo de ir siendo, un modo de vivir despierto. Hay que desarrollar una grata confianza en y con la propia lucidez.

Siempre estarán alrededor los atajos, las nieblas, las ficciones. También eso seguirá estando ahí.

Y estarán asimismo las manchas oscuras, las noches cerradas, los bocas de lobo. 
Pero contando con la lucidez del lado de uno, se transita menos a tientas, se anda más despierto. Inclusive hasta cuando se sueña, se vuelve uno un poco duermevela.
La vigilia es el mejor estado para contemplar que hay demasiadas estrellas por alcanzar cuando se decide mantener la mirada alzada. Y es una real pena cerrar los ojos ante lo que inspira a elevarse… aunque ese vuelo nos cueste el alto precio de la lucidez.




(…los círculos comienzan donde finalizan para finalizar donde han comenzado
y por esto mismo parece apropiado terminar con esta semilla
brillantez desesperada del querido Cioran…)


La lucidez es el único vicio que hace al hombre libre:
libre en un desierto.




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miércoles, 10 de abril de 2013

Michel Onfray - El olvido y la servidumbre del resentimiento

 



El olvido y la servidumbre del resentimiento




“Entre las cualidades necesarias para la magnanimidad, no hay que olvidar el talento para el olvido, consumación del exceso negativo. Es la condición de posibilidad de toda intersubjetividad, porque el rencor exigiría la ruptura total, tarde o temprano, con algo. (…) Si la suma de los displaceres sobrepasa la de los placeres producidos por el interlocutor ético, simplemente hay que encarar una ruptura. Olvidar definitivamente. Evitar los parásitos, las interferencias, y desear una comunicación en un registro claro, de una y otra parte. Olvidar es gastar todo, saldar la cuenta. Imaginemos, por otra parte, una existencia en que no existiera la capacidad de olvido: viviríamos permanentemente con el recuerdo de los dolores, las penas, las tristezas, las tragedias, las impericias, y las sombras más negras. En vez de eso, simplemente porque hay más satisfacción en el olvido que en el resentimiento, es preciso desear la paz. Si no se la puede alcanzar, será mejor la indiferencia total, un olvido, no tal vez de los daños mismos, pero sí de las personas que los causaron. Esta ascesis es como una catarsis, una purificación de las cosas pesadas que nos habitan. (…) Durante el tiempo que dura el autoenvenenamiento, el hombre implicado está incapacitado para la entrega, encuentra satisfacción en rumiar y permanece estancado. El hombre del resentimiento macera en su incapacidad de consumar el mal, de expresarlo para expiarlo. Incuestionablemente el rencor se nutre de la savia masoquista y del poder que tiene esta pulsión para destruir, masacrar, y malograr los equilibrios precarios instalados en el cuerpo. En el autoengendramiento de la muerte que implica este juego con Tánatos, el hombre del rencor es lo contrario del dispendioso: guarda, conserva, atesora casi ese capital de dolor que lleva dentro de sí. La venganza diferida que ansía el amargado es signo de pequeñez por ser signo de debilidad. En efecto, en su proyecto de ser violento el día de mañana, confiesa su incapacidad de serlo aquí y ahora, inmediatamente. Tal vez sea en esa certificación más o menos conciente donde encuentra razones suplementarias para seguir alimentando su resentimiento. Por eso, esta pasión enfermiza remite a la calidad de esclavo, es el signo distintivo del criado, que elucubra hipótesis de acción pero es impotente frente a ellas. Revela la posición que ocupa un sujeto en una escala de fuerzas: allí donde se juegan la obstrucción, el repliegue, lo negativo, el odio hacia uno mismo y hacia el mundo, el masoquismo, la autoflagelación. En una palabra, la ausencia de talento para la entrega, para el derroche.”



Michel Onfray
Fragmento de “Le Sculpture de Soi” - 1993 


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miércoles, 27 de marzo de 2013

El cultivo de la arrogancia vs. la esclavitud de los soberbios




El cultivo de la arrogancia vs. la esclavitud de los soberbios





Gabi Romano




Qué es la arrogancia?
Es la altiva actitud inevitable de un individuo que se precia de su saber con fundamentos. Es el resultado que decanta naturalmente en quien cultiva, sin pereza ni excusas, una continua observación crítico-constructiva autónoma sobre sí mismo. No admitiendo ninguna otra autoridad que no sea la que provenga del esfuerzo de pulir constantemente el filo de esa escultórica arma que es su propio juicio, sólo acepta como primaria obligación el reverenciarse ante sí.
Curtida su piel en el arte de los combates contra toda fuerza que se le oponga (e incluso contra aquellas fuerzas decadentes que, humanamente, cada tanto lo desafían a embates dentro de sí mismo) jamás titubea en desenfundar su  desprecio sin misericordia alguna cuando se trata de atacar la estupidez masivizada.
Como adjetivo, es relevante recordar que sólo es aplicable a seres -no a entes, ni a cosas, sino a individuos concretos- siendo asimismo sinónimo de gallardía, buen aire, arrojo y valor. Ser brioso Amo de sí es la Gran Etica que lo guía en sus actos y decisiones afirmativas. 
El arrogante es un leóniño siempre único, solitario, emboscado: no habita ni en el número extenso ni en las mayorías. Posee la fortaleza suficiente como para ser/estar sin el mandato de pertenecer a nada ni a nadie. Es quien ha entendido cabalmente que desplegar la potencia individual hasta su maximización es el mayor desafío apolíneo-dionisíaco que vale la pena ser tomado como un juego alegremente serio en esta única vida. 
Ser arrogante es dotarse de una condición solar que decide, a su entero arbitrio, donde irradiarse y cuando reservarse.


Qué es la soberbia?
Es la bajeza de envanecerse narcisísticamente en la contemplación de las propias fallas. Propio de aquellas almas mediocres que apelan al falso recurso de la vanidad, suplen de este modo su incapacidad de autosuperación y la ausencia de plasticidad creativa. Es el residuo rígido que decanta naturalmente en aquel que, amparado en los determinismos y la adversidad de las circunstancias, se inclina por buscar inexorablemente algún tipo de victimario en quien proyectar las sombras de su propio tormento. La pequeña moral de la ignominia es el terreno infértil donde cada día el soberbio desahoga sus desequilíbricos odios iracundos y la tristeza crónica a que lo empuja una insatisfacción melancólica sólo alterada por goces superfluos. Autoconvencido de su “derecho al mal” por la vía del envenenado resentimiento, termina esclavizado a nadar en círculos en el charco de sus ignorancias y la turbidez de la negación. 
El soberbio es un cerdoveja siempre parecido a los de su manada recolectora de espectros: comulga con las visiones distortivas, se mezcla en símbolos comunes, es afín a las causas homogeneizantes, se recuesta en la comodidad de la repetición uniforme, se olvida de sí creyendo hallar en medio de ese añadido de neglicencias existenciales una "virtud" de la que ufanarse. Suelen tener un mal gusto casi suntuoso e igual desproporción a la hora de injuriar. Haciendo alarde de una modestia (in-creíble) no ratifican sino a través de esa ficción comportamental el reverso social de una configuración subjetiva violentamente furibunda.   
Poco hay detrás de esas máscaras grupales bajo las que protege su debilidad, pues su estatus ontológico está burdamente confeccionado con los hilos farsantes de la inautenticidad. Así es que tiende a definirse por lo que rechaza, por lo que no-es, por sus detestamientos, o por aquellos rótulos englobadores trás los que oculta su vulnerabilidad identitaria. Y por todo lo antedicho, lo aterra la distinción, la diferencia del que expone su orgullo distante, la singularidad radical. 
Jamás comprenderá que ha desperdiciado imbécilmente la azarosa probabilidad que representa poseer una existencia conciente, deshonrando con ello cuatro millones de años de evolución. Engullido por las fauces de su impotente inercia personal se colectiviza con otros penitentes de la culpa y de la venganza interminable a fin de tributar respetos a algún imaginario ídolo con pies de barro (o se comporta como si él mismo lo fuera por obra y gracia del contagio a que perpetuamente lo someten sus emociones ingobernadas). 
Alimentando sus desvitalizados instintos con el peligroso parásito de las tragedias personales o colectivas, se vuelve él mismo un perfecto parásito de algún otro ente real o abstracto igualmente enfermizo. Es la acabada imagen de la deshonestidad hipócrita. Ser soberbio es estar condenado a ser una luz artificial siempre al borde de la extinción.


Allí mismo donde el arrogante practica -en los hechos y sin permiso- su innegociable búsqueda de la felicidad impermanente, el soberbio se arrodilla a implorar por algún milagroso “derecho” que lo rescate ilusoriamente de su inveterada hechura de infeliz autocompasivo.


Se trata, en suma, de dos condiciones antagónicas y excluyentes de vivir… y morir.





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domingo, 24 de marzo de 2013

Peligroso y amenazante deseo... - Ercole Lissardi


"Peligroso y amenazante deseo..."
 Ercole Lissardi





"El deseo es una amenaza. Por eso nosotros, personas civilizadas, rara vez cedemos a él. Cuando sentimos que todo nuestro ser responde a una persona a la que no conocemos, muchas veces la dejamos pasar. ¿Qué vamos a hacer? ¿Saltarle encima? Hay algo de salvaje y brutal en ese impulso, que necesitamos controlar. Esa noción de peligro, el filo del deseo, es el aporte de Bataille. En la cultura occidental lo cubrimos con la noción del amor. Decimos que amamos a una persona y que parte de ese amor es la caricia, la sexualidad, la procreación... Pero el deseo, dice Bataille, está del lado de la muerte. Siempre hay un límite en que el erotismo nos implica de una manera tan radical que nos pone al filo del peligro (...). Explorar ese filo del deseo es necesario, porque es una de las fuerzas más poderosas y genuinas del espíritu humano."



Ercole Lissardi
En: ADN Cultura
22/3/2013
http://www.lanacion.com.ar/1565430-el-deseo-es-una-amenaza-por-eso-rara-vez-cedemos-a-el




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martes, 12 de marzo de 2013

Sobre seres superfluos y seres necesarios






Sobre seres superfluos y seres necesarios




Gabi Romano
 

Los seres superfluos
acomodan su osamenta en una orilla
atreviéndose apenas a mirar
la interrogativa silueta borrosa que los aterra desde el otro margen.

Los seres necesarios
se alimentan de inciertos remolinos de coraje
y entre dos abismos construyen con incesante templanza
aquellos mismos puentes que luego quemarán sin nostalgia.






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sábado, 23 de febrero de 2013

Un espíritu desconfinado - Carta de Emile Cioran sobre Borges



Un espíritu desconfinado

Carta de Emile Cioran sobre Borges





París, 10 de diciembre de 1976




Querido amigo:

El mes pasado, durante su visita a París, me pidió usted que colaborara en un libro de homenaje a Borges. Mi primera reacción fue negativa; la segunda también. ¿Para qué celebrarlo cuando hasta las universidades lo hacen? La desgracia de ser conocido se ha abatido sobre él. Merecía algo mejor, merecía haber permanecido en la sombra, en lo imperceptible, haber continuado siendo tan inasequible e impopular como lo es el matiz. Ese era su terreno. La consagración es el peor de los castigos -para el escritor en general y muy especialmente para un escritor de su género. A partir del momento en que todo el mundo lo cita, ya no podemos citarle o, si lo hacemos, tenemos la impresión de aumentar la masa de sus “admiradores'', de sus enemigos. Quienes desean hacerle justicia a toda costa no hacen en realidad más que precipitar su caída. Pero no sigo, porque si continuase en este tono acabaría apiadándome de su destino. Y tenemos sobrados motivos para pensar que él mismo se ocupa ya de ello.


Creo haberle dicho un día que si Borges me interesa tanto es porque representa un espécimen de humanidad en vías de desaparición y porque encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado. En Europa, como ejemplar similar, se puede pensar en un amigo de Rilke, Rudolf Kassner, que publicó a principios de siglo un excelente libro sobre la poesía inglesa (fue después de leerlo, durante la última guerra, cuando me decidí a aprender el inglés) y que ha hablado con admirable agudeza de Sterne, Gogol, Kierkegaard y también del Magreb o de la India. Profundidad y erudición no se dan juntas; él había logrado sin embargo reconciliarlas. Fue un espíritu universal al que sólo le faltó la gracia, la seducción. Es ahí donde aparece la superioridad de Borges, seductor inigualable que llega a dar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, un algo impalpable, aéreo, transparente. Pues todo en él es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de sofismas deliciosos.


Nunca me han atraído los espíritus confinados en una sola forma de cultura. Mi divisa ha sido siempre, y continúa siéndolo, no arraigarse, no pertenecer a ninguna comunidad. Vuelto hacia otros horizontes, he intentado siempre saber qué sucedía en todas partes. A los veinte años, los Balcanes no podían ofrecerme ya nada más. Ese es el drama, pero también la ventaja de haber nacido en un medio ``cultural'' de segundo orden. Lo extranjero se había convertido en un dios para mí. De ahí esa sed de peregrinar a través de las literaturas y de las filosofías, de devorarlas con un ardor mórbido. Lo que sucede en el Este de Europa debe necesariamente suceder en los países de América Latina, y he observado que sus representantes están infinitamente más informados y son mucho más cultivados que los occidentales, irremediablemente provincianos. Ni en Francia ni en Inglaterra veía a nadie con una curiosidad comparable a la de Borges, una curiosidad llevada hasta la manía, hasta el vicio, y digo vicio porque, en materia de arte y de reflexión, todo lo que no degenere en fervor un poco perverso es superficial, es decir, irreal.


Siendo estudiante, tuve que interesarme por los discípulos de Schopenhauer. Entre ellos, un tal Philip Mainlander me había llamado particularmente la atención. Autor de una Filosofía de la Liberación, poseía además para mí el aura que confiere el suicidio. Totalmente olvidado, yo me jactaba de ser el único que me interesaba por él, lo cual no tenía ningún mérito, dado que mis indagaciones debían conducirme inevitablemente a él. Cuál no sería mi sorpresa cuando, muchos años más tarde, leí un texto de Borges que lo sacaba precisamente del olvido. Si le cito este ejemplo es porque a partir de ese momento me puse a reflexionar seriamente sobre la condición de Borges, destinado, forzado a la universalidad, obligado a ejercitar su espíritu en todas las direcciones, aunque no fuese más que para escapar a la asfixia argentina. Es la nada sudamericana lo que hace a los escritores de aquel continente más abiertos, más vivos y más diversos que los europeos del Oeste, paralizados por sus tradiciones e incapaces de salir de su prestigiosa esclerosis.


Puesto que le interesa saber qué es lo que más aprecio en Borges, le responderé sin vacilar que su facilidad para abordar las materias más diversas, la facultad que posee de hablar con igual sutileza del Eterno Retorno y del Tango. Para él cualquier tema es bueno desde el momento en que él mismo es el centro de todo. La curiosidad universal es signo de vitalidad únicamente si lleva la huella absoluta de un yo, de un yo del que todo emana y en el que todo acaba: comienzo y fin que puede, soberanía de lo arbitrario, interpretarse según los criterios que se quiera. ¿Dónde se halla la realidad en todo esto? El Yo, farsa suprema. El juego en Borges recuerda la ironía romántica, la exploración metafísica de la ilusión, el malabarismo con lo ilimitado. Friedrich Schegel, hoy, se halla adosado a la Patagonia.


Una vez más, no podemos sino deplorar que una sonrisa enciclopédica y una visión tan refinada como la suya susciten una aprobación general, con todo lo que ello implica. Pero, después de todo, Borges podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas, y si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado.


E.M. Cioran
 




(El resaltado en negrita es mío...)

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