domingo, 9 de marzo de 2008

Mujeres como paganas diosas volcánicas I



Elogio del piropo


El más complejo, potente y bello piropo que he recibido de boca de un hombre, fue que me llamara “diosa pagana”. Hermoso, hermoso e inmerecido, pues piropo al fin, siempre apunta más directo al exceso narcisizante que a la justicia de lo real. Lógicamente no soy ninguna diosa pagana, pero el piropo masculino -éstos piropos bonitamente seductores, y desde luego no los grosero-escatológicos que pegan como un sopapo violento e inmerecido contra el oídocuerpo- es aquel que logra rodear el alma de una mujer con un aura de belleza transitoriamente halagadora. Que un ser del panteón de mis afinidades electivas me haya obsequiado ese poderoso juego entre un sustantivo y un adjetivo aplicado a mi persona, hizo que mi autoestima se diera un baño de placer especular, e inmodestamente y por un largo rato, quedé como si estuviera fijada frente al espejo de mi más propio y ridículo engreimiento. Pero insistamos: los piropos abundan en ilusión, y por ello no hay tal “largo rato” de felicidad post-piropera que sea lo suficientemente duradero. Sabía perfectamente que ése tiempo de autosonrisa terminaría en algún instante y se transformaría en una indemostrable memoria placentera.

Y así fue nomás.

Sin ir más lejos, mi embelesamiento producto del “divino” piropo antemencionado tuvo su fin bruscamente cuando una de mis hijas pequeñas a los gritos reclamó mi intermediación en un conflicto entre hermanas. -Mujeres, pequeñas mujeres vulcanizadas- pensé mientras miraba la escena de una pelea por… ni importancia tiene el “por”, para variar en estos casos de rivalidades domésticas femeninas. Salimos poco más tarde a algo llamado Red Cross Bazar, un evento anual que congrega a todas las embajadas y que, en verdad, sirve para exponer productos y mercadería vendible de cada país, lo que transforma al evento en cuestión en una marea de seres con bolsitas plásticas cuyo contenido puede ir desde un par de zapatos anaranjados de cuero de camello de Morocco (y con olor a camello, lo juro) a queso suizo (preferible infinitamente al olor de los camel shoes), aceite de oliva italiano a un espejo lleno de brillitos de China, papas fritas yankees a lapiceras alemanas, paraguas japoneses para el sol a túnicas árabes, y así. Estuve el mínimo tiempo indispensable hecha parte de esa marejada humana... y logramos huir. Camino ya a casa, cuando creía que por fin iba a tener tiempo para largarme a escribir alguito sobre el “Día Internacional de la Mujer”, mi hija adolescente comenzó con fiebre y dolores abdominales que hicieron que terminara la noche junto a ella en el Samitivej Hospital, en una habitación que parecía más la de un hotel que la de un hospital (los hospitales para la “extranjería” acá en Bangkok son como hoteles, con Starbucks y restaurants para comer adentro y otras comodidades imposibles de describir) y así se me fue el día y la noche, cruzando los dedos para que el dolor de mi jovencita hija no se tratara de una apendicitis. Así fue mi sábado 8 de marzo acá, y así se iba mi día, debatida entre la mujer y la madre, entre el piropo y lo real, tratando de componer estos fractales de la feminidad en una misma mismidad-persona-mujer, a duras penas. De todos modos, como si se tratara de una ráfaga perenne, me quedé con ese saborcito a dicha que deja ser regada por un piropo kairológico, digo, en el lugar y momento indicado, mientras también pensaba que los hombres bien inspirados son creadores de invenciones metafóricas ante las que cualquier joya empalidece. Hoy pasó el domingo entre variaciones y similitudes con respecto al sábado -excepto que no fui a padecer la masificación del bazar de la Red Cross. Y lógicamente, vuelta la calma, volví a pensar en mi abrazado y abrasante piropo, el cual ya había quedado medio bastante alejado del edulcorado momento anecdótico en que lo recibí. Y así, viendo el piropo ya no como lo que fue sino como una memoriapiedra lanzada al agua de mi cabeza, me quedé hilvanando asociativamente cosas sueltas que se me vinieron a la mente en torno a las diosas paganas (y más vale que iba a ir por esos meandros mi voluntad pensante: no podía desprenderme así nomás del tema dado que mis perdidizos brazos aún buscaban refrescar sus brazadas en ese riacho espejeado del narcisismo). Pensé en las diosas pre-cristianas, pensé en las mujeres como dadoras de vida, pensé en la muerte siempre genéricamente feminizada, pensé en la pasión representada por los elementos del fuego, pensé en las “vulcanizaciones” como modo emocionalmente explosivo de expresividad de las mujeres, y así fui regando el camino con semillas que me actualizaban cuánto de deidad hay en lo femenino, cuánto de lo femenino había en los volcanes, y cuánto de volcán hay en lo mujeril, cerrando el círculo. Y finalmente me resultó esclarecedor tomar como pivote para hacer jugar estas asociaciones la reciente experiencia de mi amiga Ale Rudeschini y su “histórico” ascenso hasta el cráter del volcán Copahue en la inmesamente extraordinaria Patagonia argentina.


Y me largé así, a pensar en las mujeres como paganas diosas volcánicas.


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jueves, 6 de marzo de 2008

Porque es joven quien persiste en las preguntas II


(esto va para mis atemporales amigos que celebran
nacimientos
en fechas recientes,
especialmente para mis queridos
Anita y Juan
)






Porque es joven quien persiste en las preguntas…


Porque mantenerse en vigilia deja llegar los asombros al ojo despierto.

Porque siempre estamos un paso antes de un nuevo comenzar.

Porque hay honduras irracionales que nos mantienen viva la piel.



Porque es joven quien persiste en las preguntas…


Porque el juego de las conexiones es sutilmente invisible.

Porque la mejor posesión es saber perderse a tiempo.

Porque morder el tallo de la rosa es arriesgarse a tragar las espinas.



Porque es joven quien persiste en las preguntas…


Porque las superficies son enigmas voluptuosos.

Porque quien sabe si la lengua se llena de fruta o la fruta se hace lengua.

Porque este pasaje consiste en un dejar una estela de intensidades.



Porque es joven quien persiste en las preguntas…


Porque inmadurar es el inocente atrevimiento de los audaces.

Porque el porvenir está esperando en el centro vacío de la semilla.

Porque la soledad es reserva de grandeza.



Porque es joven quien persiste en las preguntas…




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Photo from: http://libizblog.files.wordpress.com/2007/10/question-mark.jpg


Porque es joven quien persiste en las preguntas I



Esta mañana desayuné una mezcla de niebla y smog, rodajitas de ananá (acá el ananá es muy barato, delicioso, con unas cuantas variedades, más dulce, menos dulce, siempre fresco, y es mi fruta favorita, qué más puedo pedir…), una carta fechada el 16 de julio de 1903 escrita por Rilke, todo esto matizado por los acordes de Fly Away de Lenny Kravitz,


I want to get away
Quiero escapar

I want to fly away
quiero volar

with you
contigo

I got to get away
conseguí escapar.

Let’s fade into the sun
Desaparezcamos en el sol

let your spirit fly
deja tu espíritu volar

where we are one
donde seamos uno

just for a little fun
solo para pasarla un poco bien.


Got to get away
Conseguí escapar

feel I got to get away
sentí que conseguí escapar.



Y de las cartas al Sr. Kappuz me quedo con una marca en la página que dice lo siguiente (porque de un modo u otro, siempre mantenemos algo de “joven poeta” en la sangre):


“… que tenga paciencia con todo lo que no está resuelto en su corazón y que intente amar las preguntas mismas, como cuartos cerrados y libros escritos en un idioma muy extraño. No busque ahora las respuestas, que no se le pueden dar, porque usted no podría vivirlas Y se trata de vivirlo todo. Viva usted ahora las preguntas. Quizá luego, poco a poco, sin darse cuenta, vivirá un día lejano entrando en la respuesta.”



Esta mañana, preguntas como cuartos, cuartos cerrados.
Preguntas como lenguas extrañas.
Preguntas para vivirlas antes de hallar su puerta de acceso.




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Photo by David Monniaux

lunes, 3 de marzo de 2008

El andar nómade



Vivir en Bangkok podría interpretarse como una especie de… intervalo???

No.

No hay intervalos en un andar nómade, sólo movimientos que cruzan otros movimientos, pequeños momentos de desplazamientos que siguen y son seguidos por otros de mayor magnitud y a la vez serán seguidos por otros breves corrimientos. Intensidades que anuncian y fueron preanunciadas por otras intensidades

Nomadizarse es lograr habitar esos diversos puntos de cruce, una suerte de estarse en entrecruzamiento, una habitabilidad capaz de poder renunciar a la idealidad de un estado identitario fijo. Un desaprendizaje constante que se paga con la pérdida de los centros a fin de ganar en plasticidad sintiente.



“Pero lo que más le angustiaba era el hecho de haberse convertido en otro y, sin embargo, tener la obligación de aparentar que nada había cambiado”.



Empecé con el polémico de Handke hoy, y parece que quedo todavía paladeando a Gregor Keuschnig, en ´”La hora del verdadero sentir”, quien como el Gregor de Kafka en “La metamorfosis” describe el manojo sensible en que se trama la sensación de “estar cambiando”: Cambiar es explorar. Explorar el lenguaje, explorar la percepción, explorar los modos de sentir, explorar los límites de la expresión, explorar las fronteras de lo que se nos permite y nos permitimos. Explorar es ante todo, explorar-se.


Nomadizarse en las pequeñas variaciones.

Cruzar los propios umbrales.

Variar las rutas.

Nomadizarse es conservarse vibrando en una niñez transtemporalmente durable.


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Decálogo intangible



¿Qué he acopiado en este año en el arcón de los bienes invisibles?

Un decálogo patrimonial intangible.



1- Pensar más lento, detenerme a mirar sin ver a veces, y otras a ver mirando largamente. Se trata de algo que ha acentuado mi amor por los microscopios. O sea, me he vuelto más microscopista aún de lo que era. Tal vez podría pensar que no se trata más de una desaceleración producto de estar alejada bastante ya de mis veinte años. Pero eso suena muy trillado y poco consistente como razón de fondo. En los cuarenta que estoy, ando ahora más capturada por una inocencia intensa, dispuesta a descubrir qué interesante me resulta mi estructural inadecuación a casi todo y mirar esa inadecuación con lentes y lupas de aumento. Hay ahora, tal vez en estos tiempos que vivo fuera de “casa”, en estos parajes no occidentales (aunque tóxicamente occidentalizados) una posibilidad para examinar la textura de los pequeños movimientos y las intensidades de los cambios, como si se tratara de una especie de Tai-chi-chuan pero no ya del cuerpo sino de la existencia misma.


2- Sigo amando ciertas “sorpresas” que me catastrofean mis normalidades. Las prefiero mucho más -a pesar del tiempo de estupor y consternación que me tomen- antes que cualquier forma de inmovilismo decadentista. El agua quieta promueve la putrefacción de casi todos los modos de vida…


3- Otras sacudidas, casi siempre esas relacionadas a la muerte, preferiría poder saltearlas en esta lejanía, aunque por supuesto, no pueda. Cuesta atravesar las circunstancias de la muerte en la distancia física. Cuesta duelar, acá, sin los cuerpos que abrazar, sin poder llorar de a dos, o simplemente, sin poder tomar la mano o acariciar un rostro.


4- Sigo siguiendo la velocidad de los aceleramientos cuando estos se presentan en armonía con lo que me place. Pero aprendí a imponer desaceleraciones protectivas a aquellas demandas que no me pertenecen ni me placen buenamente (porque hay aquello que nos place malamente, también).


5- Ciertas previsiones he aprendido a tomar. Otras no las tomaré jamás, sólo para dejarme mecer por las lianas de las tormentas inesperadas, esas que refrescan el alma y nos recuerdan que es bueno caminar sin botas y saltar sobre los charcos en días de generosos aguaceros.


6- Mis tiempos de comprensión se han instalado al lado de la no linealidad definitivamente. Con suerte -en días muy geométricos- las cosas me parecen obedecer a una cierta lógica de la circularidad. En otras ocasiones, menos regladas y menos logizables, siento que todo sigue las leyes de nada.


7- Todo sigue las leyes de nada, sí, eso me parece una belleza. Me he despegado de la angustia heideggereana y de la nausea sartreana, probablemente por causa de lo bien que sienta eso de tomar la positividad budista de la nada. Al menos, si la angustia llega desde la nadeidad en la que sé que todos flotamos, llega… y se va sola por la misma puerta. No es que he erradicado la angustia, no, qué va! Pero ésta no es pre-requisito para la reflexión ni el indagar. Llega porque es parte de lo que hay, tanto como llega el dolor, o la tristeza, o la risa, o el enojo, o la serenidad, o el sosiego, o la contemplación, o el cansancio, o el añorar. Llega, como llegan otras y también se va como todas esas mismas cosas se van. Nunca más clara la relación entre nada, ilusión de permanencia y “principio de lo impermanente”.


8- Miro volcanes como si mirara espejos. Y sé que a veces estarse activo indica un cierto mapa de riesgo explosivo, una probabilidad de estallidos de diversa magnitud y alcance, una falsa calma en que el magma se prepara para salir sin aviso por la boca desenfrenada de temblor, lava y humo. Miro volcanes como espejos de lo que se es: manojo de opuestos sin demasiada oportunidad de “síntesis hegeliana”, calderas impetuosas y serenidades descansadas. Uno y otro, mezcla de voliciones y circuitos eléctrico-neuronales metaconcientes. Azar y necesidad. Libertad y sujeción.


9- Aprendo a andar como “inquietada”, inquietada pero serenamente. Inquietada por preguntas nuevas con respuestas viejas, por preguntas viejas sin respuestas nuevas, por preguntas sin tiempos ni calendario, por respuestas que llegan sin preguntas que las precedan.


10- Me veo en un ir y venir. Nomadizada plenamente. En mi existencia romadizada. Con mi existencia romadizada. Entre mis deseos romadizados. Imposible de “fijar”.



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Pequeñas variaciones, intensas vibraciones




De repente ya no era el mismo


Peter Handke
Mein Jahr in der Niemandsbucht





Llevo poco más de un año viviendo en Bangkok.

Mi tierra sigue lejos.

No he vuelto. Aún.

Nomadizada ando. Ando, sí, ando.



Mis amigos, mis invaluables interlocutores de pensares, mi gente, mis hermanos, la cara de mi madre, la sonrisa de mi padre, mis amores andan allá, andan, sin mí, y yo sin todos ellos acá.


También queda lejos, tan lejos, el “Café del lector”, la calle Honduras, mi querida vista del Río de la Plata desde la costanera norte con sus colores de agua cafeconleche. Andan sin mí y yo sin ellas, las heladerías con gustos de “crema americana”, los supermercados con diez variedades y marcas de dulce de leche, y la carne de nalga lista para hacer una impresionantes milanesas. Ando sin las milongas y sus tangos, sin los cafés para leer un libro de paso o charlar de bueyes perdidos con quien sea. Ando sin ir al “Torcuato Tasso”, sin viajar en taxis negro-amarillos con tacheros casi siempre malhumorados. Andan sin mí y yo sin ellas, las calles de mi ciudad con sus cuatro estaciones desparramadas estéticamente entre sus árboles y sus veredas. Andan, las librerías de Corrientes sin mis manos revolviendo libros viejos que no le importan a casi nadie. Ando sin mi diaria dosis de lengua “argentina”, porque realmente en Buenos Aires hablamos menos español que argentino. Tanto más ando y anda sin mí. En mí.


Pero esto que sigue magnetizado en mi memoria de sentires era, hece un poco más de un año atrás, una mezcla dulce y a veces grisácea de sucederes habituales. Sucederes que, nomadismo geográfico mediante, acá viraron en nuevos pero también “sucederes”.


En eso diario, pequeño, semirutinizado, semicontinuo, minúsculamente insignificante y poblado de actos sencillamente intrascendentes que llamamos “lo cotidiano” se forja nuestra microfísica de la normalidad… y de la a-normalidad también.


Odiamos el despertador por la mañana, cepillamos nuestros dientes, nos damos una ducha, elegimos los calzones-ropa-remera-corbata-abrigo-oloqueseanoscubra, calzamos los zapatos, espiamos el diario, nos lanzamos a las calles junto a otra horda diaria de humanos “rumbo a…”, detestamos a alguien, criticamos algo, obedecemos algo idiotamente, bostezamos luego del almuerzo, comemos algo sano, embuchamos alguna basura indebidamente alta en grasas-calorías, ignoramos algún consejo, no atendemos alguna llamada, compramos frutas y panes, alquilamos una película con la esperanza de poder verla en paz, y así, una multitud de actos se imitan a sí mismos cada día. A eso llamamos “está todo normal”. ¿Qué posee el poder de quebrar la microfísica de la normalidad? Bueno, lo que rompe lo normal puede ser desde una descomunal lluvia torrencial, a una tragedia familiar, o un violento atentado disolviendo algo conocido en llama y polvo, también la presencia de lo súbito e imprevisto bajo la forma de un asalto o un secuestro, y sin duda el anuncio de una enfermedad, o una muerte. Rostros oscuros de lo drástico. Pero existe también el poder de quebrar la normalidad desde esa cosa repentina, informe y múltiple que me gusta llamar, “el amor-intensidad”, de donde se desprende una cara más compositiva de lo insospechado. Este poder desestabilizante de lo normal-cotidiano a través del “amor-intensidad” es más asombrosamente conmocionante y positivizable para nuestro vitalismo.


Mi microfísica de la normalidad tailandesa es apenas variable de la que llevaba en Buenos Aires, aunque con algunas modificaciones. Esas “pequeñas variaciones” son algo que escapaban a mi imaginería de hace un año atrás mientras vivía en Buenos Aires. Aquí mis variaciones pueden consistir en: visitar por primera vez en mi vida un templo de religión india Sikh con la cabeza cubierta con un manto, experimentar los vértigos de los viajes en tuk-tuk, entrar a todos lados y casas con los pies descalzos, saludar con la mirada al elefante de siempre que anda por la Avenida Sukhumvit, hablar de las técnicas raritas de pintura de un artista plástico coreano de vanguardia con mi amistosa vecina Okion, presenciar un show en el que una mujer en una posición inconcebible coloca palitos chinos en sus zonas pudendas y toma con ellos aros de plástico hasta embocarlos en un cono, ver la cucaracha más enorme del mundo casi como si fuera una mochila sobre la espalda de un amigo una noche de lluvia, saludar a los tres cajeros travestis del supermercado japones al que voy todos los santos días, naturalizar que los monjes andan siempre por ahí, en las calles en horas tempranas vestiditos de anaranjado y en cantidades y grupos variables, dejarme llevar a caminar por callecitas llenas de reggae y extrañeces en la zona hipposa de Kao-San-Road un jueves por la noche. Estas y otras constituyen parte de esas “pequeñas variaciones”. Todo esto puede sonar a exotismo, pero es parte de mis variaciones a la vida diaria, he incorporado la miso soup a mi dieta alimentaria tanto como incorporé a la percepción del ojo a las tailandesas en pollerita corta ofreciendo su sexo a la salida de mi restaurante italiano familiar favorito de la Soi 31. Estas típicas estampas regionales son hoy mi cotidiano disponible.



Pero entonces, me preguntó, ¿qué es cambiar?

¿Acaso son las “pequeñas variaciones” las que nos hacen sentir un cambio en nuestra microfísica de la normalidad sin necesidad de que acontezca una modificación radical?

Lo normal, lo cotidianizado juega su juego mudo en el “concreto” de la seguridad.

Mientras, la ruptura brusca y negativa de lo normal nos hace anhelar el retorno-reconquista de nuestras viditas rutinizadas, tal vez porque en la brusquedad hay más de estupor y miedo que de placer y fluencia.


Pero entre la microfísica de la normalidad y la brusca ruptura negativizada de ésta, hay un espacio para habitar: el de las pequeñas variaciones.


Pequeñas y nomádicas variaciones.


Pequeñas porque son inapreciables para el ojo grosero del observador desentrenado en finezas del vivir. Y con “finezas” del vivir no me refiero a “la buena vida” como mal podría interpretarse. Mi abuelo, sencillo hombre de campo, de a caballo y con facón siempre afilado en la cintura, era un ser capaz de apreciar la fineza de la vida. Era cultor del silencio, pero también de las palabras cuidadamente dichas, era señor de sí e intermitente juguete saboreado por la boca del riesgo, era capaz de la embriaguez como de la austeridad, era dueño de sus dedos en la guitarra y de su voz en el cantar celebrando la vida en la vibración colectiva de la diversión, pero era un ser solitario y aislado que gozaba de la tranquila dicha de vivir entre sus perros, su tierra y sus calabazas. Ese hombre inclasificable, nómade, tenía sentido agudo de la fineza de la vida.


Pequeñas y nomádicas variaciones.

Pequeñas, pero nunca demasiado ajenas a lo intenso.


Pequeñas porque no aspiran a ninguna trascendencia, ni a ser titular del diario ni a aparecer en la TV. Pequeñas porque me conciernen a mí y sólo a mí en la grandiosa pequeñez de mi vivir. Pequeñas porque forma buena parte de lo “íntimo incomunicable”: son de cada uno y en cada uno hacen nido o levantan vuelo, pero tiene la marca de lo extremadamente singular. Cada quien establece el sentido que dar a sus “pequeñas variaciones”. Sólo cada quien. No hay juez, ni regla ni orden del que desprender en sentido que se puede dar a las pequeñas variaciones.


Y son nomádicas.

Porque descentran la identidad. Flexibilizan el vivir. Tal vez lo complejizan, pero buenamente, asombrosamente, infantilmente.


Las pequeñas variaciones nos mantienen inmaduros, condición sin la cual, maduraríamos (palabra que detesto pues remite a un concepto de responsabilidad moralizada contigua a la adaptación social) y caeríamos de la rama del árbol para ipso facto ser comidos por la voracidad de la máquinaria consumidora de adaptados-maduros-ubicados-correctos- responsables.

Pequeñas nomádicas variaciones.


Son nomádicas porque abren rutas alternativas a la repetición, y con ello, nos apartan de la neurosis de mordernos la cola con nuestras eternizadas quejas. Nomadizan el asombro, el gusto, el placer, la crítica, la estética, el deseo.


Por mi parte, he comenzado a degustar y pensar reflexivamente y en en clima lento y parsimonioso de qué se tratan algunas de mis “pequeñas variaciones”. Algunas, porque las variaciones también se seleccionan (no creo que insista en ver por segunda vez las habilidades vaginales de las tailandesas en el red-light district de Patpong, para ejemplificar esto de la selectividad en las pequeñas variaciones). Y sí he repetido andar en elefante, o me volvería a colgar una serpiente del cuello, por un ratito eso sí, porque pesan mucho, y mis cervicales ya no están para andar con boas por ahí colgadas como si nada.





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Nomadizarse en la niñez


Fragmentos de “Lied Vom Kindsein

(Canción de la niñez)


Peter Handke



Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,
frecuentemente se sentaba en cuclillas,
y echaba a correr de pronto,
tenía un remolino en el pelo
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño
era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y no soy vos?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allá?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol es tan solo un sueño?
Lo que veo oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo?
¿Existe de verdad el mal
y gente que en verdad es mala?
¿Cómo es posible que yo, el que yo soy,
no fuera antes de existir;
y que un día yo, el que yo soy,
ya no seré más éste que soy?

(…)

Cuando el niño era niño,
despertó una vez en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, con suerte, solo en ocasiones.
Imaginaba claramente un paraíso
y ahora apenas puede intuirlo.
Nada podía pensar de la nada,
y ahora se estremece ante a ella.

(…)

Cuando el niño era niño,
como alimento le bastaba una manzana y pan
y hoy sigue siendo así.

Cuando el niño era niño,
las moras le caían en la mano como sólo caen las moras
y aún sigue siendo así.
Las nueces frescas le eran ásperas en la lengua
y aún sigue siendo así.
En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor
y aún sigue siendo así.
En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado
como aún lo sigue estando.
Era tímido ante los extraños
y aún lo sigue siendo.
Esperaba la primera nieve
y aún la sigue esperando.

Cuando el niño era niño,
tiraba una vara como lanza contra un árbol,
y ésta aún sigue ahí, vibrando.




viernes, 8 de febrero de 2008

Ecos en mi montaña




Bueno, lamento y no, estar en este estado imbecilizado. Estados del alma contra los que nada puede hacerse. Una vez más la soberanía controladora del Yo en una nueva muestra de falla. Falla del Yo, atropello de la pasión. Inversos proporcionales.

Pero ocasionalmente somos solo eso: unos tontos imbéciles meciéndonos dentro de nuestras propias celdas imbatibles, insobornables, imperecederas. Un montículo de contradicciones batallando en silencio, sin siquiera hallar el reposo de las palabras. La agitación de lo callado. O agua buscando serpentear el fuego.

Escribir no sana, apenas sutura. Y a veces.

No hay garantía de reposo en la transmutación de lo sintiente en decires.

Mi mente acostumbra a pensar de manera escrita, como un papelborrador mental, pensar es estarme des-cribiendo, pasándome a mi misma la criba al sinsentido caótico y desordenado de lo que me emerge con el sanguíneo ritmo de lo que me pulsa mas alla de las razones y la razonabilidad. Y entonces, cuando esto sucede, sucede también un caer. Sucede que resbalo semivoluntariamente en un universo poético que forma parte de mi propio lenguaje-casa-de -mi-ser, caigo así, como inútilmente casi con seguridad.

Voy hacia mis poemas, hacia mis deletreos. Mis tintas se hacen una con mis dedos. O no.

Cambio el trayecto que me llevaba en andas hacia misma y voy hacia otros que no son este Yo mio ahora definitivamente poetizado. Voy hasta el umbral de esas otras puertas y descorro suavementente las hojas que penden en el zaguán de la casa-lenguaje de otros seres poetizantes de la pasión y del deseo y de los abismos y de las desmesuras y de las sales y de las llamas y de las esperas y de los soles y de las idas y de las venidas. Y entro desvelada y sin candelabro en la casalibro de esos poetas ineclipsables.

Así hoy, en esta madrugada que no quiere pasar, que no cede a las horas y se vuelve terca en detenimientos, me entrego un poco más a seguir “Rumi-ando”, mientras inclino las velas hacia las costas del amor.



Todo he paladeado. Nada hallé mejor que Tú.
Cuando me zambullí en el mar, no hallé perla como Tú.
Abrí todos los toneles, he paladeado de mil vasijas,
mas ninguno excepto aquel rebelde vino tuyo
tocó mis labios e inspiró mi corazón.



Quisiera poder cantarte cincuenta versos
pero cerraré mis labios.
Abre los tuyos tú.



En el seno de este nuevo amor, muérete
Tu camino comienza en el otro lado.
Conviértete en el cielo
con un hacha ataca el muro de tu prisión.



¿Son éstas palabras o lágrimas?
¿Es habla el llorar?
¿Qué voy a hacer, amor mío?



El amor me ha usurpado las prácticas
y
llenado de poesía.



La montaña conserva el eco muy dentro de sí.
Así es como yo conservo tu voz.



Nadie que sea sincero en su amor es esclavo de la existencia,
Los amantes nada tienen que ver con la existencia



Ay Amado
llévate lo que quiero
llévate lo que hago
llévate lo que necesito
llévate todo lo que me aleja de ti.



Cuánto tiempo puedo estar escondido en llamas
esperando emerger de este fuego.



Añoro flores y jardines,
abre tus labios.



Añoro el sabor a miel,
sal detrás de las nubes.



Me he vuelto tu sol
y tu sombra.





lunes, 4 de febrero de 2008

Rumi, una escritura alada




Rumi, una escritura alada




Meses atrás, mientras revolvía los estantes de la librería Kinokuniya, una de las más nutridas de Bangkok, me dirigí hacia el sector de poesía y… allí estaba…
Lo primero que leí de él fue:
 

Bébete toda tu pasión y sé la deshonra.



Para cita a ciegas, digamos que fue flechazo a primera lectura…



Cuando muera, mi cuerpo yaciendo sobre el suelo
quizás quieras besar mis labios
ya empezando a decaer
no te asustes si abro los ojos
.


… y casi sin querer, me hundí en Rūmī.
O Rumi, como mejor se lo conoce en occidente.
Conocer a Rumi ha sido, por lejos, la mejor sorpresa que me ha deparado mi estadía por Tailandia. No me sonroja decir que, luego de un año ya de vivir acá jamás he ido a visitar ni un templo. Pocos me creen, pero así es. Es que los veo desde afuera y me espanta de manera ingobernable tanto dorado, tanta piedra de colores, tanto barroquez en la decoración. No, no es la idea de un templo budista que pueda tener en la cabeza. Supongo que me gustan más las líneas despojadas, la simpleza, los colores sin piedraje precioso que los sobrecarguen. Cuestión de coherencia interna con lo que pregona el budismo, una coherencia que la exterioridad de los templos en Bangkok no me anuncia. Luego sí, me caen bien simpáticos y me arrancan siempre una sonrisa entre tierna y respetuosa los monjes que por acá andan en las calles, los shoppings, las no-veredas. Con sus sandalias, sus túnicas anaranjadas, sus cabezas rapadas, sus edades inadivinables.
Pero Bangkok, que no me ha atrapado por su budismo a pesar de creer que así sería, me ha abducido con los poemas de un musulmán. Vaya sorpresa para mi alma. Yo cautiva entre las letras de un anciano persa. Pero como no caer frente a este desparramo de ideas sintientes y sentires hechos ideas…


 
 
Cierra la boca a todo alimento.
Saborea la boca del amante en la tuya.
Vas gimiendo y diciendo: me ha dejado. Me dejarán.
Vendrán veinte más.
Vacíate de preocupaciones.
¡Piensa en quién creó el pensamiento!
¿Por qué permaneces en la cárcel
cuando la puerta está abierta de par en par?
Deshazte de la maraña de pensamientos temerosos.
Vive en silencio.
Fluye y fluye en ondas de existencia
en constante expansión.


Supongo que he llegado a él a través de esa juntura que viene mordiéndome los talones (el aquilino, sobre todo…) en la que se enredan amor, vacío e imposible. O aquella otra maldita trinidad en la que duermen entreverados con insolentes promiscuidades conceptuales, las desatadas pasiones, la angustia ante la nadeidad de la muerte, y el radical deseo de engendrar afirmaciones vitales que subviertan los valores pre-establecidos. Entre estos nudos se me ancla la inquietud de saber…


Escápate
sal como si te hubieran dado a luz en
un mundo de color.
Hazlo ya.
estás cubierto de espesas nubes
deslízate. Muere.

Hundida en Rumi.
Me logro quitar de la piel el rastro de metafísica de sus palabras. No me importa el Rumi que busca a la deidad, ni el que apunta al ultramundo trascendente. Me gusta el Rumi telúrico, el hombre...


Hoy no estoy ebrio: soy los millares de ebrios de la tierra.
Estoy loco y amo a todos los locos, hoy.

Voy desvistiendo a sus poemas tal como me gustaría a mí ser desvestida si yo misma fuera un poema. Me quedo, repentina, detenida en una prendapalabra, o giro como un derviche danzante entre medio de sus exaltadas evocaciones a la belleza de estar, simplemente estar, estarse así, vivo. Celebro el cuerpo del poema como celebro el cuerpo de un buen amante, llena de curiosidades hechas gozos y manos cargadas de ternuras, pretendiendo inútilmente que ese encuentro entre él y yo se eternice a través del vuelo de los instantes…


…vuela, vuela, mi ave alma…
Ahora que has escapado de la jaula,
tus alas están desplegadas en el aire.
¡Ay, viaja desde agua salobre
hasta la fuente de vida!
¡Vuelve desde el lugar de las sandalias
hasta el alto asiento de las almas!


Hundirse en Rumi tiene algo de aquello sugerido por Nietzsche como “danzar la desesperación”. Rumi, Zoroastro, Dioniso, Zaratustra: fractales de fractales que sacuden las penas, la alegría, el amor, la pérdida, la belleza o el sinsentido a veces doliente de la existencia a través de sus círculos musicales. Ebria vitalidad, pasión por saber…

Danza
Danza, cuando eres herido.
Danza, cuando se te arrancan los vendajes.
Danza, en el medio de la lucha.
Danza en tu sangre.
Danza, cuando eres perfectamente libre.


Hundida en Rumi, bailo ideas aéreas, esculpidas de aire, ideas que respiran alas.
¿Qué latidos oigo a través de los poemas de Mawlānā Yalāl al-Dīn Muammad Baljī?
Hay en él un pulso insistente, uno que tuerce de tal modo las dicotomías que me produce una gran dicha. La dicha serena de leer modos lógicos no disyuntivos armonizados entre las ideas-palabras que alguien produjo hace ochocientos años atrás en lengua persa. Hay Oriente anti-antitético en el sufismo de Rumi. Y lo celebro. Hay la palpitación de la vida misma que busca derramarse en cada Ser, a cambio de ser capaces cada uno de aceptar la plenitud de vaciarse. Coraje de arrojar las cadenas del apego. Valor de derrotar las complacencias hacia sí mismo...


¿Qué es el espejo del ser?
No- ser. Trae siempre un espejo de no- existencia
como regalo. Cualquier otro presente es tonto.
El agua de tu arroyo puede parecer limpia
pero hay materia no revuelta en el fondo.


Me gusta el Rumi indómito que hizo de la amistad, de la gran amistad intensamente amorosa que lo unió al errante Šams al-Dīn Tabrīzī, un acto insolente de inmoralidad contravalórica. Šams fue el vehiculo mágico hecho Ser que asomó el alma de Rumi a la denominada mahab-e ‛išq o senda del amor. Puedo sentir en ese lazo amistoso entre estas dos marejadas existenciales que, una vez más, la amistad está hecha de la multiforme materia del amor. Y nada hay mejor que las in-morales amistades para seguir poetizando el andar por esta tierra…


Porque allí donde despierta el amor,
muere el Yo, el oscuro déspota.


Me gusta el Rumi nomádico, el pájaro de alas sin patria, el islámico sin religión, el Ser sin elemento, el múltiple sin entidad, el desterrado sin reino. Una identidad que elige la contemplación “flotante” de ese invento infausto que es el Yo, pero sin obligarse a una vida ascética ni huraña: Rumi no se hermitaña, sino que danza con los suyos, dispensa vigorosa alegría, es generoso de sus saberes...



El cielo es azul. El mundo es como un ciego
defecando en cuclillas en el camino.
Pero quienquiera que vea tu vacuidad
ve allende el azul y allende el ciego.
¿Por qué apenarnos de haber estado dormidos?
Da igual cuánto tiempo hayamos permanecido inconscientes.
Aunque estemos aún vacilantes, deshazte de la culpa.
Siempre el mecer de la ternura
a tu alrededor, la flotación.


Y me gusta, por sobre todas las variadas predilecciones que experimento respecto de la escritura de este afgano giróvago, como toca las delicadas cuerdas del amor interpersonal. Me gusta ese particular Rumi que deja capturar su cuerpo por otro cuerpo, que se entrega al desborde loco de las pulsaciones cardíacas alteradas. Amar, pero amar tal como se baila, porque todo es finalmente samā‛, todo danza, se mueve, se inquieta, vibra, y el que es incapaz de fundirse en esa danza que celebra la vitalidad misteriosa de lo habiente, está ya muerto antes de alcanzar la inexorable finitud de sus días.
Sí, he caído en las redes de Rumi.
Qué feliz me he sentido deleitándome en Bangkok con estas "jóvenes" letras persas cuyos piespíritu llevan centurias dando vueltas en un baile cuya única trascendencia que le reconozco es la de incitar a la autotrascendencia…

Quién hace estos cambios?
Disparo una flecha a la derecha
cae a la izquierda.
Cabalgo tras de un venado y me encuentro
perseguido por un cerdo.
Conspiro para conseguir lo que quiero
y termino en la cárcel.
Cavo fosas para atrapar a otros
y me caigo en ellas.
Debo sospechar
de lo que quiero.
Noche y día el Mar tiene espuma.
Ves la superficie espumosa, pero no el Mar.
¡Qué increíble!
Estamos chocando unos con otros como barcos:
nuestros ojos están a oscuras, aunque el agua esté clara.
Dormidos en el bote del cuerpo, flotamos
ajenos al Agua del agua (…)




Rumi es descubrir el don imposible que se derrama en los amantes, es el vacío en su sabia afirmación, es la muerte como maestra, es la música que halla vela y ancla en la potencia inconmensurable de la corporalidad como modo de salvación definitivamente terreno, definitivamente humano. Y ese danzar desenmarcando la rigidez de estos cuatro puntos cardinales entre los que se extiende la existencia -amor, vacío, muerte, placer- es la clave para poder poetizar el pensar, o pensar poéticamente, tal como lo quiso Heidegger. Pero el brillante y aristocrático Mawlānā se le anticipó jugando este juego filopoético nada menos que desde el corazón del Islam.


¿Qué puedo hacer, oh musulmanes?, pues no me reconozco a mi mismo.
No soy cristiano, ni judío, ni mago, ni musulmán.
No soy del Este, ni del Oeste, ni de la tierra, ni del mar.
No soy de la mina de la Naturaleza, ni de los cielos giratorios.
No soy de la tierra, ni del agua, ni del aire, ni del fuego.
No soy del empíreo, ni del polvo, ni de la existencia, ni de la entidad.
No soy de India, ni de China, ni de Bulgaria, ni de Grecia.
No soy del reino de Irak, ni del país de Jurasán.
No soy de este mundo, ni del próximo, ni del Paraíso, ni del Infierno.
No soy de Adán, ni de Eva, ni del Edén, ni Rizwán.
Mi lugar es el sinlugar, mi señal es la sinseñal.
No tengo cuerpo ni alma, pues pertenezco al alma del Amado.
He desechado la dualidad, he visto que los dos mundos son uno;
Uno busco, Uno conozco, Uno veo, Uno llamo.
Estoy embriagado con la copa del Amor,
los dos mundos han desaparecido de mi vida;
no tengo otra cosa que hacer más que el jolgorio y la jarana.



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