sábado, 13 de marzo de 2010

Gilles Deleuze - El deseo no es pues, interior a un sujeto



“El deseo no es pues, interior a un sujeto, ni tampoco tiende hacia un objeto: es estrictamente inmanente a un plano al que no preexiste. A un plano que es necesario construir, y en el que las partículas se emiten, y los flujos se conjugan . Si no hay desplegamiento de ese campo, propagación de tales flujos , emisión de tales partículas, no hay deseo.”


Gilles Deleuze

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jueves, 11 de marzo de 2010

William Shakespeare - Blindness



“Looking on darkness which the blind do see” (*)


William Shakespeare






(*) “Mirando la oscuridad que ven los ciegos”.


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Himno al mar - Jorge Luis Borges


Himno al mar
Jorge Luis Borges
(su primer poesía, escrita en 1919)


Oh mar! oh mito! oh largo lecho!

Y sé por qué te amo. Sé que somos muy viejos.
Que ambos nos conocemos desde siglos.
Sé que en tus aguas venerandas y rientes ardió la aurora de la Vida.
(En la ceniza de una tarde terciaria vibré por primera vez en tu seno).
Oh proteico, yo he salido de ti.
¡Ambos encadenados y nómadas;
Ambos con un sed intensa de estrellas;
Ambos con esperanzas y desengaños;
Ambos, aire, luz, fuerza, oscuridades;
Ambos con nuestro vasto deseo y ambos con nuestra grande miseria.



Jorge Luis Borges



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miércoles, 10 de marzo de 2010

El deseo: ni adentro ni afuera



El deseo
Ni adentro ni afuera





En ese espacio equívoco
el espíritu ha perdido su patria geométrica
y el alma flota.

Gastón Bachelard





El deseo no tiene un “dónde”. Y bien poco puede decirse respecto de su “cuándo”.

Refractario al espacio y a la temporalidad, del deseo sólo puede afirmarse que deviene, circula, fluye, produce.

Estrictamente hablando el deseo tampoco se “tiene” (el verbo tener exige un poseedor de la cosa… existe acaso un poseedor del deseo, quién? el sujeto? el “dueño” del caótico inconciente o quien se apersone como su detentador? acaso sea esa entidad tan discutida a que se denomina “Ser”? quién entonces, si hasta nuestra identidad ha resultado ser desde performativa a múltiple, pero seguramente ni unitaria ni sede del Ser…).

También se entraría en una zona altamente resbalosa si pensamos en “el ser del deseo”, excepto que consideremos a esta expresión matafórica como un intento romántico-poético de representar a un sujeto singular atravesado por los flujos deseantes. Recapitulando, el verbo “tener”, al igual que los básicos verbos “ser-estar” resultan complicados a la hora de ubicárselos en las cuestiones deseantes.

El deseo es en sí mismo, dirá Deleuze, señalando de un modo firme la imposibilidad de sustancializar el deseo. El deseo sin sustancia, deseo sin sujeto, deseo sin tiempo, deseo sin lugar… uffff!!!!! Casi nada de qué asirnos para merodear el asunto del deseo, o sea, de qué hablamos cuando hablamos del deseo. Inutilidad de cualquier arrebato platónico, imposibilidad de cercarlo bajo ninguna “coseidad”.

Como sostenía Camus, comenzar a pensar es comenzar ya a estar minado, entonces, bajo qué puntos de referencia situarse en este campo minado que es “pensar el deseo”?


El verbo “haber” ofrece, tal vez, algunos caminos posibles.
Puede sostenerse desde la aplicación de este verbo a la cuestión del deseo que, por ejemplo, “hay deseo” (oración simple e impersonal aplicable a una relación entre el sujeto y sus objetos, o también a aquello que “hay-hubo-había” en cierto vínculo intersubjetivo). Del mismo modo puede afirmarse que el deseo es parte de lo que “hay”, de lo habiente, puesto que circula, acontece, fluye, deviene, genera efectos.

Deseo entonces como parte inequívoca de lo habiente, deseo como efectos del deseo.

Ahora bien, que el haya deseo no habilita a suponer que ese “haber” ese “hay” del deseo se encuentre dentro de una cierta interioridad o fuera, en alguna incierta exterioridad.

El deseo no posee un alojamiento determinado, su condición como parte de lo “habiente” no lo ubica ni adentro ni afuera de nadie ni de nada. Aunque, como veremos, desde la tradición de las ideas filosóficas se haya asociado su locus al interior del sujeto.

Si abandonamos la idea de deseo asociada a un adentro o a un afuera, nos quedaría un deseo circulando en una topología propia de una banda de Moebius? Extraño a las solemnidades geométricas, qué imago correspondería al desear, o cómo hallar una espacialización que no limite, por ejemplo, la idea de devenir que le es inherente?

A esta altura me resulta evidente que el deseo (y el campo de la subjetividad a que este alude) es más poderoso que cualquier celda geométrica formal.

Tal vez se requiera de un audacia intelectual a “lo Deleuze”, a “lo Lacan” (pero superadora de ambos) que se atreva a pensar el deseo sin afán de fórmulas o matemas, ni estrecheces ideológicas de ninguna índole. Un reflexionar acerca del deseo que contexture su fluencia constante y el pensamiento de dicha fluencia a través de imágenes no esclavizadas por perspectivas geométricas clásicas. Pensar el deseo en sus constantes turbulencias, en su imposibilidad de fijeza, en sus modificaciones e inversiones, en sus vértigos, en sus extravíos, en sus esquinas curvas, transtrocando constantemente adentros y afueras (bordes ficticios tratándose del desear, bordes que no son tales excepto en la mente límpida de los lógicos formales). La cartografía propuesta por Deleuze ha sido sin dudas un enorme avance, pero se requiere un paso más.


El deseo, lejos de la voluntad geométrica, es una llama… siempre vacilante.


(Un juego inicial de sensibilidad imaginativa inicial). Probemos los siguientes rasgos descriptivos de una imago anti-geométrica del deseo:


-Comparte la tonalidad caótica de la de la turbación
-Ha heredado la peligrosa belleza de la inconstancia
-Se rebasa a sí mismo continuamente
-Nada trágicamente desnudo bajo las vitales aguas del peligro
-Se entreabre, o digamos que habita en esa luminosidad que se genera en las entreaberturas…


Existe algún modo de pensar desesquematizado que ofrezca un soporte para la yuxtaposición de estas y otras imágenes envolventes del desear, tenemos la posibilidad de dar con un modo de graficar libertariamente ello?

No se trata de renunciar a la “racionalidad razonable” de una intelección lúcida sobre el deseo, tales juegos y malabares con la total ilogicidad se los dejamos a los amados poetas que sí gustan de la alteración total de los signos y sus leyes de composición.

Pero sí acordemos que se requiere de un pensar liberador. Desobedecer a Porfirio y su dura sentencia (la cual se nos ha hecho llaga y a priori en nuestra intelección…). “Un umbral es cosa sagrada”. No, señor Porfirio, está usted errado. Myúsculamente Errado. No hay umbral sagrado en cuestiones del deseo, puesto que el deseo se alimenta de bordes transgredidos y ha sido –históricamente- voraz con las obsoletas sacralidades… mal que le pese a Profirio, en asuntos deseantes no hay dioses guardianes del adentro o el afuera.

Si toda reducción no es más que cómodo anhelo de no-complicación, pues habrá que complicar la reflexión sobre el deseo. Renunciar a simplificaciones (llámense a estas teorizaciones pre-dadas o catequesis de ideas hegemonizadas). Qué terrible e injusta aproximación al deseo sería circunscribirlo a lo que apenas conocemos de él hasta ahora, por más lucidez que le debamos al psicoanálisis o al Anti-Edipo! Cuán ancho y vasto son sus efectos, juegos y composiciones como para caer en la arrogancia intelectual de suponer que todo ya ha sido dicho en torno al desear! Qué necios intelectuales seríamos si dejáramos al deseo regodearse-refritarse-regurgitar en los territorios teóricos ya conocidos… si sólo sembráramos sobre las marcas de lo arado por los grandes pensadores que nos han precedido, que pequeños demostraríamos ser como pensadores, que semiestériles las semillas que allí crecerían! Oh, el placer intelectual por los fractales a veces, me temo, es un auténtico veneno para pensar radicalmente…!


Pero el trayecto más largo para hacer honor a la inmensa potencialidad de ideas que merecen agitarse en torno al deseo incluye el deber de volver a los griegos. Sí, una vez más girar la mirada hacia los nudos y bucles que se han tramado en la antiguedad con el objeto de comenzar a genealogizar adecuadamente tamaño asunto…



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domingo, 7 de marzo de 2010

8 de marzo en la voz de Gioconda Belli - “No me arrepiento de nada”




8 de marzo - Día Internacional de la Mujer


Gioconda Belli

“No me arrepiento de nada”



Desde la mujer que soy,
a veces me da por contemplar
a aquellas que pude haber sido;
las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas.
Odio sus amenazas en mi cuerpo.
La culpa que sus vidas impecables,
por extraño maleficio,
me inspiran.
Reniego de sus buenos oficios;
de los llantos a escondidas del esposo,
del pudor de su desnudez
bajo la planchada y almidonada ropa interior.
Estas mujeres, sin embargo,
me miran desde el interior de los espejos,
levantan su dedo acusador
y, a veces, cedo a sus miradas de reproche
y quiero ganarme la aceptación universal,
ser la Gioconda irreprochable.
Sacarme diez en conducta
con el partido, el estado, las amistades,
mi familia, mis hijos y todos los demás seres
que abundantes pueblan este mundo nuestro.
En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas.
Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,
y rompí lazos inviolables
y me atreví a gozar
el cuerpo sano y sinuoso
con que los genes de todos mis ancestros
me dotaron.
No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas "niñas buenas" me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.
Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser.






Gioconda Belli

Escritora nicaragüense
Managua-Nicaragua, 9 de diciembre de 1948



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Inquietudes en torno a ciertas postulaciones filosóficas sobre el deseo…




Inquietudes en torno a ciertas postulaciones filosóficas sobre el deseo…





No pretendas que las cosas ocurran como tu quieres.
Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz.
Epicteto de Frigia


Sólo hay una fuerza motriz: el deseo.
Aristóteles


Todo deseo estancado es un veneno.
André Maurois




Un postulado deleuziano hartamente difundido desde la filosofía del deseo (ver “El antiedipo: capitalismo y esquizofrenia” texto escrito junto con Félix Guattari -Bs. As, Paidós, l985, Trad. de Francisco Monge-) es aquel que se aglutina bajo la expresión “máquina deseante”.

Comencemos destacando que el inmenso mérito de la yunta de brillantes pensadores franceses en este punto, es haber reposicionado y resemantizado la noción de deseo desde una dimensión de producción, de voluntad de poder, de proceso inmanente, o de “afecto activo” para tomar el aporte es este sentido de Spinoza.

Deleuze y Guattari resignifican la cuestión deseante. Lo hacen abriendo una nueva perspectiva desde las entrañas mismas de la propia teoría psicoanalítica: se tratará no sólo de un deseo producido en las laberínticas habitaciones del psiquismo del sujeto, sino de un deseo que no es pensable sin la máquina social con la cual se retroalimenta e embrica. Entonces tenemos no sólo a la producción maquínica deseante del singular sujeto psíquico sino a la máquina social interactuando en forma constante en el moldeo de la subjetividad. Deseo anudado al poder, diría con su austero estilo el filósofo Enrique Marí.

Indudablemente esta noción “productiva” del deseo aparta radicalmente a éste (diríamos que más bien se trata de una rotunda inversión y no ya de un mero apartamiento) de la afamada noción platónica que lo asociaba con la carencia, la ausencia, la falta.

El deseo como carencia alude a un idealismo de raíz netamente platónica. Basta pasear un rato por entre las inmortales páginas del diálogo “El banquete” y recordar el relato de Sócrates acerca del nacimiento de Eros como hijo de Poro (el “recurso”, representación que alude a la abundancia y la riqueza) quien embriagado de néctar es abordado por Penía (la carencia, la pobreza) concibiendo entonces como producto de este encuentro fugaz al Amor. Esta versión del nacimiento de Eros como un daimon escindido desde su relato de origen marca una fuerte línea de sentido presente ya desde el mundo antiguo. De esta versión se infiere con transparencia que la fuerza del deseo nace de una representación dicotómica desgarrada entre un próspero padre seminal, y a la vez, de una matríz indigente, útero carente de una madre-mendiga en penuria.

Las limitaciones y complejas resonancias que esta concepción del deseo como carencia ha producido al ubicar la fuerza deseante como una búsqueda continua por “lo que no se tiene”, o por “aquello de lo que se carece” han sido múltiples. Pero en primera instancia destaquemos que el deseo como falta es un concepto idealista frente al que Deleuze-Guattari proyectaran cierta “luminosidad” kantiana (fue Kant quien justamente logró pensar que el deseo “produce” realidades) en virtud de la cual abrirán la noción del deseo como aquella potencia capaz de producir su propio objeto: deseo productivo, máquina deseante, potencia, flujos en circulación. El deseo como potencia es fuerza activa, cuestionadora del orden, subversiva respecto de los valores instituidos.

Hasta aquí, el acotado resumen del recorrido entre el deseo como falta en el relato socrático-filosófico, y el deseo como producción en Deleuze y Guattari.



Ahora, mi tríada de inquietudes en torno al tema:


1- Quién es el "quién" que da soporte a la máquina deseante?
Si la identidad no es “soportada” por ninguna unidad ni sustancia (excepto la ilusoria pretensión del irreal sujeto indiviso cartesiano cuyo fundamento ha sido profusamente derrumbado por el psicoanálisis y luego desde el declinamiento de los “Grand Récits”), la pregunta acerca de “(entonces) quién desea?” se vuelve inquietante dado que estrictamente hablando aún si consideráramos al sujeto del inconciente como el soporte de la máquina deseante, éste no es más que un efecto de estructura sobre el que no resulta susceptible aplicar la pregunta encabezada por un “quién?” (cuya respuesta obligaría, ya desde el punto de vista gramatical, a buscar un sujeto-soporte –Yo, él, “x”- o a olvidar al sujeto en el misterio de lo tácito).



2- Máquinas, obsolescencias y sobrepasamientos continuos
La metáfora del deseo como “máquina”, en esta primera década tan digitalizada del siglo XXI, casi me obliga a pensar que todo lo maquínico es susceptible de reemplazo por una “máquina” mejor y superadora. Si hegelianamente la Aufhebung aludía simultáneamente a “superar” y “conservar”, cómo pensar hoy la acentuación significativa (al menos, desde mi perspectiva) de la dimensión de “cancelación” y “supresión” que invade los intersticios de todo lo maquínico. Si las máquinas experimentan su propio “sobrepasamiento” estropeándose o suprimiéndose, cómo pensar en la actualidad los modos maquínicos del deseo tan fuertemente inmersos en la lógica de la reemplazabilidad y la obsolescencia puesto que máquina del deseo y máquina social son completamente interdependientes?



3- El deseo de desapego, una contradicción in terms?
Una última inquietud me martillea desde hace tiempo en torno al deseo (de hecho, este punto que tocaré ha sido ya discutido por mí en distintos espacios de circulación de ideas, recordando particularmente el saludable modo en que este tema “se nos abrojó” como asunto a dilucidar por mí junto a Juan Heredia y a Miguel Salvattori durante el seminario “Filosofía del Vacío”… como podrá apreciarse, el tema aún me interroga desde el fondo y la superficie de mis propias open ideas por tratar...). El asunto es el siguiente: el contacto con el vasto universo de ideas orientales nos expone a nuevas preguntas, muchas de las cuales no son abordables desde los parámetros y matrices lógicas occidentales –demasiado tributarias de la dictadura lógico-aristotélica- pero resulta que “ésos” son (y no disponemos de otros) los parámetros sobre los que se fundan nuestras estructuras pensantes y sus aprioris concomitantes. Este modo prevalentemente racional de pensar resulta inadecuado cuando nos exponemos a categorías no occidentales diferentes del falo-logo-centrismo. Veamos que sucede con un apartado particular muy difundido del budismo: me estoy refiriendo al tema del desapego. El budismo apunta claramente a denunciar la ficción del mundo, de algún modo su “irrealidad”, sus tóxicos juegos de espejos, su vacuidad. Dentro de su “combo” de representaciones para alcanzar la serenidad, la plenitud, e incluso lo que podría ser un estado de “imperturbabilidad ataráxica” (utilizando palabras afines a los viejos estoicos) es el desapego. Desapegarse sería la llave, la clave para hallar aquella “securitas et perpetua tranquillitas” de la que tanto nos hablara Séneca en sus “Lettres à Lucilius” (tomo IV, libro XIV, carta 92, 3, cit., p. 51). Aquí entonces surge, al menos, una de mis preguntas: es posible separar la voluntad del deseo –tarea en que consistiría de alguna forma el desapego-? O dicho deleuzianamente, existe una viabilidad real para la “máquina deseante” de poner en suspensión su propio flujo, detener su potencia misma? Estamos ante un proceso de bloqueo volitivo del deseo, suponiendo que tamaña empresa sea realizable y sostenible? Se trataría en el desapego de suponer una voluntad sin apetito –usando las expresiones de Spinoza- de imponer una voluntad de “no voluntad” llevada a cabo por un Ser que busca la fuga respecto de la tiranía desestabilizante hacia lo sensitivo a que empuja la fuerza del desear?




Nuevamente, inquietudes en torno a ciertas postulaciones filosóficas sobre el deseo…



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miércoles, 3 de febrero de 2010

domingo, 24 de enero de 2010

So you can cry me a river...




Cry me a river









Now you say you are lonely
you cried the long night through
Well, you can cry me a river
cry me a river
I cried a river over you.

Now you say you are sorry
for being so untrue
Well, you can cry me a river
cry me a river
cause I cried, I cried a river over you.

You drove me,
nearly drove me out of my head
while you never shed a tear
Remember?
I remember all that you said
told me love was to plebeian
told me you were through with me
and now you say you are lonely
well, just to prove you do.
Cry me a river
cry me a river
I cried a river over you.

And now, now you say you are lonely
Well, just to prove you do..
cry me a river...
Cry me a river
cause I cried a river over you.

You drove me
nearly drove me out of my head
while you never shed a tear
Remember?
I remember all that you said
told me love was too plebeian
told me you were through with me..

And now, now you say you are sorry
Well, just to prove you do..
Come on!
and cry me a river...
cry me a river
cause I cried a river over you

If my pillow could talk
imagine what it would have said
could it be a river of tears I cried in bed.
So you can cry me a river
go a head and cry that river
cause I cried, how I cried a river over you
How I cried a river over you...


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Esos descarriados lobos esteparios...


Hermann Hesse
"El lobo estepario"
Fragmento




¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre anacoreta en medio de un mundo, ninguno de cuyos fines comparto, ninguno de cuyos placeres me llama la atención? No puedo aguantar mucho tiempo ni en un teatro ni en un cine, apenas puedo leer un periódico, rara vez un libro moderno; no puedo comprender qué clase de placer y de alegría buscan los hombres en los hoteles y en los ferrocarriles totalmente llenos, en los cafés repletos de gente oyendo una música fastidiosa y pesada; en los bares y varietés de las elegantes ciudades lujosas, en las exposiciones universales, en las carreras, en las conferencias para los necesitados de ilustración, en los grandes lugares de deportes; no puedo entender ni compartir todos estos placeres, que a mí me serían desde luego asequibles y por los que tantos millares de personas se afanan y se agitan. Y lo que, por el contrario, me sucede a mí en las raras horas de placer, lo que para mí es delicia, suceso, elevación y éxtasis, eso no lo conoce, ni lo ama, ni lo busca el mundo más que si acaso en las novelas; en la vida, lo considera una locura. Y en efecto, si el mundo tiene razón, si esta música de los cafés, estas diversiones en masa, estos hombres americanos contentos con tan poco tienen razón, entonces soy yo el que no la tiene, entonces es verdad que estoy loco, entonces soy efectivamente el lobo estepario que tantas veces me he llamado, la bestia descarriada en un mundo que le es extraño e incomprensible, que ya no encuentra ni su hogar, ni su ambiente, ni su alimento."


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martes, 22 de diciembre de 2009

Ser lo que no tiene nombre




Ser lo que no tiene nombre







"Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos."


José Saramago



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