miércoles 8 de febrero de 2012

Last request - Paolo Nutini (letra en inglés y español)


 My last request....











Last request
(Paolo Nutini)


Slow down, lie down,
Remember it's just you and me.
Don't sell out, bow out,
Remember how this used to be.
I just want you closer,
Is that alright?
Baby let's get closer tonight

Grant my last request,
And just let me hold you.
Don't shrug your shoulders,
Lay down beside me.
Sure I can accept that we're going nowhere,
But one last time let's go there,
Lay down beside me

Oh, I've found, that I'm bound
to wander down that one way road.
And I realise all about your lies
But I'm no wiser than the fool I was before.

I just want you closer,
Is that alright?
Baby let's get closer tonight

Oh, baby, baby, baby,
Tell me how can, how can this be wrong?

Yeah, lay down beside me.

One last time let's go there,
Lay down beside me






Ultimo pedido
(Paolo Nutini)


Desacelera, recostate
recuerda que sólo somos vos y yo.
No nos traicionemos, ni renunciemos
Acordate cómo esto solía ser
Sólo te quiero más cerca
está bien?
Nena, quedémonos más cerca esta noche.

Accede a mi último pedido
y solamente dejame sostenerte
No encojas los hombros
Recostate a mi lado
Seguramente puedo aceptar que nosotros no vamos a ninguna parte
pero por una última vez vayamos allí
Recostate a mi lado.

Me he dado cuenta de que estoy destinado a transitar
ese largo camino de ida
y a darme cuenta de todo sobre tus mentiras
Pero no soy más sabio que el tonto que fui antes
Sólo quiero hacerte saber algo, está bien?
Nena, quedémonos más cerca esta noche.

Nena, nena, nena
decime cómo puede ser esto algo equivocado?
Recostate al lado mío
Por una última vez vayamos allí
Recostate al lado mío.


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jueves 2 de febrero de 2012

Bailemos mientras tengamos pies - ("Tomorrow" - David Budbill)



Tomorrow
David Budbill



Tomorrow
we are
bones and ash,
the roots of weeds
poking through
our skulls.
Today,
simple clothes,
empty mind,
full stomach,
alive, aware,
right here,
right now.
Drunk on music,
who needs wine?
Come on,
Sweetheart,
let’s go dancing
while we’ve
still got feet.





"Mañana"


Mañana
somos
huesos y cenizas,
las raíces de los yuyos
asomando a través
de nuestras calaveras.
Hoy,
ropas simples,
mente vacía,
estómago lleno,
vivos, alertas,
aquí,
ahora.
Embriagado de música,
quién necesita vino?
Vamos,
mi amor,
bailemos
mientras
tengamos pies.





David Budbill - Poeta y escritor
Ohio - 1940
(traducción made in me


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Miles to go before I sleep - Robert Frost






 Miles to go before I sleep 
Robert Frost




The woods are lovely, dark and deep.
but I have promises to keep,
and miles to go before I sleep,
and miles to go before I sleep.



Los bosques son bellos, oscuros y profundos
pero me quedan promesas que cumplir
y millas por delante antes de dormir,
y millas por delante antes de dormir.




Robert Frost
(Poeta / San Francisco, 1874 - Boston, 1963) 


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martes 31 de enero de 2012

Dormir, esa práctica con la otredad...




Dormir, esa práctica con la otredad...



¡Morir..., dormir, no más!
¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón
y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne!
¡He aquí un término devotamente apetecible!
¡Morir..., dormir! ¡Dormir!...¡Tal vez soñar!

Hamlet”
Monólogo (Acto II – Escena I)



Los antiguos consideraban que, mientras estamos con vida, sólo los sueños nos acercan a experimentar la cesación mortal. Alejados de la conciencia, sin respuestas motoras, sin volición ni reflexión racional nos sumergimos en vida en lo otro...

Todos soñamos. Todos finalmente morimos.
Y si, al decir de Séneca “aequat omnes cinis” (la ceniza iguala todo), dormir también nos restituye a uno de los pocos territorios de igualdad humana comprobable: soñar.

Soñar es nuestra verdadera “otra” vida imbricada dentro mismo del existir.
Si decíamos en otro post que los muertos parecen durmientes perpetuos, podremos igualmente decir que los que duermen parecen muertos. El sueño, una muerte finita que sólo habitamos haciendo cesar, no la vida, sino la razón.

Si los sueños son nuestra principal experiencia con la otredad (y la muerte es el máximo de ajenidad que alguna vez experimentaremos puesto que al morir nos des-asimos de absolutamente todo lo que hemos sido), se entiende mejor porque siempre se imagina la muerte con un “territorio otro” donde los difuntos finalmente hallan un hipotético lugar extraterrenal donde descansar.

Así como partimos cada noche al mundo de los sueños, nuestro ánimo y lógica infantil (nunca del todo totalmente superadas tengamos los años que tengamos...) pareciera querernos consolar de las pérdidas analogando en la mortalidad una ida a una “otredad” alterna de esta vida. El Hades, el cielo, el paraíso, el eterno más allá. Pero que el consuelo sirva y sea efectivo no le da a éste estatuto de verdad.

Imaginamos en nuestras fantasías consolatorias que quien muere se encuentra en “un lugar mejor”.
La muerte sería, desde esa metáfora postmortem, una mejoría respecto de la enfermedad, el dolor, el sufrimiento, la angustia, el deterioro, el mal que se ha atravesado en la prisión corpórea de esta existencia. Demasiada carga platónica, para mi gusto, para un proceso de desgaste de la materia inscripto siempre en el ciclo ineluctable al que está sometida aquella.

Del mismo modo pareciera que los sueños, en algunos sentidos y bajo determinadas circunstancias, nos “mejoran”.
O bien porque nos realizan los deseos, o bien porque nos dan pistas imprecisas -pero pistas al fin- para capear los temporales que dejamos pendientes en el pasado o los temblores que nos deparan algunas decisiones que envuelven a nuestro futuro.

En los sueños el deseo se entrena, los terrores se escenifican, las angustias se teatralizan locamente, los anhelos vuelan y nos hacen sentir cómo sería ese batir de alas en el aire. E incluso, la muerte llega en nuestros sueños de formas tan inexactas como pesadillezcas... pero nos da la chance de despertamos de ella.

Dormimos, soñamos... entrenamiento tanto de la máquina deseante, como de las escenografías de la muerte (Eros y Tánatos parecen nunca perderse de vista uno al otro). 


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Y Epicuro dijo: “-Cuando la muerte te suceda tú no estarás allí”



Y Epicuro dijo: 
“-Cuando la muerte te suceda tú no estarás allí





No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda.”


Woody Allen



La muerte es irrelatable en 1era. Persona.
No hay relato propio de
"mi-vida-sin-mí".

Cuando ella nos llegue, nosotros estaremos apagamos.
Esto equivale a decir, en sentido estricto, que cuando la muerte se nos manifieste como tal ya no estaremos ahí (tal como decían los epicúreos). Desde este punto de vista, la muerte es asunto indiferente para el que muere.

Morir es hacer morada en la nada.

En la muerte no hacemos más que retornar al infinito mar de la inexistencia. Por eso nos angustia la propia finitud, porque intuimos la nadeidad de la que alguna vez azarosamente emergimos y pacientemente sin fecha revelable allí mismo nos espera para envolvernos con el eterno manto del vacío.

Misterio supremo e incertidumbre fatal la del instante en que acontecerá el propio morir.
Signo secreto que se guarda la semiología del futuro dormida en las esquinas de lo irrevelable.

El propio morir es un salto hacia otras tierras gramaticales: sin Yo, ni sujeto, ni cuerpo, ni narrador presencial. Fin del sujeto. Inicio de predicados tácitos. Todo se volcará a nombrarnos en conjugaciones pretéritas. No más presentes ni futuros simples ni compuestos.

De la muerte sólo podemos ser o dolidos testigos, o silenciosos alumnos, o semianestésicos observadores dependiendo del lazo o representaciones que nos unan con aquellos que van partiendo de esta existencia.

Así, la muerte sólo es reflexionable si toma como sujeto/objeto de sus silogismos al otro, en 2da o 3ras personas, como alguna vez bien me hizo notar mi amiga Ale Rudeschini en sus reflexivas indagaciones tanáticas.

Son “ellos”, “vosotros”, “él”, “ella”, o “tú” quienes mueren y pueden aún ser citados por mi propio pensamiento e invocados desde los sentires del desapego.

Un “Yo” que muere es un fin de relato donde se apaga el verbo propio y se disuelven las sintaxis de la voz propia.

Irse es aceptar disolverse en cuerpo, carne y gramática sin poder testimoniar ya acerca del acto mismo de disolución.. 



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Partir a tiempo




Partir a tiempo




“La única muerte digna es la que proviene de tu propia decisión,

los demás solo sobreviven su final”



Abel Desestress



La muerte me desgasta, incesante.”

Jorge Luis Borges




Si la muerte es la desadherencia última, cuando se trata de conjugarla en primera persona cómo saber si es tiempo o no para partir hacia ese desapego final?

Es posible entrenarse/prepararse para partir de este mundo lo mejor posible tal como lo hace el protagonista de “Les Invasions Barbares”, Rémy, cuando ha sido diagnosticado con cáncer terminal e intenta con sus amigos y seres queridos hallar -mientras dure la lucidez- un modo singular de dar forma al final de su vida?

Cómo saber, casi con certeza suicida, si es momento de irse?

Cómo desaferrarse de esta maravilla que es la excepción de estar viviendo?

Cómo negar la voluntad de vida que pulsa por hacernos permanecer, por hacernos perseverar en la existencia?

A veces se puede dar una suerte de planificación final a nuestro existir.
Ética y práctica del buen morir, que para ser tal, debe .
Ultimo timing en el que hay que poder disponer no sólo de una conciencia que lúcidamente escoge un autoaniquilamiento dignificante, sino la presencia de un contexto que permita-avale-contenga esa subjetiva determinación que intenta mapear su propia cesación. Menudo desafío.
Otras veces esa estrategia para la última despedida es irrealizable, incluso, pese a la declarada voluntad conciente que haya tenido en otro momento previo el que agoniza pues no siempre es controlable el contexto de un final de vida y muchas veces sucede que se queda preso de semiarbitrarias circunstancias relativas al proceso “técnico” e institucionalizado de morir. Tubos, máscaras, fluídos a préstamo, máquinas contabilizadoras de latidos y suspiros, manos tan expertas (o no siempre) como desafectivizadas (o no siempre), y toda una artillería artificial que termina ensañándose con un cuerpo que ya ha perdido casi por completo la posibilidad de experimentar concientemente las plenitudes vitales y que sólo pervive gracias a todo ese stock de tecnología y la suma de fuerzas impersonales.
La perdurabilidad sin estado de conciencia ni voluntad insiste en que los sistemas se mantengan en “on” maquínicamente, sin hacedor ni deseo vívido ni impulso reflexionante. El “quien” vira cada minuto un poco más hacia el lado de un “que”. Quien se era ya no es es, y en esa irrecuperabilidad persistir respirando es asunto más propio de aparatos de guerra contra la muerte que de vida que anhela ser vivida.
Los hospitales y clínicas acopian a diario agonías que nada tienen de gallardas, como diría Porfirio Barba-Jacob. La muerte tarda, o se la hace tardar, y en esa demora el agonizante pervive aunque la mismidad se desquicie y la identidad se diluya hasta dejar al ser en estado de sobras de lo que alguna vez ha sido.
Sombra de sí antes de ser ya ni sombra.

No hemos manejado nuestra entrada a la vida, es cierto.
Nuestro nacimiento no ha contado con nuestra voluntad planificadora.

Pero sí es asunto preferible (si se puede) decidir los modos de salida.

No podremos cambiar las reglas naturales, es cierto, pero la impronta personal no debería ausentarse en el final del juego... es bueno morir a tiempo, gallardamente.




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La muerte, ese último igualitarismo despiadado




La muerte, ese último igualitarismo despiadado






Las manos que dicen adiós son pájaros que van muriendo lentamente... “

Mario Quintana





La muerte es ese instante inerte que se precipita luego de respirar el último exceso de vida que nos queda. Dionisos es, finalmente, derrotado por Tánatos.

La fuerza de ese respiro final que da el agonizante es la última forma en que se manifiesta su tremenda voluntad de aferrarse a lo viviente. Ese conatus del que hablara Spinoza, esa fortísima voluntad de vida que nos acompaña hasta que cesamos de existir es el último eslabón que encadenará a un ser con la biografía de su final.

Cada final de vida es el cierre de una novela personal tan inextricable como inabarcable.
Y en esa novela personalísima que componen los mapas vitales transitados por cada quien, la muerte siempre nos parece algo temprana. Para los que tenemos el privilegio de seguir quedando siempre nos queda una sensación de “por qué” ante una muerte. Probablemente sentimos esto aún en los ancianos que han llevado una larga vida porque uno puede percibir siempre alguna inconclusión, algún pequeño obrar que quedará pendiente, felicidades y disfrutes que nunca hubieron de llegar ni habrán de hacerlo. Si quien muere es alguien demasiado joven, esta temprana aparición de la muerte hace que nuestra sensación de inmerecimiento se acreciente aún más. Querríamos que algunos hayan tenido unos granos más de arena antes de que la Parca les diera vuelta violentamente el reloj. Como sea, la muerte es símbolo de un igualitarismo despiadado: frente a ella, todos nos presentaremos con la misma inerme desnudez.

Para los que permanecen, muchas veces sucede que los invade -en distintas proporciones- el “Síndrome de lo pendiente”: esa necesidad de que haya habido un-poco-más-de-tiempo para decir o expresar aquello no fue dicho o expresado con quien ahora ya no está.

Para el que perdura y testimonia la muerte del otro, llenar ese vacío que el muerto activa con su ida se vuelve un imperativo de supervivencia. Hay que sobre-pasar la muerte del otro para poder seguir vivo. Y ese relleno de sentido que tiene que advenir para ocupar con representaciones la tangibilidad física y cercanía emocional que el alguien otrora brindaba con su existencia es un “llenado” que se hace con lo que se pueda, con lo que se sienta, con lo que se recuerde, e incluso con lo que se olvide.
Hay que habérselas con un modo de enlace que desprolijamente enhebra el pasado común que se ha vivido con quien ya no está, y esa dura despedida actual que siembra agujeros por doquier en el presente.

Dichosos son aquellos que parten habiendo tenido buenas y plenas vidas, y más serenos permanecen también quienes sientan que no han quedado abrazos pendientes con los que se han ido. La muerte enseña que nunca se sabe cuando ha de llegar, y por esta razón es bueno agotar lo que se sienta y sus manifestaciones como si cada día fuera el último. 

Vaciarse los sentimientos, entregar emociones, darlas a saber de alguna forma, todo eso colabora a partir o a dejar partir un poco más livianamente cuando llegue la hora. 

Dionisos sólo tiene un modo, fatal y final, de revertir la segura derrota bajo la guadaña de Tánatos: morir con una sonrisa, morir agotadas ya todas la alegrías, morir de tanta vida vivida.




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Cementerio, lugar donde duermen los muertos



Cementerio, lugar donde duermen los muertos




Aquí yace quien os aguarda.”

(Epitafio en la tumba de Aristipo)




Convenientemente los griegos llamaban al lugar donde daban sepultura a sus muertos “cementerio”, palabra que literalmente podía traducirse en aquellos tiempos como “lugar donde duermen los muertos”.

La palabra original griega es la conjunción de “koimao” (estar acostado, echarse en un lecho), “koimo” (dormir) y “terion” (sufijo de lugar). De allí mismo deriva el vocablo latino “coemeterium”, siendo la epéntesis de la -n- (cementerio/coemeterium) lo que está indicando una contaminación por influencia del sustantivo "caementum" (mezcla de arcilla y elementos calcáreos, cemento) aludiendo con ello al material con que se construían los nichos funerarios.

Los muertos parecen dormidos.
La muerte, un infinito sueño que sólo habitamos cesando de ser.

Al noroeste de la antigua Acrópolis ateniense se hallaba el más famoso de los cementerios griegos. Emplazado en el área de Kerameikos (zona de los talleres de alfareros y ceramistas) el nombre del cementerio hace honor -según menciona Pausanías- a “Céramos” (o “Kéramos”), quien fuera el hijo de Dionisos y Ariadna. 
Llamativa cuestión ésta, pues el sitio que ha sido designado como morada última de afamados griegos y ciudadanos de aquel tiempo fue llamado como aquel quien fuera fruto de la unión entre la mortal reina de los laberintos y el inmortal dios de los desbordes y excesos.


La muerte, ese exceso último de vida que trágicamete nos mata, es la que nos abre la entrada al último mudo laberinto.



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Soñar, amar, sanar, morir



Soñar, amar, sanar, morir




(A la memoria de Lidia Suarez.
En recuerdo de su dulzura inolvidable y su entereza,
su pequeñez su fragilidad su espíritu libre su alegría sus alas.
Mi querida segunda mamá que se ha ido...)





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"Las moradas de Hypno y Tánato eran vecinas en el Hades…
el sueño es la morada análoga a la muerte
en la que cada noche entramos
plácidamente
al cerrar los párpados. Para vivir en la otredad."

Jacobo Siruela



Hace algunos años atrás mi entrañable amigo Emilio Achar me obsequió, en una de sus siempre esperadas visitas a Buenos Aires, “Las Intermitencias de la Muerte” de José Saramago. En ella la muerte suspende su tarea, y el maestro Saramago describe, con su pluma infatigable de párrafos infinitos, como ese detenerse de las cesaciones que impone la mortalidad transforma de modo perturbador el universo de lo viviente. El libro se inicia diciendo: «Al día siguiente no murió nadie».

Hay días en que quisiéramos que la muerte estuviera siquiera evaluando practicar una de sus intermitencias.
Aunque sea por un tiempo, aunque sea con algunas personas que quisiéramos conservar de este lado de la vida.
Que la muy injusta se olvide de llevarse a nuestros seres bienamados, que deje reposar su filosa guadaña y preserve el hilo que une el cuerpo a la existencia, que esa puntual funcionaria del ciego devenir de los ciclos entre por un ratito en huelga y nos ofrezca un poco más de criterio selectivo.

Pero ya sabemos que la literatura es justamente eso, literatura, y que las posibilidades de extender un hecho literario como detener la inminencia del morir contradice toda lógica natural.

Dejar de morir, no morir o impedir una muerte forman parte quizás de nuestros más sensibles sueños. Soñamos con poder intervenir mágicamente para dejar ciertas muertes en suspenso, o con haber podido detener ciertas muertes ya sucedidas. Soñamos eso cuando amamos a los que parten y ese lazo que la muerte corta irrumpe con su negror funerario en la existencia diaria.

Luego, por un tiempo, nada queremos ni hacer, ni ser. Mientras lidiamos con el trabajo de duelo no nos queda mucho más que el deber del superviviente: tener que transmutar nuestros vínculos con los muertos, conservar el lazo y a su vez transformarlo, darle nueva forma pues ya no estaremos más con ellos. Hacer de lo que hemos compartido con los que mueren, algo probablemente más sutil, más íntimo, más hacia adentro.

Soñamos con una muerte que se olvide de su monótona misión porque duelar es una tarea dolorosamente interminable e imposible de cerrar por completo cuando se trata de algunos seres significativos. Por todo esto es que quisiéramos que la muerte se salteé a quienes afectivamente nos han querido y hemos querido.
Pero como la muerte es perseverante en su oscura tarea de poner fin al latido de los cuerpos, no nos queda más que la suturante tarea de sanarnos de esas partidas, preservar los recuerdos que nos bienunió con los que ya no están, y honrarlos habitando con intensidad cada hora y día de esta vida en la que aún tenemos el lujo de pulsar, palpar, sentir, respirar, abrazar, reír, proyectar.

No sé si uno se sana por completo de ciertas muertes. No estoy segura de ello.
Tal vez a veces se pueda, tal vez a veces no. Tal vez sanemos sólo un poquito.
Pero con el tiempo debemos internalizar -aunque más no sea- la posibilidad de imaginar que sanaremos, aunque sigamos llorando cada tanto a los que se van yendo y nos parezcan infinitos los microscópicos detalles que bordan cada despedida.

Vivimos porque soñamos, porque amamos, porque sanamos. Vivimos aún sabiendo que la muerte no es intermitente, ni la vida se corresponde exactamente con la belleza trágica de un relato de Saramago. 




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Que cada palo aguante su vela




"Que cada palo aguante su vela"

(y cada vela su palo, by the way...)



Refrán marino
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