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martes, 20 de agosto de 2013

El deseo, un ave migrante….




El deseo, un ave migrante….


Gabi Romano



La impermanencia del deseo es, quizás, la primer desorientante lucidez que adquiere sobre sí un espíritu conciente de sus propias incertidumbres. Esa implacable ley nómade que subyace a toda condición deseante constituye la más íntima forma de comprender, silenciosamente, que todo migra, se mueve, cambia, muta, se desvanece, se refunda.

Desear es un tránsito, un direccionarse sin norte hacia lo inquietante. Desear es ubicar temporalmente todo en un solo punto del plano, ansiar cierta plena intersección sin un "siempre" en el que recostar ninguna recta garantía.  El deseo constituye aquel placer propio de entregarse a un lazo con alguien o algo, y es asimismo, el acto de negar la solidificación de ese enlazamiento cuidando así que no se asfixie la jovial vitalidad que nos invade en tales cruces.

El deseo contiene en sí no sólo la promesa del vértigo sino también la riesgosa posibilidad de abrumarse dentro de él, de saberse presa de un probable doloroso desenlazarse, y de hallar la informe ruta que nos permita relanzar ateleológicos juegos a pesar de los pesares.

Entre medio de tanta inestable fluencia, ¿subyace acaso al deseo alguna forma de constancia? Sí, aquella que proviene de lo intenso. La intensidad es la única e involuntaria constante atribuible al devenir deseante.

Lo querramos o no, desde este punto de vista, todos somos aves migrantes de sí mismas en exacta proporción al coraje con que nos lancemos a realizar las potenciales intensidades comprometidas en esa correntada nomádica que nos habita. Sólo se “es” deseando la incierta deseabilidad de dar curso a lo deseado...



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domingo, 24 de marzo de 2013

Peligroso y amenazante deseo... - Ercole Lissardi


"Peligroso y amenazante deseo..."
 Ercole Lissardi





"El deseo es una amenaza. Por eso nosotros, personas civilizadas, rara vez cedemos a él. Cuando sentimos que todo nuestro ser responde a una persona a la que no conocemos, muchas veces la dejamos pasar. ¿Qué vamos a hacer? ¿Saltarle encima? Hay algo de salvaje y brutal en ese impulso, que necesitamos controlar. Esa noción de peligro, el filo del deseo, es el aporte de Bataille. En la cultura occidental lo cubrimos con la noción del amor. Decimos que amamos a una persona y que parte de ese amor es la caricia, la sexualidad, la procreación... Pero el deseo, dice Bataille, está del lado de la muerte. Siempre hay un límite en que el erotismo nos implica de una manera tan radical que nos pone al filo del peligro (...). Explorar ese filo del deseo es necesario, porque es una de las fuerzas más poderosas y genuinas del espíritu humano."



Ercole Lissardi
En: ADN Cultura
22/3/2013
http://www.lanacion.com.ar/1565430-el-deseo-es-una-amenaza-por-eso-rara-vez-cedemos-a-el




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sábado, 8 de diciembre de 2012

El espinazo de una montaña bañada de luz cambiante - Patti Smith en honor a Robert Mapplethorpe




El espinazo de una montaña bañada de luz cambiante

(Patti Smith en honor a Robert Mapplethorpe)





 “¿De qué habrían de culparme? 
¿De ser un hombre que deseaba nada menos que 
abrazar el espinazo de una montaña bañada de luz cambiante?”

 

"El Mar de Coral"
Patti Smith
(Editorial Lumen)


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domingo, 18 de septiembre de 2011

martes, 14 de junio de 2011

miércoles, 4 de mayo de 2011

Tentaciones


Tentaciones




"La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella".


Oscar Wilde
Novelista y dramaturgo irlandés
(1854-1900)


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domingo, 26 de septiembre de 2010

Ese amoroso y doméstico animal político llamado “humano”


 
Ese amoroso y doméstico animal político llamado “humano




“Algunos de los hombres más salvajes son las mejores mascotas.”
 

De la siempre provocadora Mae West
(“Bella de los noventa”, 1934)






Nuestros más entrañables vínculos… nos domestican?
Amar a otro ser implica aplicar sobre éste cierta micropolítica “voluntad de domesticación”?
Pueden los vínculos amorosos ser pensados como eficaces herramientas de rebañización social?
Cómo intervienen los juegos de poder en los lazos vinculares?
Serían los lazos, por la vía de la domesticidad, un asunto pensable desde el punto de vista político? 
Son nuestros osados y tercos deseos pasibles de ser domesticados?




-El amor “pactado” del animal humano


Vincularse y coexistir en forma estrecha con alguien requiere acordar cierto marco que regule esa relacionalidad. Desafortundamente, para nuestro “lado dionisíaco”, no todo es gozoso devenir ni puro principio del placer. Apolo siempre nos anda apurando el tranco sinuoso de nuestro derrotero desiderativo con sus cuadriculadas espuelas: el dios de las formas nos recuerda que estamos bajo el imperio y peso del “tú debes”. No olvidemos que es Apolo mismo, en su multietimológico origen, el dios de la vida política (al menos según el gramático alejandrino Hesiquio),  también quien guía divinamente las manadas, siendo considerado a su vez dios de la colonización. 
Meterse en las fomas-formalidades de los pactos, efectivamente, nos volvería plenos animales políticos y nos… rebañizaría? 
Son los pactos un medio de “colonización” cultural a través del cual entramos de cabeza a cumplimentar los mandatos más ciegos de nuestra sociedad y a encadenarnos al poder?

Cuando la frágil pasionalidad vira hacia la –aparentemente más sólida- categoría de la relacionalidad se vuelve menester fijar mínimos marcos, establecer reglas, poner mesura y templanza a la vasta bravura caotizante de las errancias deseantes. 
Los pactos sedentarizan lo que el deseo nomadiza. 
Las flechas certeras de Apolo nos fijan a la entomología social con eficacia asombrosa. Pasamos del desorden del éxtasis sensible a la armonía ordenada racionalmente. De los brazos de Dionisio a la cabeza de Apolo. De los universos del devenir al mundo pacto.

Nuestra “tragedia” estructural, constitutiva, elementarísima, consiste justamente en buena medida en hallar inestables equilibrios dentro de ese tironeo inmortal que batallan, bajo nuestro nombre propio, las subversivas fuerzas desordenadoras de la pasión contra las fuerzas milicianas compuestas por los principios ordenadores de la prudente racionalidad. Y viceversa. 
Sobre este encuadre general en que se monta el sustrato de nuestros trágicos devenires, el principio de realidad triunfa llevándose de maravillas con el orden que ejecutan los pactos y contratos.

Afectivamente hablando, somos todos/as hacedores concientes (e in-concientes) de pactos de amor. Todo vínculo amoroso entomologizado como “relación” posee su propio y singular stock de reglas eficaces y efectivas a la hora de organizar las conductas, orientar ciertos comportamientos y elidir ciertos impulsos. Desde esas reglas dichas y/o no dichas, desde la letra grande y la letra de hormiga de los pactos habrán de regularse los intercambios afectivos, emocionales, sexuales, económicos, etc. que tendremos con nuestros eventuales otros significativos.




-Obediencias, acatamientos y… líneas de fuga vitales

Los pactos se acatan, se aceptan, se cumplen. Por suerte –aunque no sin grandes dificultades- también pueden revisarse, reconfigurarse, rehacerse e incluso hasta disolverse.

El animal humano está “formateado” psicológica-cognitiva-emocionalmente para deambular dentro de diversos tipos de pactos. En otras palabras, estamos preparados para acatar y subsumirnos a los pactos. Por qué? Sencillamente porque aprendemos muy tempranamente y de manera básica que esos “acuerdos” con el otro nos preservan, nos aportan un marco imprescindible para sobrevivir. También, como curiosamente ya veremos más adelante, contamos con una igualmente vital capacidad para resistirlos. Desacatar, desobedecer, incumplir pactos es asimismo algo inherente al ser en su mundo relacional. En ocasiones, subvertir la posición de uno dentro de un determinado pacto (e incluso abandonar un pacto, huir de él) resulta ser, a todas luces, también un acto de supervivencia. Doble rostro de Jano de los pactos.

Ubicarse a sí mismo en un pacto es aceptar algún grado de limitación en la propia libertad, y a la vez, solicitar que el otro acepte de igual modo un grado de limitación sobre los usos de su libertad.

Pactar es negociar, aceptar y asentir en ciertos asuntos, aunque lo hagamos en proporciones disímiles y de maneras no siempre demasiado claras.

El animal humano es un ser de pactos.
Los necesita para ordenar el desorden de sus pulsiones, de sus voluptuosas pasiones, de su extraña y hasta tirana fisiología silente.
Ganamos orden, perdemos animalidad.
Nos volvemos civilizadamente domésticos enlazando y adecuando los deseos al poder, tal como decía con total lucidez don Enrique Marí.
Todo pacto descaotiza…  al menos hasta que deja de hacerlo…

Ocurre, como ya observáramos, que para el sujeto ordenado-sujetado por sus pactos estos mismos pueden volverse en su contra. Los mismos pactos que otrora lo ayudaron en lo “micro” a dar orden a la caótica de sus flujos de deseo y sus impulsos nerviosos, al mismo tiempo lo limitan, lo estrechan, lo cerrojan en esa invisible celda “macro” cuyo objetivo final es la adaptación social al medio. Hay pactos que lejos de colaborar con la supervivencia, juegan su juego para el lado de las pulsiones de muerte.  



-La "dación" y la imposible igualdad

Un error (o debería decir ilusión?) que abunda en las creencias que se activan en aquellos que se envuelven intensamente en alguna clase de pacto afectivo es el mito de la justa igualdad. 
La ilusión de reciprocidad en el plano afectivo es, tal vez, la peor semilla de resentimiento potencial existente en un vínculo. Se malsupone que en tales pactos intravinculares debería existir una cierta “justicia” e igualdad respecto de las proporciones de libertad que cada pactante entrega para que justamente ese pacto sea viable. Y de idéntica manera se alimenta la ilusión de que, tratándose de amor y afectividad, debemos ser coronados con una  idealista correspondencia mutua. Demandamos, tácita  o explícitamente,  que se nos trate desde una virtuosa reciprocĭtas . Error de errores!

No existe ni igualdad ni reciprocidad en tal entrega de la libertad. Ni debería porque existir alguna!
Fundamentalmente, tal errónea búsqueda reclamante de justa igualdad y reciproca correspondencia es  un equívoco porque la “dación” no es un fenómeno capturable desde el derecho a la aequitas.
Ejemplificando, podríamos decir que una madre no debería esperar un “justo retorno” de lo que ha dado a-por sus hijos en nombre del amor. Lo que ha dado lo ha dado. Punto. Sin esperas de un “retorno”, de un justo “vuelto”. Tomando otro ejemplo desde otro territorio amoroso, el amante no debería ajusticiar simbólicamente a su amado en nombre de un sollozante “todo lo que yo te he dado” si el amado decidiera desterritorializar su deseo y nomadizarse erótica y/o amatoriamente.

La dación es un fenómeno complejo pero imprescindible a la hora de intentar comprender la i-lógica de los lazos.

Se “da”, nos “damos”, porque la potencia de ese efecto era -o es- tal que no podemos ni desconocerla ni reservárnosla. El afecto es una dación porque nos desborda hacia el otro.  Pero en crudos términos  hay que sincerarse y reconocer que el otro no nos ha obligado a que lo amemos.  En todo caso lo hemos amado porque la intensidad del afecto era tal que nos empujó a revelar ese irracional desborde de nuestro sentir a quien amamos. Y qué otra cosa inteligente puede hacerse ante un desborde afectivo que entregarse a la comunicabilidad de ese desbordar?! El asunto aquí es que lo que el otro nos dé, ese “caudal” de dación que nos llegará del otro, no sólo no es previsible sino que no es ni exigible ni demandable. Cosa triste demandar dación. E inútil, por cierto. Incluso –horror vacui!- podría hasta no haber retorno afectivo alguno por parte del otro. 
Sí, el amor es una incertidumbre conjugada bajo condiciones de alta probabilidad de desbalance.
Pactamos porque es justamente "bajo pacto" que se intenta introducir la claúsula que garantice la igualdad emocional, la justicia afectiva, la reciprocidad amorosa. El pacto introduce en los vínculos una ilusión -o un pack de éstas- allí donde justamente la realidad nos muestra que no es posible ni viable ni lo recíproco, ni lo justo ni la correspondencia, ni la igualdad. Por eso, en el propio vientre el pacto está la serpiente de su fracaso. Pactamos para tratar de docilizar la animalidad sin garantías que subyace bajo nuestra civilidad y sus vínculos fundantes. Pactamos en la relacionalidad para transitoriamente hacer emerger la posibilidad ficticia de la seguridad amorosa. Pactamos buscando domesticar lo más indomesticable del animal humano: su deseo.      


 
-Una riesgosa puerta a la inautenticidad tras el muro de la tristeza

El reclamo de “justicia en la igualdad” que de alguna manera reclaman reprochonamente aquellos que participan de un pacto amoroso es absurdo por doble vía: el amor no entiende de justicia y menos de igualación. Salvo que querramos ilusionarnos con ello… lo cual siempre es una opción balsámica posible, aunque falsa. 
Lo que es verdad, duramente verdad, es que no habría razones reales para fundamentar por qué exigir que en los pactos afectivos deba existir alguna forma de justa reciprocidad. Las únicas razones que podemos esgrimir para exigir reciprocidad en los afectos son aquellas pseudorazones de orden moral. Digamos que “estaría bien” dar si se ha recibido. Pero no hay obligación ninguna de hacerlo. No hay ningún deber de dar nada a cambio. De hecho, quien da afectivamente obligado por razones morales obra con inautenticidad. Esa dacíon forzada es de origen insentido, irreal, inauténtico. Lógicamente,  está repleto de menesterosos emocionales que ante la posibilidad de quedarse sin siquiera la ficción del amor, prefieren aceptar el disfraz de una dación falsificada. Cuestión de tolerancia a la mentira. O cuestión de triste indigencia afectiva, vaya uno a saber. Como sea,  pretender moralizar  el campo amatorio ha causado estragos psicológicos, tristeza, dolor y enfermedad.

Fuera de las ficciones de utilería de la moralidad, lo cierto y comprobable en la fenomenología de los lazos afectivos es que nadie da ni se da por igual. Menos aún podemos mensurar ni lo que damos ni lo que nos es dado.

El amor, el afecto, escapa a la lógica de lo cuantificable.

Una concepción del “alma humana” como asunto político subyace en todos estas elucidaciones en las que se enlazan los asuntos de la pasión, del deseo, de la sujeción, de la gobernabilidad de sí y de los otros. Zôon politikón…
Sí podemos afirmar que, tratándose de asuntos en torno al amor y la afección, resulta viable pensar en términos de efectos de intensidad, renunciando con ello mismo a cualquier estúpida intención cuantitativa por estéril e improcedente, y a cualquier voluntad de igualdad, por errada e ilusoria.  Definitivamente hay que decir que nos equivocamos brutalmente cuando pretendemos decodificar algún afecto en términos de “menos y mases” –o peor aún- reclamar resentidamente desde esa lógica absurda y románticamente ficticia de la justicia amorosa. No hay balanza ni unidad de medida para volver cuantificable lo que hemos dado, ni lo que hemos recibido afectivamente hablando.

Amar es un fenómeno de intensidades,
fuerzas, 
potencias,
cruces de poderes.
Hay, indefectiblemente, quien puede más que otro en esos desequilibrios del dar-darse.

Amar es enredarse en un incierto juego de fuerzas y múltiples poderes. Pactar en el amor es una de las caras del prisma micropolítico de las subjetividades. Somos animales políticos, somos animales de pacto. Ergo, somos humanos pactadores en estado político. Domésticos animales políticos infinitamente humanos, vastamente errados, fugazmente equilibrados.


Hay una política del amor, inevitablemente siempre la hay.



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domingo, 19 de septiembre de 2010

Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo




“Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo”.



Anaïs Nin
(Neuilly, Francia, 21 de febrero de 1903 - Los Ángeles, 14 de enero de 1977)
Escritora franco-estadounidense



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sábado, 31 de julio de 2010

Milan Kundera - Sobre deseos infantiles y espíritus maduros



Milan Kundera
Sobre deseos infantiles y espíritus maduros




"…los deseos infantiles salvan todos los obstáculos que les pone el espíritu maduro
y con frecuencia perduran más que él, hasta la última vejez."





Milan Kundera
Fragmento de “El libro de los amores ridículos”



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miércoles, 26 de mayo de 2010

El cuerpo amado en la distancia: un affectio “sin-sentidos”



El cuerpo amado en la distancia: un affectio “sin-sentidos”





Adoptados por lo abierto, estarcidos por lo invisible,
nosotros éramos una victoria que no requería jamás fin.


René Char
De “Los primeros instantes”








-Pasionalidad a distancia, distancias en la pasión


Existe una experiencia cuyo aporte es clave para definir formas y tonalidades específicas al fresco que pinta con su color el pincel de la distancia . Se trata de practicar la incercanía de lo amado, de aquello que aún se ama y que sin embargo –por determinadas circunstancias propias de los derroteros vitales de cada ser- se desvanece  en la distancia.

Distancia de lo amado.
Distancia del amado.
Distancia en lo amado.

En este modo tan particular  que asume el alejamiento, los sentidos son forzados a privarse de la tangibilidad y estimulante cercanía  de alguien primordial para nuestros afectos. Y utilizo específicamente la expresión “afecto” (affectio) puesto que pienso en esta noción basculando entre Spinoza y Deleuze. Nos dice este último:

“Un efecto es, en primer lugar, la huella de un cuerpo sobre otro,
el estado de un cuerpo en tanto que padece la acción de otro cuerpo”


Cuando la proximidad se interrumpe y vivimos un distanciamiento físico de ese cuerpo-signo amado, la potencia propia pasa por un proceso de variación intenso.

Esta variación en la potencia que la lejanía nos hace experimentar se produce tanto porque no podemos experienciar sensaciones “en-sobre ese cuerpo” deseado (utilizo en este contexto la palabra “sensaciones” en el sentido de efectos instantáneos que produce el cuerpo amado sobre el propio), sino también porque en forma recíproca la capacidad de afectar físicamente al otro por parte de uno se encuentra  en suspenso, interrumpida.


Probablemente pocas cosas cuesten tanto (en el sentido estrictísimo del verbo “costar”: pagar un precios por ello; esforzarse; desvelarnos; causarnos dificultades; e incluso producirnos algún daño) como para salir entero de este modo “amoroso”de la distancia.

Hay quienes se desgarran de dolor, e incluso odian a quien han dicho amar.
Otros se paralizan emocionalmente  y se deprimen.
Algunos apelan a una más o menos sutil negación de los efectos  “tristes” devenidos de la ausencia.
Muchos, tienden a ubicar a aquel ser amado ahora distante en una suerte de ausencia con efectos idealizantes . El viejo atajo del idealismo por vía de la carencia.  Y ya sabemos que el idealismo aumenta en proporción directa a la distancia que nos separa del problema,  tal como decía con gran acierto  John Galsworthy.



Como sea, distanciarse entristece.
En tanto amamos somos sujetos a la circularidad de la pasión y sus padeceres: nos hallamos, nos encontramos, amamos, nos apasionamos, volamos en la potencia de la alegría, luego nos alejamos, nos volvemos tristes, la vitalidad decae,  lo que era amor se vuelve des-encuentro  descompositivo… y repetimos el circuito otra vez…


En palabras de Eugenio Trias desde su “Tratado de la pasión" (Mondadori, España, 1998):


“El sujeto se constituye a través del oscuro trabajo de la pasión que se manifiesta en repeticiones. Es lo que Freud denomina “compulsión a la repetición”, que es una instancia que procede con independencia de la conciencia, a modo de un automatismo. Por ello, la pasión es lo que el sujeto padece, es lo que actúa a favor del sujeto y también en su contra. Nos amamos y nos odiamos. Queremos y odiamos. Es decir, sus efectos dependen del interjuego del Eros y la pulsión de muerte. Al preguntarnos ¿En qué se diferencia desde el psicoanálisis, el deseo de la pasión? Podemos decir brevemente, que el deseo es la forma inmediata de manifestarse la pasión. Lo que se nos da en forma de pasión aparece en nosotros bajo el modo de deseo. Es decir, el sujeto deseante es el sujeto pasional, que no ha alcanzado su determinación plena.”







-La lejanía y los amantes estarcidos


Amar es un intenso juego de pieles, de roces, de viscosas superficies profundas. El potente  instante del aquí y ahora del que se nutre la afección erótico-amorosa es arrebatado por este modo de la distancia  imponiéndose un inexorable y completo alejamiento  táctil.

Entonces, como es posible amar en la distancia?

Dicha posibilidad amatoria supone desarrollar al menos, una ilógica tolerancia a la pérdida de experimentación del otro desde los sentidos. La distancia es aquí una rotunda intangibilidad. Definitivamente el otro no-es, fáctica y materialmente hablando.  No-está-aquí. Separarse es resignarse (al menos temporalmente) a volvernos  invisibles al otro y que el otro adquiera a su vez la consistencia inmaterial de un fantasma. A esto alude precisamente René Char en su poema: quines aman y se distancian quedan "estarcidos por lo invisible". Bellísima metáfora para capturar el "modo" en que la distancia recorta el cuerpo amado y lo baña con el esmalte invisible de una líbido "sin sentidos"... 

No nos veremos” dicen frecuentemente y con amargura los amantes distanciados.
No ver.
No verse.
Terrible prueba para estos seres tan dependientes de la óptica que somos. No poder verse resulta un inmenso desafío para nuestro psiquismo, tan entrenado como está en materia de la mirada y sus soportes.

Nuevamente volvemos a Spinoza y el impacto en el cuerpo: si toda afección está unida a una “imagen de cosa” el hecho de  no ver-no tocar-no estar condiciona y transmuta la potencia del afecto. La alegría, la tristeza, el deseo (si bien no dejan de producir afección) quedan reconfiguradas inevitablemente bajo el efecto de la lejanía.

Más aún. Si mirar, ver, percibir tienen como sustancia a la luz, no resulta nada extraño que quienes se aman y deben dejar de verse apelen a explicar su estado anímico con metáforas marcadas por la oscuridad, lo umbrío, lo apagado.

…toda distancia es una suerte de eclipse. 




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domingo, 14 de marzo de 2010

Algunos absurdos en torno a la pasión



Algunos absurdos en torno a la pasión




"Cuando dos personas están bajo la influencia de la más violenta, la más insana, la más ilusoria y la más fugaz de las pasiones, se les pide que juren que seguirán continuamente en esa condición excitada, anormal y agotadora hasta que la muerte los separe.
"


George Bernard Shaw
1856-1950
Escritor irlandés


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Hesíodo y el espumoso nacimiento de Afrodita







Hesíodo y e
l espumoso nacimiento de Afrodita






El cuerpo no es más que un medio de volverse temporalmente visible.
Todo nacimiento es una aparición.

Amado Nervo


Afrodita, diosa de... la multiplicidad erótica.

Coronada por el don de la belleza, una inagotable y natural capacidad de seducción, y siendo su sola presencia desencadenante del deseo sensual y la voluptuosidad, estamos ante una de las deidades más encandilantes (y encantadoras) del Olimpo. Fue venerada como diosa del amor, ha sido la antigua patrona de las hetairas y prostitutas y -claramente los griegos no basaban el culto de sus dioses a la lógica de la no-contradicción- también diosa de la vida conyugal. Podría decirse que allí donde Afrodita interviene, el deseo concupiscente se instala. Pero la fugacidad también envuelve con su aura los placeres que es capaz de prodigar la deslumbrante deidad:. Si como Marguerite Yourcenar sostenía el presente es un momento fugaz aunque su intensidad lo haga parecer eterno, Afrodita reina en el territorio de las intensidades eternizables...


Su origen es bastante conocido: su cuna es asociada con el mar. Pero veamos que ha de depararnos una incursión más detallada en el relato de su nacimiento, pues desde este punto de vista la diosa del placer, se las trae...


Existe una versión -la más extendida, divulgada y conocida- del nacimiento de la diosa: se la presenta como emergiendo de la espuma del mar. Pero no se trata de cualquier efervescencia. La historia que la precede es un tanto violenta: Cronos (hijo de Urano) le cortó los genitales a su padre bajo la aparente "razón" de envidiar el poder de éste como gobernante del universo y aspirar, en consecuecia, a ocupar su trono. Luego de tal cruento acto, Cronos se encarga de arrojar el miembro genital de su padre al mar. Y de la agitada esperma movida por las mareas y el oleaje, cubierta de blanquísima espuma emergerá Afrodita (en antiguo griego Ἀφροδίτη).

Relato de origen... fuertón, digamos. Para tratarse de un nacimiento, observemos que la hermosa joven es engendrada sin madre. En segundo lugar, de algún modo también se las debío arreglar sin padre (aunque haya sido nacida del semen testicular que flotaba en el mar). Su nacer es producto de un acto de castración llevado a cabo por la filosa hoz de pedernal que empuña Cronos, quien es asimismo su hermano mito-genético, podría decirse. Y para completar el "mapa" psiconovelado de su original vida, no tuvo infancia (nació núbil, en la plenitud de su juventud).

Así, Afrodita nos aparece emparentada a dos entidades masculinas: el cielo (Urano) y el poderoso tiempo (Cronos). Hija mítico-genética de un padre destituído y castrado, y hermana de un titán ambicioso y parricida (genitalmente hablando). Por temor a que su deslumbrante y poderosa belleza generara conflictos entre los dioses masculinos, Zeus resolvío tal asunto sin titubeos: "la casó", poniéndole la brida del matrimonio en menos que canta un gallo. Vaya novela familiar para la diosa del encanto y el placer voluptuoso!

Tan cautivante resultaba a los hombres y dioses el hecho de imaginar la sóla presencia de la vanidosa y voluble diosa (no olvidemos los relatos nos cuentan que Afrodita podía conseguir que quien sea cayera enamorado a sus pies con sólo mirarla a los ojos) que nada le costó hacerse de un largo listado de amantes y consortes divinos o mortales con los que tuvo abundante prole compuesta por unos quince descendiente: tuvo entre sus amantes al bello Adonis -a quien finalmente debió compartir fifty-fifty con Perséfone-, conquistar al iracundo guerrero Ares quien sera padre de varios de sus numerosos hijos (uno de los cuales, en algunos mitos, es nada más y nada menos que el propio Eros), seducir al escultor Pigmalión, también amó al pastor Anquises (con quien tuvo a su protegido hijo Eneas), cautivó con sus encantos al ático argonauta Butes (con quien también tuvo dos descendientes), de su amorío el hijo de Helios -Faetón- concibió a Astinoo, con el multifacético dios Hermes tuvo entre otros al inmortal Hermafrodito, y hasta se dió el lujo de entrar en extasis sexual con el desbordante Dionisos (unión de la cual nacieron tres hijos). Como puede apreciarse, la muchacha la pasó bien en lo que a deleites de la carne se trata...

Pero dejemos por un rato a Afrodita en el diván. Me temo que tiene bastante material biográfico con el que alimentar la "asociación libre"...

Siempre he tenido una gran curiosidad por las interrogaciones e inferencias que pueden establecerse desde el propio nombre de la diosa. Como ya dijimos, "Afrodita" proviene del antiguo griego Ἀφροδίτη. En concordancia con la etiología marina que enmarca su surgimiento, y si simplemente seguimos a su vez la etimologia popular de aquellos tiempos, vemos que ἀφρός (aphrós) significa "espuma". Hasta aquí, pura lógica arbitraria y/o de sentido entre la palabra, su signo, la designación y el acontecimiento que se pretende nombrar.

Mi inquietud aparece cuando pienso en "qué representa" la espuma misma, a qué sugestiva cadena de asociaciones invita la espuma, fenómeno natural de las mareas explicitado en el propio nombre de la diosa de lo voluptuoso?

Ver espuma me resulta algo bello, efervescente, casi me atrevería a decir “lúdico”: un alocado juegueteo visual sobrenadando blandamente la superficie, una visión sonora compuesta por pequeños circulitos que viran del blanco a la transparencia, filtrando la luz en microfulgores destellantes.
Me gusta ver la espuma adornando sinuosamente las playas, como si con su borde blanquecino tratara de dibujar infructuosamente los vaivenes fronterizos entre el fin del agua y el principiar de las sed de las arenas.
La espuma marina fue un objeto de observación y meditación temprano en mi vida. Constituye algo que me llamó siempre la atención desde la infancia: invariablemente intentaba con inocencia atraparla, hacerla permanecer en la palmita breve de mis manos y… siempre se desvanecía hacia la nada de la invisibilidad, ante mis azorados ojos que buscaban respuesta. Dónde está la encantadora espuma que hasta hace un instante atrás creía tener en mis manos?

Con el tiempo –eso que contabilizamos bajo la tiranía de los años cuando se trata de medir su paso por nuestra propia existencia- seguía arrimándome a cuanta playa y mar espumoso podía, e intentaba continuar con aquel ritual. Casi como un primer contacto con la naturaleza de las olas, una vez más reiniciaba aquel juego infantil de atrapar el truco de escapismo de (técnicamente hablando en crudo lenguaje minerológico) el silicato magnésico hidratado. Obviamente el resultado se repetía siempre: luego de unos instantes de deleitarme con sus encantos sensoriales, la belleza de “aphrós” de volvía evanescente. Inatrapable, la histérica espuma siempre me duraba un suspiro (mi indulgencia psicoanalítica me indicaba, ya en mi adultez, que la disculpara: pobre aphrós, qué esperaba de quien había tenido aquella traumática historia paterna y familiar en su origen..!)


Pequeñas lecciones que me dejó tempranamente esta aproximación sensible al irresistible encanto de lo espumoso afrodisíaco:

-la belleza es un imán con poderes de encantamiento;
-cierta deslumbrante hermosura visual que nos atrae de las formas que adopta la materia está indiscutiblemente sujeta a la “ley de lo impermanente” cuando no, lo bello es simple y directamente un estado efímero;
-tratándose de asuntos de Afrodita, el goce sigue la lógica del instante y la intensidad;
-es sabio no esperar de los “asuntos” que rige la venerada divinidad del placer nada que tenga que ver ni con la duración ni con la fidelidad pasional a un sólo objeto-sujeto;
-la “moral de la fidelidad” y la constancia amorosa son criterios que esta deidad pagana puede ignorar plenamente. Sino preguntémosle al malhumorado y deforme Hefesto -dios de la forja y del fuego, y su esposo en el panteón de los Olímpicos- quien desquiciado por los amoríos de la diosa hasta llegó a tejer una red metálica con la que la "cazaría" junto a su amante Ares, para risotada del resto de los dioses. Pese a ello, y por esos avatares de mutación que suelen suceder en el devenir de los mitos, y sus cultos Afrodita Urania será luego emblema del amor conyugal (?);
-los placeres de los sentidos se “esfuman” demasiado rápidamente (nos queda, en compensación, ese ciertamente imperfecto consuelo de la percepción perdida al que llamamos “memoria”);
-la promesa de placer que emite lo “que nos es agradable a la vista” nos vuelve -por el tiempo que dure dicha atracción hacia lo bello- cautivos de las expectativas de goce que nos despierta;
-Afrodita, sus apetencias y sus eróticos deleites están enlazados por el peligroso hilo conductor del deseo e igualmente teñidos con la lógica de la inconstancia objetal. Como diría el gran poeta Vinícius de Moraes: "Que não seja imortal, posto que é chama/mas que seja infinito enquanto dure" (que no sea inmoral puesto que es llama/pero que sea infinito mientras dure).


La irresistible diosa de la atracción física-sexual fue adorada en todo el mundo antiguo. Recordemos que dió sus primeros pasos cerca de las costas de Laconia, más precisamente en la isla sagrada de Citera, entre el Peloponeso y Creta. Huelga decir que a partir de aquel legendario momento se comenzó a considerar a dicha región como un lugar sagrado ligado a los placeres, el erotismo y al amor. Luego su andar la llevaría hacia Chipre, donde también será reverenciada por siglos. Su culto se extenderá por toda Grecia y continuará más tarde incluso bajo el nombre de "Venus" en la cultura mitológica romana.


La versión, que proviene de la "Teogonía" del poeta beocio Hesíodo, es la que reproduzco aquí para deleite de nuestra imaginación mitológica:


Y los genitales, ni bien se los cortó con el hierro,
los arrojó desde la tierra firme al ponto agitado,
y así el mar los llevó por mucho tiempo; entonces en derredor una blanca
espuma se levantó del miembro inmortal, con la que una muchacha
se crió; primero a la divina Citera
llegó; desde donde se fue luego a Chipre circundada por las aguas.
Allí se instaló la bella diosa venerable, y en torno la hierba
brotó bajo sus ágiles pies. A ella Afrodita,
diosa engendrada de la espuma y citérea de bella corona,
la llaman dioses y hombres, porque en la espuma
se crió; y también Citérea porque llegó hasta Citera;
y Ciprógena , porque nació en la agitada Chipre,
o Filomedea, porque de los genitales salió a la luz.
Eros la acompañó y el hermoso Hímero la siguió
desde que nació y se incorporó a la estirpe de los dioses.
Y desde el principio tiene tal honor y le fue asignado
este destino entre los hombres y los dioses inmortales:
confidencias virginales y sonrisas y engaños
y dulce deleite y amor y suavidad .





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Imagenes por orden de aparición:

Nacimiento de Venus (1879)Bouguereau
Óleo sobre lienzo, 300 x 218 cm
Musée d'Orsay, París


Urano es castrado por su hijo Cronos
Relieve griego alusivo al nacimiento de la diosa AfroditaEs conocido como "trono Ludovici"Data aprox. del 450 aC.

Detalle del nacimiento de Afrodita
Pelike ático
370-360 aC.


sábado, 13 de marzo de 2010

Gilles Deleuze - El deseo no es pues, interior a un sujeto



“El deseo no es pues, interior a un sujeto, ni tampoco tiende hacia un objeto: es estrictamente inmanente a un plano al que no preexiste. A un plano que es necesario construir, y en el que las partículas se emiten, y los flujos se conjugan . Si no hay desplegamiento de ese campo, propagación de tales flujos , emisión de tales partículas, no hay deseo.”


Gilles Deleuze

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miércoles, 10 de marzo de 2010

El deseo: ni adentro ni afuera



El deseo
Ni adentro ni afuera





En ese espacio equívoco
el espíritu ha perdido su patria geométrica
y el alma flota.

Gastón Bachelard





El deseo no tiene un “dónde”. Y bien poco puede decirse respecto de su “cuándo”.

Refractario al espacio y a la temporalidad, del deseo sólo puede afirmarse que deviene, circula, fluye, produce.

Estrictamente hablando el deseo tampoco se “tiene” (el verbo tener exige un poseedor de la cosa… existe acaso un poseedor del deseo, quién? el sujeto? el “dueño” del caótico inconciente o quien se apersone como su detentador? acaso sea esa entidad tan discutida a que se denomina “Ser”? quién entonces, si hasta nuestra identidad ha resultado ser desde performativa a múltiple, pero seguramente ni unitaria ni sede del Ser…).

También se entraría en una zona altamente resbalosa si pensamos en “el ser del deseo”, excepto que consideremos a esta expresión matafórica como un intento romántico-poético de representar a un sujeto singular atravesado por los flujos deseantes. Recapitulando, el verbo “tener”, al igual que los básicos verbos “ser-estar” resultan complicados a la hora de ubicárselos en las cuestiones deseantes.

El deseo es en sí mismo, dirá Deleuze, señalando de un modo firme la imposibilidad de sustancializar el deseo. El deseo sin sustancia, deseo sin sujeto, deseo sin tiempo, deseo sin lugar… uffff!!!!! Casi nada de qué asirnos para merodear el asunto del deseo, o sea, de qué hablamos cuando hablamos del deseo. Inutilidad de cualquier arrebato platónico, imposibilidad de cercarlo bajo ninguna “coseidad”.

Como sostenía Camus, comenzar a pensar es comenzar ya a estar minado, entonces, bajo qué puntos de referencia situarse en este campo minado que es “pensar el deseo”?


El verbo “haber” ofrece, tal vez, algunos caminos posibles.
Puede sostenerse desde la aplicación de este verbo a la cuestión del deseo que, por ejemplo, “hay deseo” (oración simple e impersonal aplicable a una relación entre el sujeto y sus objetos, o también a aquello que “hay-hubo-había” en cierto vínculo intersubjetivo). Del mismo modo puede afirmarse que el deseo es parte de lo que “hay”, de lo habiente, puesto que circula, acontece, fluye, deviene, genera efectos.

Deseo entonces como parte inequívoca de lo habiente, deseo como efectos del deseo.

Ahora bien, que el haya deseo no habilita a suponer que ese “haber” ese “hay” del deseo se encuentre dentro de una cierta interioridad o fuera, en alguna incierta exterioridad.

El deseo no posee un alojamiento determinado, su condición como parte de lo “habiente” no lo ubica ni adentro ni afuera de nadie ni de nada. Aunque, como veremos, desde la tradición de las ideas filosóficas se haya asociado su locus al interior del sujeto.

Si abandonamos la idea de deseo asociada a un adentro o a un afuera, nos quedaría un deseo circulando en una topología propia de una banda de Moebius? Extraño a las solemnidades geométricas, qué imago correspondería al desear, o cómo hallar una espacialización que no limite, por ejemplo, la idea de devenir que le es inherente?

A esta altura me resulta evidente que el deseo (y el campo de la subjetividad a que este alude) es más poderoso que cualquier celda geométrica formal.

Tal vez se requiera de un audacia intelectual a “lo Deleuze”, a “lo Lacan” (pero superadora de ambos) que se atreva a pensar el deseo sin afán de fórmulas o matemas, ni estrecheces ideológicas de ninguna índole. Un reflexionar acerca del deseo que contexture su fluencia constante y el pensamiento de dicha fluencia a través de imágenes no esclavizadas por perspectivas geométricas clásicas. Pensar el deseo en sus constantes turbulencias, en su imposibilidad de fijeza, en sus modificaciones e inversiones, en sus vértigos, en sus extravíos, en sus esquinas curvas, transtrocando constantemente adentros y afueras (bordes ficticios tratándose del desear, bordes que no son tales excepto en la mente límpida de los lógicos formales). La cartografía propuesta por Deleuze ha sido sin dudas un enorme avance, pero se requiere un paso más.


El deseo, lejos de la voluntad geométrica, es una llama… siempre vacilante.


(Un juego inicial de sensibilidad imaginativa inicial). Probemos los siguientes rasgos descriptivos de una imago anti-geométrica del deseo:


-Comparte la tonalidad caótica de la de la turbación
-Ha heredado la peligrosa belleza de la inconstancia
-Se rebasa a sí mismo continuamente
-Nada trágicamente desnudo bajo las vitales aguas del peligro
-Se entreabre, o digamos que habita en esa luminosidad que se genera en las entreaberturas…


Existe algún modo de pensar desesquematizado que ofrezca un soporte para la yuxtaposición de estas y otras imágenes envolventes del desear, tenemos la posibilidad de dar con un modo de graficar libertariamente ello?

No se trata de renunciar a la “racionalidad razonable” de una intelección lúcida sobre el deseo, tales juegos y malabares con la total ilogicidad se los dejamos a los amados poetas que sí gustan de la alteración total de los signos y sus leyes de composición.

Pero sí acordemos que se requiere de un pensar liberador. Desobedecer a Porfirio y su dura sentencia (la cual se nos ha hecho llaga y a priori en nuestra intelección…). “Un umbral es cosa sagrada”. No, señor Porfirio, está usted errado. Myúsculamente Errado. No hay umbral sagrado en cuestiones del deseo, puesto que el deseo se alimenta de bordes transgredidos y ha sido –históricamente- voraz con las obsoletas sacralidades… mal que le pese a Profirio, en asuntos deseantes no hay dioses guardianes del adentro o el afuera.

Si toda reducción no es más que cómodo anhelo de no-complicación, pues habrá que complicar la reflexión sobre el deseo. Renunciar a simplificaciones (llámense a estas teorizaciones pre-dadas o catequesis de ideas hegemonizadas). Qué terrible e injusta aproximación al deseo sería circunscribirlo a lo que apenas conocemos de él hasta ahora, por más lucidez que le debamos al psicoanálisis o al Anti-Edipo! Cuán ancho y vasto son sus efectos, juegos y composiciones como para caer en la arrogancia intelectual de suponer que todo ya ha sido dicho en torno al desear! Qué necios intelectuales seríamos si dejáramos al deseo regodearse-refritarse-regurgitar en los territorios teóricos ya conocidos… si sólo sembráramos sobre las marcas de lo arado por los grandes pensadores que nos han precedido, que pequeños demostraríamos ser como pensadores, que semiestériles las semillas que allí crecerían! Oh, el placer intelectual por los fractales a veces, me temo, es un auténtico veneno para pensar radicalmente…!


Pero el trayecto más largo para hacer honor a la inmensa potencialidad de ideas que merecen agitarse en torno al deseo incluye el deber de volver a los griegos. Sí, una vez más girar la mirada hacia los nudos y bucles que se han tramado en la antiguedad con el objeto de comenzar a genealogizar adecuadamente tamaño asunto…



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domingo, 7 de marzo de 2010

Inquietudes en torno a ciertas postulaciones filosóficas sobre el deseo…




Inquietudes en torno a ciertas postulaciones filosóficas sobre el deseo…





No pretendas que las cosas ocurran como tu quieres.
Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz.
Epicteto de Frigia


Sólo hay una fuerza motriz: el deseo.
Aristóteles


Todo deseo estancado es un veneno.
André Maurois




Un postulado deleuziano hartamente difundido desde la filosofía del deseo (ver “El antiedipo: capitalismo y esquizofrenia” texto escrito junto con Félix Guattari -Bs. As, Paidós, l985, Trad. de Francisco Monge-) es aquel que se aglutina bajo la expresión “máquina deseante”.

Comencemos destacando que el inmenso mérito de la yunta de brillantes pensadores franceses en este punto, es haber reposicionado y resemantizado la noción de deseo desde una dimensión de producción, de voluntad de poder, de proceso inmanente, o de “afecto activo” para tomar el aporte es este sentido de Spinoza.

Deleuze y Guattari resignifican la cuestión deseante. Lo hacen abriendo una nueva perspectiva desde las entrañas mismas de la propia teoría psicoanalítica: se tratará no sólo de un deseo producido en las laberínticas habitaciones del psiquismo del sujeto, sino de un deseo que no es pensable sin la máquina social con la cual se retroalimenta e embrica. Entonces tenemos no sólo a la producción maquínica deseante del singular sujeto psíquico sino a la máquina social interactuando en forma constante en el moldeo de la subjetividad. Deseo anudado al poder, diría con su austero estilo el filósofo Enrique Marí.

Indudablemente esta noción “productiva” del deseo aparta radicalmente a éste (diríamos que más bien se trata de una rotunda inversión y no ya de un mero apartamiento) de la afamada noción platónica que lo asociaba con la carencia, la ausencia, la falta.

El deseo como carencia alude a un idealismo de raíz netamente platónica. Basta pasear un rato por entre las inmortales páginas del diálogo “El banquete” y recordar el relato de Sócrates acerca del nacimiento de Eros como hijo de Poro (el “recurso”, representación que alude a la abundancia y la riqueza) quien embriagado de néctar es abordado por Penía (la carencia, la pobreza) concibiendo entonces como producto de este encuentro fugaz al Amor. Esta versión del nacimiento de Eros como un daimon escindido desde su relato de origen marca una fuerte línea de sentido presente ya desde el mundo antiguo. De esta versión se infiere con transparencia que la fuerza del deseo nace de una representación dicotómica desgarrada entre un próspero padre seminal, y a la vez, de una matríz indigente, útero carente de una madre-mendiga en penuria.

Las limitaciones y complejas resonancias que esta concepción del deseo como carencia ha producido al ubicar la fuerza deseante como una búsqueda continua por “lo que no se tiene”, o por “aquello de lo que se carece” han sido múltiples. Pero en primera instancia destaquemos que el deseo como falta es un concepto idealista frente al que Deleuze-Guattari proyectaran cierta “luminosidad” kantiana (fue Kant quien justamente logró pensar que el deseo “produce” realidades) en virtud de la cual abrirán la noción del deseo como aquella potencia capaz de producir su propio objeto: deseo productivo, máquina deseante, potencia, flujos en circulación. El deseo como potencia es fuerza activa, cuestionadora del orden, subversiva respecto de los valores instituidos.

Hasta aquí, el acotado resumen del recorrido entre el deseo como falta en el relato socrático-filosófico, y el deseo como producción en Deleuze y Guattari.



Ahora, mi tríada de inquietudes en torno al tema:


1- Quién es el "quién" que da soporte a la máquina deseante?
Si la identidad no es “soportada” por ninguna unidad ni sustancia (excepto la ilusoria pretensión del irreal sujeto indiviso cartesiano cuyo fundamento ha sido profusamente derrumbado por el psicoanálisis y luego desde el declinamiento de los “Grand Récits”), la pregunta acerca de “(entonces) quién desea?” se vuelve inquietante dado que estrictamente hablando aún si consideráramos al sujeto del inconciente como el soporte de la máquina deseante, éste no es más que un efecto de estructura sobre el que no resulta susceptible aplicar la pregunta encabezada por un “quién?” (cuya respuesta obligaría, ya desde el punto de vista gramatical, a buscar un sujeto-soporte –Yo, él, “x”- o a olvidar al sujeto en el misterio de lo tácito).



2- Máquinas, obsolescencias y sobrepasamientos continuos
La metáfora del deseo como “máquina”, en esta primera década tan digitalizada del siglo XXI, casi me obliga a pensar que todo lo maquínico es susceptible de reemplazo por una “máquina” mejor y superadora. Si hegelianamente la Aufhebung aludía simultáneamente a “superar” y “conservar”, cómo pensar hoy la acentuación significativa (al menos, desde mi perspectiva) de la dimensión de “cancelación” y “supresión” que invade los intersticios de todo lo maquínico. Si las máquinas experimentan su propio “sobrepasamiento” estropeándose o suprimiéndose, cómo pensar en la actualidad los modos maquínicos del deseo tan fuertemente inmersos en la lógica de la reemplazabilidad y la obsolescencia puesto que máquina del deseo y máquina social son completamente interdependientes?



3- El deseo de desapego, una contradicción in terms?
Una última inquietud me martillea desde hace tiempo en torno al deseo (de hecho, este punto que tocaré ha sido ya discutido por mí en distintos espacios de circulación de ideas, recordando particularmente el saludable modo en que este tema “se nos abrojó” como asunto a dilucidar por mí junto a Juan Heredia y a Miguel Salvattori durante el seminario “Filosofía del Vacío”… como podrá apreciarse, el tema aún me interroga desde el fondo y la superficie de mis propias open ideas por tratar...). El asunto es el siguiente: el contacto con el vasto universo de ideas orientales nos expone a nuevas preguntas, muchas de las cuales no son abordables desde los parámetros y matrices lógicas occidentales –demasiado tributarias de la dictadura lógico-aristotélica- pero resulta que “ésos” son (y no disponemos de otros) los parámetros sobre los que se fundan nuestras estructuras pensantes y sus aprioris concomitantes. Este modo prevalentemente racional de pensar resulta inadecuado cuando nos exponemos a categorías no occidentales diferentes del falo-logo-centrismo. Veamos que sucede con un apartado particular muy difundido del budismo: me estoy refiriendo al tema del desapego. El budismo apunta claramente a denunciar la ficción del mundo, de algún modo su “irrealidad”, sus tóxicos juegos de espejos, su vacuidad. Dentro de su “combo” de representaciones para alcanzar la serenidad, la plenitud, e incluso lo que podría ser un estado de “imperturbabilidad ataráxica” (utilizando palabras afines a los viejos estoicos) es el desapego. Desapegarse sería la llave, la clave para hallar aquella “securitas et perpetua tranquillitas” de la que tanto nos hablara Séneca en sus “Lettres à Lucilius” (tomo IV, libro XIV, carta 92, 3, cit., p. 51). Aquí entonces surge, al menos, una de mis preguntas: es posible separar la voluntad del deseo –tarea en que consistiría de alguna forma el desapego-? O dicho deleuzianamente, existe una viabilidad real para la “máquina deseante” de poner en suspensión su propio flujo, detener su potencia misma? Estamos ante un proceso de bloqueo volitivo del deseo, suponiendo que tamaña empresa sea realizable y sostenible? Se trataría en el desapego de suponer una voluntad sin apetito –usando las expresiones de Spinoza- de imponer una voluntad de “no voluntad” llevada a cabo por un Ser que busca la fuga respecto de la tiranía desestabilizante hacia lo sensitivo a que empuja la fuerza del desear?




Nuevamente, inquietudes en torno a ciertas postulaciones filosóficas sobre el deseo…



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