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viernes, 28 de noviembre de 2014
viernes, 14 de noviembre de 2014
Amo, luego existo (los filósofos y el amor)
Amo, luego existo
(los filósofos y el amor)
"El amor como suma respetuosa de libertades,
porque sólo quien reconoce al otro como un determinado
tipo de persona,
con su plena autonomía (y no como un mero ser-para-mí)
puede experimentarse a sí mismo en su plena
especificidad,
de manera consecuente y veraz.
Porque un otro vaciado de contenido,
o simplemente con su diferencia debilitada, es, al
mismo tiempo,
alguien a quien estoy negando su capacidad para
reconocerme a mí
como el tipo de persona que creo y debo ser."
De ensayo “Los filósofos y el amor” - Manuel Cruz
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sábado, 7 de diciembre de 2013
Flâneur - Charles Baudelaire
Flâneur
Charles Baudelaire
Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en
cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin
embargo pasar desapercibido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus
independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a
definir torpemente. El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se
regocija en su anonimato. El amante de la vida hace del mundo entero su
familia, del mismo modo que el amante del bello sexo aumenta su familia con
todas las bellezas que alguna vez conoció, accesibles e inaccesibles, o como el
amante de imágenes vive en una sociedad mágica de sueños pintados sobre un
lienzo. Así, el amante de la vida universal penetra en la multitud como un
inmenso cúmulo de energía eléctrica. O podríamos verle como un espejo tan
grande como la propia multitud, un caleidoscopio dotado de conciencia, que en
cada uno de sus movimientos reproduce la multiplicidad de la vida, la gracia
intermitente de todos los fragmentos de la vida.
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jueves, 3 de octubre de 2013
Mi nombre es Nadie: la invisibilidad como estrategia de supervivencia
Mi nombre es Nadie
La invisibilidad como estrategia de supervivencia
La invisibilidad como estrategia de supervivencia
Gabi Romano
"Mi
nombre es Nadie,
y
Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos."
Homero
“La
Odisea”
"Mi nombre
es Nadie." Tal fue la respuesta de Odiseo ofrece
al Cíclope cuando éste le pregunta por su ilustre nombre. Y tal respuesta fue
asimismo la que, ingeniosamente, serviría al héroe de no morir
engullido brutalmente en las fauces del gigante Polifemo.
Volvernos nadie, enunciar la propia “nada” enlazada indiscerniblemente a sí
mismo, a nuestra identidad, a nuestro nombre. Devenir nadie para salvar la propia vida, he aquí la curiosa estrategia con que
nos ilustra este pasaje homérico: volvernos nadie equivale, en situaciones de feroz desigualdad de poder, a adoptar
activamente una auténtica estrategia de supervivencia basada en la autoelisión
de sí mismo.
Odiseo y su Odisea…
Ese maravilloso texto cargado de infinitos laberintos de significados que constituye “la Odisea” narra las desventuras de Odiseo, rey de Ítaca, hijo de Leartes y Anticlea. Odiseo es un héroe, pero uno cuya soberbia como mortal fue castigada por el dios del mar Poseidón, quien someterá su nave a un naufragio y lo condenará a atravesar diversas vicisitudes durante una larga década. Odiseo persistirá en su objetivo primordial: volver a su reino, recuperar Ítaca, reencontrarse con su amada Penélope y su hijo Telémaco. Estos nobles objetivos, sin embargo, no hacían mella en la ira de Poseidón quien se ocupaba de renovar las tempestades a las que sometía al héroe de manera casi constante de modo tal que le impidieran retornar a su hogar y “pagar” así por su inadmisible soberbia de mortal.
Odiseo
-apodado “el astuto” en virtud de su notabilísimo ingenio que, entre otras
cosas, hizo nacer la idea de construir el famoso caballo a través del cual se
logró vencer a los troyanos- naufragará así, perderá su nave, verá morir a sus
compañeros en ataques sorpresivos, lo atacarán los monstruos marinos Escila y
Caribdis, el guardián de los vientos Eolo los echará de su tierra, en la isla
de Ea la hechicera Circe convertirá a sus marineros en cerdos, etc. Entre tanto
castigo divino a su moral arrogancia, entre tanta desesperación e impotencia,
una hedónica compensanción lo satisface durante un largo tiempo: en la isla de
Ogigia, sitio habitado por la sugerente la ninfa Calipso -hija del titán Atlas-
vivirá casi siete años, retenido entre placeres sensuales, manjares, brebajes,
lujurias y hasta una generosa oferta de juventud eterna e inmortalidad que el
héroe rechazará. Se marchará de allí en una balsa que -como no podía ser de
otra manera- Poseidón destruirá en medio del océano.
Sobreviviendo
apenas aferrado a un mínimo trozo de madera, llegará apenas vivo a la costa del
reino de Alcinoo donde éste, compadeciéndose de su situación, finalmente lo
ayudará a viajar hacia Ítaca. Una vez en su isla natal, Odiseo se disfraza de
mendigo con el objeto de no ser identificado entre los pretendientes de
Penélope que concursaban por quedarse no sólo con su esposa sino con su entero
reino. Una vez en su palacio y habiendo revelado su verdadera identidad a su
mujer y a su hijo, tomará su arco y sus flechas. Odiseo se hará un festín de
mortífera arquería contra los abusivos pretendientes que habían prácticamente
tomado posesión de su palacio. Happy end para
este noble guerrero que no renunció a su esperanza pero debió pagar con su
expuesta vulnerabilidad todos los terribles precios que los dioses impusieron a
su soberbia.
“Nadie” y el episodio con el Cíclope embriagado
Como hemos enumerado sucintamente, Odiseo pasó por diversas desventuras y desafíos que pusieron en riesgo su vida: huracanes marinos, iracundas tormentas gestadas por la rabia de los dioses y varios naufragios. Cuando estas desdichas apenas habían dado comienzo Odiseo atraviesa una de las más curiosas pruebas de supervivencia en la isla de los Cíclopes, experiencia que se relata en el Canto IX del texto homérico.
Nos relata Homero que en aquella isla
de los brutales y gigantescos seres de un solo ojo, habiendo desembarcado junto
con doce de sus hombres y mientras buscaban afanosamente un refugio, Odiseo y
su gente entran sin saberlo en una gruta que resultó ser la cueva de Polifemo.
Polifemo era uno de los cíclopes moradores de la isla, pero para total desgracia
del héroe de Itaca, no se trataba de un cíclope más: Polifemo era nada menos
que el hijo del dios Poseidón, el castigador principal de Odiseo. Desconociendo
que el dueño del lugar era el más famoso de aquellos míticos gigantes de un
solo ojo, los hombres se dieron a comer los quesos que allí encontraron y se
tiraron a descansar. Cuando Polifemo regresa a la cueva se encuentra así con
Odiseo y los suyos. Huelga decir que los forasteros no le cayeron en gracia al
gigantón de voz grave y aspecto monstruoso. Furioso con los intrusos se devoró
a media docena de aqueos y mantuvo al resto encerrado dentro de la gruta, cuya
entrada selló con una roca enormísima inamovible para cualquier humana fuerza
que intentara renoverla. El primitivo instinto de Polifemo era, desde ya,
continuar con su festín de carne humana foránea y comérselos uno por uno a
todos. En medio del temor de los seis restantes y de Odiseo mismo, éste
ingeniosamente logra ofrecerle al gigante una generosa porción de vino puro sin
escanciar que su tripulación llevaba en los odres. Polifemo acepta y le
pregunta su nombre. Escuchemos de la propia boca de Odiseo como relata aquel
intercambio con el cíclope :
-Cíclope, preguntas cuál es mi nombre ilustre y voy a
decírtelo,
pero dame el presente de hospitalidad que me has prometido.
Mi nombre es Nadie;
y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos.
Así le hablé; y enseguida me respondió con ánimo cruel:
-A Nadie me lo comeré último, después de sus compañeros,
y a todos los demás antes que a él:
tal será el don
hospitalario que te ofrezca.
Dicho esto, el gigantón se deglutió a
un par más de aqueos y bebió hasta hartarse del vino ofrecido por Odiseo. Hasta
de tirarse a dormir, incluso se tomó una buena cantidad de leche de oveja. Pero
sigamos este diálogo, nuevamente, de acuerdo al relato del propio Odiseo:
Nosotros contemplábamos aquel horrible
espectáculo con lágrimas en los ojos,
alzando nuestras manos a Zeus;
pues la desesperación se había señoreado de nuestro ánimo.
El cíclope, tan luego como hubo llenado su enorme vientre,
devorando carne humana y bebiendo encima leche sola,
se acostó en la gruta tendiéndose en medio de las ovejas.
alzando nuestras manos a Zeus;
pues la desesperación se había señoreado de nuestro ánimo.
El cíclope, tan luego como hubo llenado su enorme vientre,
devorando carne humana y bebiendo encima leche sola,
se acostó en la gruta tendiéndose en medio de las ovejas.
Mientras Polifemo caía así borracho y terminaba la jornada sumido en un profundo sueño, Odiseo meditaba posibilidades de escape. Mientras la gruta se poblaba de los aterradores ronquidos del cíclope dormido, el astuto héroe ganó el suficiente tiempo como para crear una puntiaguda lanza de una gran rama de olivo que el propio Polifemo había dejado en un rincón de la cueva. Durante el sueño etílico del cíclope, Odiseo y un par de sus hombres empuñaron la pesada y larga lanza en completo sigilo, acercándose a Polifemo a quien se la clavaron corajudamente en el centro de su uniojo. Desesperado, éste dió un espantoso gemido y comenzó a gritar de dolor solicitando ayuda al resto de los cíclopes que habitaban en otras cuevas de aquel promontorio. Algunos le respondieron:
-¿Por qué tan enojado, oh Polifemo, gritas de semejante modo en la divina noche, despertándonos a todos? ¿Acaso algún hombre se lleva tus ovejas mal de tu grado? ¿O, por ventura, te matan con engaño o con fuerza?
Respondióles
desde la cueva el robusto Polifemo:
—¡Oh, amigos! "Nadie" me mata con engaño, no con fuerza.
Ninguno de los cíclopes fue a prestarle ayuda ante lo absurdo de la respuesta de Polifemo, pues lo tomaron por loco o por maldecido por la voluntad de algún dios. Solo, ciego, dolorido y enfurecido Polifemo se sentó en la puerta de la cueva, bloqueando la salida de Odiseo y su gente pues con sus manos tocaba el lomo de las ovejas y cabras que iban saliendo de la gruta a modo de invidente recurso para controlar que Odiseo no se le escapara. Pero el mote de astuto no le había sido puesto en vano al rey de Itaca: Odiseo mando a sus hombres a ubicarse bajo el vientre de las ovejas y salir en cuatro patas bajo éstas de modo tal que al palparlas el gigante no sintiera que debajo de ellas se daban a la fuga sus agresores. De este modo lograron sortear la guardia que el cíclope había montado en la entrada de su guarida y escapar de una muerte segura masticados en la mandíbula de Polifemo. Ya en su nave, Odiseo gritó al cíclope:
—¡Cíclope! Si alguno de los mortales hombres te pregunta la causa de tu vergonzosa ceguera, dile que quien te privó del ojo fue Odiseo, el asolador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Itaca.
Por supuesto
que, al ser alertado de que su hijo Polifemo había quedado ciego por causa de
Odiseo, la ira de Poseidón se encendió una vez más contra el héroe vencedor de
los troyanos. Poseidón se encargaría así, de seguir sumando castigos ad
infinitum contra este descarado mortal que ahora, además, había dejado
invidente a su ciclópeo vástago.
Contra los gigantes, la invisibilidad salvífica
Volverse “nadie” ocasionalmente puede salvarte la vida. Esa parece ser la enseñanza que la astucia de Odiseo deja flotando en el aire a quien se atreva a comprender cabalmente el profundo significado de este mensaje.
Odiseo opta, concientemente por elidirse:
se desvanece junto con la supresión de su nombre propio. Enfrentado a la
brutalidad de un poder contra el que se reconoce pequeño y desamparado, no se
victimiza ni se entrega al destino de ser devorado por la desmesurada voracidad
del gigante. Se refugia en un rincón de la cueva a usar su primera y más segura
arma: el pensamiento.
Odiseo piensa. Odiseo acomoda la
precaria información que se brindan sus sentidos dentro de esa gruta maloliente
en la que todo le indica que perecerá y... piensa. Y es así como una simple
rama de Olivo se transforma, tácticamente, en una lanza enceguecedora. Más
tarde, un pequeño rebaño de ovejas se vuelve el camuflaje perfecto para
garantizar una victoriosa escapatoria. Pero ni la rama de olivo ni las
inocentes ovejas hubieran sido algo más que una mera rama de olivo verde y un
manojo de lanudas criaturas cuadrúpedas de no haber mediado el ingenio creativo
de este legendario héroe homérico.
Sea que tomemos transitoriamente el
nombre Nadie, sea que pensemos en la lanza que
deja ciego a Polifemo, sea que pensemos en la invisibilidad que logran estos
hombres escondidos bajo las ovejas, en todas estas “astucias” el hilo común se
trata de la elisión, del borramiento de sí mismo. Lograr un autodesaparecer que
permita sobrevivir situaciones que seriamente ponen en riesgo la vida. A veces
la visibilidad es nuestra peor condena, sobre todo, cuando el poder que
enfrentamos es brutalmente desproporcionado en relación a las limitaciones
realistas de las propias fuerzas.
Polifemo es un
cíclope, pero podríamos cambiar a Polifemo por cualquier entidad o personaje
desmesuradamente poderoso, cargado de violencia o embanderado en una causa tal
que busque la supresion física de quien no posee ni los medios ni el poderío
para enfrentar esa agresión. El fascismo es todas sus variantes es polifémico.
Los autoritarismos persecutorios de las diferencias y de las disimilitudes que
no se alinean con la cerrazón de
su relato único y excluyente son fenómenos polifémico. El nazismo ha sido
polifémico. Stalin fue un desproporcionado Polifemo. Los tiranozuelos y
tiranozuelas populistas devienen en personajes polifémicos.
Sobrevivir
en contextos polifémicos
Mencionaré dos breves ejemplos de elisiones cuya salvífica invisibilidad quedaron maravillosamente retratadas cinematográficamente. La primera, en “La vida es bella”.
Esta película italiana -“La vita è bella”- protagonizada por Roberto Benigni y basada en el libro “Al
final derroté a Hitler” de Rubino Romeo Salmoni- presenta la experiencia
devastadora que el nazismo representó en las sencillas vidas de muchos judíos
europeos. El personaje principal,
Guido Orefice, encarna a un simple pero ingenioso hombre italiano de origen
judío que logra salvar la vida de su pequeño hijo en el campo de concentración
de Bergeen-Belsen valiéndose de un “cuento” con el cual distorsiona
completamente la realidad en la que se encuentra junto a su hijo. Guido le hará
creer a su pequeño niño que se encuentran en el campo de concentración como
parte de un juego en el que deben ganar puntos, y el primero que gane 1000
puntos se llevará como premio un tanque auténtico. El padre, bajo la excusa del
juego y la competencia para ganar ese tanque imaginario, no sólo invisibiliza
el horror de la situación en el campo de concentración a su hijo, sino que
logra literalmente mantener al pequeño oculto hasta que el fin de la guerra
-con la llegada de los aliados- permite al niño escapar a salvo de lo que
hubiera sido una muerte segura. Frente al Polifemo nazi, ese padre elide a su
hijo, lo invisibiliza a los ojos de la máquina fascista aniquiladora, y es
gracias al doble ocultamiento -de
lo real de la situación y de sí mismo- que el ese pequeño ser logrará
sobrevivir al holocausto.
Otro film, en este caso acerca de la demencia del fascismo mussoliniano, es "Vincere”. En esa trama se recorre la trágica historia real de una de las
amantes del Duce, Ida Dalser y su locura amatoria hacia el líder italiano. Un
psiquiatra se empeñará en que Ida permanezca invisible a los ojos del poder a
fin de poder mantenerla con vida. Será ese “médico de locos” quien le expresará a Ida Dalser un
singular punto de vista acerca de cómo no perecer en aquellos duros tiempos
envueltos en la atmósfera persecutoria del fascismo de masas. Le dice así a
Ida:
“Usted
ataca… salta de las trincheras y ataca. Estuve en la Segunda Guerra, pero ahí
había dos ejércitos matándose entre sí con las mismas armas. Usted, sin
embargo, está sola contra todos… los Carabinieri, la milicia, el ejercito, la
Guardia Real… demasiados. Se equivoca al ir gritando su verdad. ¡No es que la
verdad no debería gritarse! Pero es el modo, el método… el momento, que no es
el correcto. Este es el momento de estar tranquilos, de ser actores… ejerzo de
médico, curo pacientes. ¿Alguna vez me oyó decir: “Abajo el Duce”? Hoy, no digo
siempre, hoy… debemos ser buenos actores.”
El psiquiatra
no desalienta a Ida Dalser a enfrentarse al poder, tampoco pone en duda su
derecho a la decir la verdad… pero intenta resguardarla de la obscena
bestialidad del fascismo. Conciente de la desproporción de poder, el psiquiatra
sugiere a Ida que se elida, que se desvanezca en la invisibilidad de ser
“nadie” por un tiempo. Intentando advertirle que cuando los contextos políticos
se vuelven manifiestamente supresivos de la libertad individual, el coraje
puede confudirse con imprudencia sólo está intenta transmitirle que toda
valentía requiere de medir cuidadosamente el momento oportuno para la acción.
No hacerlo cuesta la vida. A ese momentum
preciso para dejar de ser visible, a ese calibrar la propia exposición cuando
en ella se nos puede ir la mismísima existencia, a esa sapiencia serena para
saber cuándo es el tiempo preciso, a esas reflexiones en torno al instante
justo para alcanzar nuestro propósito, a eso los antiguos griegos lo condensaron
con la palabra kairós.
La libertad emboscada
Odiseo aprende a esperar. Cultiva la tensa espera para vencer a Polifemo, mientras piensa en el mejor modo de vencerlo... hasta tanto llegue el momento de pasar a la acción, Odiseo se disuelve en Nadie. Se vuelve Nadie. Y efectivamente, Nadie lo salva y por ello mismo logra salvarse a sí mismo y recuperar orgullosamente su nombre propio, su reino, a aquellos quienes más amaba.
Pero por sobre
todo lo que Odiseo recuperó fue la libertad de vivir la vida que deseaba,
continuar viviendo donde la deseaba continuar viviendo y con los que deseaba
continar viviéndola. Ser rey es, principalmente, ser amo de sí, no ceder jamás
la propia soberanía... no siquiera ante la ira de los dioses. Pero para alcanzar ese estado soberano respecto de sus decisiones
y de entera su vida, Odiseo debió naufragar, pagar su tributo de penurias a los olímpicos,
demostrar su inquebrantable sentido del valor y nadificarse a punto de perecer
en esa elisión. Luego, sí, llego el tiempo de recuperarse a sí mismo.
El que se
invisibiliza convalece, sufre, pena, flota sobre su ruina. El asunto es que
nada de ello sea en vano. Un Henry Thoreau en aquel bosque cerca de Walden
Pond, o un Ernst Jünger emboscado en Stauffenberg, también constituyen
versiones de Odiseo en la gruta del cíclope o de Diógenes desnudo viviendo
dentro de un tonel pidiéndole a Alejandro que se mueva porque le tapa el sol. Cuando la libertad de sí está en juego y el poder se presenta con toda su escenografía (o todas sus bayonetas),
los modos de elidirse permiten llevar a cabo una “convalecencia de la
desmesura”. El sentido de esta desventura cobrará relevancia al final de ese relato único que es el
propio existir.
Los nobles
griegos de la antiguedad tuvieron un alto sentido del respeto hacia la libertad
de quienes consideraban sus pares. Libertad no era una palabra escrita en sus
Constituciones –estaban lejos aún los siglos en que advendría el estado-nación
y sus cartas fundacionales- sino un acto, una acción, un valor práctico, una
pauta de convivencia ética. Entre hombres libres se cultivaba la libertad tanto
como la excelencia, el sentido del mérito, la competencia como medio de
superación personal, el autogobierno. Sin esa trama interactuante la libertad
era cosa vana, una mera proclamación discursiva que cualquier espíritu superior
habría rechazado por falsa y vacua.
La vileza que
implica huir escabullidamente de la responsabilidad de estar vivo, los trucos
de escapismo con que se intenta mágicamente tomar el atajo de la irrealidad, o
la victimización sacrificial (cuyo metamensaje siempre es extorsivo y
manipulador) están muy lejos de representar formas de alcanzar la libertad. Por
el contrario, elidirnos es otra cosa bien distinta: constituye una forma temporal de darse a la espera. Una
espera conciente que no suprime el coraje sino que lo fragua en la dureza de la
demora que sabe contenerse para lanzarse más tarde con mayor precisión y
justeza. Odiseo es nadie porque sólo vaciándose transitoriamente de quien es
puede volverse lanza, puede hacerse mendigo, puede transformarse en la flecha
que se toma su tiempo para lograr tensarse a punto con el arco.
La libertad es
una flor singularísima cuyo cultivo es muy delicado.
Requiere constancia,
pensamiento propio, provechosa soledad, actitud soberana, y por sobre todo, el
deseo de jamás ceder al arbitrio absurdo de autoridad alguna. No es asunto para
improvisados, ni para ansiosos ni para virulentos. Es una flor tan fuerte como
frágil, es el centro de la diana. Y hay que volverse liviano como el aire para
poder ser flecha y dar en su blanco. Entonces sí, cuando la libertad se ejerce
y se contempla, se transmite y se vivencia, se respira y se cuida.., entonces
sí, la visibilidad vuelve a tener sentido. Entonces sí es tiempo de gritar el
nombre propio fuera de la cueva, desemboscado. Es tiempo de expandir el buen orgullo de haber permanecido de pie en el
infierno y haberlo sobrevivido. Entonces sí se puede elevar aún más esa misma cabeza que jamás se
inclinó ante los fueros sagrados que investían al poder arbitrario. Y bien en
alto, alzar entonces la mano y recoger esa diana en flor por la que trepamos silenciosa
y anónimamente a tantos abismos. O como coronaría Mitsuye Yamada este círculo
entre ser y nadie, entre darse a la visión e invisibilizarse, entre elidirse y
remarcarse:
Reconocer nuestra propia invisibilidad
significa encontrar por fin
el camino hacia la visibilidad.
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domingo, 21 de julio de 2013
Émile Armand - Soy la anarquía
-Ni necesito ni deseo vuestra
disciplina. En cuanto a mis experiencias, quiero hacerlas yo misma. Es de ellas
y no de vosotros de donde sacaré mi regla de conducta. Quiero vivir mi vida. Me
inspiran horror los esclavos y los lacayos. Detesto a quien domina y me repugna
quien se deja dominar. El que consiente en inclinar la espalda bajo el látigo
no vale más que el que lo azota. Amo el peligro y me seduce lo incierto, lo
imprevisto. Deseo la aventura y me importa un cuerno el éxito. Odio vuestra
sociedad de funcionarios y administrados, millonarios y mendigos. No quiero
adaptarme a vuestras costumbres hipócritas ni a vuestras falsas cortesías.
Quiero vivir mis entusiasmos en medio del aire puro de la libertad. Vuestras
calles trazadas con regla me torturan la mirada, y vuestros edificios uniformes
hacen hervir de impaciencia la sangre de mis venas. Ignoro a donde voy. Y esto
me basta. Sigo derecho mi camino, a tenor de mis caprichos, transformándome sin
cesar, y no quiero ser mañana semejante a como soy hoy. Deambulo y no me dejo
esquilar por la tijera de un comentador único. Soy amoral. Sigo adelante,
eternamente apasionada y ardiente, entregándome al primer hombre que se me
aproxima, al caminante harapiento, pero no al sabio grave y engreído que
quisiera reglamentar la longitud de mis pasos. Ni al doctrinario que quisiera
suministrarme fórmulas o reglas. Yo no soy una intelectual; soy una mujer. Una
mujer que vibra ante los impulsos de la naturaleza y las palabras amorosas.
Odio toda cadena y toda traba, me encanta pasear desnuda dejando acariciar mis
carnes por los rayos del sol voluptuoso. Y, ¡oh anciano!, me importa muy poco
que vuestra sociedad se rompa en mil pedazos con tal que yo pueda vivir mi
vida.
-¿Quién eres tú, muchachita sugestiva
como el misterio y salvaje como el instinto?
-Soy la anarquía.
Émile Armand
Ed. Librería Internacional
París, 1926.
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miércoles, 26 de junio de 2013
Nadar... nadar incansablemente contra la peligrosa corriente de la servidumbre
Nadar...
nadar incansablemente contra la peligrosa corriente de la servidumbre
nadar incansablemente contra la peligrosa corriente de la servidumbre
"El ejercicio de la dominación material
apareja inevitablemente tanto para el mismo como para su práctica,
una esclavitud más o
menos acentuada"
Herbert Spencer
El síntoma más
inequívocamente padecido por un ciudadano respecto del arbitrio de un gobierno
que pretende expandirse hasta el paroxismo, es el recorte gradual de sus
libertades individuales. Esta condición tan limitante como inaceptable,
retrotrae al individuo a la sujeción representada por las antiguas referencias
simbólicas propias de la condición de esclavo o de la servidumbre medieval. Un
gobierno voraz es la inaudita combinación trinitaria de un Amo al que
arrodillarse, un Señor al que tributar y un Dios secular al que se deberá
idolatrar fundido en una marea colectiva fascinada con el hechizo del paternalismo
dirigista.
El individuo
que elija sustraese de esa alienante y enfermizamente océanica sensación
masificante sentirá -con la completa certidumbre que aún le brinda una
saludable fortaleza singular- que quienes gobiernan están intentando borrar sin
contemplaciones su preciada condición ontológica autónoma.
Este síntoma
se padece en la medida en que el mismo expresa la pérdida de la libertad
individual y el preaviso de condena a todo aquel que manifieste el derecho
radical a la diferenciación. En esa inadecuación del espíritu libertario a la
imposición del estribillo colectivo encuentra su forma la rebelión contra la
exigencia de igualación y la práctica de la desobediencia civil ante la inmoral
obligación de rendir pleitesía y culto a las vulgaridades falaces que pregona
el estatismo.
¿Qué se
encuentra solapado en las tinieblas, en el revés, en el negativo de este
síntoma que experimenta el ciudadano insubordinado frente a la prédica
impositiva de la religión política? Diremos que si el síntoma es la falta de
libertad del individuo, aquél es reflejo de un signo no menos peligroso ni
letal: el signo de un poder político que ha activado en forma declarada la
semilla del autoritarismo que anida en toda voluntad de control gubernamental.
La visibilidad
que adquieren bajo estas condiciones la coerción, la coacción, la corrupción,
el fanatismo y el autoritarismo no son más que los modos en que se desenmascara
a sí misma la mafiosa ambición de poder de todo gobierno amante de la desproporción
cuando se aferra a la posibilidad de autoperpetuar su saqueo a la sociedad al
amparo de esa bestia ilimitada que llamamos “Estado”.
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lunes, 10 de junio de 2013
Del hombre bueno - Estobeo
Del hombre bueno
Estobeo
“El hombre bueno no está constreñido por nadie ni constriñe a nadie,
no es obstruido por nadie ni obstruye a nadie,
no es obstruido por nadie ni obstruye a nadie,
no está forzado por nadie ni fuerza a nadie,
no domina ni es dominado.
Lo contrario vale para el hombre malo”
Estobeo
(Macedonia, siglo V)
De "Églogas"
(Macedonia, siglo V)
De "Églogas"
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miércoles, 27 de marzo de 2013
El cultivo de la arrogancia vs. la esclavitud de los soberbios
El cultivo de la arrogancia vs. la esclavitud de los soberbios
Gabi Romano
Qué es la arrogancia?
Es la altiva actitud inevitable de un
individuo que se precia de su saber con fundamentos. Es el resultado que
decanta naturalmente en quien cultiva, sin pereza ni excusas, una continua
observación crítico-constructiva autónoma sobre sí mismo. No admitiendo ninguna
otra autoridad que no sea la que provenga del esfuerzo de pulir
constantemente el filo de esa escultórica arma que es su propio juicio, sólo acepta
como primaria obligación el reverenciarse ante sí.
Curtida su piel en el arte de los combates contra toda fuerza que se le oponga (e incluso contra aquellas fuerzas decadentes que, humanamente, cada tanto lo desafían a embates dentro de sí mismo) jamás titubea en desenfundar su desprecio sin misericordia alguna cuando se trata de atacar la estupidez masivizada. Como adjetivo, es relevante recordar que sólo es aplicable a seres -no a entes, ni a cosas, sino a individuos concretos- siendo asimismo sinónimo de gallardía, buen aire, arrojo y valor. Ser brioso Amo de sí es la Gran Etica que lo guía en sus actos y decisiones afirmativas.
El arrogante es un leóniño siempre único, solitario, emboscado: no habita ni en el número extenso ni en las mayorías. Posee la fortaleza suficiente como para ser/estar sin el mandato de pertenecer a nada ni a nadie. Es quien ha entendido cabalmente que desplegar la potencia individual hasta su maximización es el mayor desafío apolíneo-dionisíaco que vale la pena ser tomado como un juego alegremente serio en esta única vida.
Ser arrogante es dotarse de una condición solar que decide, a su entero arbitrio, donde irradiarse y cuando reservarse.
Curtida su piel en el arte de los combates contra toda fuerza que se le oponga (e incluso contra aquellas fuerzas decadentes que, humanamente, cada tanto lo desafían a embates dentro de sí mismo) jamás titubea en desenfundar su desprecio sin misericordia alguna cuando se trata de atacar la estupidez masivizada. Como adjetivo, es relevante recordar que sólo es aplicable a seres -no a entes, ni a cosas, sino a individuos concretos- siendo asimismo sinónimo de gallardía, buen aire, arrojo y valor. Ser brioso Amo de sí es la Gran Etica que lo guía en sus actos y decisiones afirmativas.
El arrogante es un leóniño siempre único, solitario, emboscado: no habita ni en el número extenso ni en las mayorías. Posee la fortaleza suficiente como para ser/estar sin el mandato de pertenecer a nada ni a nadie. Es quien ha entendido cabalmente que desplegar la potencia individual hasta su maximización es el mayor desafío apolíneo-dionisíaco que vale la pena ser tomado como un juego alegremente serio en esta única vida.
Ser arrogante es dotarse de una condición solar que decide, a su entero arbitrio, donde irradiarse y cuando reservarse.
Qué es la
soberbia?
Es la bajeza
de envanecerse narcisísticamente en la contemplación de las propias fallas. Propio de aquellas almas mediocres que apelan al falso recurso de la vanidad, suplen de este modo
su incapacidad de autosuperación y la ausencia de plasticidad creativa. Es el
residuo rígido que decanta naturalmente en aquel que, amparado en los determinismos
y la adversidad de las circunstancias, se inclina por buscar inexorablemente
algún tipo de victimario en quien proyectar las sombras de su propio tormento. La pequeña moral de la ignominia es el terreno infértil donde cada día
el soberbio desahoga sus desequilíbricos odios iracundos y la tristeza crónica a que lo empuja una insatisfacción
melancólica sólo alterada por goces superfluos. Autoconvencido de su “derecho al mal” por la vía del envenenado
resentimiento, termina esclavizado a nadar en círculos en el charco de sus
ignorancias y la turbidez de la negación.
El soberbio es un cerdoveja siempre parecido a los de su manada recolectora de espectros: comulga con las visiones distortivas, se mezcla en símbolos comunes, es afín a las causas homogeneizantes, se recuesta en la comodidad de la repetición uniforme, se olvida de sí creyendo hallar en medio de ese añadido de neglicencias existenciales una "virtud" de la que ufanarse. Suelen tener un mal gusto casi suntuoso e igual desproporción a la hora de injuriar. Haciendo alarde de una modestia (in-creíble) no ratifican sino a través de esa ficción comportamental el reverso social de una configuración subjetiva violentamente furibunda.
Poco hay detrás de esas máscaras grupales bajo las que protege su debilidad, pues su estatus ontológico está burdamente confeccionado con los hilos farsantes de la inautenticidad. Así es que tiende a definirse por lo que rechaza, por lo que no-es, por sus detestamientos, o por aquellos rótulos englobadores trás los que oculta su vulnerabilidad identitaria. Y por todo lo antedicho, lo aterra la distinción, la diferencia del que expone su orgullo distante, la singularidad radical.
Jamás comprenderá que ha desperdiciado imbécilmente la azarosa probabilidad que representa poseer una existencia conciente, deshonrando con ello cuatro millones de años de evolución. Engullido por las fauces de su impotente inercia personal se colectiviza con otros penitentes de la culpa y de la venganza interminable a fin de tributar respetos a algún imaginario ídolo con pies de barro (o se comporta como si él mismo lo fuera por obra y gracia del contagio a que perpetuamente lo someten sus emociones ingobernadas).
Alimentando sus desvitalizados instintos con el peligroso parásito de las tragedias personales o colectivas, se vuelve él mismo un perfecto parásito de algún otro ente real o abstracto igualmente enfermizo. Es la acabada imagen de la deshonestidad hipócrita. Ser soberbio es estar condenado a ser una luz artificial siempre al borde de la extinción.
El soberbio es un cerdoveja siempre parecido a los de su manada recolectora de espectros: comulga con las visiones distortivas, se mezcla en símbolos comunes, es afín a las causas homogeneizantes, se recuesta en la comodidad de la repetición uniforme, se olvida de sí creyendo hallar en medio de ese añadido de neglicencias existenciales una "virtud" de la que ufanarse. Suelen tener un mal gusto casi suntuoso e igual desproporción a la hora de injuriar. Haciendo alarde de una modestia (in-creíble) no ratifican sino a través de esa ficción comportamental el reverso social de una configuración subjetiva violentamente furibunda.
Poco hay detrás de esas máscaras grupales bajo las que protege su debilidad, pues su estatus ontológico está burdamente confeccionado con los hilos farsantes de la inautenticidad. Así es que tiende a definirse por lo que rechaza, por lo que no-es, por sus detestamientos, o por aquellos rótulos englobadores trás los que oculta su vulnerabilidad identitaria. Y por todo lo antedicho, lo aterra la distinción, la diferencia del que expone su orgullo distante, la singularidad radical.
Jamás comprenderá que ha desperdiciado imbécilmente la azarosa probabilidad que representa poseer una existencia conciente, deshonrando con ello cuatro millones de años de evolución. Engullido por las fauces de su impotente inercia personal se colectiviza con otros penitentes de la culpa y de la venganza interminable a fin de tributar respetos a algún imaginario ídolo con pies de barro (o se comporta como si él mismo lo fuera por obra y gracia del contagio a que perpetuamente lo someten sus emociones ingobernadas).
Alimentando sus desvitalizados instintos con el peligroso parásito de las tragedias personales o colectivas, se vuelve él mismo un perfecto parásito de algún otro ente real o abstracto igualmente enfermizo. Es la acabada imagen de la deshonestidad hipócrita. Ser soberbio es estar condenado a ser una luz artificial siempre al borde de la extinción.
Allí mismo
donde el arrogante practica -en los hechos y sin permiso- su innegociable
búsqueda de la felicidad impermanente, el soberbio se arrodilla a implorar por
algún milagroso “derecho” que lo rescate ilusoriamente de su inveterada hechura
de infeliz autocompasivo.
Se trata, en
suma, de dos condiciones antagónicas y excluyentes de vivir… y morir.
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miércoles, 18 de julio de 2012
Amigos nómades, esteparios espíritus libres...
Amigos
nómades, esteparios espíritus libres...
Gabi Romano
"...yo amo a aquel cuya alma se prodiga"
Friedrich Nietzsche
Friedrich Nietzsche
No puedo andar
en manada. No sé. No me sale. No.
Prefiero lo
primitivo y la aridez de la soledad más huraña que aceptar presencias que han entrado
en las fauces de cualquier modo de estandarización. Optaré siempre por un
terremoto existencial análogo a un 9.5 en la escala Richter antes que dejar que
me fijen las alas en el telgopor ordenado de las voluntades entomológicas. No
hay costo que deba detener a uno si el precio que se nos está exigiendo pagar
involucra a la mismísima libertad de ser quien se es.
Me importan
relativamente poco y nada los sosiegos sociales, soy alérgica a los consuelos
colectivistas diseñados para piaras, y tengo bajísima tolerancia a cualquiera que pretenda
venderme el aura beatífica con que tiende a marketinearse la indiscernibilidad
de ciertas infelices unidades gregarias. Frente a las variaciones monótonas de convenciones bendecidas
masivamente, sigo siendo sanguíneamente pirrónica. Entre “pertenecer” y “ser”
iré indefectiblemente tras el riesgo ontológico.
No hago lazo
fácilmente, y difícilmente pueda alguien ponerme una brida. No me molesta que otros opten por algún
tipo de entrega en fascículos de su autonomía a fin de que sus existencias sean
editadas por hechiceros de la conciencia, aunque sí me irrita cuando se
autoejemplifican como herederos de dudosas virtudes no sujetas a discusión
alguna. Allá ellos y los usos intrumentales a los que se presten. Siendo que no
concibo arquitecturizarse a sí mismo por fuera de una constante crítica diaria
sobre lo que se hace y se piensa, lo que se edifica y lo que se procrastina, lo
que se cree y lo que se ignora, soy capaz de ahogarme de desesperación ante la
cerrazón del otro. Tal vez sea esa
la principal razón por la cual prefiero salir a nadar sola en aguas abiertas.
Por mi parte me quedo siempre con el apocalipsis de mi mismidad en perpetua
inquietud antes que con cualquier versión del paraíso compartido. Anarca y
confusa, jamás previsible y ni gobernable. Desatada, suelta, y probablemente
inmoral, pero así me elijo antes que adaptada a una moralina en ruinas o
amordazada por dogmáticas exigencias con pretensiones de irrevocabilidad.
Cuánto más
pedagógicas me han resultado siempre las violentas y sinceras demencias de mis
propios vulcanismos antes que las supuestas educativas serenidades patológicas
que exudan de las planicies de tantos amesetamientos colectivos! Cuánto más he
aprendido de mis propios desgobiernos que de cargarme a cuestas los disfraces
de la modelización aceptada! Cuánto..!
Antes muerta
que socializada.
Se trata esto
de un encomio del cocooning?
No,
simplemente intento resumir enunciativamente las preferencias a las que me
conduce mi propia incapacidad físico-espiritual para soportar la estupidez
crónica y practicar el fetichismo de la hipocresía universalizada. La medianía
me aburre -en el mejor de los casos-, o me saca completamente de quicio -en el
peor de ellos. Me conozco inasimilable, inapropiable, resistente a cualquier
sombra de dominio que intente proyectar opacidades propietarias sobre mi
persona.
Frente a todo
el cansador meteorismo de fachadas e inautenticidades
comprables/vendibles/regalables, definitivamente adhiero a ser solar. He sido
solar desde que me recuerdo en la infancia, optando por mí misma y mi bolsa de
crayones antes que por ir a las fiestas de cumpleaños de semidesconocidos
diablillos en las que era capaz de permanecer sentada en una pequeña silla
antes que desdibujada en juegos que parecían estar hechos para alegrar neuronas
de infrahumanos. Estructuralmente termino metida hacia adentro si no hay nadie
o nada "afuera" con lo que valga la pena realmente tomar contacto.
Introspectivismo de supervivencia ante el sinsentido. Autoprotección
radicalmente sana ante las máquinas de inculcación de normalidad enfermiza.
Sin embargo
estoy lejos de ser hermética y menos considerarme de poco habla. Amo como pocas
otras cosas los deleites de un buen diálogo. Pero conversar (al menos en mis
términos) requiere de un ser afín a la propia locura, de un mapa de arenas
movedizas comunes, de una afinación cordal en alta comunión. Sino, cuánto más
tengo con el mundo interno de mis propios murmullos interiores disparatados o
sublimes! Cuánto más obtengo y aprendo con escuchar los pájaros que retornan
por las tardes a sus árboles, con seguir a las abejas que curiosean las
corolas, con estar atenta al viento y sus cambios de pentagrama! Quién puede
ser el grandísimo necio, ciego y sordo que sostenga que un ser solitario está
“solo”? No hay soledad si el oído se apoya en los flujos animados por la vida y
la muerte que permanentemente nos rodean.
Y si de
compañías humanas se trata, en este punto es bueno recordar que hasta los
perros cínicos sabían cuidar de los bienes de la amistad sin por ello renunciar
un milímetro de su autonomía. Cultivadores de un tipo de amistad peculiar,
claro está, no sujeta a normativas convencionales ni a pactos uniformizantes,
los andrajosos seguidores de Diógenes sabían apreciar la belleza de lo básico y
compartir esas gratificantes elementariedades sabiamente con espíritus afines.
Incluso hasta el amor entre cínicos supuso, no sólo la precondición amistosa
con el otro, sino el compromiso de ruptura con todo formalismo: baste para ello
recordar las antisociales bodas entre el costroso Crates y la nobilísima
Hiparquía, quienes felices y radiantes se dedicaron a hacer el amor en la plaza
pública en señal de celebración. Festejo en la desposesión, inter-cambio de
flujicidades sexuales donde sea que sean preciso ser intercambiadas (Henry
Miller y June Mansfiled rodarían por similares sendas eróticas muchos siglos
más tarde...)
La amistad es,
sí, una forma de amor.
Sé que mi
pequeño hato de rebeladas almas amigas está compuesta por amables seres
emboscados, lobos de las estepas, tirabombas de palabras, montañeses que no se
gastan en simpatizar con los imbéciles, caminantes nómades, electrones libres, anarquistas irredentos.
Lógicamente tengo pocos amigos tan raros como maravillosos en un número
inversamente proporcional a las obvias legiones de antiamigos que, francamente,
me ne fregan.
La amistad
entre emboscados es aristocráticamente generosa: se da lo que se tiene, y no
sólo lo que se puede. Se da al otro sacando del infinito bolsillo de las
prodigalidades simbólicas, nunca desde lo que sobra o desde el resto: se trata
de "dar dándose" únicamente desde lo mejor de sí. Y no porque se pida
explícitamente nada, pues incluso sucede que la amistad entre espíritus libres
no suele pedir demasiado. Lo que se ofrece se da casi sin darse cuenta de tal
dación porque la sobreabundancia no es de objetos sino de "mundos"
(con lo cual se elimina felizmente cualquier nauseabunda forma disimétrica de
caridad material). La amistad entre lobos es solidariamente feroz: nadie ha de
atacar a un lobo amigo sin correr el serio riesgo de ser despellejado por la pequeña
fraternidad de aulladores. Entre electrones libres lo amistoso forma delicadas
partículas que dan lugar a elementos nobles, raros, inclasificables. Ser amigo
de caminantes hace que siempre se esté atento a múltiples senderos abiertos y
se desechen los corredores cerrados donde el aire ausente todo lo enrarece.
Tener amigos nómades nos arranca de la cómodas quietudes adquiridas y nos hace
sentir mejor armados ante las tormentas de arena con que el destino indiseñado
nos confronta. Y siempre pero siempre esta aristocracia amistosa ha de preferir
las cuevas de la noche para el encuentro, las madrugadas activamente
dialogadas, los vinos siempre descorchados a tiempo, las caricias para el
paladar, los placeres dionisíacos, la música como refugio para los males o como
danza que celebra los bienes.
Me place el
tiempo ganado o perdido entre wanderers, caballeros andantes, damas
afrodisíacas, rolling stones, viajeros pariendo dimensiones alternas de las que nos reiremos a pata
ancha a la mañana siguiente tambaleando entre las ruinas de la resaca. Sólo
entre esos espíritus liados por el afán de libertad y el hambre de transmutar
valores es que concibo darme al arte de
esculpir la roca dura de la amistad. Por debajo de esa vara, prefiero
refugiarme en las bondades de mi ermita.
Como Heracles
ante sus trabajos, como Odiseo ante las naufragantes consecuencias de su propia
altivez arrogante, como el mirmidón Aquiles esquivando imponderables flechas,
como el desapegado Siddharta sentado bajo el árbol, siempre estamos
descomunalmente solos al enfrentar nuestras disfuncionales brumas endógenas o
las zarpas inclementes de las circunstancias exógenas.
Nada hay más
arduo que no dejarse a sí mismo reposar en los pusilánimes decorados de la
justicia, en los microinfiernos del sistema de salud, en las amargas farsas
religiosas: sé tu mejor juez, tu propio sanador, tu único sacerdote sagrado. A
partir de ese punto, sí, arraigar la amistad. Una amistad que se debe saber
retirar a tiempo de los atentados constantes que tienden a banalizarla,
instrumentalizarla e incluso moralizarla.
Ser amigo es
co-afirmarse mutuamente con un ser afín, bajo el cielo común de la exigencia
ético-política de ser soberano de sí. Partiendo de ese insoslayable punto de
anclaje de uno mismo en uno mismo, entonces sí, vagar de a dos, juntarse en
temporales bandadas de solitarios que dejan de serlo sin extraviar el tesoro de
cada unicidad. Compartir es disponerse a seguir siendo rotundamente quien se
sea intersectando activamente territorios sintientes, pensantes y sensibles con
el otro.
Se puede ser
amigo entre esclavos, claro está. Pero cuánto más alto es el vuelo de dos aves
que bien saben ser Amos de sus propios vuelos..!
A mis amigos y
amigas, por siempre incorregibles espíritus libres, gracias por ser y estar.
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