lunes, 3 de marzo de 2008

Decálogo intangible



¿Qué he acopiado en este año en el arcón de los bienes invisibles?

Un decálogo patrimonial intangible.



1- Pensar más lento, detenerme a mirar sin ver a veces, y otras a ver mirando largamente. Se trata de algo que ha acentuado mi amor por los microscopios. O sea, me he vuelto más microscopista aún de lo que era. Tal vez podría pensar que no se trata más de una desaceleración producto de estar alejada bastante ya de mis veinte años. Pero eso suena muy trillado y poco consistente como razón de fondo. En los cuarenta que estoy, ando ahora más capturada por una inocencia intensa, dispuesta a descubrir qué interesante me resulta mi estructural inadecuación a casi todo y mirar esa inadecuación con lentes y lupas de aumento. Hay ahora, tal vez en estos tiempos que vivo fuera de “casa”, en estos parajes no occidentales (aunque tóxicamente occidentalizados) una posibilidad para examinar la textura de los pequeños movimientos y las intensidades de los cambios, como si se tratara de una especie de Tai-chi-chuan pero no ya del cuerpo sino de la existencia misma.


2- Sigo amando ciertas “sorpresas” que me catastrofean mis normalidades. Las prefiero mucho más -a pesar del tiempo de estupor y consternación que me tomen- antes que cualquier forma de inmovilismo decadentista. El agua quieta promueve la putrefacción de casi todos los modos de vida…


3- Otras sacudidas, casi siempre esas relacionadas a la muerte, preferiría poder saltearlas en esta lejanía, aunque por supuesto, no pueda. Cuesta atravesar las circunstancias de la muerte en la distancia física. Cuesta duelar, acá, sin los cuerpos que abrazar, sin poder llorar de a dos, o simplemente, sin poder tomar la mano o acariciar un rostro.


4- Sigo siguiendo la velocidad de los aceleramientos cuando estos se presentan en armonía con lo que me place. Pero aprendí a imponer desaceleraciones protectivas a aquellas demandas que no me pertenecen ni me placen buenamente (porque hay aquello que nos place malamente, también).


5- Ciertas previsiones he aprendido a tomar. Otras no las tomaré jamás, sólo para dejarme mecer por las lianas de las tormentas inesperadas, esas que refrescan el alma y nos recuerdan que es bueno caminar sin botas y saltar sobre los charcos en días de generosos aguaceros.


6- Mis tiempos de comprensión se han instalado al lado de la no linealidad definitivamente. Con suerte -en días muy geométricos- las cosas me parecen obedecer a una cierta lógica de la circularidad. En otras ocasiones, menos regladas y menos logizables, siento que todo sigue las leyes de nada.


7- Todo sigue las leyes de nada, sí, eso me parece una belleza. Me he despegado de la angustia heideggereana y de la nausea sartreana, probablemente por causa de lo bien que sienta eso de tomar la positividad budista de la nada. Al menos, si la angustia llega desde la nadeidad en la que sé que todos flotamos, llega… y se va sola por la misma puerta. No es que he erradicado la angustia, no, qué va! Pero ésta no es pre-requisito para la reflexión ni el indagar. Llega porque es parte de lo que hay, tanto como llega el dolor, o la tristeza, o la risa, o el enojo, o la serenidad, o el sosiego, o la contemplación, o el cansancio, o el añorar. Llega, como llegan otras y también se va como todas esas mismas cosas se van. Nunca más clara la relación entre nada, ilusión de permanencia y “principio de lo impermanente”.


8- Miro volcanes como si mirara espejos. Y sé que a veces estarse activo indica un cierto mapa de riesgo explosivo, una probabilidad de estallidos de diversa magnitud y alcance, una falsa calma en que el magma se prepara para salir sin aviso por la boca desenfrenada de temblor, lava y humo. Miro volcanes como espejos de lo que se es: manojo de opuestos sin demasiada oportunidad de “síntesis hegeliana”, calderas impetuosas y serenidades descansadas. Uno y otro, mezcla de voliciones y circuitos eléctrico-neuronales metaconcientes. Azar y necesidad. Libertad y sujeción.


9- Aprendo a andar como “inquietada”, inquietada pero serenamente. Inquietada por preguntas nuevas con respuestas viejas, por preguntas viejas sin respuestas nuevas, por preguntas sin tiempos ni calendario, por respuestas que llegan sin preguntas que las precedan.


10- Me veo en un ir y venir. Nomadizada plenamente. En mi existencia romadizada. Con mi existencia romadizada. Entre mis deseos romadizados. Imposible de “fijar”.



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Pequeñas variaciones, intensas vibraciones




De repente ya no era el mismo


Peter Handke
Mein Jahr in der Niemandsbucht





Llevo poco más de un año viviendo en Bangkok.

Mi tierra sigue lejos.

No he vuelto. Aún.

Nomadizada ando. Ando, sí, ando.



Mis amigos, mis invaluables interlocutores de pensares, mi gente, mis hermanos, la cara de mi madre, la sonrisa de mi padre, mis amores andan allá, andan, sin mí, y yo sin todos ellos acá.


También queda lejos, tan lejos, el “Café del lector”, la calle Honduras, mi querida vista del Río de la Plata desde la costanera norte con sus colores de agua cafeconleche. Andan sin mí y yo sin ellas, las heladerías con gustos de “crema americana”, los supermercados con diez variedades y marcas de dulce de leche, y la carne de nalga lista para hacer una impresionantes milanesas. Ando sin las milongas y sus tangos, sin los cafés para leer un libro de paso o charlar de bueyes perdidos con quien sea. Ando sin ir al “Torcuato Tasso”, sin viajar en taxis negro-amarillos con tacheros casi siempre malhumorados. Andan sin mí y yo sin ellas, las calles de mi ciudad con sus cuatro estaciones desparramadas estéticamente entre sus árboles y sus veredas. Andan, las librerías de Corrientes sin mis manos revolviendo libros viejos que no le importan a casi nadie. Ando sin mi diaria dosis de lengua “argentina”, porque realmente en Buenos Aires hablamos menos español que argentino. Tanto más ando y anda sin mí. En mí.


Pero esto que sigue magnetizado en mi memoria de sentires era, hece un poco más de un año atrás, una mezcla dulce y a veces grisácea de sucederes habituales. Sucederes que, nomadismo geográfico mediante, acá viraron en nuevos pero también “sucederes”.


En eso diario, pequeño, semirutinizado, semicontinuo, minúsculamente insignificante y poblado de actos sencillamente intrascendentes que llamamos “lo cotidiano” se forja nuestra microfísica de la normalidad… y de la a-normalidad también.


Odiamos el despertador por la mañana, cepillamos nuestros dientes, nos damos una ducha, elegimos los calzones-ropa-remera-corbata-abrigo-oloqueseanoscubra, calzamos los zapatos, espiamos el diario, nos lanzamos a las calles junto a otra horda diaria de humanos “rumbo a…”, detestamos a alguien, criticamos algo, obedecemos algo idiotamente, bostezamos luego del almuerzo, comemos algo sano, embuchamos alguna basura indebidamente alta en grasas-calorías, ignoramos algún consejo, no atendemos alguna llamada, compramos frutas y panes, alquilamos una película con la esperanza de poder verla en paz, y así, una multitud de actos se imitan a sí mismos cada día. A eso llamamos “está todo normal”. ¿Qué posee el poder de quebrar la microfísica de la normalidad? Bueno, lo que rompe lo normal puede ser desde una descomunal lluvia torrencial, a una tragedia familiar, o un violento atentado disolviendo algo conocido en llama y polvo, también la presencia de lo súbito e imprevisto bajo la forma de un asalto o un secuestro, y sin duda el anuncio de una enfermedad, o una muerte. Rostros oscuros de lo drástico. Pero existe también el poder de quebrar la normalidad desde esa cosa repentina, informe y múltiple que me gusta llamar, “el amor-intensidad”, de donde se desprende una cara más compositiva de lo insospechado. Este poder desestabilizante de lo normal-cotidiano a través del “amor-intensidad” es más asombrosamente conmocionante y positivizable para nuestro vitalismo.


Mi microfísica de la normalidad tailandesa es apenas variable de la que llevaba en Buenos Aires, aunque con algunas modificaciones. Esas “pequeñas variaciones” son algo que escapaban a mi imaginería de hace un año atrás mientras vivía en Buenos Aires. Aquí mis variaciones pueden consistir en: visitar por primera vez en mi vida un templo de religión india Sikh con la cabeza cubierta con un manto, experimentar los vértigos de los viajes en tuk-tuk, entrar a todos lados y casas con los pies descalzos, saludar con la mirada al elefante de siempre que anda por la Avenida Sukhumvit, hablar de las técnicas raritas de pintura de un artista plástico coreano de vanguardia con mi amistosa vecina Okion, presenciar un show en el que una mujer en una posición inconcebible coloca palitos chinos en sus zonas pudendas y toma con ellos aros de plástico hasta embocarlos en un cono, ver la cucaracha más enorme del mundo casi como si fuera una mochila sobre la espalda de un amigo una noche de lluvia, saludar a los tres cajeros travestis del supermercado japones al que voy todos los santos días, naturalizar que los monjes andan siempre por ahí, en las calles en horas tempranas vestiditos de anaranjado y en cantidades y grupos variables, dejarme llevar a caminar por callecitas llenas de reggae y extrañeces en la zona hipposa de Kao-San-Road un jueves por la noche. Estas y otras constituyen parte de esas “pequeñas variaciones”. Todo esto puede sonar a exotismo, pero es parte de mis variaciones a la vida diaria, he incorporado la miso soup a mi dieta alimentaria tanto como incorporé a la percepción del ojo a las tailandesas en pollerita corta ofreciendo su sexo a la salida de mi restaurante italiano familiar favorito de la Soi 31. Estas típicas estampas regionales son hoy mi cotidiano disponible.



Pero entonces, me preguntó, ¿qué es cambiar?

¿Acaso son las “pequeñas variaciones” las que nos hacen sentir un cambio en nuestra microfísica de la normalidad sin necesidad de que acontezca una modificación radical?

Lo normal, lo cotidianizado juega su juego mudo en el “concreto” de la seguridad.

Mientras, la ruptura brusca y negativa de lo normal nos hace anhelar el retorno-reconquista de nuestras viditas rutinizadas, tal vez porque en la brusquedad hay más de estupor y miedo que de placer y fluencia.


Pero entre la microfísica de la normalidad y la brusca ruptura negativizada de ésta, hay un espacio para habitar: el de las pequeñas variaciones.


Pequeñas y nomádicas variaciones.


Pequeñas porque son inapreciables para el ojo grosero del observador desentrenado en finezas del vivir. Y con “finezas” del vivir no me refiero a “la buena vida” como mal podría interpretarse. Mi abuelo, sencillo hombre de campo, de a caballo y con facón siempre afilado en la cintura, era un ser capaz de apreciar la fineza de la vida. Era cultor del silencio, pero también de las palabras cuidadamente dichas, era señor de sí e intermitente juguete saboreado por la boca del riesgo, era capaz de la embriaguez como de la austeridad, era dueño de sus dedos en la guitarra y de su voz en el cantar celebrando la vida en la vibración colectiva de la diversión, pero era un ser solitario y aislado que gozaba de la tranquila dicha de vivir entre sus perros, su tierra y sus calabazas. Ese hombre inclasificable, nómade, tenía sentido agudo de la fineza de la vida.


Pequeñas y nomádicas variaciones.

Pequeñas, pero nunca demasiado ajenas a lo intenso.


Pequeñas porque no aspiran a ninguna trascendencia, ni a ser titular del diario ni a aparecer en la TV. Pequeñas porque me conciernen a mí y sólo a mí en la grandiosa pequeñez de mi vivir. Pequeñas porque forma buena parte de lo “íntimo incomunicable”: son de cada uno y en cada uno hacen nido o levantan vuelo, pero tiene la marca de lo extremadamente singular. Cada quien establece el sentido que dar a sus “pequeñas variaciones”. Sólo cada quien. No hay juez, ni regla ni orden del que desprender en sentido que se puede dar a las pequeñas variaciones.


Y son nomádicas.

Porque descentran la identidad. Flexibilizan el vivir. Tal vez lo complejizan, pero buenamente, asombrosamente, infantilmente.


Las pequeñas variaciones nos mantienen inmaduros, condición sin la cual, maduraríamos (palabra que detesto pues remite a un concepto de responsabilidad moralizada contigua a la adaptación social) y caeríamos de la rama del árbol para ipso facto ser comidos por la voracidad de la máquinaria consumidora de adaptados-maduros-ubicados-correctos- responsables.

Pequeñas nomádicas variaciones.


Son nomádicas porque abren rutas alternativas a la repetición, y con ello, nos apartan de la neurosis de mordernos la cola con nuestras eternizadas quejas. Nomadizan el asombro, el gusto, el placer, la crítica, la estética, el deseo.


Por mi parte, he comenzado a degustar y pensar reflexivamente y en en clima lento y parsimonioso de qué se tratan algunas de mis “pequeñas variaciones”. Algunas, porque las variaciones también se seleccionan (no creo que insista en ver por segunda vez las habilidades vaginales de las tailandesas en el red-light district de Patpong, para ejemplificar esto de la selectividad en las pequeñas variaciones). Y sí he repetido andar en elefante, o me volvería a colgar una serpiente del cuello, por un ratito eso sí, porque pesan mucho, y mis cervicales ya no están para andar con boas por ahí colgadas como si nada.





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Nomadizarse en la niñez


Fragmentos de “Lied Vom Kindsein

(Canción de la niñez)


Peter Handke



Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar.

Cuando el niño era niño,
no sabía que era niño,
para él todo estaba animado,
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño,
no tenía opinión sobre nada,
no tenía ningún hábito,
frecuentemente se sentaba en cuclillas,
y echaba a correr de pronto,
tenía un remolino en el pelo
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

Cuando el niño era niño
era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y no soy vos?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allá?
¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol es tan solo un sueño?
Lo que veo oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo?
¿Existe de verdad el mal
y gente que en verdad es mala?
¿Cómo es posible que yo, el que yo soy,
no fuera antes de existir;
y que un día yo, el que yo soy,
ya no seré más éste que soy?

(…)

Cuando el niño era niño,
despertó una vez en una cama extraña,
y ahora lo hace una y otra vez.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, con suerte, solo en ocasiones.
Imaginaba claramente un paraíso
y ahora apenas puede intuirlo.
Nada podía pensar de la nada,
y ahora se estremece ante a ella.

(…)

Cuando el niño era niño,
como alimento le bastaba una manzana y pan
y hoy sigue siendo así.

Cuando el niño era niño,
las moras le caían en la mano como sólo caen las moras
y aún sigue siendo así.
Las nueces frescas le eran ásperas en la lengua
y aún sigue siendo así.
En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor
y aún sigue siendo así.
En la copa de un árbol cortaba las cerezas emocionado
como aún lo sigue estando.
Era tímido ante los extraños
y aún lo sigue siendo.
Esperaba la primera nieve
y aún la sigue esperando.

Cuando el niño era niño,
tiraba una vara como lanza contra un árbol,
y ésta aún sigue ahí, vibrando.




viernes, 8 de febrero de 2008

Ecos en mi montaña




Bueno, lamento y no, estar en este estado imbecilizado. Estados del alma contra los que nada puede hacerse. Una vez más la soberanía controladora del Yo en una nueva muestra de falla. Falla del Yo, atropello de la pasión. Inversos proporcionales.

Pero ocasionalmente somos solo eso: unos tontos imbéciles meciéndonos dentro de nuestras propias celdas imbatibles, insobornables, imperecederas. Un montículo de contradicciones batallando en silencio, sin siquiera hallar el reposo de las palabras. La agitación de lo callado. O agua buscando serpentear el fuego.

Escribir no sana, apenas sutura. Y a veces.

No hay garantía de reposo en la transmutación de lo sintiente en decires.

Mi mente acostumbra a pensar de manera escrita, como un papelborrador mental, pensar es estarme des-cribiendo, pasándome a mi misma la criba al sinsentido caótico y desordenado de lo que me emerge con el sanguíneo ritmo de lo que me pulsa mas alla de las razones y la razonabilidad. Y entonces, cuando esto sucede, sucede también un caer. Sucede que resbalo semivoluntariamente en un universo poético que forma parte de mi propio lenguaje-casa-de -mi-ser, caigo así, como inútilmente casi con seguridad.

Voy hacia mis poemas, hacia mis deletreos. Mis tintas se hacen una con mis dedos. O no.

Cambio el trayecto que me llevaba en andas hacia misma y voy hacia otros que no son este Yo mio ahora definitivamente poetizado. Voy hasta el umbral de esas otras puertas y descorro suavementente las hojas que penden en el zaguán de la casa-lenguaje de otros seres poetizantes de la pasión y del deseo y de los abismos y de las desmesuras y de las sales y de las llamas y de las esperas y de los soles y de las idas y de las venidas. Y entro desvelada y sin candelabro en la casalibro de esos poetas ineclipsables.

Así hoy, en esta madrugada que no quiere pasar, que no cede a las horas y se vuelve terca en detenimientos, me entrego un poco más a seguir “Rumi-ando”, mientras inclino las velas hacia las costas del amor.



Todo he paladeado. Nada hallé mejor que Tú.
Cuando me zambullí en el mar, no hallé perla como Tú.
Abrí todos los toneles, he paladeado de mil vasijas,
mas ninguno excepto aquel rebelde vino tuyo
tocó mis labios e inspiró mi corazón.



Quisiera poder cantarte cincuenta versos
pero cerraré mis labios.
Abre los tuyos tú.



En el seno de este nuevo amor, muérete
Tu camino comienza en el otro lado.
Conviértete en el cielo
con un hacha ataca el muro de tu prisión.



¿Son éstas palabras o lágrimas?
¿Es habla el llorar?
¿Qué voy a hacer, amor mío?



El amor me ha usurpado las prácticas
y
llenado de poesía.



La montaña conserva el eco muy dentro de sí.
Así es como yo conservo tu voz.



Nadie que sea sincero en su amor es esclavo de la existencia,
Los amantes nada tienen que ver con la existencia



Ay Amado
llévate lo que quiero
llévate lo que hago
llévate lo que necesito
llévate todo lo que me aleja de ti.



Cuánto tiempo puedo estar escondido en llamas
esperando emerger de este fuego.



Añoro flores y jardines,
abre tus labios.



Añoro el sabor a miel,
sal detrás de las nubes.



Me he vuelto tu sol
y tu sombra.





lunes, 4 de febrero de 2008

Rumi, una escritura alada




Rumi, una escritura alada




Meses atrás, mientras revolvía los estantes de la librería Kinokuniya, una de las más nutridas de Bangkok, me dirigí hacia el sector de poesía y… allí estaba…
Lo primero que leí de él fue:
 

Bébete toda tu pasión y sé la deshonra.



Para cita a ciegas, digamos que fue flechazo a primera lectura…



Cuando muera, mi cuerpo yaciendo sobre el suelo
quizás quieras besar mis labios
ya empezando a decaer
no te asustes si abro los ojos
.


… y casi sin querer, me hundí en Rūmī.
O Rumi, como mejor se lo conoce en occidente.
Conocer a Rumi ha sido, por lejos, la mejor sorpresa que me ha deparado mi estadía por Tailandia. No me sonroja decir que, luego de un año ya de vivir acá jamás he ido a visitar ni un templo. Pocos me creen, pero así es. Es que los veo desde afuera y me espanta de manera ingobernable tanto dorado, tanta piedra de colores, tanto barroquez en la decoración. No, no es la idea de un templo budista que pueda tener en la cabeza. Supongo que me gustan más las líneas despojadas, la simpleza, los colores sin piedraje precioso que los sobrecarguen. Cuestión de coherencia interna con lo que pregona el budismo, una coherencia que la exterioridad de los templos en Bangkok no me anuncia. Luego sí, me caen bien simpáticos y me arrancan siempre una sonrisa entre tierna y respetuosa los monjes que por acá andan en las calles, los shoppings, las no-veredas. Con sus sandalias, sus túnicas anaranjadas, sus cabezas rapadas, sus edades inadivinables.
Pero Bangkok, que no me ha atrapado por su budismo a pesar de creer que así sería, me ha abducido con los poemas de un musulmán. Vaya sorpresa para mi alma. Yo cautiva entre las letras de un anciano persa. Pero como no caer frente a este desparramo de ideas sintientes y sentires hechos ideas…


 
 
Cierra la boca a todo alimento.
Saborea la boca del amante en la tuya.
Vas gimiendo y diciendo: me ha dejado. Me dejarán.
Vendrán veinte más.
Vacíate de preocupaciones.
¡Piensa en quién creó el pensamiento!
¿Por qué permaneces en la cárcel
cuando la puerta está abierta de par en par?
Deshazte de la maraña de pensamientos temerosos.
Vive en silencio.
Fluye y fluye en ondas de existencia
en constante expansión.


Supongo que he llegado a él a través de esa juntura que viene mordiéndome los talones (el aquilino, sobre todo…) en la que se enredan amor, vacío e imposible. O aquella otra maldita trinidad en la que duermen entreverados con insolentes promiscuidades conceptuales, las desatadas pasiones, la angustia ante la nadeidad de la muerte, y el radical deseo de engendrar afirmaciones vitales que subviertan los valores pre-establecidos. Entre estos nudos se me ancla la inquietud de saber…


Escápate
sal como si te hubieran dado a luz en
un mundo de color.
Hazlo ya.
estás cubierto de espesas nubes
deslízate. Muere.

Hundida en Rumi.
Me logro quitar de la piel el rastro de metafísica de sus palabras. No me importa el Rumi que busca a la deidad, ni el que apunta al ultramundo trascendente. Me gusta el Rumi telúrico, el hombre...


Hoy no estoy ebrio: soy los millares de ebrios de la tierra.
Estoy loco y amo a todos los locos, hoy.

Voy desvistiendo a sus poemas tal como me gustaría a mí ser desvestida si yo misma fuera un poema. Me quedo, repentina, detenida en una prendapalabra, o giro como un derviche danzante entre medio de sus exaltadas evocaciones a la belleza de estar, simplemente estar, estarse así, vivo. Celebro el cuerpo del poema como celebro el cuerpo de un buen amante, llena de curiosidades hechas gozos y manos cargadas de ternuras, pretendiendo inútilmente que ese encuentro entre él y yo se eternice a través del vuelo de los instantes…


…vuela, vuela, mi ave alma…
Ahora que has escapado de la jaula,
tus alas están desplegadas en el aire.
¡Ay, viaja desde agua salobre
hasta la fuente de vida!
¡Vuelve desde el lugar de las sandalias
hasta el alto asiento de las almas!


Hundirse en Rumi tiene algo de aquello sugerido por Nietzsche como “danzar la desesperación”. Rumi, Zoroastro, Dioniso, Zaratustra: fractales de fractales que sacuden las penas, la alegría, el amor, la pérdida, la belleza o el sinsentido a veces doliente de la existencia a través de sus círculos musicales. Ebria vitalidad, pasión por saber…

Danza
Danza, cuando eres herido.
Danza, cuando se te arrancan los vendajes.
Danza, en el medio de la lucha.
Danza en tu sangre.
Danza, cuando eres perfectamente libre.


Hundida en Rumi, bailo ideas aéreas, esculpidas de aire, ideas que respiran alas.
¿Qué latidos oigo a través de los poemas de Mawlānā Yalāl al-Dīn Muammad Baljī?
Hay en él un pulso insistente, uno que tuerce de tal modo las dicotomías que me produce una gran dicha. La dicha serena de leer modos lógicos no disyuntivos armonizados entre las ideas-palabras que alguien produjo hace ochocientos años atrás en lengua persa. Hay Oriente anti-antitético en el sufismo de Rumi. Y lo celebro. Hay la palpitación de la vida misma que busca derramarse en cada Ser, a cambio de ser capaces cada uno de aceptar la plenitud de vaciarse. Coraje de arrojar las cadenas del apego. Valor de derrotar las complacencias hacia sí mismo...


¿Qué es el espejo del ser?
No- ser. Trae siempre un espejo de no- existencia
como regalo. Cualquier otro presente es tonto.
El agua de tu arroyo puede parecer limpia
pero hay materia no revuelta en el fondo.


Me gusta el Rumi indómito que hizo de la amistad, de la gran amistad intensamente amorosa que lo unió al errante Šams al-Dīn Tabrīzī, un acto insolente de inmoralidad contravalórica. Šams fue el vehiculo mágico hecho Ser que asomó el alma de Rumi a la denominada mahab-e ‛išq o senda del amor. Puedo sentir en ese lazo amistoso entre estas dos marejadas existenciales que, una vez más, la amistad está hecha de la multiforme materia del amor. Y nada hay mejor que las in-morales amistades para seguir poetizando el andar por esta tierra…


Porque allí donde despierta el amor,
muere el Yo, el oscuro déspota.


Me gusta el Rumi nomádico, el pájaro de alas sin patria, el islámico sin religión, el Ser sin elemento, el múltiple sin entidad, el desterrado sin reino. Una identidad que elige la contemplación “flotante” de ese invento infausto que es el Yo, pero sin obligarse a una vida ascética ni huraña: Rumi no se hermitaña, sino que danza con los suyos, dispensa vigorosa alegría, es generoso de sus saberes...



El cielo es azul. El mundo es como un ciego
defecando en cuclillas en el camino.
Pero quienquiera que vea tu vacuidad
ve allende el azul y allende el ciego.
¿Por qué apenarnos de haber estado dormidos?
Da igual cuánto tiempo hayamos permanecido inconscientes.
Aunque estemos aún vacilantes, deshazte de la culpa.
Siempre el mecer de la ternura
a tu alrededor, la flotación.


Y me gusta, por sobre todas las variadas predilecciones que experimento respecto de la escritura de este afgano giróvago, como toca las delicadas cuerdas del amor interpersonal. Me gusta ese particular Rumi que deja capturar su cuerpo por otro cuerpo, que se entrega al desborde loco de las pulsaciones cardíacas alteradas. Amar, pero amar tal como se baila, porque todo es finalmente samā‛, todo danza, se mueve, se inquieta, vibra, y el que es incapaz de fundirse en esa danza que celebra la vitalidad misteriosa de lo habiente, está ya muerto antes de alcanzar la inexorable finitud de sus días.
Sí, he caído en las redes de Rumi.
Qué feliz me he sentido deleitándome en Bangkok con estas "jóvenes" letras persas cuyos piespíritu llevan centurias dando vueltas en un baile cuya única trascendencia que le reconozco es la de incitar a la autotrascendencia…

Quién hace estos cambios?
Disparo una flecha a la derecha
cae a la izquierda.
Cabalgo tras de un venado y me encuentro
perseguido por un cerdo.
Conspiro para conseguir lo que quiero
y termino en la cárcel.
Cavo fosas para atrapar a otros
y me caigo en ellas.
Debo sospechar
de lo que quiero.
Noche y día el Mar tiene espuma.
Ves la superficie espumosa, pero no el Mar.
¡Qué increíble!
Estamos chocando unos con otros como barcos:
nuestros ojos están a oscuras, aunque el agua esté clara.
Dormidos en el bote del cuerpo, flotamos
ajenos al Agua del agua (…)




Rumi es descubrir el don imposible que se derrama en los amantes, es el vacío en su sabia afirmación, es la muerte como maestra, es la música que halla vela y ancla en la potencia inconmensurable de la corporalidad como modo de salvación definitivamente terreno, definitivamente humano. Y ese danzar desenmarcando la rigidez de estos cuatro puntos cardinales entre los que se extiende la existencia -amor, vacío, muerte, placer- es la clave para poder poetizar el pensar, o pensar poéticamente, tal como lo quiso Heidegger. Pero el brillante y aristocrático Mawlānā se le anticipó jugando este juego filopoético nada menos que desde el corazón del Islam.


¿Qué puedo hacer, oh musulmanes?, pues no me reconozco a mi mismo.
No soy cristiano, ni judío, ni mago, ni musulmán.
No soy del Este, ni del Oeste, ni de la tierra, ni del mar.
No soy de la mina de la Naturaleza, ni de los cielos giratorios.
No soy de la tierra, ni del agua, ni del aire, ni del fuego.
No soy del empíreo, ni del polvo, ni de la existencia, ni de la entidad.
No soy de India, ni de China, ni de Bulgaria, ni de Grecia.
No soy del reino de Irak, ni del país de Jurasán.
No soy de este mundo, ni del próximo, ni del Paraíso, ni del Infierno.
No soy de Adán, ni de Eva, ni del Edén, ni Rizwán.
Mi lugar es el sinlugar, mi señal es la sinseñal.
No tengo cuerpo ni alma, pues pertenezco al alma del Amado.
He desechado la dualidad, he visto que los dos mundos son uno;
Uno busco, Uno conozco, Uno veo, Uno llamo.
Estoy embriagado con la copa del Amor,
los dos mundos han desaparecido de mi vida;
no tengo otra cosa que hacer más que el jolgorio y la jarana.



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Sublevarse en los no-mundos del “quizá…”


Y por otra parte,

tal vez haya

en el deseo de lo imposible

un afrodisíaco

sabor a tentación.




Decía el viejo Goethe muy cerca de esta ladera del asunto:

“Yo amo a aquel que desea lo imposible”.


Lo imposible es un rebasamiento de lo real. Un punto de ruptura con la soberanía despiadada del realismo. Una puesta en cuestión de los modos en los que se “cuece” lo considerado por valórico y verdadero por tratarse de aquello que vemos como coincidente con lo real. Lo imposible es un rebasamiento hacia el vacío…


Lo imposible es siempre un acto de subversión con respecto a los ordenadores racionales que agrupan a los posibles en conjuntos lógicos plenos de sentidos compartidos a los que se ha de llamar “la realidad”. Lo imposible pone patas para arriba lo real lógico, haciendo de la ilogicidad la llama de la que se alimenta. Lo imposible subvierte la lógica de esa “llenez” de lo real abriéndonos una fisura vacía de sentido racional…

Sin embargo, lo imposible no es lo mágico, ni lo mistérico… no hay en lo imposible nada del orden animista del milagro ni del ilusionismo fantástico, no hay sortilegio ni patrañas de ultramundo en lo imposible. Tal vez sí, haya algo de enigma. Y vacío…


Imposible es aquello que rebaza, un desborde arbitrario de otros signos de los que no conocemos exactamente su procedencia, pero que definitivamente, no son ésos que nos ayudan a circular funcionalmente día tras día entre las obligatoriedades que impone la organización apolínea de nuestras vidas. En lo imposible hay nuevos signos para los que de muy poco sirven los ya ajados viejos signos con que se yerra (y tantas veces nos llevan a “errar”, valga el juego de palabras) la existencia normativizada. Imposible preñado de dionisíacos signos vacíos…


Lo imposible es una fluencia repentina de desanudamientos, una correntada de sinsentido incomodante pero placentero -correntada a veces violenta, a veces calma, pues no hay concepto de velocidad, de demora, ni exigencia de “cuándos”, ni vulgares variables interviniendo en su decurso-, es un perturbador llamamiento a las desobediencias simbólicas. Podemos ignorarlo, claro está. Podemos hacer como que nada queremos saber sobre nuestros imposibles. Pero, aún ignorando esa convocatoria a sublevar las propias limitaciones (algunas autoimpuestas, otras semielegidas) lo imposible pasa por nosotros dejando su trazo brillante y transparente, como un hilo de luz de luna. Lo imposible, o la posibilidad de vaciarse de las ataduras limitantes que nos autoasfixian y nos matan de muerte lenta.

Una insurrección que se levanta en armas contra el propio sujeto y sus sujeciones: así se presenta subrepticio lo imposible, sea desde la sorpresa, sea desde la involuntad de los placeres pospuestos por “incorrectos”, sea desde las memorias de lo imposible, sea desde la angustia sin nombre. En los imposibles hay destrucción de las secuencias esperables, pues en ese instante complejo en el que entramos como sin querer a los no-mundos del “quizá…”, también nos entregamos sin demasiada o nula conciencia a romper la continuidad simple y cotidiana del tiempo encadenado a su recta línea. Una huída del sentido de la previsión, de la dictadura de los mundos prefabricados por lo mandatado socialmente. La vacuidad de los no-mundos imposibles.


Lo imposible… un arriesgarse a flotar inconciente en lo no advenido todavía.

O esa precondición súbita para la invención de un nuevo juego en un tablero de casillas desconocidas y cuyas fichas son acertijos de inapreciables relieves de los cuales nada sabemos aún. Una invitación a la inmadurez inocente de poner a jugar entre las pesadas cristalizaciones dominantes eso que Deleuze llamaba la “casilla vacía”. Un entregarse a una singularidad tal que “no es ni para el hombre ni para Dios”.


Entonces, quién es capaz de lo imposible?

Napoleón decía que lo imposible era el fantasma de los tímidos y el refugio de lo cobardes, y estaba advirtiendo que seguir pensando en términos posible-imposible era tremenda una limitación.


Preguntas, preguntas, preguntas…


¿Será entonces que lo imposible, circulando como una casilla vacía es asunto que excede al hombre común y corriente, por no decir de que excede a esa fantasía que vuelve a “morir” de tantas muertes tantas veces y que los débiles han dado en llamar Dios?

Entonces, si lo imposible no es asunto de hombres comunes ni de dioses inexistentes, a “quién” alude lo imposible? ¿Hay un sujeto para-en lo imposible? ¿Tiene lo imposible un “quien”, puesto que si lo imposible no tiene “qué” por qué debería tener un “alguien” que respalde ese vacío?

¿Qué conexión poderosa se establece entre el vacío y lo imposible?

¿Lo imposible tiene algo en común con el amor? Esto sí me lo temo desde ahora mismo. Me temo tan que sí, ya que el amor es un animal voraz de imposibilidades que bien puede comenzar a perecer al saborear el primer mordisco de lo posible. Me temo un fatal lazo entre amor e imposible, tanto como entre amor y vacuidad, tanto como entre imposible y vacío. Pero también me reconforta el espíritu pensar en que puede cambiarse el signo negativo que suele darse a esos lazos y positivizar desde allí la visión del amor, de lo imposible y del propio vacío. Veremos.