martes, 26 de julio de 2011

Los atentados en Noruega: Europa y los nuevos “Templarios”



Los atentados en Noruega:
Europa y los nuevos “Templarios




Solamente los fanáticos -que son idealistas y son sectarios- no se entregan.
(…)
Me gustan los fanáticos y todos los fanatismos de la historia. Me gustan los héroes y los santos.
Me gustan los mártires, cualquiera sea la causa y la razón de su fanatismo.
El fanatismo que convierte a la vida en un morir permanente y heroico
es el único camino que tiene la vida para vencer a la muerte.
Por eso soy fanática.
(…)
El fanatismo es la única fuerza que Dios le dejó al corazón para ganar sus batallas.”

Eva Duarte de Perón
Del libro “Mi mensaje
(último escrito de Evita, del año 1952)





-Lo que no puedo

Me siento distante de cualquier forma de fanatismo de ideas.
No soy seguidora. Ni creyente. Ni redentora. Ni salvacionista ni nadie.
Soy pésima recitando, peor aún repitiendo "a pie juntillas”, incapaz estructural de invocar nada con solemnidades y posturas vacuas.
No creo que para vencer a la muerte haya que sembrar más odio y más muerte.
Tampoco soy una pacifista ingenua. La violencia es inherente al bicho humano, pero también es inherente a él la capacidad razonante y racional para controlar la hostilidad y contener sus impulsos aniquiladores a los fines de coexistir entre pares. La agresión es justificable en el marco de la legítima defensa, el resto es gusto primitivo por la violencia, sinrazón de la maldad a diversa escala.
No considero que los mártires constituyan ejemplos para un mejor vivir.
No soy una fanática política ni religiosa. Nunca lo he sido ni lo podré ser. Mis hélices de ADN no han traído ese gen de la “creencia-que-no-ha-de-ser-cuestionada”.
No creo que ningún héroe haya sido ni pueda ser un santo.
Ni creo que ningún santo haya sido ni pueda ser un héroe.
Tampoco creo que la fuerza para ganar esas mil y un batallas con las que el andar nos va desafiando en su misterioso devenir, nos la dé ningún Ser, ningún libro, ninguna entidad suprasensible. Para seguir de pie y mantenernos en camino, somos nosotros mismos y eventualmente la fuente de efectos alegres y ascendentes de los cuales consigamos rodearnos (llámense amigos/as, amores, amantes, hijos/as, maestros/as, colegas, socios, familia, compañeros/as) los que en su sumatoria positiva nos darán la oportuna fuerza para salir de los baches y pozos en que a veces uno se resbala, cae, se pierde cada tanto.



-Héroes, no santos

Sin embargo, y pese a lo anterior creo en el heroísmo "a la antigua". A lo Heracles, a lo Aquiles, a lo Ulises...

También en los buenos actos heroicos que se cosechan mucho más tarde como ejemplo social y cultural por las generaciones venideras.

Los héroes, no son inmaculados ni impolutos. Pero la imaginería social demanda de ellos algunos requisitos específicos. El más exigente y crucial es que el héroe tenga un cierto grado de armonía entre sus objetivos a largo plazo, su estilo de vida y los propósitos de su legado. Se sabe que no se puede exigir de los héroes  una completa y total coherencia entre estos tres ejes, pero sí que al menos representen el máximo esfuerzo por dar con ese ethos coherente (digamos que a predominio) cuando examinemos su vida y sus actos.

Los héroes no pueden de ninguna manera ser considerados como santos. Esa imposibilidad para la "santidad” los hace ser apenas nada más que eso: héroes (nada más... y nada menos!).
En los auténticos relatos heroicos los sujetos que los protagonizan están presionados por innumerables desafíos a los que deben responder, puestas a prueba. Y desde luego que estas pruebas son enfrentadas desde la complejidad de sus contradicciones internas, sus conflictos irresueltos, sus paradojas, marcas todas ellas de humanísima celebrable impureza.
No siempre los héroes son claros ni mucho menos inocentes. La santidad -si tal estado virtuoso fuera siquiera aproximable por un humano- está así bien lejos de la imago social que asociamos a la heroicidad.



-La armonía entre vida-obra-discurso

El mejor y más acabado ejemplo de vida heroica ha sido, al menos desde mis predilecciones tempranas, el homérico Ulises.

Ulises resume en sí al hombre desafiante de los dioses, individuo dueño de sí, ejemplo de coraje, hábil y justo para gobernar a los suyos, querido en su tierra, honrado, inteligente, verdadero. Héroe armónico entre vida-obra-discurso. Aún tentado por el deseo sigue siendo firme e inclaudicable en lo que hace a su objetivo final: volver a su reino, a su Itaka donde era recordado por su gente como buen monarca, a abrazar a su querida esposa Penélope, a ser padre presente de su añorado hijo Telémaco.
Al pobre Ulises le pasará toda una Odisea hasta alcanzar su noble objetivo. Se templará en ese “en medio”, como un metal expuesto a las más altas exigencias. Tendrá que luchar, triunfar, zozobrar, mantenerse a flote entre las ruinas a que quedó reducida por los temporales de su existencia su antes gloriosa vida. Deberá comprender el justo medio entre humildad y orgullo.

Tendrá que controlar sus impulsos y cultivar el arte de la espera, incluso cuando diez años después retorne a su isla y se salga de la vaina por pasar por la espada a todos los que lo traicionaron deberá seguir esperando y hallar el exacto kairós -tiempo oportuno y lugar preciso- para atravesar con todas sus lanzas a los buitres de sus enemigos.
Ulises es un héroe porque es honesto, noble, magnánimo y valiente.
Pero por sobre todo, porque ha aprendido a aprender. Dolorosamente. En el exilio. En la soledad. En la desesperación. En la distancia.
Un héroe que se ha forjado a sí mismo desde siempre y para siempre.



-En las antípodas del héroe... el fanático

Jamás un fanático puede reunir las condiciones subjetivas que enunciábamos someramente como propias de la heroicidad para, alguna vez, tornarse en héroe.

Héroe y fanático son figuras ético-políticas excluyentes una de la otra.

Lamentablemente la afirmación anterior no logra evitar que, en ciertos discursos bizarros, los cultivadores del odio y el resentido desprecio aspiren a autodenominar ciertos actos de ciertos nefastos personajes como “heroicos”. O peor aún, se los pretenda consagrar como “héroes” por sus adulones pares, por sus ciegos simpatizantes, o por sus eventuales fieles seguidores.

El fanatismo es enemigo de la dinámica de la verdad.



-La masacre de Noruega y el fanatismo cristiano

Hace unos pocos días atrás un fundamentalista cristiano, Anders Behring Breivik, perpetró dos atentados en Noruega, uno de los pocos países relativamente considerado bajo el adjetivo de "pacífico".
El primer atentado, con un coche bomba con 500 kg. de explosivo que hizo detonar en un edificio gubernamental de Oslo, dejando como saldo 9 muertos y decenas de heridos.
El segundo -a pocas horas del primero- abriendo fuego con balas expansivas (un tipo de proyectil prohibido desde 1899 y por la Convención de Ginebra puesto que causa gravísimos daños internos a quien recibe los disparos dado que las balas explotan dentro del cuerpo de la víctima) y desatando una masacre que costó la vida a 84 jóvenes cuyas edades iban de los 13 a los 25 años y que participaban de un campamento político del partido Laborista en la isla de Utoya. A cada uno de los asesinados le dio dos disparos para asegurarse su muerte. Los heridos con las tremendas balas expansivas llegan al centenar.

Según algunos datos informados por los medios y los investigadores de esta cacería atroz, el asesino era miembro activo de la “Orden de los Templarios”, una organización secreta que sólo en Noruega congrega a casi 20.000 adherentes. Como todo detentador de verdades inconmovibles, el “Cruzado” Breivik escribió tiempo atrás su propio "Manifiesto": 1500 páginas que publicó en su página bajo la cruz que simboliza a los Templarios.

En tal Manifiesto, el asesino declara la “guerra a sangre” a inmigrantes y marxistas. Asimismo trata de postularse como “inspiración” para otros, llamando a los conservadores a ir al martirio en pos de erradicar el marxismo cultural (sic), y de detener el avance del Islam al cual identifica como consecuencia del multiculturalismo de Estados de “mano blanda” que en toda Europa ha permitido el ingreso masivo de inmigrantes de países árabes.

Un fanático, esta vez blanco, occidental, cristiano e islamófobo.

Breivik no es un héroe. Es un fanático. Un fanático religioso con objetivos político-sociales. Sus "razones" podrán o no ser discutibles, podrán o no coincidir algo o nada con nuestros mapas de ideas, pero seguirá siendo un fanático agresivo y peligroso.
Uno que activó hasta las últimas consecuencias su odio cargado de "principios y razones" que, en última instancia, dejan de ser tales bajo la resignificación que ofrece la carnicería humana en que convirtió a Oslo y a la isla de Utoya.
No hay valor ni coraje cuando se mata a quien no sólo está desarmado sino definitivamente por fuera de un campo de batalla.
El coraje y el valor heroico, en todo caso, han de demostrarse cuando se lucha contra enemigos que aceptan la contienda del enfrentamiento armado y se involucran en ello a sabiendas de que la muerte es la moneda que retorna como paga en el campo de guerra.
Ningún niño ni ningún joven en Utoya estaba armado. Menos aún estaban anoticiados de que serían masacrados por un enemigo vengativo y desorbitado de su propia "raza".



-Muerte en nombre de Alá, muerte en nombre de Dios

No hay ningún tipo de heroicidad reconocible en Breivik. como tampoco es reconocible ninguna heroicidad en el egipcio Mohamed Atta, artífice de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York.
En estos criminales hay fanatismo religioso, liso y llano. Sumado a este factor común hay locura personal y deseos de revancha completamente mal dirigidos, inmundamente metodologizados, injustamente concretados. 
Esta vez ha sido un muchacho noruego, rubio, de tez blanca que rezará por las noches y poseerá una apariencia "normal" (o sea, occidental y superficialmente no sospechable de maldad alguna). Pero en su acto es imposible ver otra cosa ue no sea la insanía extrema del fanatismo, por más que el "devolver honor de su patria" haya estado en el enunciado de las razones de su actuar.
Breivik mató en nombre de su bandera.
En nombre de su patria.
En nombre de su nación.
Y una vez más bandera, patria, nación y Estado se confabulan con la locura personal para justificar una masacre brutal.
Breivik buscó realizar el principio de su deseo en esa matanza: castigar la suelta liviandad migratoria de los Estados europeos. Lo hizo con este llamado de atención atroz y desesperado cuya perversa esperanza es provocar una escalada de nacionalismos racistas en el viejo continente. Tiemblo de sólo pensar que, más allá de que al parecer haya actuado sólo, no esté sólo en el deseo de desear este deseo racista.

Habrá muchos europeos deseando los deseos de Breivik? La respuesta incierta da escozor...

Una cosa va quedando en claro: el monopolio terrorista ha dejado de ser exclusivo de los hombres barbados de largas túnicas que miran a La Meca y adoran a Alá. 
Es importante de ahora en más, dejar de suponer -con esa cerrazón habitualmente aceptada desde hace algunos años- que el terrorismo es uno sólo. 
El terrorismo no es unívoco. Y el primer terrorismo que peligrosamente hemos aceptado es el que emana del monopolio de la fuerza del Estado. Si hemos aceptado como "natural" la disposición agresiva de la fuerza por parte del Estado, estamos metidos en una trampa lógico-política riesgosa.
Lamentablemente el terrorismo es como la mitológica Hydra: multicéfalo. 

Y una vez más, las muertes masivas en nombre de la Verdad revelada, en nombre de la sagrada Nación... otras verdades, no las recitadas desde el Corán en esta ocasión sino desde la biblia estatista, desde los evangelios nazcionalistas, desde los profetas de la pureza patriótica.



-Quiénes han sido los famosos "Templarios"

Por qué Breivik hace mención a los “Templarios”? Quiénes fueron los “Templiers”?

Los Templarios, cuyo símbolo fue una cruz roja sobre un manto blanco, fueron los miembros de una de las más importantes Ordenes Militares Cristianas que legitimó el uso de las armas, la fuerza y la muerte para “luchar contra el infiel” y dar soporte a la Iglesia jurando estricto acatamiento a ésta.
Aparecieron a principios del siglo XII y se encontraban estrechamente vinculados a las prácticas e ideas de Las Cruzadas. La misma iglesia católica aprobó oficialmente a esta famosa Orden cuyos miembros no combatientes se ocuparon eficazmente de gestionar frondosos fondos para diseminarse y mantenerse en toda Europa (llegaron a expandirse por lo que hoy es Alemania, Reino Unido, Francia, Portugal, Hungría y España).

En 1220 era la organización más grande del violento mundo medieval occidental con más de 30.000 miembros, cincuenta fortalezas y castillos distribuidos entre Europa y Oriente, y hasta una flota propia anclada en dos puertos también propios en Marsella y La Rochelle.
Su negocio más lucrativo (!!!) fue la comercialización de reliquias (!!!): sobre todo un supuesto óleo milagroso (!!!) que fraccionaban en pequeños frascos y fragmentos de la -supuesta(!!!!)- cruz en la que habrían crucificado a Jesús.

Se los consideraba como “soldados de Dios” y “mártires de la fe”. La Europa de los cruzados no fue un lugar que "apreciara" ni a los escépticos, ni a los cuestionadores, ni a los hombres de ciencia, ni a los disidentes: tierra de creencias indiscutibles, mundo de reinas, reyes y reinados, tiempo de intolerancia radicalizada, como bien puede apreciarse.

Ya a inicios del siglo XIV fueron perdiendo legitimidad, comenzando su disolución y dispersión. De hecho muchos fueron detenidos, otros fueron sometidos a procesos por acusaciones que iban desde la sodomía, la práctica de ritos heréticos hasta espeluznantes crímenes, y obviamemente no faltó la mano rápida que les confiscó el suculento tesoro que había acumulado la Orden entre sus negocios y sus saqueos.



-Los nuevos Templarios del siglo XXI ?!

Siete siglos luego de la disolución de los medievales “Templarios”, este muchacho noruego de 32 años parece haber estado muy dispuesto a reavivar sangrientas metodologías y acomodar aquellos ideales medievalistas a “objetivos” más caros a nuestra problemática contemporaneidad:
-limpiar Europa de la impiedad musulmana;
-eliminar las políticas multiculturalistas;
-barrer con las consecuencias del materialismo marxista.

El odio a la extranjería, la democracia como ideal cívico no sólo impugnable sino completamente equivocado, la otredad vista y sentida como “amenaza a aniquilar”, la nación como una pureza metafísica a preservar, todo esto guió el irascible gatillo de este nuevo Templario dispuesto a sacar sus armas y enarbolar su encarnizamiento como principios correctores de un socius en decadencia.

Desde hace tiempo pienso en las evoluciones, involuciones y transfiguraciones que se han dado entre los viejos y los nuevos temores europeos. Durante la Guerra Fría el temor mayor fue el riesgo que implicaban las armas nucleares desarrolladas por EEUU y URSS (un estornudo de algún jerarca de uno de los bandos podía terminar con todos pulverizados). Bastaba que se tocara el mítico “botón rojo” para que las dos potencias desataran una lluvia letal de misiles una contra la otra. Luego vino el respiro del desarme.
Hoy los temores, lejos de haberse calmado han transmutado en nuevos miedos.

Uno, al islamismo fundamentalista y su fanática locura de muerte que tiene ya una larga lista de atentados en Europa y fuera de ella: desde los atletas muertos en Munich en el '72 (el llamado “Septiembre negro”), pasando por el infierno de los 2792 muertos y 2337 heridos en los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en EEUU en 2001, 191 muertos y 1463 heridos en trece explosiones en los trenes en cercanías de Madrid en 2004, 56 muertos y más de 700 heridos en 4 explosiones en tres trenes y un autobús en Londres en 2005.

Miles de muertos en nombre de Alá.

Y ahora qué?
Es que ha llegado la hora de los nuevos Templarios y de su mano se abre fuego vengativo en nombre de la cruz y la pureza nacional?
Ahora llegarán los muertos en nombre del dios cristiano engarzado en la religión estatista? No alcanza con las muertes propiciadas por el fanático de Bush en Irak, con las guerras "en nombre de la sagrada democracia"?
Cuánto más conteo de cadáveres tendremos que acumular en nombre de los dioses religiosos y/o seculares?

Será que en este siglo XXI, tan marcado por los odios interreligiosos, se ha abierto un capítulo nuevo en la historia de los atentados fanatistas?
Ha abierto el demente de Breivik una nueva página temible en la historia del terrorismo europeo, esta vez con actos llevados adelante por una mente no sólo criminal sino islamofóbica de alguien que dice desear dar un escarmiento de magnitud a los gobiernos que han abierto sus fronteras? Cómo debatir en este contexto lo debatible y a la vez no caer en la locura de la limpieza racista?



-Contra toda forma de fanatismo 

Mi últimas dos preguntas más irrespondibles e irrespirables son:

-Cuántos más terroristas blancos, salidos del ala purista de un Estado y de su sociedad, podrían llegar a tomar el ejemplo de lo sucedido en Noruega y dar lugar a una lenta escalada que seguiría escribiendo con sangre inocente (como casi siempre sucede, por otra parte) el curso de aconteres de este siglo XXI?

-Es Anders Behring Breivik un caso “aislado” de pasaje al acto de una personalidad asesina que ha encontrado en las tensiones entre tolerancia/intolerancia, inmigración/restricción, multicultura/raza, los otros/ellos una excusa para su hambre de muerte y “Verdad”? Después de todo, entre sus argumentos no psicóticos ni delirantes, el joven noruego ha dicho que su acto ha sido “atroz pero necesario”

No está a mi alcance, tristemente, poder responder a ninguna de estas preguntas.

Sí está a mi alcance denunciar, seguir denunciando, la locura inconducente a que llevan las múltiples formas de fanatismo.

Digámoslo una vez más: no hay heroísmo en el fanátismo.
En parte, porque cualquier modo de imposición de creencias (sean estas políticas, religiosas, ideológicas) es de por sí ya una forma de atentado a la libertad personal de disentir, expresarse y construir la propia vida.
El fanatismo es voraz:  se dirige sin miramientos a quienes pretende “cautivar” desde una discursividad ávida de fidelidades cristalizadas y lealtades molares.
Se trata de estar "o con nosotros o en nuestra contra". Viejo juego de exclusiones diyuntivas del us or them.
El costo de adherir y pretender imponer cualquier forma de pensamiento “único” se paga con la pérdida de la construcción de la verdad. Y en el peor de los casos, con la vida.
El fanático, lejos de cultivar la libertad, es en sí mismo un cautivo lamiendo las rejas de una estrecha jaula que, sin embargo, no logra ver.

No hay heroísmo en el fanatismo.
Ni verdades auténticas que puedan salir de boca de un fanático.
Ni capacidad para escuchar con miras a hallar complejos, pero realistas, modo de convivencia tolerantes.

No conozco mucha gente que desee que estallen más mártires en pedazos provocando más pilas de cuerpos muertos de ciudadanos y ciudadanas inocentes.
Sé que no son pocos los que quieren menos bombas, menos balas.

Breivik es un fanático probablemente aislado (aunque con el ya de por sí soporte de "su" partido conservador de ultraderecha y "su" sociedad pro-medieval), pero lo que inquieta de él es que representa un sentimiento ya disperso en Europa y EEUU desde hace tiempo. Y si se ha autoproclamado nuevo “Templario” es porque sabe que muchos silenciosos, en distintos países y ciudades del planeta, encuentran algo legitimable en sus razones nazcionalistas que dice sostener en el fondo de su plan de limpieza.

No dejemos que la insanía nos colonice. Ya lo hizo en muchos momentos distintos de nuestra historia. 
No dejemos que acciones propias de una alarmante neo-Edad Media nos lleve a retrocesos peligrosísimos que terminan imponiéndo el ritmo perverso a nuestra existencia en un siglo XXI que debería ser más libertario y menos enfermo de lo que es.

El mensaje de advertencia de todo este desastre parece dirigirse a todos/as. Pero sobre todo debería llevar al menos a nuestros necios/as gobernantes a reflexionar sobre sus propios "terrorismos" (a veces invisibles) y revisar los visos fanatistas (o protofanatistas) que exudan preocupantemente su diatribas políticas.



-Las heroicas verdades compositivas

Algo inmendiato puede extraerse como lección de esta innecesaria y absurda masacre en Noruega:


No al fanatismo.

Sí al retorno a la buena, justa y perdida heroicidad.

No a las cegueras que temen el valor de poner en duda.

Sí al valor de la crítica ciudadana,
la única realmente capaz de trazar verdades cívicas compositivas
aunque incomoden y exijan desarmar mapas mentales cuadriculados.
No a las creencias.
No a ninguna muerte más en nombre de ningún dios.
No a la religión política.
No a los peligros derivados del credo estatista.
 
Sí a la esperanza de decir más y mejores verdades
que nos ayuden a vivir mejor entre diversas culturas,
no a morir peor unos contra otros.
 
 
 
 
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2 comentarios:

Jorge Muzam dijo...

Tengo la soterrada e idesterrable sospecha de que casi todos los seres humanos estamos tan enfermos como Anders Behring, mi querida Gabi. Es cosa de tiempo. Moralmente el hombre nunca evolucionó.

Tu texto enriquece la reflexión desde distintas aristas, y de seguro reorientará o reafirmará algunas de mis divagaciones.

Un fuerte abrazo, y te dejo el enlace de mi texto sobre el caso noruego:

http://jorgemuzam.blogspot.com/2011/07/anders-behring-breivik-un-simple-loco-o.html

Gabi Romano dijo...

Creo, Jorge, que todos/as tenemos un conjunto de "virus identitarios" microbios dentro nuestro: el de la maldad, el del odio, el del deseo de aniquilamiento, el del corrupto, el del vengativo, el del fanático.

Por un lado hay contextos y oportunidades para que algunos de esos vectores identitarios virales se "activen".

Me preocupa el discurso para la secta. También llamado en la historia el "sectarismo". Las sectas hablan para sí... aunque pueden movilizar masas! Fijate sino el nazismo. Pero sin ir a fenómenos del siglo pasado, ni apelar a la Edad Media, fijate como este noruego -desde el secretismo de su secta- ha avivado debates que ya estaban instalados en la sociedad:
-el debate por los límites de la tolerancia
-el debate sobre el racismo
-el debate sobre el terrorismo religioso de occidente (no el del Islam, que de ese leemos algo a diario, sino del otro, más silenciado e invisibilizado)
-el debate sobre el peligro de cualquier discurso "Uno".

Justamente, como vos decís, dado que todos podríamos resbalar por la peligrosa pendiente del fanatismo es que la política "DEBE" responsabilizarse por embaderar sus causas con discursividades tirabombas (y lo último ha dejado de ser una metáfora) por más romanticismos de izquierda o derecha, bajo cuya apelación se pretenda convocar seductoramente a nuevos creyentes.

Deseo un mundo más heroico, no más fanático! Uno más inclinado al esfuerzo por construir verdades colectivas, no más simpatizante de la comodidad de compartir creencias sectarias!

Y me voy a leer tu post, amigo.
Un beso!