miércoles, 13 de enero de 2016

Wabi Sabi - Nada es permanente, nada es completo, nada es perfecto





Wabi Sabi
Nada es permanente, nada es completo, nada es perfecto





Gabi Romano


Hace poco me crucé con una noción oriental (otra más de entre las que afortunadamente me han ido “encontrando” a mí a lo largo del tiempo). Se trata de Wabi Sabi.

Como suele ocurrirme en todos estos casos, inmediatamente noté que no contaba con ninguna referencia en mi limitado mapita de ideas-representaciones que lograra siquiera arrimarme a los alrededores semánticos de ese concepto. En mi camino hacia develar este nuevo enigma oriental y motivada por ese inicial extravío des-orientante -resumible en un “qué-diablos-puede-querer-decir-esto”- fui encontrando una maravillosa serie de referencias sobre la idea de Wabi Sabi.

Wabi Sabi resume tres simples verdades sobre la existencia, verdades que, no por su simpleza, nos resultan del todo plenamente comprensibles ni mucho menos  rápidamente aceptables.


1-Nada es permanente
2-Nada es completo
3-Nada es perfecto


A primera vista, estos enunciados constituyen una tríada de verdades relativamente simples. 

Pero aún suponiendo que efectivamente estas tres aseveraciones sean verdaderas, no resulta nada fácil tolerar las consecuencias que implica aceptarlas: continuamos penando por el apego a aquello que se niega a permanecer, insistimos en armar completudes imposibles, y más de una vez tenemos una muy baja tolerancia a la frustración que nos produce toparnos con cualquiera de las muestras irrefutables en las que lo imperfecto se nos muestra con todo su impudoroso esplendor.

Nada permanece, ni es completo, ni es perfecto. Y aún así, a sabiendas de todo ello, la intensidad siempre nos espera por ahí, microscópicamente agazapada, para sorprendernos gratamente y dejarnos suspendidos por un instante entre la nostalgia, la belleza y la plenitud de lo indecible. Bienvenidos al universo Wabi Sabi...    







-La permanente impermanencia

Desde que el “Oscuro de Efeso”, allá por el lejano siglo VI a.C., observara que no hay ente que escape del devenir, ni del cambio y ni de la fluencia, pues no resulta ni nuevo ni sorprendente afirmar que nada permanece. Sin embargo, en la práctica, integrar esta idea en la vida cotidiana y en nuestras relaciones afectivas  no parece ser cosa sencilla. O acaso hay alguien que no haya sufrido por un amor finalmente desalado que en su momento fue percibido bajo el aura de lo mágicamente eterno? A cierta edad y pasadas ya algunas experiencias, damos por sentado que no es posible mantener la pasión en su pico más alto por mucho tiempo (de hecho, nuestros fantásticos neurotransmisores colapsarían si produjeran de manera continua dosis masivas de dopamina, norepinefrina o serotonina). Las pasiones, aún aquellas que deseamos sean inextinguibles, decaen. No podemos sostenernos por mucho tiempo en la cresta de la ola pasional, aún si así lo quisiéramos.

En otros planos de la vida las manifestaciones del decaimiento producido por la conjunción entre impermanencia, materia y tiempo tampoco es algo fácilmente negable. No sólo no hay “salud absoluta”, sino que indefectiblemente se va tropezando con los signos de la decadencia corporal, más tarde o más temprano. No importa cuan patéticamente desesperadas sean las ansias vanas de conservar la juventud, el esplendor que irradia una mirada a los veinte años irremediablemente se va perdiendo con el curso del tiempo... y no hay lifting ni botox ni hilos de oro que puedan devolver esa chispa de mocedad definitivamente extraviada entre las decenas de calendarios ya pasados. Admitimos que el estado físico “saludable” no es una constante, tanto como sabemos que la enfermedad y la muerte rondan por doquier. Sin embargo las formas de decadencia del cuerpo, la vejez, y la cesación de nuestra existencia o de la quienes nos rodean no son asuntos para los que estemos nunca demasiado bien “preparados”.

Del mismo modo, aunque en otro plano, los objetos tampoco permanecen. Sea el dinero que se suele ir más rápido de lo que viene, sea el lustre de aquel mueble de madera que alguna vez brilló y décadas más tarde va opacándose aunque nuestra percepción apenas lo note cotidianamente.   

Por lo tanto, si algo sabemos que permanece, es la impermanecia... independientemente de que podamos o no soportar en nosotros mismos y/o en lo/los que nos rodean los efectos de esta afirmación.







-Incompletudes varias  

De igual modo es innegable que nada está completo, ni lo estará ni lo estuvo jamás. Nuestras completudes suelen ser imaginarias, fantaseadas o anheladas, pero raramente ratificadas por lo fáctico.

Al respecto, recuerdo que Deleuze juega con una metáfora muy interesante y apropiada para revertir la negativizada idea de que lo incompleto es algo “poco deseable”. Imaginemos un tablero-rompecabezas de completamiento compuesto por figuras fragmentarias móviles de cuyo ensamble debería surgir una imagen finalmente completa. La clave de este tipo de puzzle es que, a fin de permitirnos el movimiento de las piezas, siempre debe quedar una casilla vacía… vacío e incompletud estructural que, justamente, es lo que permite que el resto de las piezas se muevan, hallen su lugar, cambien de posición y logre armarse la figura. Sin la casilla vacía, sin esa no-completud, sería inimaginable el movimiento en base al cual crear una forma posible. Todo muy bien hasta aquí, verdad? Pero, hace una década atrás nos preguntábamos en los seminarios sobre “Filosofía del Vacío” quién realmente soporta el vacío sin que esa casilla vacante le genere angustia? En la historia del pensamiento occidental, el vacío tuvo siempre mala prensa: fue asociado durante siglos con la ausencia, la ausencia asociada a su vez con la incompletud, y la incompletud subjetivamente ligada con la angustia. Hacia el siglo XVII hubo incluso una expresión que, en aquellos días, operaba como un principio dogmático en la ciencia y a través del cual se ratificaba ese pánico a “lo que nos falta”, a la nada. Me refiero a la noción de “horror vacui”.     

La incompletud no muestra reparos a la hora de morderle los talones a cualquier item de nuestra (interminable) lista de idealidades. Si tenemos una pareja, ni él ni ella han de ser completamente lo que anhelábamos; si conseguimos ese ansiado empleo que siempre quisimos, la imaginería ideal contrastará en no pocos aspectos con la realidad desidealizada del dia a día laboral; si tenemos hijos –aún siendo hijos deseados, queridos, amorosamente buscados- los devenires de las relaciones paterno-filiales se parecerán más a un camino sinuoso donde las afectividades combinaran momentos de inimaginable alegría junto con otros de tono emocional amargo, desencantado o frustrante.

Y es que los eventos más aufóricamente dichosos que hemos atravesado en la vida no son del orden de lo completo. En todo caso, si tenemos algo de suerte y enfocamos la cuestión con un tono existencial vitalista, sí serán del orden de lo intenso… pero eso es muy otra cosa. Allí donde la intensidad no requiere de completudes, la idealidad sí. No existe “ideal” que logra acercarse a su propia  realización debe a la fuerza dejar fuera de sí la completud maravillante que lo alimentaba mientras aún era parte de nuestras ensoñaciones. La ausencia, la casilla vacía, lo “que falta”, el vacío, la falla, todo ello es parte de la imposible completud. Lo real es incompleto. En compensación, la incompletud estructural nos obsequia un tornasolado abanico móvil de intensidades, intensidades que serán por siempre desconocidas para los idealistas practicantes del frío y petrificado culto a la idealidad.   







-Imperfecta-mente

Aunque nos repitamos como un mantra que nada es perfecto, nos comportamos con una pueril actitud semiimplacable con todo aquello –o aquellos- cuya imperfección se nos aparece frente a todos y cada uno de nuestros sentidos. Esto, comenzando por el esfuerzo sisífico que es medirnos a nosotros mismos con la inalcanzable vara de una perfección cuya búsqueda obsesiva puede resultar desde agotadora a enfermiza.

La búsqueda de la perfección como una asíntota que de antemano se nos presente como una sana aspiración (cuya realización total imposible no invalida en modo alguno el esfuerzo válido de trabajar sobre sí mismo para tender a una mejora continua de quienes vamos siendo) es algo bien diferente de la obcecada presión que puede imponer un ideal de perfección que logra mantener su ilusorio poder bajo la luz distorsionadora que proyecta aún cierta persistente idealización infantil. Idealizar es un proceso mental completamente lógico y esperable mientras somos infantes. Es de esperar que con el advenimiento de los años, nuestra racionalidad se afile y pula, y a través de ella nos despojemos de las caprichosas deformaciones idealistas a fin de transmutarlas en aspiraciones con sustento en lo real. Sin embargo, este proceso pareciera no producirse en la mayoría de los adultos, quedando de esta manera anclados a imágenes perfectas elevadas a la categoría de “mitos personales” que, de poder ser sometidas a un reflexivo análisis racional, se derretirían como las alas de Ícaro… y caerían a la dura realidad sin piedades mediadoras. 

Somos mejorables, por ser imperfectos.
Somos un work in progress porque no estamos finalizados.
Somos una potencialidad realizable porque nuestra identidad es pasible de ser enriquecida, nutrida, expandida.
Somos elevables porque no nacemos como seres consumados.
Somos aspirantes a una excelencia en nuestras obras y acciones porque hay infinitas vetas de nuestra individualidad que requieren pulido, trabajo, esfuerzo, desarrollo, superación, .
Somos resilientemente reparables porque podemos hacer del daño, el dolor, la adversidad, la equivocación, una oportunidad para la virtud del saber aprender.
Somos la posibilidad de un esplendor transitorio porque podemos arrojar luz hasta hacer arder nuestras oscuridades, hasta ser los fénixes renacidos de las cenizas en las cuales sepultar nuestras más neuróticas penumbras.
En suma, somos todo lo anterior por obra y gracia de nuestras benditas imperfecciones. 






-Wabi Sabi, una microestética de vida

Wabi Sabi es el modo profundo a través del cual se manifiesta, no sólo el saber veritatitivo de estas tres afirmaciones que acabamos de exponer, sino también una forma sensible de aceptarlas, apreciarlas, experimentarlas, habitarlas. 

Se trata de una estética de vida. Un sensible y apacible estado de la mente que podemos alcanzar no sólo con el pre-requisito de aceptar estas tres básicas verdades, sino apreciando ocasionalmente ciertos minúsculos instantes. Quien entra (o cae) en estado de Wabi Sabi  redimensiona corpúsculos de la realidad: lo que para otros es irrelevante, no-visible, insignificante se vuelve microscópica belleza conmovedora.

La experiencia de Wabi Sabi es una experiencia en slow motion.

La  mentecuerpo deja de estar disociada, y de ese modo, lo que vemos es re-visto en su apariencia y más allá de esta.

Se dice que el estado en que nos sumimos bajo la belleza del Wabi Sabi es imposible de ser explicado o verbalizado. ¿Quién puede “decir-hablar-relatar” lo que ha vivenciado al tocar con la yema de los dedos las páginas de un viejo diario personal escrito por una abuela amadísima cuya existencia acaba de apagarse? ¿Quién puede describir con precisión lo que ha sentido en ese instante sublime en que ha sido testigo visual involuntario de la caída de la última hoja seca de aquel árbol bajo el cual la infancia propia alguna se escurrió mansamente? ¿Quién puede usar signos linguísticos para poner en palabras la última mirada con la que “dialogamos” -sin pronunciar un solo sonido- con ese ser que hoy ya no continua en este espacio-tiempo en el que nosotros aún pervivimos?

Wabi Sabi es una sensación provocada por la súbita percepción de un fragmento, de una pequeñez, de una insignificancia que cobra una relevancia inesperada.

Y es más que eso. Entregarse a esa sensación presupone haber internalizado la relevancia vital de aquellas tres verdades con las comenzamos este post. Pero asimismo, se trata de algo que escapa a la mera adquisición de esos saberes, se trata de algo que excede el límite de la mente para comprometer todo nuestro extenso aparato sensible. Esas tres verdades incorporadas desde el punto de vista lógico-racional, se vuelven vivencia sensorial. Enclaje entre saberes, sentires, memorias, emocionalidad. Desantinomización de superficie y profundidad, de neuronas y epidermis, de pensamiento y sensación.

Wabi Sabi es saber-sentir, pensar-experimentar sin que haya una división entre ese saber y ese sensación, entre ese razonar y su concomitante experiencia sensible donde el razonamiento se ratifica y amplifica.







-La memoria de un vestigio (o los vestigios de la memoria)


En la estética Wabi Sabi cada pequeña cosa cuenta, cada microscópica presencia se torna flujo de memorias entre nostálgicas y apaciguantes. Un diminuto detalle aparentemente insignificante estalla con una calma tal que nos atrapa y nos mece.

En un universo atestado de infinitos perceptos a los cuales jamás podríamos “atender” en forma total, de pronto algo se recorta y toma relieve, una cosilla se desmarca transformándose en una especie de molécula de agua a través de la cual vemos en aumento lo que nadie (ni siquiera nosotros mismos en otro estado) podría ver. No se trata de un fenómeno alucinatorio ni de un efecto de deformación de lo real, sino todo lo contrario: de lo que se trata es de un detenimiento infrecuente que nos deja prendidos como una abrojo humano de un detallito absurdo, de una nadeidad que usualmente habríamos pasado por alto. Esa astilla de realidad es hiperrealista, de hecho. Y producto de esa percepción fugaz y atomizada de algo (el percepto puede ser un sonido, un olor, la esquirla parcial de una imagen, etc.) entramos por unos instantes brevísimos en un mundo minimalista que nos abre la ocasión para rememorar y sentir.

En estado de Wabi Sabi quedamos como “colgados” de una nimiedad, incapaces de explicar con exactitud todo lo que se mueve internamente en tan poco tiempo y por tan fugaz estímulo.

Esa ráfaga tan inesperada como inaprensible de un perfume, esa nota musicial perdida de su pentagrama, ese pedacito ínfimo cuya fracción anuncia un objeto que jamás veremos por completo, todo ello opera como un transporte: nos lleva “hacia adentro” y “hacia atrás”, pero también nos asoma a un intuitivo “hacia delante” y “hacia afuera”. Se trata de algo que con una deliciosa nostalgia sin palabras nos devuelve al aula de nuestra escuela, o a la cocina de la abuela, o a las ásperas manos tan seguras como protectivas de nuestro padre, o al primer libro de cuentos que la voz de nuestra madre nos hubo leído, o a los besos de un amante inolvidable, o a la risa de aquella amiga cómplice de correrías juveniles. Lo que gatilla el Wabi Sabi es algo mínimo que, sin embargo, maximiza nuestra conexión con lo rememorativo. Es algo frágil incluso, escaso, exiguo y no por ello menos fuerte, embargador, pleno.







-Fugacidades en el ciclo de la vida y la muerte 

Puede ser la forma curiosa de un rústico trozo de madera, un pétalo que se ha escapado perdidamente de su corola, la delicada transparencia del papel de arroz, el murmullo de un modesto e ignoto arroyo cercano a la montaña, la breve presencia aérea del sonido de una guitarra que suena quien sabe dónde, un color imposible de ser humanamente concebido pintando súbitamente el cielo de una tarde cualquiera, la armonía de una lluvia viajando sencillamente por el vidrio de una ventana. Todas éstas son expresiones de pequeña belleza transitoria que pacientemente aguardan a que nuestros atareados sentidos las descubran pese a su inherente fugacidad y su frágil finura.  
    
El Wabi Sabi combina la atención al fragmento impermanente y sencillo con la intimidad insondable de nuestros laberintos de memorias. Y esa combinación se produce, no de un modo entristecedor, sino calmo y sereno, haciendonos converger en el mismo proceso existencial donde el fragmento va fluyendo hasta, incluso, desaparecer. La gota de lluvia no caerá de nuevo, el aroma no estará en el aire un minuto más tarde, el pájaro aquel que ni siquiera alcanzamos a ver no volverá a cantar en ese instante preciso en que quedamos conmovidos por la repentina armonía de su melodía. Nada de esto volverá a pasar, y nosotros no podremos replicar esa bella turbación sensible pues, por definición, nos movemos en un mundo heracliteano donde ni las aguas del río son las mismas, ni los que nos bañamos en ellos tampoco. Todas y cada una de estas fugacidades se inscriben dentro de la circularidad propia de los procesos de la vida y la muerte. De allí que la experiencia Wabi Sabi  no sea apenas una vivencia sobre la fragmentariedad sino más bien una experimentación temporalmente opuesta a la duración que, sin embargo, nos remite indefectiblmente a los ciclos vitales, a lo que es y está pero dejará dejará en algún momento de ser y estar.

En Wabi Sabi se conjuga lo que aquí y ahora certeramente vibra con lo que perderá su pulso en el porvenir inmediato, desapareciendo. De allí que la sensación de Wabi Sabi tenga un dejo de nostalgia, o incluso pueda dejarnos ocasionalmente con una serena minimelancolía. La película “Belleza Americana” (American Beauty) retrata un perfecto momento Wabi Sabi en la anodina filmación casera que realiza uno de sus protagonistas de una insignificante bolsa de plástico moviéndose en y con el viento. La expresión del protagonista y de la joven a quien muestra el anodino video ilustran de manera impecable un estado de Wabi Sabi.

Los fragmentos nimios de los que transitoriamente a veces nos quedamos prendidos pueden metaforizar la intensidad de la expansión pero no menos su reverso contráctil. Una microporción de lo real puede ponernos en contacto involuntariamente con la plenitud de lo inabarcable a través del prisma de cualquiera de sus diminutísimas partículas. Una gajo sensorial desprendido al azar de quién sabe donde nos recuerda la impetuosa velocidad de crecer junto a la lentitud desacelerante de lo que va pereciendo. Una fracción de materia nos pone frente a la fascinante cualidad creativa de lo habiente, y a su no menos maravilloso retorno descompositivo que la conducirá a terminar siendo una mota de polvo en el espacio. Un grano de sal nos cuenta sin palabras no sólo sobre la profunda fuerza incansable del océano, sino también sobre la liviandad de la espuma cuyo destino final es invisibilizarse en la orilla. Ciclos y más ciclos en donde el retorno, la creación, el origen y el final giran unos trás otros sin mucho más propósito que el de extasiarnos a aquellos que, locamente, gustamos de atravesarlos con los ojos a veces encandiladamente abiertos, inquietos, interrogantes… y otras serenamente entrecerrados, apaciguados, reservados.       







-Historia de dos palabras

Originalmente, la palabra “Wabi” aludía a la idea poética de la tristeza y desasosiego que acompañan a aquellos que deciden vivir en una soledad vigorosamente introspectiva y para ello resuelven efectuar un transitorio “retornar a la naturaleza”. Es necesario resaltar que se trataba de una noción que refiere a una soledad autolegida, completamente voluntaria, similar a la que Nietzsche describe en su Zaratustra resuelto a vivir en el aislamiento de la montaña, o a la que efectivamente llevó adelante Henry David Thoreau en el bosque cercano a Walden Pond, rehusándose a comparecer ante los parámetros sociales mansamente aceptados: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que ella tenia que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido.”

Definitivamente Thoreau fue un Wabi person: alguien que “es quien es”, que vive acorde y armónicamente consigo mismo es un individuo Wabi.
Alquien que no se encuentra autoresentidamente insatisfecho consigo mismo, es un individuo Wabi.
Alguien que sabe y puede vivir en paz con no demasiado, sin quejarse victimizadamente de su destino, sin culpar a otros de su sino, alguien que sabe dar lo mejor de sí en medio de la circunstancia que le toque ir viviendo, es un individuo Wabi.
Alguien que aprende a manejar lo antes y mejor posible cualquiera de sus “desbordes” sin ser controlado ni por la ira, ni por enojo, ni por el ansia de poder, ni por la frustración, haciendo un esfuerzo interno por apaciguar estas desagradables muestras de exceso, ése que trabaja duramente para ser mejor y dar o mejor de sí mismo cada vez y en cada circunstancia, libre de lo que Spinoza llamaría “pasiones descompositivas”, es un individuo Wabi.

En virtud de lo anterior es que existió una antigua y natural conexión entre la filosofía samurai y los estados de Wabi Sabi (conexión que no exploraremos en este post pero que esperamos poder indagar a futuro).   

Etimológicamente, Wabi  significaba asimismo "frío", también "delgado", “desolado” y/o "marchitado". Sin embargo, la raíz “wa” viene al rescate de estas significaciones sombrías dado que aquélla refiere a la idea de “armonía”, “paz”, “tranquilidad”, “equilibrio”. Cuanto más atrás vamos en el tiempo, mayores son las connotaciones negativas (habrá que esperar hasta el siglo XIII y el XVI para ver variaciones significativas en eéste término). En efecto, “Wabi  solía ser aplicado en forma peyorativa dada esa asociación primigenia con la falta de alegría, la sensación de desolación y lo que está en proceso de transformarse en marchito. Paralelamente se le añade a este significado originario una cierta crítica velada al mal gusto de quienes practicaban en aquellos tiempos la ostentación como vidriera de su vulgaridad, de allí que antiguamente se encuentre reforzado el nexo de la palabra Wabi con los que poseen poco y llevan una vida sencilla. Wabi fue así desplazándose lentamente hacia cualidades que el budismo considera positivas pues aluden al desprendimiento de la ilusión material y al desapego de lo terreno.

Por su parte, “Sabi”, también es una expresión cuyas connotaciones han ido variando a lo largo de los siglos. Literalmente su significado podría traducirse como “el florecer del tiempo”. Desde este punto de vista “Sabi” refiere a la forma en que todo ente natural se desarrolla, alcanza un esplendor, comienza a atravesar etapas en las que “pierde su chispa”, se desluce. Sea encanecer o enmohecerse, todo lo viviente va perdiendo brillo con el paso del tiempo. La belleza y su breve momento de florecimiento, es ineluctablemente algo fugaz.  “Sabi” irá así siendo asociada a “envejecer”, abriendo un acercamiento semántico con los procesos inherentes al final natural de todo ciclo vital. Hacia el siglo XIII “Sabi” evocará, asociativamente, una forma particular de placer hallable en las cosas que van poniéndose viejas, que van perdiendo lozanía, que van difuminando su color, se “oxidan”. Aplicada a los objetos, la palabra “Sabi” se usará, sin embargo, para referirse a aquellas cosas que con los años cobran atractivo, no pierden su elegancia, y ganan en dignidad o valor. Un detalle interesante es que algo “Sabi no puede ser adquirido a través de una compra. Se trata más bien de una especie de “regalo” –simple y modesto, pero peculiarmente bello- que el tiempo nos ofrece como efecto testimonial de su paso.         

De este modo, los objetos Wabi Sabi son bañados por el aura de una sutil nostalgia, del mismo modo en que pueden ser cosas que en su proceso de construcción o elaboración resultaron singularmente imperfectas o incompletas, dotando a tal objeto de una gracia inimitable. El desgaste o los efectos de los arreglos que se efectúan con el fin de reparar piezas rotas pueden bien destinar a esa misma pieza a ser un potencial Wabi Sabi. Y nuevamente retornamos a nuestro inicio: un objeto Wabi Sabi es serenamente apreciado y apreciable no por su perfección, no por su completud lozana, no por su imperturbabilidad ante al paso del tiempo. Justamente se le apreciará por todo lo contrario: por sus cualidades imperfectas, por sus inimitables fallas de origen, por las marcas insutiles que la edad le imprima, por la impermanencia que se hace evidente ante la posibilidad de su rotura parcial o total, por su constancia en recordanos que cosas y seres existen, y como parte indiscernible de esa existencia, alguna vez dejarán de existir.






-Individualismo Wabi Sabi

En japonés, Wabibito es el nombre que se le da a la persona Wabi Sabi. Wabibito es el individuo que experimenta el Wabi Sabi.

Recordemos que, en concordancia con lo que representa, la experiencia Wabi Sabi es rotundamente intransferible, es única e irrepetible. Por ende, jamás puede hablarse de masa, grupo, colectivo, manada y/o muchedumbre cuando se trata de Wabi Sabi. El Wabi Sabi es siempre y estrictamente algo propio de un individuo.    

Wabibito es un término que abarca no sólo a quien vivencia Wabi Sabi, sino que se lo emplea como expresión para definir a todo aquel que puede vivir bien. Y “bien”, en este contexto, debe ser entendido como un estilo de vida prevalentemente sereno, con un balance existencial en el que la apacibilidad es siempre mayor que la desdichas propias de la desmesura flemática. Ser capaz de un buen vivir, implica aquí haberse apartado todo cuanto más se pueda de la deformada y enfermiza actitud de alimentar resentimientos u odios. Bien, indica asimismo que ese individuo no alberga pasiones vengativas, ni anda rumiando iras, ni desparrama quejumbrosas lamentaciones sobre su existencia. Y si cualquiera de estas humanas –…demasiado humanas- inclinaciones le acaecieran, trata de inmediatamente apartarse de las representaciones con que aquéllas vienen asociadas, poniéndoles un coto inmediato que les impida crecer y provocarle mortificaciones de cualquier índole. En este sentido, un individuo Wabibito sigue de alguna forma los sanos preceptos del antiguo estoicismo greco-romano, sin saberlo. De allí que un Wabibito aprecie y cultive la tranquilitas animae (tranquilidad del alma) por encima de cualquier forma de intemperancia que lo aqueje o lo amenace alterar.

No es de extrañar, que el individuo Wabibito se las arregla para vivir con poco, sin necesitar demasiado. No se trata de la moderna condena al consumo ni al bienestar. Se trata de un asunto más antiguo y de tipo ético: saber dónde parar, dónde decir basta, hasta dónde vale la pena ambicionar, saber como administrar lo que se tiene (cuando se tiene) y administrar lo mejor que se pueda igualmente la escasez (cuando no se tiene). Es más un ejercicio de atención moral en la que uno es llamado a cuidar de sí mismo evitando los problemas propios de cualquier exceso. El punto aquí es la demasía como exceso, o el exceso como signo de desborde antiético capaz de atentar contra la tan apreciada y antemencionada tranquilitas. Pues si el exceso de quien ambiciona más de la cuenta hace que el sosiego se pierda, entonces es conveniente revisar donde habría que detener la ambición. Insistamos en que el asunto aquí no es que  ambicionar sea inapropiado ni algo malo en sí mismo, sino que es preciso estar alerta respecto del riesgo de excederse y extraviar la serenidad en esa desmesura.  






-Lejos de la obscenidad del poder

Algunos autores han asociado –erróneamente- el Wabi Sabi al mito buenista de la “sana pobreza”. Pues no se trata de venerar la pobreza sino más bien de administrar adecuadamente lo que se tiene. El Wabi Sabi trata de remover de nuestras valoraciones el terrible peso que impone la adquisición febril de objetos, pero no porque consumir sea tampoco inherentemente “malo” ni porque los objetos producidos tampoco lo sean. Muy por el contrario, algunos de estos objetos nos permiten simplificar nuestras cotidianas pesadumbres… yo sin ir más lejos, jamás podría estar dedicada durante el tiempo que me insume escribir este artículo si un tecnológico objeto llamado “lavarropas” no estuviera lavando la ropa por mí, o sin un horno que esté cocinando la comida por mí, o sin un trozo de queso que iré a comer en un rato sin necesidad de tener que ir al río a lavar, al bosque a juntar leña para calentar alimentos, u ocuparme de una vaca de la que obtener los lácteos y derivados que consumo. Ergo, la tecnología y los logros civilizatorios, lejos de ser demonizados, han de ser apreciados como cómplices necesarios para liberar energías que podemos destinar a otras acciones más plácidas, más gratificantes, más elevadas.

El punto de la sencillez y la simpleza alude a evitar (o al menos no caer en la trampa) de que los objetos de consumo pueden transformarse en una meta en sí misma, pues una existencia completamente focalizada en consumir difícilmente pueda evitar terminar consumiéndose a sí misma, conduciendo así a una frenética desmesura.

De lo que sí se trata es de manejarse éticamente respecto de la riqueza, sobre todo cuando ésta se vuelve obscena acumulación indecente de dinero, o cuando es evidente que estamos frente a una adquisición de bienes mal habidos. Sea en el antiquísimo Japón del siglo XV con sus señores feudales omnipotentes, o en nuestros países actuales infectados de una casta política parásita y desvergonzadamente corrupta, la problemática del ciudadano común era similar: cómo preservar la libertad individual del control de los burócratas, cómo trabajar y ganarse el pan con dignidad sin que una banda de mafiosos en control del aparato gubernamental le exijan pagar tributos (tributos que lejos de llegar a ser un aporte colectivo para paliar las necesidades de los que menos poseen terminan en los bolsillos de los funcionarios), cómo vivir en paz sin la prepotencia del poder respirándole en la nuca.

En Oriente, la respuesta a ello fue la actitud del individuo Wabi Sabi: simpleza, vida solitaria, austeridad, actitud contemplativa, alejamiento de toda fuente de poder central. La vanalidad patética de los poderosos -cuyo patrimonio era directamente proporcional al mal gusto inelegante con que ostentaban sus riquezasde tramposa procedencia- fue una crítica política tácita propia de los esos estoicos orientales que fueron los Wabibitos.   







-Cuida tus bienes, sé agradecido

La actitud Wabi Sabi hacia los bienes o los objetos, hacia el trabajo, o hacia los vínculos y relaciones que traman nuestra cotidianeidad podria sintetizarse en cuidar, valorar y agradecer lo que se tiene. Cuidar lo que hay, sea escaso, poco o justo; siempre apreciar a aquellos que –habiéndolo así decidido voluntariamente- nos rodean en nuestra vida; y ser generosamente agradecido por lo que vamos pudiendo lograr.

Dado que nuestro tiempo vital es escaso, limitado -e incluso a veces trágicamente breve- es saludable propiciar momentos en los que detenerse. Bajar un cambio en la velocidad. No es necesario volver a las cuevas prehistóricas, ni caer en la la estupidez del protagonista de “Into The Wild” (me disculparán aquellos que han gustado de la historia o de la película). No. Se trata de ser sabio, no un rebelde que comete tantas imbecilidades que finalmente como conscuencia termina con aquello que “decía” más amar: su propia vida! Aunque por supuesto, nadie debe impedirle cometer a nadie cuanta imbecilidad se le cruce por la cabeza, en tanto y en cuanto no atente contra los derechos del resto de los individuos.

La perspectiva que abre Wabi Sabi obliga a revisar nuestra existencia como principales y únicos administradores del (más escaso) bien, que es nuestra irrepetible existencia. 

Una existencia desperdiciada, malograda, quejumbrosa, agresivamente voraz de poder, sub-realizada, enfermiza, fanatizada bajo cualquier forma de colectivismo rebañizante es un insulto a la maravillante posibilidad que tenemos de estar, aquí y ahora, vivos.

Por eso mismo una vida extraviada en el mareo de los excesos es, así, una existencia mal administrada. No importa que esos excesos se llamen borrachera, fanatismo religioso o politico, estupidez ideológica colectiva, workaholism, vagancia crónica, o el irrefrenable deseo de complicarse la vida complicándosela malignamente a los demás. Todos esos son modos de expresión del exceso. Y en la medida en que cualquiera de ellos nos aleja de una inteligente y mesurada administración de nuestro frágiles y limitados recursos vitalistas, es sencillamente, una reverenda cagada para sí mismo y para los otros.   







-¿Conectividad solitaria?

En estado de Wabi Sabi, nos descolectivizamos. Somos más individuos que nunca… y sin embargo estamos en una intensa conexión con la existencia. Lo cual, por otra parte demuestra una vez más, que el respeto que debemos tenernos como individuos únicos y singulares, lejos de aislarnos atómicamente, nos lleva a conectarnos con nuestro entorno de una manera más profunda y significativa.

Sin embargo, desde ya, el factor “soledad” aparece en estado de Wabi Sabi claramente.

Es preciso en este punto aclarar que se trata aquí de una soledad que se aparta transitoriamente del vértigo de las superficies para re-conectar a ese particular sí mismo con la cadena de nimiedades con que su irrepetible existencia fue configurándose. Y en ese encadenamiento, lejos de estar temerosamente solo, se reencuentra a través de una soledad rememorativa con seres, cosas, sensibilidades que lo devuelven a su silente mnemo-biografía.

El Wabi Sabi es una especie de ancla que, no por solitaria, es menos crucial para darnos un punto de referencia desde el cual saber dónde estamos, quienes vamos siendo, y cómo “fuimos siendo” hasta llegar a nuestro laberíntico hoy.

El querido y bien recordado Thomas Szasz decía que el aburrimiento es la sensación de que todo es una pérdida de tiempo mientras que, por el contrario, en estado de serenidad, nada lo es. Siendo así, disponernos a las experiencias de Wabi Sabi como quien se entrega a un extraordinario modo de conjugar serenidad, conectividad es una inteligente sensación de entrelazamiento con pedacitos de micromundos que enhebramos de un modo íntimo, personal, y estéticamente sabio.

En Wabi Sabi la mente es cuerpo y el cuerpo es mente, y en esa indiscernible sociedad limitada por las reglas del tiempo y el espacio, tales reglas se sobrepasan, permitiéndonos aceptar con plenitud los confines personales de esta finita existencia que llevamos adelante junto con la infinita eternidad de sabernos parte de un universo insondable.




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jueves, 23 de julio de 2015

Antibiografía - La relevancia invisible de lo no-vivido

 




 Antibiografía
La relevancia invisible de lo no-vivido


 

Gabi Romano
(dedicado a la memoria de Roberto Cebrelli)



“Una vida no examinada
no vale la pena ser vivida”

Sócrates

                        


          Cuando hacemos el balance de la existencia de un individuo, diríamos que “bio-grafiamos”. Biografiar implica hilvanar devenires significativos en torno a los que esa vida fue singularmente vivida, puntuando dos claros momentos dentro de los cuales esa historia quedó contenida: su nacimiento y su muerte. En medio ubicamos los eventos determinantes que dieron sentido a ese existir: dónde habitó este mundo, qué acciones marcaron sus días, con quienes estableció relaciones estables (o inestables), a quienes conoció y quienes lo conocieron. Tratamos de rememorar en una apretada síntesis en qué empleó esta temporal estancia terrena: trabajo, estudios, hábitos, mudanzas, enfermedades, viajes, amores. 

Pero esta grafía vital sólo constituye la parte visible de la narrativa existencial, lo que hemos podido ver, lo que nos resulta alcanzable como información fáctica sobre ese individuo. En el revés de la colorida imagen que nos obsequia la biografía hay algo más, un resto: la “antibiografia”.




 Antibiografíate a tí mismo

Una “antibiografía” no es lo no revelado de una vida. No se trata de los secretos que no saldrán a la luz, ni la trama de semiverdades con que se suele revestir la imagen social conveniente de algunos personajes. No es lo oculto ni lo inaccesible. Tampoco es la histora de nuestras fallas o fracasos. No es un nido interior donde alimentar el resentimiento. Nada de eso.  

La “antibiografía” es lo que se configura a partir de todo lo que en una vida no fue vivido, y sin embargo a pesar de esto mismo, ha determinado de manera estructural quién se ha sido y quién finalmente se termina siendo.

Deseos no realizados, pero intensamente anhelados.
Fuertes desencuentros con sueños que alguna fueron activamente acariciados.
Fantasías que rompieron la muralla de la ensoñación, pero cuya fuerza en lo real no alcanzó a realizarse.
Trayectos que, por su importancia, pudimos haber tomado y habrían puesto nuestro destino en un camino muy diferente al que finalmente hemos transitado.

La antibiografía establece una relación, respecto de la biografía, análoga a la que relaciona la sombra con la luz.    

Por momentos la antibiografía se presenta como un ensombrecimiento, un chiaroscuro en la boscosidad de decisiones y acciones concretas que fuimos tomando hasta dar una “forma” a nuestra vida.   

Vamos, apolíneamente, dando forma al vivir bajo la exigencia de optar por esto o por aquello, de negociar aquello por esto otro, de dejar en suspenso lo otro para concretar esto. ¿Qué sucede con todo ese material “residual” que queda suspendido en el aire cuando resolvemos dilemáticamente muchos de nuestros asuntos? Pues dependiendo de cuán significativo sea el asunto sobre el que hemos tomado esa decisión, lo que hemos dejado a un lado va arquitecturizando una contrafigura informe cuyos elementos “hablan”, “dicen” acerca de quién podríamos haber sido de haber escogido esa alternativa que ahora semiolvidamos en el cono de sombra de lo no-vivido. Esa informidad dionisíaca, desordenadora e inquietante, pone en jaque las zonas de comfort y mueve problemáticamente las celdillas organizadas del minimundo cuadriculado dentro de cuyo perímetro intentamos contener la mareas inestables del vivir. 




Claridades, sombras y trasluces

Nietzsche intitula la segunda parte de su ensayo “Humano, demasiado humano” como “El viajero y su sombra”, aludiendo así que somos seres que nos movemos dentro de un constante diálogo tácito entre lo que tenemos de lumínico y de umbríos.

Probablemente nadie sea del todo su biografía como nadie es del todo su antibiografía. Tal vez seamos algo en medio, una bisagra, algo “entre” lo explicitado y esa madeja inconfesa de residuos deseantes que se translucen de tanto en tanto... a pesar nuestro. No pertenecemos ni al país de lo realizado ni a la franja periférica de lo que no-hemos-vivido. En ese sentido podría decirse que somos un poco anarquistas al no reconocernos definitivamente ciudadanos plenos del territorio de las realizaciones ni del antiterritorio de lo no-realizado, no formamos parte del dominio de lo hecho como tampoco quedamos completamente a expensas esas penumbras tan nuestras sobre las que mora lo no-hecho .

Cuando, eventualmente, algo abre esa zona claroscura de la existencia y nos deja desnudos con los ojos fijos ante esos riesgos que no corrimos o frente a las puertas que resolvimos no abrir, nos desorientamos, conmovidos. En esos instantes, el ensombrecimiento de lo que no-hemos-sido nos recuerda que los hechos (lo que se ve) están también formateados por lo que lo contrafáctico (lo que no se ve). Nos sentimos entonces como verdaderos parias existenciales: autoexiliados de la realización de ciertos deseos parecemos inmigrantes indocumentados intentando sobrevivir dentro de nuestra propia muralla inmovilizante. Lógicamente, la sensación no es en absoluto cómoda. Por esta razón cerramos cuanto más rápido podamos esos portales indiscretos que nos recuerdan lo que pudimos haber sido, haber hecho, haber decidido, haber vivido.

Aprendemos así a habitar un “enmedio”, en algún lugar impreciso entre lo vivido y lo que no.




Sensibilidad en negativo

Esa invisibilidad que irrumpe la contabilidad positiva del “haber” interrogándonos desde el “debe” que reclaman deseos olvidados, sueños postergados, travesías renunciadas, resulta trascendente para entender quienes somos. Lo que no-ha-sido-posible configura con lo que sí-fue-posible la historia completa de nuestra vida. No hay autenticidad posible sin el revés de la fotografía. No hay revelado sin negativo de la imagen, ni hay revelación de sí sin capacidad de sensibilizarnos con el revés de la película.

A veces esas residualidades deseantes nos persiguen como fantasmas, tortuosamente, como si se tratara de un castigo por haber decidido erróneamente (no es inhabitual observar que este mecanismo autopunitivo decante en una trágica enfermedad con un desenlace fatal). Otras veces, esos sueños enterrados por opciones más convenientes, resucitan del país de las sepulturas y nos marcan paradójicamente un camino que retomar para hacernos renacer ciertos anhelos que dábamos por muertos. En otros casos, los cabos sueltos de potencias irrealizadas nos hacen rememorar aquello que alguna vez quedó arrasado por cotidianeidades, necesidades, corduras, coyunturas que de alguna forma obligaron a esas “potencias” a menguar hasta disolverse en la correntada del devenir.

¿Qué ha de hacerse con esta brasa quemante? Podemos sentir el revés de la foto como amenazante. Pero también podemos tomarlo como oportunidad para recordarnos, cordialmente, que lo que somos es parte de lo que fuimos tanto como de lo que resolvimos no ser o dejar de ser. Podemos combatir a esa extraña tiniebla como si se tratara de una externalidad que viene a desajustar las clavijas de nuestras temporales armonías, y hasta morir en la batalla, claro, con las botas puestas. O podemos desbeligerar el asunto y abrazarnos a nuestra sombra comprendiendo que ella forma parte indiscernible de quien vamos siendo.

La “antibiografía” puede contener, desde ya, algunas esquirlas de antiguos sacrificios. Pero esta dimensión dolorosa que surge de haber hecho a un lado algunas cosas en pos de otras, no debería llegar a convertirse en resentimiento si es que se supone que optamos por lo que nos resultaba más sensato, más sano, más apropiado, más adecuado. Lo que sucede es que aún habiendo evaluado racional y emocionalmente una decisión (y haber escogido así lo mejor para nosotros mismos en ese contexto y circunstancia particular) esto no quiere decir que no hayamos tenido que hacer a un lado algo que asimismo nos resultaba también altamente preferible. No siempre aquello por lo que optamos se hallaba nítidamente entre lo que estaba “bien” y lo que estaba “mal”. La mayor parte de las veces nuestras alternativas no son tan contrastantes y debemos elegir entre preferencias diferenciadas por algunos grados o matices, lo cual torna la decisión más difícil aún.




Un cuidadoso (y examinado) Mandala   

En suma, aquello que no experimentamos, lo que hemos resuelto no hacer, los caminos que decidimos no tomar, las elecciones a partir de las cuales dejamos a un lado capítulos que jamás escribimos en nuestra vida, son parte insoslayable de quien somos. 

No es posible concebir el trazo fuerte de una vida vivida sin su correspondiente dibujo invisible donde se configuran las imágenes difuminadas de nuestra vida no vivida.

Los budistas tibetanos realizan puntillosos y detallistas diseños llamados "Mandalas de Arena", empleando para tal fin granos coloreados con los que cuidadosamente van dando forma a bellas geometrías complejas, únicas, cada vez. Trabajosamente los Mandalas insumen días y semanas hasta terminarse. Cuando el diseño toma la forma final que se procuraba alcanzar, se lo contempla, y a continuación.... se lo barre. Sí, desaparece. O mejor dicho, se lo des-hace voluntariamente para tener presente que somos seres transitorios, sujetos a la impermanencia. El "Mandala de Arena" requiere de una gran habilidad constructiva, capacidad de examinación, precisión, sentido de la forma, etc. Pero el Mandala mismo es impensable sin esa contraparte que es la no-forma a la que vuelve todo una vez que la arena es barrida del piso. Desapegados de la forma los granitos multicolores transitan circularmente hacia una nueva forma, y desde ella nuevamente a la no-forma y así sucesivamente. 

A la hora de los balances, parciales o finales, cuenta tanto la manera en que procedimos al administrar la arena de lo vivido como el modo en que la tinta invisible de nuestras páginas en blanco se derramó en cada capítulo decisorio de nuestro efímero existir. 

El producto que precipita de todo ello es una intersección compleja de lo biografiable y lo antibiografiado, de la forma y de lo in-forme, de aquellos a los que nos apegamos y aquellos de quienes supimos/tuvimos que desapegarnos, de las geometrías coloridas y cierta vacuidad sin la cual los círculos no cerrarían en el esquema más amplio de los ciclos. 

Somos un "Mandala de Arena", laboriosamente examinable en su totalidad con una mirada sensible que sin dejar de ser compasiva no cae en autocomplacencias. En esa resultante auténtica e integral en la que mezclamos al viajero y su sombra nos volvemos tan indiscernibles de nuestros anhelos realizados como amistados con aquellas potencias que quedaron pendientes. Y esto último parece ser uno de los mayores secretos de la serena aceptación de sí mismo, de la altura apacible desde la que contemplamos nuestras vivencias, y de la templanza con que nos despedimos de esta estancia temporal cuando nos sabemos cercanos a nuestro final.



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miércoles, 22 de julio de 2015

Henry David Thoreau... tus metas




"Lo que consigues al alcanzar tus metas
no es tan importante como aquello en lo que te conviertes
al alcanzar esas metas."

 
Henry David Thoreau



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viernes, 28 de noviembre de 2014

Nosotros los solitarios - Friedrich Nietzsche










 "Construiremos nuestro nido sobre el árbol del porvenir;
las águilas nos traerán el alimento en sus picos a nosotros los solitarios."



Friedrich Nietzsche
Así habló Zaratustra



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lunes, 24 de noviembre de 2014

Cicatrízate a ti mismo



Cicatrízate a ti mismo



 Gabi Romano







“Y las heridas hay que lamerlas como pantera, mirando hacia el horizonte...”

Luisa Díaz Garay




Cada historia de vida es un derrotero de paisajes afectivos, temporales plenitudes, ausencias invisibles, temores inconfesables, metas alcanzadas, circunstancias inmanejables, proyecciones irrealizadas, sueños truncos, travesías impensadas, intermitentes felicidades, distanciamientos, azares, decisiones, cierto degradé de tristezas, marcas imborrables, pérdidas… y heridas. Las heridas, en efecto, forman parte indiscernible de quien hemos sido y vamos siendo.

No hay herida que no esté indefectiblemente hilvanada en una particular historia individual (tan única como insondable) sin la cual el sentido de las experiencias de dolor resultaría tan superficial como probablemente errado o inexacto. 
  
Una herida es una huella. Su cicatriz, lo que nos queda para rememorárnosla.  Herida y cicatriz son signos que se evocan uno al otro. Signos significativos dentro de esa otra huella mayor que es que la que queda bocetada desde el dibujo de cada historia vital. La singularidad de las heridas perdería todo significado auténtico por fuera de lo que historifica a cada individuo como un habitante único de un mundo irrepetible.

La herida rasga. Escinde. Abre. Desgaja. Parte. Muestra. Marca.
Su cicatriz suelda. Reúne. Sutura. Repara. Sana.
En medio de una y otra, quien padece se ve obligado a participar de su propia cura. Pero ante todo, hay que habérselas con el dolor. Sin tránsito por el dolor, la herida es insanable.

Tanto las heridas -en sus diversas formas- como los modos en que ellas cicatrizan nos manifiestan que el dolor puede ser pensado como una ruta de múltiples intersecciones que deja de manifiesto nuestra actitud respecto del valor, la fragilidad, el sufrimiento, el coraje, la superación, y del enfrentamiento con la muerte. Heridas como mapas caleidoscopicos del sufrimiento. Pero también cicatrices que testimonian las distintas maneras que fue tomando en nuestra vida lo que podríamos llamar la “curación de uno mismo”.  

Según cuenta Pausanias, en la antigua Delfos, en el pronaos del templo de Apolo, se hallaba escrito un aforismo que ha dado mucho para reflexionar: decía allí “gnóthi seautón” (conócete a ti mismo). Hoy nos ocuparemos de una no menos importante extensión de la citada declaración que se enlaza con lo que se ha llamado “cura sui” (ciudado de sí, ocuparse de sí mismo). Diremos, parafraseando a aquellos sublimes griegos, cicatrízate a ti mismo.





Cicatrices de nacimiento


Hay quienes plantean que nuestra subjetividad está organizada a partir de una cierta herida simbólica original que se produce en el principio mismo de nuestro nacer (Ur-trennung).

Al llegar al mundo, nos despegamos del cobijante úteromundo donde la unión simbiótica con una mamá albergante que nos llevó dentro de sí durante unas cuatro decenas de semanas –y con quien nos mantenía vitalmente ligados un grueso cordón umbilical- quedará atrás para dar lugar a nuestra entrada a esta existencia como seres individuados. En ese “dejar atrás” que se produce en el acto mismo de nacer, habrá que apartarse de la placenta, fascinante órgano efímero garante natural de nutrición y vehiculizador de otras indispensables reguladas interacciones con la madre. Junto con la separación de la placenta también se rompe  esa unidad básica interdependiente a través de la cual se producían todos esos intercambios con nuestra habitable madre, sin la cual nuestra vida como humanos habría resultado inviable. 

Desde esta perspectiva, estaríamos marcados desde el nacimiento por un despegue. Y de esa necesaria ruptura que ha de establecerse con el cuerpo de la madre, nos queda una “marca” cuya visibilidad se encuentra desde el origen mismo de quienes somos: nuestro ombligo.

El ombligo es la cicatriz recordatoria de ese proceso primigenio de apego-desapego con el que arribamos a este mundo como diminutos seres aún extremadamente inacabados (y por ende, dependientes de otros que nos nutrirán, cuidarán, protegerán y velaran para que el resto del proceso de crecimiento y gradual autonomización se realicen en los mejores términos posibles para nuestro desarrollo).

Algunas interpretaciones psicológicas consideran que venimos ya marcados por el estigma de la división. Somos individuos, sí, pero sensiblemente sujetos a otros, particularmente a los “otros” que moran dentro del mismísimo nido de nuestra identidad configurándonos como una especie de “Uno-y-sus-heterónimos”. Estaríamos así sometidos a ciertas “operaciones de escisión” (sí, algunos psicoanalistas son muy complicados para decir ciertas cosas) que harían que seamos cualquier otra cosa menos indivisos. Individuos cuyos juegos de identidad involucran a más de uno… dentro de uno.

Desde este punto de vista, nunca seríamos “totales” puesto que siempre andaríamos algo desgarrados ya desde el principio mismo de nuestra llegada a la temporal estancia en la vida. Tempranamente sometidos a tironeos en nuestra malditamente fragmentada interioridad, nos creemos operativa-funcionalmente “uno” pero las divisiones y tensiones en nuestra interioridad pondrían constantemente en entredicho tal unidad. Sin entrar a determinar la validez o cuestionamiento de estas aseveraciones anteriores, parecería sí haber una marca de división  fundamental y originaria desde el nacimiento puesto que, para poder individuarnos del cuerpo maternal del que provenimos, debe haber un acto corpóreo, físico de des-unión. La unión materno-filial deberá proseguir, pero bajo una relacionalidad que llevará la simbiosis al ámbito de los lazos, de los vínculos, de los afectos y emociones. El cordón deberá devenir simbólico. Y de ese paso de la unión indiscernible dentro del cuerpo de la madre a la unión simbólica post-parto nos queda de recuerdo la redonda marca umbilical.
 
El ombligo es, sí, una marca, pero doble: es símbolo físico de la primer separación que experimentamos con el primer berrido, pero a la vez es el dichoso dolor olvidado desde el que deberíamos retroactivamente celebrar que se hubo de iniciar nuestro existir como seres capaces de respirar por sí mismos. Ser parte de la vida y llenar los pulmones con el ingente aire de privilegios que implica haber sido maravillosamente arrojados al vivir  nos cuesta esa primera marca, un primer dolor irrecordado ligado a la propia nascencia.

A esa individualidad que allí comienza, a esa singular identidad tan única como irrepetible que somos, no podrá ahorrársele en su camino ningún proceso emocional. Sentirá la alegría y la tristeza, el apego y los desapegos, los gozos y las desgracias, el amor y el desamor. Lamentablemente, cuando las experiencias existenciales nos expongan a ciertas frustraciones emocionales, sentiremos que estamos divididos, tironeados, agónicos, desgarrados, en conflicto, en tension. De allí nuestra constante desesperación -a veces tan vana como infructuosa- por hallar seguridad persiguiendo completudes que nos retornen a cierto estado “ideal” de totalidad (tal vez, pretendiendo revivir  el estado de fusión prenatal que la herida primigenia del nacer nos habría hecho perder?). Cualquier nuevo desgarro que se nos vaya produciendo en nuestro devenir, no haría más que actualizar la inermidad a que nos lanzó ese apartamiento inicial.

Condenados a ser eternos buscadores de una “plena” unión que nos sosiegue, jamás llegaremos a concretar una unión-fusión acabadamente… por suerte!!! ¿Por qué? Porque enfrentar la imposibilidad de las propias tramperas idealistas de nuestra mente es un paso fundamental para involucrarnos en relaciones más saludables. Éstas deberán nutrirse de realismo y voluntad antes que de los seguros venenos que terminan fermentando en la imagos ideales inalcanzables. Queda entonces aceptar lo que es, y lo que es, puede ser más fascinante que los castillos de humo de nuestra caprichosa tendencia a quimerizar. Darnos cuenta de que somos individuos capaces de crear relaciones libres (amistosas, amorosas, sexuales, laborales, económicas, políticas, educativas) con otros sin pretender insertar a nadie en fantaseadas unidades que sólo existen en las brumosas reminiscencias de nuestra memoria fetal, es sin duda, un acto de salud mental.





Malheridas de (des)amor


En el final de un poema llamado “El amenazado”, el genial escritor Jorge Luis Borges remataba: “Me duele una mujer en todo el cuerpo”. Efectivamente, así se siente la herida de amor, en todo el cuerpo, por todos lados. Una herida tan agudamente inmensa como trastornantemente ubicua. 

Fenomenológicamente pareciera resultar una obviedad afirmar que toda herida abre, lesiona, rasga creando una abertura de intensidad variablemente dolorosa. Y siendo la herida de amor una de sus formas más desesperanzada de estarse herido, nos sentimos durante el tiempo que dure ese particular sufrir, como si estuviéramos rotos, o murientes.

Lo que hiere en la malherida amorosa es no ser amado. O mejor dicho, no ser bienamado.

El amor herido es un rasgamiento donde –en un cruel juego de palabras- el amor que parte nos “parte”. El desamor rompe, es un rompimiento en cuya quebradura quedamos invariablemente rotos. Cuando esa herida se produce, la abertura con la que quedamos expuestos en carne viva es sufrida como un daño irreparable. La herida amorosa, en efecto, desune lo que hasta ese momento estaba ligado. Quizás esta particular cuestión  es lo que hace que, en determinadas situaciones afectivas que han sido particularmente relevantes en nuestro trayecto vincular, asociemos nítidamente el dolor de amor con la idea de “herida”. El ser amado se ha vuelto puñal.

Pero antes de la herida estuvo la fascinante experiencia de amar. Amar es, sin duda, una vivencia no sólo intensa sino vertiginosa. Amar y ser amados enciende el deseo, expande la pasión de estar vivos, nos conduce a una elevación de nosotros mismos en la cual nos sentimos como nunca antes, hace florecer nuestras más maravillosa potencia, nos da una fuerza invencible que nos hace creer que todo lo podemos y que venceremos cualquier obstáculo que se nos presente por delante. Pero esa experiencia en la que nuestro cerebro se halla anegado con todos los más potentes narcóticos naturales que puede producir la fascinante fábrica bioquímica de nuestro cuerpo, posee un punto de explosión y una posterior curva descendente donde estos efectos increíbles (en los que las drogas endógenas de nuestro sistema nervioso tienen un papel clave) van desvaneciéndose. Sí, de las alturas del enamoramiento se cae. Y a veces se cae muy mal. 

El amor, esa bella adicción a otro en quien proyectamos nuestra obsesión vincular, ES una droga. Una droga dura. Perder un amor, ser abandonados, tener una herida de amor produce un “dolor” en el que, empíricamente, intervienen los mismos centros cerebrales que se activan con las dolencias físicas. Borges en su poema intuyó esta cuestión neurofisiológica del desamor: la herida no es en una parte del cuerpo, sino en todo el cuerpo y ciertamente el amor puede hacernos doler. Y mucho. El mal de amor duele difusamente e inlocalizadamente. Duele aunque, paradójicamente, no se aloje en ninguna parte física de ese cuerpo. Cuando perdemos en el amor, tenemos no sólo ese dolor-herida extenso (que metafóricamente las convenciones situán en el “corazón”) sino también una batalla interna ante la que casi nada podemos hacer salvo darle tiempo a nuestras sustancias bioquímicas para que naturalmente se reacomoden. Si el amor intenso es una droga dura, la herida de amor (o la ausencia de éste) es una escalofriante pesadilla de abstinencia.   

La herida amorosa es un sentimiento infinitamente triste, y a la vez constituye una forma de expresión psico-bioquímica en la cual nuestra organicidad trata de nivelar con gran esfuerzo los desbalances de sustancias que participan activamente en los procesos de fluctuación entre amor/desamor. Las  anfetaminas naturales y morfinas endógenas (entre las que principalmente se destacan la feniletilamina, norepinefrina, dopamina, serotonina) deben retornar a valores “normales” que permitirán al cerebro desagotarse de esa inundación desequilibrante.

Al enamoramiento como triple fenómeno de saturación (químico, ontológico y existencial) le corresponde una marcha en reversa. Dicha reversión podrá ser fluida y cálida en términos emocionales si deviene en un lazo constante que se consolidará a través del crecimiento del apego entre los participantes de esa relación. Todo ello, en tanto y en cuanto el vínculo persista con el paso de los meses o los años, pese a haber ya pasado el “período de vértigo en caída libre”. Pero si la continuidad del amor es interrumpida por una partida o una ruptura, un final doloroso se precipita dejándonos horriblemente desgarrados.

Las heridas de amor, como casi todas las formas de herida, se superan, se suturan. El tiempo y la distancia son la mejor pareja de curanderos habida y por haber. Pero mientras el tránsito por el dolor del desamor dura, no hay otro remedio que soportar(se) en ese sufrir de ribetes abandónicos. El daño al proyecto de vida donde el ser amado era imaginarizado como partícipe fundamental no es cosa simple de acomodar en el alma. La sensación de fracaso, de desilusión (de estupidez retroactiva también) suelen advenir entre llantos y lamentos que salinifican aún más la carne abierta de un corazón profundamente sumido en la tristeza y el enojo, el reproche y la impotencia.

La herida de amor, finalmente, tiende a cerrarse. A veces, en condiciones recurrentes de exposición al “estímulo amado”, puede llegar a abrirse de nuevo, pero solemos estar mejor posicionados ya en nuestro eje para soltar alguna que otra lágrima más, o mirar con un relativo desapego de nostalgia melancólica aquello que pudo ser y no ha sido. Ni será. El amor, cuando es herido, exige un duelo del cual nos llevamos una regia cicatriz inolvidable. La cicatriz del amor herido tiende a señalizar, con los puntos de su costosa sutura, el camino de despedida hacia aquel a quien alguna vez se amó y/o nos hubo amado.





El heroísmo herido

La herida expone la interioridad, deja a la vista nuestra desprotegica carnadura. La herida visibiliza dolientemente la fragilidad que pulsa desde la carne viva.

Algo del orden de la debilidad se nos presentifica fuertemente cuando se nos hiere. En la herida la sensación de inmunidad y de intocabilidad con la que muchos transitan ilusoriamente por el mundo se evapora en un santiamén. Se podrá ser el mejor amante, el mayor de los guerreros, la más meritoria de las personas en un área profesional, nada importa cuando se trata del dolor. El dolor, como la muerte, es un maldito igualador. En la herida quedamos asimismo despojados de la ingenuide percepción narcisista que falsamente nos malindica que andamos por la vida protegidos por un halo invisible de seguridad mística. La herida nos refriega en la cara que ningún halo metafísico nos evita problemas, ni dolores, ni desgarraduras. Por supuesto, cada quien podrá autoconvencerse de que posee una protección desde el más allá (llámese Zeus, Thor, Jesús, Mahoma, parientes muertos, o los unicornios del bosque encantado). Pero no hay ningún plan divino que nos evite las heridas. Las divinidades “todo bondad, todo amor, y todo protección” son una cosa jodidamente rebuscada parece…

La herida, en principio, nos exige enfrentar la condición de ser seres marcados por la vulnerabilidad de la mortalidad. Sólo los dioses, proyecciones creativas de la angustia humana ante esa inermidad, disfrutan de los dones de la eternidad. Nosotros, aquí abajo, tenemos las horas contadas. Llegamos al mundo enteros, pero salimos de él muy lejos de sentirnos intactos. No somos irrompibles.
 
Pese a nuestra mortal condición, los humanos nos entregamos a luchar por nuestra vida y por lo que tenemos o amamos. Nos herimos dando pelea, batallando. Pero quien da pelea no sale ileso de sus combates, sino más bien marcado. El péndulo de nuestras experiencias nos hace oscilar entre esa vulnerabilidad estructural y el espejismo de fuerza transitoria que adquirimos cuando nos sentimos por alguna razón invulnerables.

Si quisiéramos poner atención entonces a las heridas que se producen en medio de los combates que libran los “llamados a luchar”, resulta imprescindible echarle un vistazo a la siempre enriquecedora obra de Homero. Tanto en “La Ilíada” como en “La Odisea”, la mención a la herida y al dolor que ésta provoca es un fenómeno que toca a casi todos los que se trenzan en los combates. Aqueos y troyanos sangran, se rasgan, laceran y son lacerados sin piedades de ninguna índole. Como señala con acierto Nicole Loreaux, los héroes griegos encuentran  su primera protección contra lo que hiere precisamente en su “alké” (fuerza). La desmesura de potencia con la que el guerrero blande sus armas, esa fuerza con la que se lanza a la lucha es justamente lo que lo protege del dolor ante las heridas que con seguridad se llevará como marcas de sus combates. Efectos tan efectivos como transitorios de la adrenalina alta y  la testoterona bullente.

Los héroes y todos los combatientes lejos están de la invulnerabilidad. Pero en principio, es ese furor adrenalínico de la batalla lo que los inmuniza temporalmente contra el sufrimiento que producen los cortes o golpes que sus adversarios les profesan. ¿Habrá deseado el rapsoda Homero evidenciar desde su narrativa épica un doble rostro de la herida? No lo sabemos. Pero pareciera haber un aspecto negativo de la herida, que sería aquel que la considera como una evidencia poco “gloriosa” para el narcisismo viril (no es bueno ni verse ni mostrarse herido), y a la vez un aspecto valorado positivamente que sería aquel por el cual la herida respresenta las cualidades del coraje de haber guerreado, una marca de haber participado con orgullo en batallas intensas en las que se ha enfrentado a enemigos brutales, y se ha sobrevivido para contarla.

El héroe herido redobla entonces su virtud como hombre de valor, puesto que esto último se demuestra no sólo primeramente en el campo de batalla sino también en la eventual entereza ante el dolor que le deja en el cuerpo un duro enfrentamiento con un adversario que lo ha logrado dañar. La herida guerrera apologiza la audacia y asimismo la resistencia, autentificando que ese sujeto lastimado ha pasado por verdaderas experiencias de brutal violencia sin flaquear por ello ni un ápice en su coraje. Doble rostro combativo de la herida. Por un lado, en la zanja que abre en la piel, expresa con doliente claridad que se es tan herible como falible. Por otro, en la recuperación de las heridas, en la cicatrización, nos devuelve a nuestras más virtuosas cualidades como seres perseverantes, con una inmensa capacidad para superar los peores golpes de la vida.

Todos somos, en alguna medida, héroes osados, combatientes, guerreros y batallantes capaces de inteligir desde el cuerpo expuesto al dolor que se es vulnerable y vulnerabilizable. Desde allí se aprende, en efecto, la invaluable lección de la supervivencia (hoy más cualitativamente definida como “resiliencia”): podemos ser desafiantemente audaces ante el estado de inerme fragilización a que la herida nos sobreexpone, y recuperarnos para narrar como la existencia sigue luego de los malos embates del destino.




 

Un “saber” de la herida


Ser seres expuestos, heridos y heribles, implica que nos la tenemos que ver con un desafío perpetuo: hay que aprender a convivir con las heridas. Lo cual quiere decir, en otras palabras, que hay que lidiar con lo hiriente -esa capacidad propia y de los otros de dañar- como con los efectos de dolor que nos suceden en la propia piel, la epidérmica y la emocional. Somos heridos, y heridores.

Se puede “aprender” a habitar las heridas? Hay un modo preferible de habérselas con esta condición de seres heridos y/o hirientes?

Las heridas, en tanto relativas inexorablemente a las experiencias de dolor, exigen ser sentidas. Fugarse de una herida sería una pésima táctica para atravesar el dolor. Evadirse de una herida tal vez sirva de manera estrictamente transitoria para soportarla. Pero el hecho de decidir no permanecer, no estanciarse activamente en las inevitables heridas que vamos sufriendo, no hará desaparecer la herida ni la cerrará, tampoco evaporará el dolor. Todo lo contrario. Evitar el atravesamiento miserable por lo que nos duele sólo ampliará la extensión de la herida, y hasta posiblemente nos pudra aún más la ya menguada alma encogida de sufrimiento. 

Si escapar de la herida no es una buena idea, qué nos queda por hacer entonces? Habitarla, primeramente. Aguantar el sufrimiento de los procesos curativos. Si es preciso llorar, pues llorar un río, llorarse un mar. Si es preciso gritar, mejor perder la voz aullando hasta que la ira dolorosa se agote. La descarga opera como una suerte de desinfectante: limpia, y calma. Descomprime. Expulsa las pestilencias embroncadas que nos produce el duelo de haber perdido, de haber sido heridos. Luego de esa etapa (a veces locamente desintoxicante), como toda herida, mejor dejarla al aire libre. Saber que allí está y estará. Darle oxigeno para que cierre. La piel que vuelve a aprender a respirar luego de una intensa laceración descubrirá que aún quedan poros abiertos por donde la belleza de estar vivos habrá de filtrarse buenamente si la reparación se realiza con éxito.  

En todo este proceso, de alguna forma, de lo que se trata es de construir un perpetuo saber dinámico acerca de cómo habitar el dolor.  Si somos seres heridos/hirientes, una gran parte del trabajo que implica la construcción de sí mismo (aquello que los antiguos griegos llamaron “ascesis”) será la adquisición de habilidades emocionales para habitar mejor esa permanencia activa en lo herido a los fines de cicatrizarse. Con el adjetivo “activa” me estoy refiriendo a una actitud. Una actitud tal que ésta acepte el desgarro y el sufrimiento (componentes trágicos inherentes a la existencia misma) pero que a la vez mueva lentamente la potencia de las fuerzas vitalizantes cicatrizantes que moran en nuestro singular carácter individual. Quedarse en la herida de modo pasivo, lamentarse de la mala suerte, maldecir a los jodidos designios que nos ha puesto el destino por delante, rumiar contemplando depresivamente el desgarro, culpar a otros, proyectar responsabilidades, querer volver la flecha del tiempo hacia atrás, todo ello es terreno de cultivo para las fuerzas reactivas del resentimiento. Todo ello genera enojo, ira, deseos vengativos y frustración. Todo ello empequeñece la anchura natural que posee el horizonte de posibilidades de quien sabe agradecer a las circunstancias el saberse aún con vida, con anhelos, con un puñado de realizabilidades siempre por llegar.

Este planteo trágico de la herida como primer imperativo al que nos expone el vivir mismo, implica aprender a “estar” herido. Pero ese “estar” en la herida, para reconocerla y reponerse de ella, de ningún modo implica un regodeo masoquista en el dolor. Justamente se trata de todo lo contrario: asumida esta condición ontológica de sabernos seres-en-herida,  resulta infinitamente más claro y definido el horizonte potente y vitalista a que debe tender la continua recuperación.

Estarse herido implica un segundo imperativo inexcusable y concomitante:  “saberse cicatrizar”. Aprender por sí mismo a caminar el sendero de la cura. Genealogía de la curación de sí.  Un saber de la herida debe ser indisociable de un saber de la sutura, de la convalecencia. Y reitroduzco en este punto la noble frase de Luisa  Díaz Garay con que comenzara este post, las heridas hay que lamerlas como pantera, mirando hacia el horizonte...





La curación de sí


Así como la medicina se ocupa de hallar los procedimientos para la cura y las más adecuadas técnicas de cierre para dar sanación a una lesión hiriente, la filosofía y la psicología se han ocupado de ofrecer “remedios para el alma”. Las heridas del alma requieren un oficio pertinente que las atienda curativamente.  Ya  Platón en “Protágoras” nos hablaba de los médicos del alma. Considero que el pensar filosófico es, ni más ni menos, que un modo posible que asume la terapeútica cuyo pharmakon es la palabra, el discurso, la autoreflexión sensible.

Palabras bálsamo. Cauterización del alma. Cicatrices invisibles.                           Ungüento reflexivo.

El drenaje del dolor es un procedimiento singular, intransferible. Cada quien puede “saber” (o más correcta y tristemente las más de las veces deberíamos decir “no saber”) acerca de las particularidades con que atravesar el propio dolor. Lo que nos representamos como herida y lo que toleramos como dolor provienen de nuestra particular condición sensible. Pero también de nuestras “series complementarias”, de nuestra trama neurótica, de nuestros esquemas mentales con los que tendemos a decodificar la realidad.

Cuando somos heridos, se dispara toda una red de significados y sentidos a través de los que nuestra sensibilidad quedará revestida simbólicamente. Lo que sentimos es lo que ese individuo único siente. Sentirá más, o menos. Experimentará su dolencia con mayor o menor umbral. Y del mismo modo, lo que ese individuo único piensa o reflexiona sobre lo que siente al ser herido es igualmente original. Por esto mismo las heridas son  altamente singularizables, y en consecuencia, el tiempo y modo de su cura también lo serán. Curarse de una herida variará de una persona en otra, con particularidades propias tanto como para tramitar el dolor como para resistirlo y darle un sentido en su biografía.

Hay heridas leves. Hay otras laceraciones que demandan años de costuras y reparaciones. Y hay daños tan descomunales que nuestra vida puede pender súbitamente de un hilo finísimo que la muerte se atrevería a cortar sin más. Sí, hay heridas que matan. Hay heridas mortales.

Algunos arrastran heridas semicerradas con las cuales prefieren hacer poco contacto con tal de que tales semicicatrices les permitan seguir siendo funcionales (una variante de la negación? Podría ser). Otros caen, rendidos, ante la gangrena que no pudieron-supieron-quisieron detener a tiempo.

Hay heridas y heridas.





El delicado hilván de la convalecencia


Algunas heridas nos dejan tirados como un trapo por un tiempo en la aparente insensibilidad de la soledad. Otras son tan viejas como olvidables. Están las que pasan desapercibidas, y  también las que resultan inocultables aún bajo el más espeso de los disfraces. Las heridas podrán compartir un relativo grado de similaridad, pero si algo las caracteriza es estar bordadas con el hilo distintivo de la diferenciación.

Nuestra identidad está forjada (vaya paradoja) sobre la base a sucesivas diferencias. Estamos hechos con la materia de la diferencia. Lo que somos es el capullo común que anuda un haz agitado de experiencias antagónicas. En nuestra identidad dormita la fiera y el ave inocente, la locura y el juicio, el desquicio y la voluntad de sentido, las alas y las cadenas, lo bello y lo pútrido, la necesidad de cercanía y la demanda autonóma que clama por distancia, el egoismo y el desprendimiento, la cooperación y la competencia, el detestamiento intolerante y la comprensión empática. Todos estos pares y muchos otros más, hilvanados de manera cruzada unos con otros y en tensión casi constante,  responden a su vez a una tela sobre cuyo fondo pueden advertirse los rastros rugosos de las heridas más antiguas que hemos padecido. La identidad contiene la experiencia de la herida, y la de la curación de sí mismo.

Cuando nos sentimos heridos, ese zurcido invisible que nos ata "enteros" afloja algunos de sus hilos.  Algo de nuestra identidad se suelta. Heridos, dolidos, lo que somos pierde sentido como unidad estable y funcional. Nos sentimos retazos. O retacitos. Insignificantes fragmentos incapaces de volver a unirse en un nuevo todo que, no por imaginario, es menos imprescindible y necesario para sobrevivir. La herida devuelve súbitamente la identidad a la lógica de la fragmentación. Y eventualmente, al caos. Volatilizada la unidad del Yo, rota la identidad por el dolor, nos partimos. Nos particionamos.  No alcanzamos a llevarnos en andas a nosotros mismos a ninguna parte ni para ningún fin. La herida, cuanto más vasta y profunda sea,  más inmoviliza y detiene. Desesperados, somos como el Barón de Münchhausen, pretendiendo vanamente sacarnos del pozo con nuestra propia mano tironeándonos de nuestro propio cabello...

Convalecer es tener capacidad de esperar, y de esperarse. Ser comprensivamente compasivo con uno mismo sin caer en la autoconmiseración. Otorgarnos por un tiempo y como un don, el permiso para un espacio en que pueda surgir un sentido para darle a ese dolor. Disponerse a la tristeza por un incierto lapso y alejar las brasas de esa llaga doliente. Ese es la labor del convaleciente.

Luego, de a poco, atreverse a mirar los nuevos trazos que hay en ese tapiz sobre el que se recuesta el dibujo informe de nuestra biografía. La tarea del convaleciente transformará a ese individuo si la experiencia del dolor logra adquirir una suerte de “ojos táctiles”: hay que saberse repasar-retocar con la mirada una y otra vez, palpar el lugar de la herida para reconocerla e incorporala. Reconocer la herida, aceptarla, sanarla, todo ese largo proceso es de algún modo, la forma en que nos liberarnos gradualmente del dolor atrapado en la memoria de las cicatrices.

La pantera que se lame su dolor con el cuello erguido y la mirada felina apuntando altiva hacia el enigma de lo que vendrá resulta una imagen no sólo fuerte sino precisa, contundente. Sea lo que sea, la lamida cauterizante del animal herido (recordemos que somos asimismo “animales humanos”) sólo es efectiva en la medida en que se disponga igualmente de una apertura esperanzadora respecto del misterioso por-venir entreabierto ante los ojos. Las heridas, para ser curadas, necesitan beber horizonte.

Seamos, pues, panteras. Dignas panteras. Démonos bálsamo a lo que nos duele desde nuestro propio ser. No esperemos que la lamida suturante venga de nada ni de nadie más que de nosotros mismos.

Quien ha sido herido profundamente pasa, en su convalecer, por un necesario período de anachóresis, de apartamiento en soledad. Soledad de soledades. Retiro temporal tan solitario como imprescindible para entregarse a una cura desde sí y para sí. Un ser herido en proceso de auténtica convalecencia tiene más de digna pantera anacoreta que de oveja vendada balando en la marejada indistinguible de un rebaño de dolientes. El apartamiento es parte imprescindible de la posible cura, como ya lo intuyera Marco Aurelio, quien llega a considerar a la anachoresis misma como una “técnica” del cuidado de sí (incluso “escribir” lo que sentimos durante ese período en que interrumpimos el contacto con el mundo es considerado por el famoso emperador como una técnica complementaria asociada al ánimo y al objetivo mismo del retiro).           

Cuando una herida nos marca con dureza el dolor arrrecia. Nos damos por ausentes del mundo, de los objetos, de los lugares, de las batallas que antaño nos reclamaban. Nos sustraemos hasta de nosotros mismos. Nos apartamos del mundo. Ejercicio singular dentro del “pathos de la distancia”. Una distancia solitaria que nos envuelve de nuevo fetalmente para darnos la oportunidad de volver a ser capullo... y posibilitarnos re-nacer de nosotros mismos, cicatrizados.





Finalmente, todo es un círculo?

La herida disocia, aparta dolorosamente. En la herida, la continuidad de algo es lesionada, interrumpida. La herida impone una distancia y nos distancia. Separación cruenta de un tejido que se sabía previamente entramado. Pero veamos que, curiosamente, en el exacto lugar en que se establece ese “entre”  doloroso que abre la carne, en esa precisa hendidura en que la sangre fluye y el sufrimiento se impone, allí mismo y en el mismísimo instante en que la superficie del soma se desgarra, se empieza al mismo tiempo a gestar el lento proceso de cierre. La herida es la apertura, pero con la misma palabra nos referimos a la huella que empieza a gestarse  (y quedará luego “cicatrizada”) como signo de curación.

Heridas las hay severas, crónicas o más o menos leves. Dependerá tal gravedad de factores como la extension (vastedad en que queda comprometido mucho “territorio” del cuerpoalma), la profundidad (hasta donde nos ha llegado el golpe del puñal), y la localización (sabemos que no da en absoluto igual la herida de la muerte que se lleva el pulso, que una herida superficial en la pedante espuma del narcisismo). E incluso, hay heridas circulares. Son las que nos llevan de nuevo al mismo punto de partida de donde surgieron. Infinitas y raras como una cinta de Moebius donde adentro y afuera dependen de la relatividad de nuestra posición ante ellas.

La herida encierra en sí misma el desgarro y el inicio de lo que luego será la cicatriz. En ella misma buscan refugio simultáneo el recuerdo (la herida como signo que nos muestra un pasado) y a la vez el olvido (la herida como esfuerzo por superar y dejar atrás la tristeza del dolor). La herida nos evoca sucesos pasados y rememoraciones siempre presentes. Ellas comunican el lenguaje de las pasiones sostenidas, de los sentimientos eternizados, de lo que a veces es  forzadamente silenciado, o de lo que otras es vivamente enunciado. Las heridas nos retrotraen a desequilibrantes momentos fragilizadores y a la vez,  a la serenidad de haber sabido cómo ir alcanzando tiempos reparadores.

Desde las heridas nos rumorea el mar abismal en que se agitan nuestras batallas más sensiblemente sentidas. Sean batallas dolorosamente perdidas o memorablemente ganadas, las heridas intensas nos dejan un gusto particularmente mencionable: algo le hemos logrado arrebatar, de su despiadada garra afilada con que nos asusta cada tanto, a la implacable muerte. Toda herida marcante "nos" narra un cruce donde tal vez haya andado Eros metido, pero casi seguro lo estuvo Thánatos.

Por eso una herida es un modo de memoria desde el cual narrar la propia capacidad de supervivencia. Cada silente cicatriz “nos dice” de algún capítulo de nuestra novela existencial. Si cada herida “cuenta”, cada cicactriz “habla”. Algunas hasta lo hacen de manerar tan pero tan sabia, que hasta vale la pena cada tanto volverlas a escuchar. Será por eso que es bueno no desoir nunca la voz de las heridas, ni mucho menos la de tus propias cicatrices: el secreto de tu capacidad de sanar está escrito en medio de ese coro de múltiples suturas.    





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