miércoles, 5 de octubre de 2011

Decir amor... eterno amor?




Decir amor... eterno amor?




Quien ama desea lo eterno.
Quien ama, desea lo eterno?
Y si amamos más de una vez en la vida, es que deseamos sucesivas eternidades?




-Quien ama desea lo eterno

Declarar un amor -esto es, iniciar un relato amoroso direccionado a una persona exclusiva y excluyente- es un acto discursivo que, de alguna forma, anhela individualizar ese amor de entre muchos “otros amores”.
El modo en que ese amor singularizado intenta perpetuar su uniqueness (palabra de la que carecemos en español) es a través del deseo de eternidad. Por esta razón es que quien ama desea lo eterno, más allá de las connotaciones romanticoides y abstractas que suele evocar el término "eternidad" en su idealismo de aspiraciones metafísicas.
Quien ama desea eternizar ese amor bajo la marca de lo único. Un amor que escape de la repetición. Esa es la verdadera trascendencia a que puede aspirar un buen amar.

Los fragmentos que he intercalado en este post pertenecen a Jean-Luc Marion de su libro “El fenómeno erótico”. Texto que he leído-hojeado-releído-rehojeado tanto que alguna vez deberé pegar o coser o lo que sea que lo devuelva a un estado de unidad pues sus páginas se me han ido soltando en tanto ajetreo incansable de lecturas, seminarios y subrayados. De él se desprende, entre muchas otras cuestiones, que amar es un acto del que no deberíamos esperar reciprocidad, ni igualdad, ni mesuras de ninguna índole.

Amar sin pretensiones es amar sin finalidades. Sin expectativas de resultados. Un amor sin fin, en el sentido de amor que no aguarda (ni se guarda en el bolsillo) "finalidades" irrevelables y también como "amor que no se imagina un final" y en ese sentido, prosigue mientras prosigamos en esta vida. Double unending...



El amante se individualiza también por la eternidad,
o al menos por el deseo de eternidad.”


Amar es un fenómeno de dación. Nos damos amando. Quien ama se da.
Dar dándose. Ahí reside la potencia activa de constituirse en amante (poniendo así la pasiva imagen del “ser amado” en un lugar relativamente secundario, o al menos no tan relevante en la dinámica de Eros).  Quien ama se pierde, se disuelve en esa fuerza que proyecta hacia el otro, pero sin embargo pese a la disolución y el extravío, se "halla", se re-encuentra consigo mismo más que nunca, tal vez como nunca. Disolverse para re-hallarse, una de las paradojas más extrañas que provoca el amor.

Amar es un fenómeno intenso en sí, incluso cuando aquel a quien se ama y se dirigen nuestros sentires queda en silencio, no responde, e incluso no co-responde. El otro -el amado- es inspiración para el amor, pero la fuerza activa de lo amoroso se encuentra en la capacidad de quien ama, del lado de quien ama. Y esto ya lo sabían bien los poetas trovadorescos.

Damos lo que somos cuando nos sabemos “in love”.
Y ahí somos puro vértigo desplegado. Esto es así aún cuando no se sabe qué retornará exactamente de ese amor por parte de quien amamos. La correspondencia, la espera, el estupor, la inautenticidad, la mentira, la dilación, la indecisión, el vacío, o un gran amor son parte del “encastre” que podrá suceder como retorno. Todo puede suceder cuando se “declara” un amor. O también nada.




-Una proeza sin promesa

Quien se lanza a amar debe aprender a poner la gran “x” del lado del acontecer.  Ama. Fuera de eso, nada sabe.
En realidad el amante bien puede seguir siendo un escéptico experimentando aquello de que todo es susceptible de ser sometido a la duda y la interrogación. Lo que diferenciará a un amante de un escéptico-no-enamorado es que el primero se encuentra bajo un estado en el que ahora posee una certeza que no proviene de ningún lado más que de las alturas livianas de su propio sentir.
El que ama vuela, levanta vuelo. Sobre todo, deja de ser rehén de la incerteza  y del escepticismo habitual  para batir alas por encima de ciertas dudas. En la ecuación de quien ama, la duda/la pregunta/lo incierto quedan del lado de la "x" por despejar.  

Cuando alguien enuncia/anuncia su amor lo que cobra relevancia es eso y sólo eso: posee una verdad  indisimulable y eso es lo único que cuenta. Pondrá el temor en el futuro y se fogueará en las artes de convivir con la incertidumbre sólo respecto de lo que seguirá. Claro que puede  elegir también la opción de la retirada:  se puede marchar a rumiar ascéticamente  por fuera del juego de los sentimientos amatorios, sea  desde una posición nihilista sobre el amor o desde el refugio en la cobardía protectiva pasando por formas combinadas y/o intermedias.
El amor en su variante auténtica e intensa es sin duda asunto heroico. Casi, una proeza sin promesa.
Tal vez allí resida la imposibilidad de amar y las dolencias de des-amor (o falta de amor) que enferma en estos tiempos a nuestras sociedades hundiéndolas en diversas forma de resentimiento y de odio.  A lo sumo, vivimos en tiempos de falsas epopeyas o epopeyas de papel maché.
Los héroes no sólo no abundan en casi ningún terreno, y si los hay son una farsa. El ejemplar heroico  prácticamente forma parte de la museología de lo extinto.
En este contexto, lo amoroso se ha vuelto romántico relato vulgar, teatro de superficies. Hemos perdido la aristocracia de nuestros sentimientos.

Pero siempre queda alguna esperanza realista, pequeña, que desnubla esta vida agónica alérgica  a los heroísmos. Es cuando algo bellamente amoroso acontece, algo que desmiente la comedia de insinceridades que respiramos con más efectos tóxicos que el peor smog.
Sin romanticismos idealistas, pero sin negar la trascendencia que disparan las afecciones fuertes y dislocantes, cada tanto alguien se atreve a abrir el juego, meterse descalzo en la Caja de Pandora... y dice “te amo”. Por supuesto me estoy refiriendo al “te amo” como palabra plena, no como cursilería discursiva o acomodaticia frase de bajo precio en la feria de sentimientos de ocasión.

En esas excepciones es cuando entran los transgresores, esos parrhesiastas que se animan a decir verdad desde un decir de amor.

Son rara avis los amantes que aún en tiempos de indigencia amorosa sueltan de la boca un trémulo pero altivo, poderoso y radical “yo te amo”. Puro sujeto en puro predicado.




-Poder amar

Quien ama puede.
Y ama quien puede. No todos pueden. No todos aman.

El amante es pura voluntad de poder.
Difícilmente algo mueva de lugar, de su sentir potente y pleno, a ese que dice sentir que ama plenamente.  Como ya dijimos, los que aman poseen un campo privilegiado de certeza (punto en común con la locura y con la testarudez infantil). Desde este punto de vista no hay cosa más terca, loca y perseverante que alguien que ama.
Y si ama y lo dice con todas las correspondientes palabras, es porque ese amor se le ha vuelto una constante en los sentidos. Enuncia y hace saber su amor porque ya no hay posibilidad de ocultamiento ni razón que justifique el silencio precavido. El decir del amor es una forma del coraje de decir de la verdad.

El amante es (o debería tratar de ser) por sobre todo, amo de sí en el territorio de sus sentires. Un amor  Amo de sí debería poder ser totalmente sensible al otro, pero cuidando la caída en las formas de la servidumbre. El amor está allí para ser vivido, vibrado, atravesado. No para ser objeto de culto ni de servidumbre esclavizante y esclavizadora.

Las oscilaciones anímicas siempre se intercalarán indefectiblemente ligadas a la respuesta  que provenga del amado creando pasiones alegres o tristes. Pero esta interacción no implica necesariamente  tener que caer sí o sí en calamitosos estados de dependencia  en donde la propia subjetividad queda totalmente  encogida dentro de la soberanía que le hemos cedido al otro.
Dependiendo de sutiles movimientos del otro se llora, se desea, se sueña, se cree, se odia, se vuelve a amar. Pero a veces, curiosamente, sin esos “sutiles movimientos del otro”, sin esa co-dependencia peligrosa,  también se llora, se desea, se sueña, se cree, se odia, o se vuelve a amar. Por eso quien ama es un Amo que debe lidiar con los dos rostros de Jano: posee autonomía relativa en su propio dominio de sentires, y a la vez puede terminar siendo semiesclavo no sólo del otro y sus respuestas afectivas sino de sus propias sensaciones las cuales experimenta autónomamente como amante. Oscile anímicamente para donde oscile, será Amo de la verdad de su amor si puede mantener el timón de ese afecto total en medio de lo que venga, de lo que sea, de lo que pase.

Amar no debería ser una esclavitud sino un acto compartido de mutuas libertades capaces de transformar  en mandato re-elegible el imperativo de encontrarse una a la otra siempre. Amar bien es una real co-liberación.




-Amor y parrhesía

Qué decimos cuando nos atrevemos a soltar un “te amo”? (digo “atrevimiento” porque siempre tiene algo de bella insolencia el decir del amor).
Decirlo es decir una verdad. Una verdad inocultable para sí mismo, principalmente. Por eso el primer espacio de honestidad en que se despliega el decir amoroso es en el de la auto-honestidad.
Sentir que se ama y decirlo constituye una forma discursiva de la verdad. Verdad directa que atañe a la existencia de quien la enuncia y que, tal vez, impacte en la existencia de quien la recibe.
Es importante resaltar que el que enuncia ese amor es el que se arriesga. Por eso estamos aquí ante la figura de un parrhesiasta. Se corre un riesgo diciendo “te amo” tanto como se corren riesgos diciendo ciertas verdades entrelazadas con la propia vida. El que enuncia un amor se pone en riesgo, pero habita una zona de autonomía muy singular: es amo nuevamente justamente porque decide correr el riesgo.
Si los sentimientos lo queman, toma entre sus manos esa quemazón y sale a la arena de las posibilidades inciertas en busca de aire (no para apagar el fuego, sino justamente para subir la apuesta y avivar las llamas).

El decidor de amor es quien descorre el telón del destino con una curiosidad inevitable desde la que decide enfrentar el miedo al rechazo o a lo que suceda... lo prefiere antes que empollar la heces de la propia pavura.

Si el fenómeno amoroso es asunto de dos, la enunciación del amor implica en primera instancia una jugada de riesgo por parte de sólo uno de los involucrados.  Sólo uno da el paso al frente. Siempre  es uno de los dos  quien primero dice-enuncia esa comprometida frase hecatómbica. Devengan las consecuencias que advengan.




-La individualización de lo eterno

El deseo de amor es un deseo de diferenciación.
Para quien ama, “este” amor tiene que poder ser distinto de otros amores anteriores y futuros. Una ruptura en la sucesión de similaridades pretéritas y por venir. Debe ser un amor singularizado, o no será.  No es apenas una variación, una sorpresa disruptiva, o algo distinto. Es una diferencia radical, de grado y calidad. Una elevación: esa es la real aspiración que posee la convicción discursiva que se expresa como puede desde el “te amo”.


Consideremos un hecho de la experiencia. En el momento de intentar proferir un casi indecible ‘te amo’ con los ojos abiertos y a la cara, o bien que se lo haga con los brazos estrechados sobre el otro y los ojos a punto de cerrarse por la fuerza del deseo, le hace falta al amante tanto como al amado, aunque sólo fuera por un instante y tras una serie abultada de ‘otras veces’, la convicción o al menos la apariencia, y hasta la ilusión voluntaria de la convicción de que, esta vez sí es la buena, de que esta vez estará bien y para siempre.”


En efecto, en palabras de Marion, se trata de que “esta vez sí es la buena, de que esta vez estará bien y para siempre.

Se trata de una ilusión?
Si pensamos exclusivamente desde el punto de vista de lo eterno como ideal romántico, probablemente sí.

Que sea una ilusión implica que no es verdad?
No. Definitivamente no. Estamos ante una verdad que coexiste con elementos ilusorios pero constituye una verdad total para el que ama. Esto aunque a los lógicos cartesianos esto les saque ronchas en la piel.

Estamos ante el anhelo del "eterno retorno" del que hablara Nietzsche?
Desde ya: queremos que ese amor sea ese amor en cualquier ciclo de repeticiones en que lo pudiéramos volver a hallar otra vez. Lo amaríamos en cualquier universo paralelo, eligiéndolo sin titubeos hasta con los ojos vendados.

Lo que se diga en estado amatorio sigue reglas muy diferentes a las de la lógica racional, y sin embargo no se aparta de ser una verdad. No se trata por eso de una irracionalidad ni de una ilogicidad, sino de un universo en el que las palabras y los sentimientos toman caminos lógicos algo diferentes a los usuales para expresar un estado que desborda al propio discurso. Algo del amor está más allá del discurso. Pero no nos quedan muchas opciones cuando se trata de transmitirlo ayudados por el lenguaje del cuerpo,  por el arte,  por la música, por la mirada.

Cuando amamos utilizamos muchas formas lógicas no formales: por momentos no hay “principio de razón suficiente”, ni silogismos estrictamente perfectos, ni criterios de verdad-falsedad con los que  normalmente diseccionamos la cotidianeidad. En-amor todos somos abnormals.




-Amor que se enuncia no se piensa
 
El amor, al desear ser expresado toma lo que necesita de la lógica y lo que también necesita de las herramientas del lenguaje formal para “hacerse entender”. De todos modos, nada de esto quiere decir que el amante en sus decires siga estrictamente la racionalidad. Como tampoco nada de esto quiere decir que el amante esté faltando a la verdad. Todo lo contrario! Probablemente en su “te amo” haya más gesto de autenticidad discursiva que en lo que acostumbra decir en la mayoría de sus días grises plagados de estructuras comunicacionales perfectamente lógicas, intachablemente correctas, impecables desde el punto de vista semántico y pragmático.

Qué hace con la lógica quien enuncia su amor:  la usa vagamente, la transgrede, la evita, la rodea, incluso la ignora. O lo que es mejor aún, la supera.


En el momento de amar, el amante no puede creer lo que dice y lo que hace sino bajo un cierto aspecto de eternidad. O en rigor, una eternidad instantánea, sin promesa de durar, pero sin embargo una eternidad de intención. Al amante tanto como al amado le hace falta al menos la posible convicción de que esa vez ama para siempre, irreversiblemente, de una vez por todas. Para el amante, hacer el amor implica por definición la irreversibilidad”





-Contra toda duda

El propio amante casi no puede creer ni lo que dijo ni lo que hace/hizo.


-Le dije “te amo”.
(Cómo fui capaz de decirle “te amo”?!!!!)


Son muchos los actos, acciones, verbos, signos que escapan de la normativa cuando se ama. Casi todo se evade de la ley, de la norma, del orden.
Amar es una rareza in-creíble.
Y parte de esa sensación de rareza proviene de saber que es completamente demente aspirar a alguna “eternidad” en un amor. En medio de un mundo que nos sopapea constantemente con la certeza de la muerte, el amor desmiente a esta última a través de su insensata pero magnánima búsqueda de eternidad.
El amor siempre tiene hambre de infinitud: quiere a través de su voluntad eternizadora lo que no existe, lo que no se puede, lo que no es ni será. Quiere todo.

En cierta medida sus “imposibles” son algo así como su estrella y su guía.

Un amor por siempre es un amor irreversible. Sin vuelta atrás, puro porvenir de ilusión. Decir “te amo” es el atrevimiento ilógico de anhelar una eternidad que sabemos imposible lógicamente pero que deseamos como lo más real entre lo real cuando le pegamos una patada en el traste a la dictadura de la lógica.

La solución de compromiso con lo real es desear que ese amor permanezca eternamente mientras dure su temporal instante.
Pero la razón no es una bestia fácil de narcotizar.
Por eso mismo reaparece la duda. O mejor dicho, es la “razón razonable” la que se encarga con sus colmillos de instilar la duda racional. La razón nos murmura “-La eternidad no existe”, “-Estás pidiendo una nueva ilusión”, “-Los sentimientos no son irreversibles”, “-Estás siendo ingenuo/a”, “Esto no tiene sentido, no tiene sentido, no tiene sentido, no-tie-ne-sen-ti-do”, “-Deberías haberte callado”, "No servirá de nada", "-Qué tontería has hecho" y otras maldades casi de tipo superyoico que en su modo reprochón y lacerante buscan crear culpa o arrepentimiento por haber abierto la boca.

Por suerte el que ama tiene habilitado un flexible muro de contención contra todo el caudal impetuoso de las leyes racionales. Las deja pasar, como una represa, hasta donde quiere. El amante toma de la racionalidad lo que le place. El resto lo transforma en una especie de mar de fondo con volumen regulable, que por lo general, resuelve poner en mute.


Por supuesto, bien puedo decir ‘te amo’ dudando claramente de poder (y de querer poder) amar para siempre, incluso casi con la certeza de desfallecer dentro de poco; pero nunca puedo decirlo sin mantener al menos una ínfima posibilidad (es decir, una posibilidad a secas) de que esta vez sí amaré para siempre, de una vez por todas. Sin esa posibilidad, por mínima que se quiera, no solamente que no podría imaginarme psicológicamente que hago el amor, mucho menos hacerlo efectivamente, sino que de hecho me condenaría a mentir.”





-El ínfimo sueño de singularidad

Por qué necesitamos mantener aunque más no sea una ínfima ilusión en la singularización eternizable de nuestro amor? Pues porque sin esa minimísima certeza de que nuestro amor es único, sin ese sueño con poco pie en lo real de que está será “la mejor vez de entre todas las veces acontecidas y por acontecer” no podríamos extraviarnos en un nuevo amor.
Por supuesto que se puede perfectamente prescindir del “te amo” y aún así enredarnos en sentires intensos y gozosos, pero estaríamos hablando de cruces eróticos, de intercambios sexuales, de afectos interesantes, de buenas experiencias con otros significativos, de afinidades gratificantes etc... todo, menos un gran amor.
El amor enunciado auténticamente como tal requiere de nuestras ilusiones... una vez más. Y la ilusión de singularidad de nuestro amar es quizá la que más nos importa transmitir en esa movida de piezas crucial que es haber dicho que se ama.
El requerimiento de la singularidad es pre-requisito para la ilusión de eternidad. Del mismo modo la ilusión de eternidad sólo puede dispararse como creencia compartida con quien se ama si ambos sucumben a esa singularidad en dueto.
Este requerimiento de lo ilusorio y el efecto de la experiencia singular de lo que es  “más y mejor”   hacen que el amante, a pesar de todas las dudas que le presente el núcleo duro de su siempre alerta racionalidad, exprese la verdad de lo que siente.Y ame. Y lo diga sin vueltas ni artificios.


Decir “te amo” nace de una ilusión. Es cierto. Pero sin esa bella ilusión heroica estaríamos sencillamente  perdidos o casi muertos dentro de la boscosa bruma de nuestras epopeyas personales pendientes.




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4 comentarios:

Chelís Silverio dijo...

El hecho de leer algo así de bello no solo es para decir: qué bonito está! leer algo así es para hacernos dudar de ciertas cosas que dábamos por sentado y hacernos entender parte de nosotros, y esto lo logra, Gracias

Gabi Romano dijo...

Muchas gracias Chelís por tu comentario. Me resulta muy gratificante saber que es posible crear efectos, buenos efectos a través de lo que una escribe. Y como bien vos decís, tales efectos permiten "poner en duda" con la particularidad de que la duda termina poniéndolo a uno mismo en el centro de esa interrogación. Si lo que pensamos no nos exige re-pensarnos sólo estamos moviendo un poco las neuronas, nomás. Pensar es siempre re-pensarse a sí mismo a través de lo pensado.
Un abrazo!
Gabi

Musa Mágica dijo...

Celebro tus palabras...alguien dijo por ahí «Vivo en una epoca donde Amar es mala palabra» a lo que le repondí que deseaba que completara esa frase...que revirtiera esa sensación....-es una vivencia...casi visceral-respondió; hoy le envié este enlace a tu escrito... yo que también dudo en volver a decir ""te amo", sintiéndolo verdaderamente...al leerte y releerte,brindé por dejarme en este día de lecturas,esa dosis de aliento para "re-pensar como decís", aquello que creemos que ya lo tenemos confirmado...cada párrafo me tocó fuerte y y me quedo acá a pesar de las dudas pero con la certeza de que soy y seguiré apostando al Amor... "El amor está allí para ser vivido, vibrado, atravesado. No para ser objeto de culto ni de servidumbre esclavizante y esclavizadora.",una entre todas las frases movilizadoras...un abrazo, Pat.-
(Patricia Delaloye)

Musa Mágica dijo...

Celebro tus palabras...alguien dijo por ahí «Vivo en una epoca donde Amar es mala palabra» a lo que le repondí que deseaba que completara esa frase...que revirtiera esa sensación....-es una vivencia...casi visceral-respondió; hoy le envié este enlace a tu escrito... yo que también dudo en volver a decir ""te amo", sintiéndolo verdaderamente...al leerte y releerte,brindé por dejarme en este día de lecturas,esa dosis de aliento para "re-pensar como decís", aquello que creemos que ya lo tenemos confirmado...cada párrafo me tocó fuerte y y me quedo acá a pesar de las dudas pero con la certeza de que soy y seguiré apostando al Amor... "El amor está allí para ser vivido, vibrado, atravesado. No para ser objeto de culto ni de servidumbre esclavizante y esclavizadora.",una entre todas las frases movilizadoras...un abrazo, Pat.-
(Patricia Delaloye)