viernes, 14 de febrero de 2014

¿Y por qué celebrar San Valentín?


¿Y por qué celebrar San Valentín?




Gabi Romano






Porque quem ama nunca sabe o que ama,
nem sabe porque ama, nem o que é amar.”

 Fernando Pessoa



Me resisto a aceptar como natural cierta imposición de mercancías "culturales": los corazones por doquier me resultan saturantes a esta altura del mes de febrero. A fuerza de verlos por cuanto lado transito casi me resultan fastidiantes. El marketing del amor puede llegar a ser tan asfixiante como banal y carente de autenticidad. Si el dilema es “mercantilizar o no mercantilizar” un asunto del sentir, pues la verdad es que un poco me da igual, ya que cada quien es (en primera y última instancia) dueño de elegir si pone su horizonte sintiente a disposición de ciertas dinámicas del consumo o no y porque. ¿Quieres consumir San Valentín? Do it and be happy! ¿No quieres subirte a la marea edulcorada del 14 de febrero? No lo hagas y sé feliz con tu decisión también. Ya estamos grandecitos para decidir qué y por qué celebrar, qué y por qué comprar determinadas mercancías, qué y por qué no hacerlo. Cada quien sabrá, o racionalizará una u otra posición. E incluso también cabe la indiferencia ante el asunto, por qué no. Pero a veces me ocurre que esto de San Valentín, no sé, me empalaga... 








 -Tras Cupido celebrado en una hoja del almanaque

Como tantos otros, coincido en detestar ciertas fechas calendarias en las que presiento cierta ortopedia de festejo trasplantado, aunque luego igualmente pienso que casi toda celebración posee un origen culturalmente entrecruzado que muchas veces desconocemos y nada es puro per se. Ni siquiera técnicamente es "culturalmente nuestro" esa mismísima arbitrariedad que conocemos como “almanaque”. ¿Qué es realmente autóctono? Poco, o nada. Y eso tiene su lado interesante: las cosas que se nos dice debemos respetar, las celebraciones que marcan el año, los festejos colectivos, todo ello tiene algo de sedimentación de nuestros diálogos (o encontronazos) con otros pueblos, otras naciones, otras idiosincrasias. Nos hemos cruzado con otros, y de allí nos han quedado marcas calendarias.

Pero resulta que me sucede algo ciertamente incómodo: mi aproximación a las realidades del amor ha estado siempre muy lejos de evitar percibir en éste sus no pocas zonas oscuras. Uno no se cansa de leer acerca de historias de desamores, escuchar sobre amores que terminan en descomunales odios encendidos, advertir como bellas pasiones de amor desembocan en incomprensibles estados de indiferencia anestesiada, o ver -no sin cierta pena- como la sensibilidad amorosa se vuelve cosa casi imposible de practicar desde la alegría hedonista debido a encostradas incapacidades subjetivas, variadas discapacidades emocionales o simple estrechez para entregarse a vínculos que exigen que intensifiquemos nuestro sentido de estar vivos. La gente se vincula desde sus carencias, lamentablemente, no desde sus exuberancias sintientes. Y eso es una real pena. El mundo está repleto de impotentes amorosos. 

Sin embargo, el amor parece estar en todos lados y a la vez realmente en pocos. El marketing del amor, las publicidades, los libros de autoayuda, las novelas, la música insisten en hacernos topar con lo amoroso constantemente. Pese a esta hiperpresencia del amor, los consultorios de los psicólogos siguen recibiendo la contracara de esta fenomenología que nos invade con la amorosidad a diario. La gente padece falta de amor, o dolor de amor, o penas de amor, o desamor, o pérdidas de amor. Como bien afirmaba La Rouchefocauld, con el amor ocurre lo mismo que los espíritus: muchos hablan de ellos, pero pocos los han visto. Los fracasos, las fallas, la intermitencias amorosas ponen en evidencia que el desánimo, la desconfianza y la complejidad están mucho más a mano en la cotidianeidad que la imagen idílica de seres amables cuyos corazones sonrientes se prodigan cariños en un clima de serena bienaventuranza. El amor puede quedar encerrado y semimuerto de asfixia entre los cajones donde se esconden las amarguras. Incluso en ocasiones, hasta puede quedar enfermizamente mutado en violencia. Los amantes parecen muchas veces estar muy por debajo de la altura que reclaman los exigentes vuelos de Eros.      

Como sea, y aún así con todo este panorama complejo por delante de los ojos, hoy es 14 de febrero. Y no pasa para casi nadie desapercibido que se consume, à la carte, un nuevo Valentine´s Day

Sobreempujada por la fuerza inercial de esta fecha, la cosa aún parece estar dispuesta a empeorar un poco más aún cuando percibo que la evocación del amor se liga nada menos que a la memoria de algún mártir-santo. Porque es preciso aclarar enfáticamente que no se habla del “Día de Valentín” sino del día de “San” Valentín. ¿Cómo armarme una representación mental que ponga en intersección a un ignoto personaje ascético de amarillenta piel sin tacha como portador de una supuesta simbología amorosa? ¿Cómo pensar que un santo sea imago de ese oráculo tan indescifrable como indeciblemente intenso que son las pasiones del amor? ¿Cómo poner a la santidad -esa misma que renuncia al cuerpo y sus marejadas de sensaciones eróticas- en asociación con la llamarada informe y la irradiación de placer que se mezclan desproporcionadamente en el caldero en que nos transformamos cuando nos captura esa arena movediza que es estar enamorado? Para mí esa juntura entre la ascética de la santidad y la intensidad de lo amoroso me resulta imposible de sostener.

Pero justamente allí donde nos plantamos a decir un seguro “NO”, donde con firmeza rechazamos, donde decimos “Qué absurdo es esto!” es quizá en donde más y más profundamente el espíritu filosófico debe atreverse a aplicar la sospecha, la autointerrogación, el trabajo de desensamblar los propios pre-juicios arrimando decididamente la lámpara de la curiosidad.

En el albor de este día, símbolo del amor enamorado (pues el amor es muchos amores
, siendo el del enamorado uno de ellos) y apartándonos por un rato de las aparentes victorias inescrupulosas del consumismo de corazones de chocolate tanto como de las oscuras tristezas de los des-amores, tal vez podamos decir alguna cosa que valga la pena sobre “San Valentín”. Decir, pensar, saber, inteligir algo sin que se nos aparezcan en la mente osos abrazando corazoncitos de felpa, bombones de sabor hidrogenado, cenas carísimas edulcoradas entre velas acorazonadas, y todo ese atiborrado universo en rojopasión que nos invade insoportablemente desde las vidrieras o escaparates hasta si uno inocentemente va a comprar lo que sea en el maldito supermercado.

¿Qué hacer entonces? Pues nada mejor que un breve viaje en el tiempo, pues el amor implica siempre cierto grado de rememoración hacia atrás. Esta vez irse, brevemente, hacia los desbordados tiempos romanos. En la Roma antigua, con un poco de latín práctico y una pizca de historia del paganismo, tal vez hallemos alguna pista más dionisíaca y menos estructuradamente apolínea que nos permita deconstruir los sentidos de este 14 de febrero.

Andaremos descorriendo los velos y espiando ávidamente respecto de todo lo que se halle tras las huellas de la etimología, tras la leyenda del santo Valentín, tras las pasiones paganas, tras las tarjetas del amor condenado, tras las inquietas flechas de Cupido...









-Tras las huellas de la etimología

Ya la etimología nos revela, como casi siempre lo hace (sí, soy una terrible fanática de los mundos arcanos en que han nacido las palabras) una primera grata sorpresa. De la etimología del nombre Valentín y su significado se desprende que la palabra latina valens significa “fuerte, robusto, vigoroso, de buena salud”. En efecto, de ella devienen otras expresiones como valiente, valor, valioso, poderoso, e incluso válido. Valentia, por su parte es, ni más ni menos que “vigor, facultad de poder”. Todas rondan semánticamente al nombre Valentín. Los latinos solían pensar los nombres que darían a sus descendientes en función de simbolizar, a través de ellos, las virtudes que anhelaban proyectar en el carácter de estos herederos. Nunca ha sido cosa simple eso de “nombrar” al hijo, por lo que se puede apreciar. Nombres como Valens, Valentino o Valente, aludían a la fuerza, la vigorosidad, el poder y la potencia -y según parece de acuerdo a lo que puede apreciarse en antiguos documentos natales- este nombre fue bastante popular en tiempos en que el Imperio se debilitaba. Mientras el Imperio caía corroido por la corrupción y los demagogos de turno y todo se agrietaba por doquier, los romanos seguían depositando sus esperanzas de potencia en los hijos que seguían dando a su tierra, quizá deseando que estos vástagos suyos tuvieran la suficiente fuerza como para vivir con valor en tiempos de feroz decadencia. Comprensibles paradojas microsociales, que le dicen. Nombres derivados de Valens, pero en diminutivo, son por lo tanto Valentiniano y Valentín.

Me pregunto si esto ya no nos advierte con tímida claridad que el amor es asunto de valens
, esto es, de seres poderosos, seres que al menos mientras están cautivos del maravilloso hechizo del “amor enamorado” se sienten a sí mismos como más potentes, más vigorosos, más saludables. La etimología no hace más que afianzar esta línea interpretativa: la potencia y el amor poseen un ligamen indisoluble. Quien bienama, puede.










-Tras la pista del afamado santo


Sobre este día consagrado a los enamorados hay leyendas encontradas, superpuestas, insistidas.

Los relatos legendarios como el que a partir de aquí describiré, tienen (casi como si se tratara de una telenovela latinoamericana de las tres de la tarde) un poco de todo, pero sobre todo hay mucho de lección moral. Quiero decir con ello que en la leyenda hay poco de gris y mucho en blancoynegro: hay un malo, un bueno, el amor es visto como “Bien”, el odio como “Mal”. Desde ya que no faltará  un héroe martirizable, alguna ciega que se enamora, y un desagradable déspota que no logra completamente salirse con la suya.

¿Qué nos dice la leyenda del santo Valentín?
Pues se cuenta que hacia fines del siglo II dC. un emperador de nombre Claudio II (más conocido como “el gótico”) prohibió en territorio del Imperio romano mediante un edicto, la consagración de matrimonios entre los hombres de armas. El poderoso sujeto en cuestión argumentaba que los recién casados se negaban a ir guerrear, y esta debilidad era imperdonable para un gobernante romano necesitado de hombres para llenar las filas de sus tropas. De ahí en más, los matrimonios de soldados quedaron fuera de la ley. Nada de lecho nupcial, Roma necesitaba a sus hombres dispuestos a sublimar energía sexual en las batallas y consagrados a amar sólo a la patria. La tentación de la carne era quizás menos repelida que la debilidad humana que a veces acompaña a los asuntos del corazón. Pero siempre y en todo tiempo hay tercos dispuestos a defender a la sacra institución matrimonial, y a contravenir leyes arbitrarias. Y quien mejor para encarnar heroicamente esta defensa que un miembro eclesiástico: un tal obispo Valentín desafío la interdicción del emperador. Valentín casó así a decenas de soldados de manera secreta. En la clandestinidad, le dio peligrosamente la espalda al edicto imperial. Valentín se jugaba su pellejo en nombre de… de qué? No sé si del amor, pero sí de su institucionalización, no sé si de los enamorados, pero sí sé que de los reproductores de los futuros “hijos de Dios”. Como sea, el obispo casamentero fue rápidamente descubierto, y el impiadoso emperador Claudio ordenó sin titubeos que lo decapitaran. Pero la cosa no termina allí, y eso que el asunto ya daba para la leyenda de futuras generaciones. Resultó que el ahora encarcelado obispo, en espera de su más que segura muerte, conoció a una tal Julia quien era la hija ciega de su custodio, y… se enamoró de ella. Al diablo con los votos cuando se tiene un pie en el cadalso!!!! En este culebrón de la antigüedad (a veces creo poder asegurar que los mitos antiguos no son mucho más que, como ya he dicho, versiones sin TV de novelas en fascículos, vendidos como relatos orales para la culturería que gustaba y gusta de llamarse a sí misma “cultivada”) sucedió entonces lo imposible: la ahora amada Julia recupera la vista (siempre hay una ciega en todas las novelas… y una ciega que se recupera por amor, también) y ese milagro se atribuirá al inmenso y puro amor del obispo Valentín por ella. Pero la muerte es siempre la soberana final en este tipo de relatos de pasión y dolor: la inaplazable ejecución de Valentín fue finalmente llevada a cabo en el año 270 dC. un… 14 de febrero!

El capítulo final de la novela, perdón, de la leyenda, decía que en la tumba de Valentín, la para entonces vidente Julia, plantó un almendro y éste fue regado por la tremenda tristeza que manaba de sus lágrimas. Lágrimas de almendra. Ese árbol quedaría fijado hasta hoy como símbolo del amor y amistad. Fin de la historia, fin del déspota militar tiranizando con su odio a los soldados enamorados, fin del santo mártir movido por el sublime sentimiento del corazón, fin con la mujer ciega -vaya metáfora para "lo femenino"...- que recupera la vista gracias a los milagros del amor.


Mi mejor compañero de pensamiento crítico -que por esas coincidencias del deseo y de las elecciones vitales es asimismo mi marido- me decía en un almuerzo sanvalentinezco y respecto de este punto, que las lágrimas tienen una cierta forma almendrada. Siguiendo una posible ruta de sentido imprevista por mí, también me hizo notar que, curiosamente, el cianuro posee un olor similar al de las almendras amargas (de hecho la toxicidad de las almendras amargas es debida al ácido prúsico, el cual se combina con el potasio para formar una sal: el cianuro de potasio, tóxico poderosísimo y letal). Una hilera se formó de inmediato delante de mis neuronas sorprendidas: amor-almendras- amargura-lágrimas-sal-veneno-muerte... no es esto acaso "el otro rostro" del amor? ¿No es ese el oscuro y temido maleficio que quizá deba transitar todo enamorado? ¿Es que acaso el amor “desenamorado”, el devenido amar-go, vuelve a la pasión un veneno mortal..?








-Tras las pasiones paganas


Echando un vistazo al calendario de celebraciones y ritos antiguos, vemos que las fiestas paganas de la fertilidad romana (entre otros objetivos simbólicos que no viene al caso de momento enumerar aqui) tenían como propósito exorcizar la temidísima maldición de la esterilidad en tiempos en que la mortalidad infantil tenía sus tasas por las nubes.

El circuito concebir-parir-darbrazosalimperio dependía de esa precondición llamada “fertilidad”. Para garantizar la reproducción de romanitos, la tradición popular de la Roma antigua poseía sus rituales festivos referidos pues entonces, a la fertilidad. Dichas celebraciones, más conocidas por Lupercalia, se llevaban a cabo el día 15 de febrero. Las fiestas no se realizaban en cualquier lado, pues para los espíritus subjetivados en las tramas del misticismo, siempre hay lugares sagrados. Y los romanos tenían su lugar sagrado para esta fiesta también. Las fiestas se realizaban, de acuerdo con la leyenda fundacional, en el lugar en que la increíblemente famosa loba del relato había amamantado a los archiconocidos Rómulo y Remo. Ese sitio clave como piedra angular del discurso fundacional del Imperio, era llamado el Lupercal (palabra derivada del latín lupus, 'lobo'). Durante las Lupercalias se sacrificaban animales de cuya carne se preparaban correas hechas con tiras ensangrentadas de la piel del bicho muerto. Los sacerdotes, munidos de las sanguinolentas y probablemente malolientes tiras, corrían entre la multitud golpeando azarosamente a algunos de los asistentes con ellas. Pues, si se quería apartar la maldición de no tener hijos y/o curarse de ella, no había más que ponerse a correr entre la muchedumbre asistente a la Lupecalia y desear, por todos los medios, ser “bendecido” con el miniazote azaroso de éstas tiras. La creencia indica que una vez que se era golpeado con la correilla sólo debía uno de probar su estado de “curado” de un modo muy simple… yendo a casa a levantar las faldas de la esposa en misión reproductora para empezar a comprobar que efectivamente se lo había bendecido con el don de la fertilidad. O, según las malas lenguas, algunos vieron curarse la infertilidad exactos 9 meses después de la fiesta, pero resultó que el “vehiculo” de la curación no habrían sido los benditos azotes recibidos, sino el vecino que visitó a la esposa mientras el marido corría de lo más entusiasmado en el Lupercal. Cosas de la vida... Como sea, sexo y fiesta quedaban una vez más liados en este relato calendario.

Pero nunca falta quien esté dispuesto a aguar los festejos de Venus, y estos saboteadores del erotismo suelen tener pasaporte de alguna institución espiritual. Así, por la inapelable intervención de un tal Papa Gelasio, se prohibió hacia el año 494 dC. las antedescriptas celebraciones. Pero abundante gentuza de la plebe romana, esa que solía ignorar y desobedecer astutamente altri tempi la voluntad oscurantista de las autoridades del Dios monoteísta, siguió teniendo sexo, amando y procreando, pero ahora disimulando el rito pagano de la Lupercalia con la conmemoración de San Valentín el día anterior, o sea el 14 de febrero. Triunfo claro del resentimiento, y ocultamiento de los fragores dionisíacos por la vía de la consolidación del imaginario social cristiano y el derrocamiento de la pasionalidad báquica a través de la apropiación de “lo que sí es digno de ser celebrable”. Los descontroles de la carne quedaron subsumidos a una nueva celebración más correcta moralmente pues ahora se habla del amor y no del sexo, de la pareja y no de las pasiones de la carne, de los corazones y no de los entusiasmos recreativos de un hedonismo que probaba la capacidad reproductiva en un contexto lúbricamente pagano.

Luego resultó sencillo el re-ensamblaje de piezas simbólicas: se asociaron los relatos resignificados del santo Valentín martirizado en honor del matrimonio y ejemplo de la pureza curativa del “buen” amor, tramándose todo un concatenamiento de sentidos que llega hasta el tema de ofrendar objetos y garantizar promesas eternitarias entre los enamorados.

Un paso más en la historia de la estupidez humana -demasiado humana- y tenemos todo este circo montado por la industria de la tarjetería, las fábricas de chocolates, y los talleres de peluche con cientos de manos pegando ojitos de botón a los osos (que yo misma miraba hace unos años atrás casi con imbécil ternura) inundando hasta el Emporium Shopping de Bangkok en el corazón del sudeste asiático. Y si hay demanda, allí estará el mercado para satisfacerla: el amor es desde hace tiempo, una máquina de producir infinita cantidad de mercancías que le son asociadas. La demanda de amor es, literalmente, una demanda de los objetos que le son referenciados.










-Tras las tarjetas como condena


Se dice -otra de las leyendas semi-indocumentada- que en 1415 durante la guerra contra Francia, un tal Carlos duque de Orleans, padeció la captura de sus enemigos británicos. Trasladada la batalla de la guerra a otra batalla más mortecina -esa que debe librar un recluso contra sí mismo bajo las restricciones que impone la condición de pérdida de la libertad- las horas del duque rebajado ahora al status de vulgar preso de guerra en la Torre de Londres, pasaban ayudadas por el recurso de la escritura.

La finura aristocrática del duque y su pluma llevaron a que el hombre se dedicara a la “poesía carcelaria” (debería tratársela como un subgénero singular, he leído bellezas escritas en todos los tiempos en ese contexto celdario). Se dice que el tal Carlos tenía el exquisito refinamiento que otorgaba la buena educación de aquellos tiempos para los de su clase, y asimismo poseía una indudable capacidad-necesidad de transmutar en palabras su adverso destino como preso de guerra. En este universo repartido entre vencedores y vencidos, el duque se dedicó a volcar las penurias de su mundo interno en formato poético.

Dolor, melancolía, desesperación, muerte, recuerdos, anhelos en estado de encierro. En una escritura previa a su ejecución y dirigida a su amada esposa, firmó como "tu Valentín", inaugurando una incierta (pero legendaria ya) memoria de origen en la tarjetería del amor enamorado. Dicha carta-tarjeta sanvalentiniana escrita de puño y letra por un condenado a muerte en el siglo XIII se conserva actualmente en el Museo Británico y puede considerársela -según lo formulado por los cultores del amor espistolar- como la más antigua tarjeta en honor al enamoramiento de que se tenga noticia.








-Tras perderse en las fauces del amor


Finalmente nos parece de lo más imprescindible recorrer en este amoroso día las máximas de Émile Armand, el excepcional individualista francés. Armand no hablaba estrictamente de “pareja” sino de “camaradería amorosa”, un concepto individualista, fraternal, amistoso y gozoso entre quienes se prodigan amor. Armand nos incita a aspirar a volvernos para alguien un camarada más íntimo, más integral, más aproximable, deseando que esa misma sea la actitud de los seres que en la vida nos han amado y hemos ido amado. No esquivar ni la diversidad de ensayos amorosos ni la pluralidad de experiencias, resulten éstas como resulten. El amor no es resultadista: es un placer instalado en el curso del proceso mismo de amar. Intentar, aventurarse sin temor cada vez, pues el amor es parte de esa travesía más abarcativa que es una vida vivida plenamente. Amar, siempre darse a amar, siempre. ¿Por qué? Porque esa experiencia de interacciones efervescentes que lo amoroso es de las pocas que vale la pena ser vivida por el mero gusto de la experiencia misma.

Ceder a las propuestas de los mercaderes y autoconvencerse de comer uno de esos chocolates con formitas de amor que pululan por las vidrieras en este día es parte de las opciones. Practicar una suerte de canibalismo cardíaco en clave de cacao dulce no tiene nada de malo y mucho de recompensa bioquímica. Después de todo, el chocolate es "la" sustancia aliada de los devenires del enamoramiento: el affair de la feniletilamina con el amor, el alto contenido de ciertos polifenoles, la función vasodilatadora, la paz de las endorfinas... todo al alcance de la mano y envuelto en papelitos dorados que encierran las deliciosas promesas de este Prozac vegetal. Para aquellos que no tienen alguien por quien derretirse, pues siempre existe la opción de dejar derretir amable chocolate en sus solitarias bocas...

Whatever

Siempre se puede hacer de la circulación del amor-mercancía de San Valentín una ocasión rebelde para ejercitar la celebración de pensar. Genealogizar esta fecha permite desbanalizar el día de los enamorados.

Hoy se dice que se celebra el día del amor, o el más maravilloso modo de perder el gobierno de sí. Un bello desgobierno.

El amor, esa sensación lacerante y abismal de saberse temporalmente “adscrito” a otro ser -para decirlo en palabras de Ortega-, sensación en la que se retuerce sin demasiado éxito el anhelo de indominio, de indocilidad, de soberanía de un ser que ha perdido la ilusoria brújula racional que organizaba sus centros. Porque el amor es una potencia que descentra, desubica, sacude, invierte, en suma, despierta. El amor es un pasadizo a otro estado de conciencia tanto como una oportunidad para ser transitoriamente parte de un dueto de paradójicos dioses mortales.

El amor, región insondable cuya prepotencia territorial ahoga las fronteras del Yo y mezcla los límites de las pieles hasta tornarlas tierra sin ley.
Una invasión consentida sinsentido.

El amor, una danza de avesalmas que admite, como único deber, dejar siempre sin llave la estrecha puerta de la jaula en la que muchas veces se despliega el vuelo.
Un remontar.

El amor, juego de coraje al borde del acantilado.
Sin red.
Sin armadura.
Sin reglas.
Sin arnés.
Juego desprotegido de seguridades que sólo es pasible de ser jugado en el reino de la incertidumbre. Juego supremo que, cada vez que acontece, exige ser experimentado hasta sus últimas consecuencias sólo por espíritus que nunca olvidan el carácter alado de la libertad.

El amor, una divinamente humana impermanencia.





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martes, 11 de febrero de 2014

De la simpleza como intensidad



De la simpleza como intensidad




Cuando lo simple se experimenta desde una absoluta plenitud,
allí mismo también surge lo intenso.
Dicho de otro modo, 
la intensidad encuentra una ocasión que le es propicia para manifestarse  
 cuando plenamente nos demoramos
habitando una simpleza que nos resulta vital.



Gabi R.

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lunes, 10 de febrero de 2014

Jean-Francois Revel - ¿Y para qué filósofos?






Jean-Francois Revel
¿Y para qué filósofos?




 
"La filosofía no puede tener como punto de partida las contradicciones de los sistemas anteriores sino a condición de unir su examen a una interrogación original y realmente actual, sin lo cual es sólo el hospital en que se cura a las víctimas de las imprudencias intelectuales del pasado."


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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Navidad nietzscheana




Navidad nietzscheana





La Navidad no tiene que ver sólo con nosotros, sino con toda la Humanidad:
ricos y pobres, pequeños y grandes, clases bajas y altas.
Es precisamente esa alegría común lo que intensifica la nuestra.
De ella se puede hablar con todo el mundo, pues todos la aguardan con impaciencia.
Téngase en cuenta, además, su fecha: puede decirse que con ella culmina el año;
piénsese en la hora nocturna, en la que, sobre todo al atardecer,
el alma está mucho más impresionada,
y luego en la extraordinaria solemnidad con la que se celebra.


Ahora precisamente nos encontramos en medio de las alegrías de la Navidad.
La esperamos y vimos colmada nuestra espera, la disfrutamos y, ahora,
otra vez nos amenaza con abandonarnos.


¡Oh Navidad, oh Navidad, qué lejos, qué lejos!





Friedrich Nietzsche

De “Escritos autobiográficos de juventud” 1856-1869




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sábado, 7 de diciembre de 2013

Flâneur - Charles Baudelaire


 
Flâneur
 
Charles Baudelaire




 
Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar desapercibido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente. El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se regocija en su anonimato. El amante de la vida hace del mundo entero su familia, del mismo modo que el amante del bello sexo aumenta su familia con todas las bellezas que alguna vez conoció, accesibles e inaccesibles, o como el amante de imágenes vive en una sociedad mágica de sueños pintados sobre un lienzo. Así, el amante de la vida universal penetra en la multitud como un inmenso cúmulo de energía eléctrica. O podríamos verle como un espejo tan grande como la propia multitud, un caleidoscopio dotado de conciencia, que en cada uno de sus movimientos reproduce la multiplicidad de la vida, la gracia intermitente de todos los fragmentos de la vida.




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sábado, 12 de octubre de 2013

Yo no refuto los ideales, ante ellos, simplemente, me pongo los guantes - Friedrich Nietzsche





Yo no refuto los ideales, ante ellos, simplemente, me pongo los guantes
Friedrich Nietzsche






"El hielo está cerca, la soledad es inmensa; ¡mas qué tranquilas yacen todas las cosas en la luz!, ¡con qué libertad se respira!, ¡cuántas cosas sentimos debajo de nosotros! La filosofía, tal como yo la he entendido y vivido hasta ahora, es vida voluntaria en el hielo y en las altas montañas: búsqueda de todo lo problemático y extraño que hay en el existir, de todo lo proscrito hasta ahora por la moral. Una prolongada experiencia, proporcionada por ese caminar en lo prohibido, me ha enseñado a contemplar las causas a partir de las cuales se ha moralizado e idealizado hasta ahora, de un modo muy distinto a como tal vez se desea: se me han puesto al descubierto la historia oculta de los filósofos, la psicología de sus grandes nombres. ¿Cuánta verdad soporta, cuánta verdad osa un espíritu? Esto fue convirtiéndose cada vez más, para mí, en la auténtica unidad de medida. El error (el creer en el ideal) no es ceguera, el error es cobardía. Toda conquista, todo paso adelante en el conocimiento es consecuencia del coraje, de la dureza consigo mismo, de la limpieza consigo mismo. Yo no refuto los ideales, ante ellos, simplemente, me pongo los guantes. Nitimur in vetitum [nos lanzamos hacia lo prohibido]: bajo este signo vencerá un día mi filosofía, pues hasta ahora lo único que se ha prohibido siempre, por principio, ha sido la verdad”





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jueves, 3 de octubre de 2013

Mi nombre es Nadie: la invisibilidad como estrategia de supervivencia




     Mi nombre es Nadie
La invisibilidad como estrategia de supervivencia



Gabi Romano


  



"Mi nombre es Nadie,
y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos."

Homero
“La Odisea”




"Mi nombre es Nadie." Tal fue la respuesta de Odiseo ofrece al Cíclope cuando éste le pregunta por su ilustre nombre. Y tal respuesta fue asimismo la que, ingeniosamente, serviría al héroe de no morir engullido brutalmente en las fauces del gigante Polifemo.

Volvernos nadie, enunciar la propia “nada” enlazada indiscerniblemente a sí mismo, a nuestra identidad, a nuestro nombre. Devenir nadie para salvar la propia vida, he aquí la curiosa estrategia con que nos ilustra este pasaje homérico: volvernos nadie equivale, en situaciones de feroz desigualdad de poder, a adoptar activamente una auténtica estrategia de supervivencia basada en la autoelisión de sí mismo.





Odiseo y su Odisea…


Ese maravilloso texto cargado de infinitos laberintos de significados que constituye “la Odisea” narra las desventuras de Odiseo, rey de Ítaca, hijo de Leartes y Anticlea. Odiseo es un héroe, pero uno cuya soberbia como mortal fue castigada por el dios del mar Poseidón, quien someterá su nave a un naufragio y lo condenará a atravesar diversas vicisitudes durante una larga década. Odiseo persistirá en su objetivo primordial: volver a su reino, recuperar Ítaca, reencontrarse con su amada Penélope y su hijo Telémaco. Estos nobles objetivos, sin embargo, no hacían mella en la ira de Poseidón quien se ocupaba de renovar las tempestades a las que sometía al héroe de manera casi constante de modo tal que le impidieran retornar a su hogar y “pagar” así por su inadmisible soberbia de mortal.

Odiseo -apodado “el astuto” en virtud de su notabilísimo ingenio que, entre otras cosas, hizo nacer la idea de construir el famoso caballo a través del cual se logró vencer a los troyanos- naufragará así, perderá su nave, verá morir a sus compañeros en ataques sorpresivos, lo atacarán los monstruos marinos Escila y Caribdis, el guardián de los vientos Eolo los echará de su tierra, en la isla de Ea la hechicera Circe convertirá a sus marineros en cerdos, etc. Entre tanto castigo divino a su moral arrogancia, entre tanta desesperación e impotencia, una hedónica compensanción lo satisface durante un largo tiempo: en la isla de Ogigia, sitio habitado por la sugerente la ninfa Calipso -hija del titán Atlas- vivirá casi siete años, retenido entre placeres sensuales, manjares, brebajes, lujurias y hasta una generosa oferta de juventud eterna e inmortalidad que el héroe rechazará. Se marchará de allí en una balsa que -como no podía ser de otra manera- Poseidón destruirá en medio del océano.

Sobreviviendo apenas aferrado a un mínimo trozo de madera, llegará apenas vivo a la costa del reino de Alcinoo donde éste, compadeciéndose de su situación, finalmente lo ayudará a viajar hacia Ítaca. Una vez en su isla natal, Odiseo se disfraza de mendigo con el objeto de no ser identificado entre los pretendientes de Penélope que concursaban por quedarse no sólo con su esposa sino con su entero reino. Una vez en su palacio y habiendo revelado su verdadera identidad a su mujer y a su hijo, tomará su arco y sus flechas. Odiseo se hará un festín de mortífera arquería contra los abusivos pretendientes que habían prácticamente tomado posesión de su palacio. Happy end para este noble guerrero que no renunció a su esperanza pero debió pagar con su expuesta vulnerabilidad todos los terribles precios que los dioses impusieron a su soberbia.





“Nadie” y el episodio con el Cíclope embriagado


Como hemos enumerado sucintamente, Odiseo pasó por diversas desventuras y desafíos que pusieron en riesgo su vida: huracanes marinos, iracundas tormentas gestadas por la rabia de los dioses y varios naufragios. Cuando estas desdichas apenas habían dado comienzo Odiseo atraviesa una de las más curiosas pruebas de supervivencia en la isla de los Cíclopes, experiencia que se relata en el Canto IX del texto homérico.

Nos relata Homero que en aquella isla de los brutales y gigantescos seres de un solo ojo, habiendo desembarcado junto con doce de sus hombres y mientras buscaban afanosamente un refugio, Odiseo y su gente entran sin saberlo en una gruta que resultó ser la cueva de Polifemo. Polifemo era uno de los cíclopes moradores de la isla, pero para total desgracia del héroe de Itaca, no se trataba de un cíclope más: Polifemo era nada menos que el hijo del dios Poseidón, el castigador principal de Odiseo. Desconociendo que el dueño del lugar era el más famoso de aquellos míticos gigantes de un solo ojo, los hombres se dieron a comer los quesos que allí encontraron y se tiraron a descansar. Cuando Polifemo regresa a la cueva se encuentra así con Odiseo y los suyos. Huelga decir que los forasteros no le cayeron en gracia al gigantón de voz grave y aspecto monstruoso. Furioso con los intrusos se devoró a media docena de aqueos y mantuvo al resto encerrado dentro de la gruta, cuya entrada selló con una roca enormísima inamovible para cualquier humana fuerza que intentara renoverla. El primitivo instinto de Polifemo era, desde ya, continuar con su festín de carne humana foránea y comérselos uno por uno a todos. En medio del temor de los seis restantes y de Odiseo mismo, éste ingeniosamente logra ofrecerle al gigante una generosa porción de vino puro sin escanciar que su tripulación llevaba en los odres. Polifemo acepta y le pregunta su nombre. Escuchemos de la propia boca de Odiseo como relata aquel intercambio con el cíclope :


-Cíclope, preguntas cuál es mi nombre ilustre y voy a decírtelo,
pero dame el presente de hospitalidad que me has prometido.
Mi nombre es Nadie;
y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos.

Así le hablé; y enseguida me respondió con ánimo cruel:

-A Nadie me lo comeré último, después de sus compañeros,
y a todos los demás antes que a él:
 tal será el don hospitalario que te ofrezca.



Dicho esto, el gigantón se deglutió a un par más de aqueos y bebió hasta hartarse del vino ofrecido por Odiseo. Hasta de tirarse a dormir, incluso se tomó una buena cantidad de leche de oveja. Pero sigamos este diálogo, nuevamente, de acuerdo al relato del propio Odiseo:


Nosotros contemplábamos aquel horrible espectáculo con lágrimas en los ojos, 
alzando nuestras manos a Zeus; 
pues la desesperación se había señoreado de nuestro ánimo. 
El cíclope, tan luego como hubo llenado su enorme vientre, 
devorando carne humana y bebiendo encima leche sola, 
se acostó en la gruta tendiéndose en medio de las ovejas.



Mientras Polifemo caía así borracho y terminaba la jornada sumido en un profundo sueño, Odiseo meditaba posibilidades de escape. Mientras la gruta se poblaba de los aterradores ronquidos del cíclope dormido, el astuto héroe ganó el suficiente tiempo como para crear una puntiaguda lanza de una gran rama de olivo que el propio Polifemo había dejado en un rincón de la cueva. Durante el sueño etílico del cíclope, Odiseo y un par de sus hombres empuñaron la pesada y larga lanza en completo sigilo, acercándose a Polifemo a quien se la clavaron corajudamente en el centro de su uniojo.  Desesperado, éste dió un espantoso gemido y comenzó a gritar de dolor solicitando ayuda al resto de los cíclopes que habitaban en otras cuevas de aquel promontorio. Algunos le respondieron:

-¿Por qué tan enojado, oh Polifemo, gritas de semejante modo en la divina noche, despertándonos a todos? ¿Acaso algún hombre se lleva tus ovejas mal de tu grado? ¿O, por ventura, te matan con engaño o con fuerza?

Respondióles desde la cueva el robusto Polifemo:

—¡Oh, amigos! "Nadie" me mata con engaño, no con fuerza.


Ninguno de los cíclopes fue a prestarle ayuda ante lo absurdo de la respuesta de Polifemo, pues lo tomaron por loco o por maldecido por la voluntad de algún dios. Solo, ciego, dolorido y enfurecido Polifemo se sentó en la puerta de la cueva, bloqueando la salida de Odiseo y su gente pues con sus manos tocaba el lomo de las ovejas y cabras que iban saliendo de la gruta a modo de invidente recurso para controlar que Odiseo no se le escapara. Pero el mote de astuto no le había sido puesto en vano al rey de Itaca: Odiseo mando a sus hombres a ubicarse bajo el vientre de las ovejas y salir en cuatro patas bajo éstas de modo tal que al palparlas el gigante no sintiera que debajo de ellas se daban a la fuga sus agresores. De este modo lograron sortear la guardia que el cíclope había montado en la entrada de su guarida y escapar de una muerte segura masticados en la mandíbula de Polifemo. Ya en su nave, Odiseo gritó al cíclope:
  

—¡Cíclope! Si alguno de los mortales hombres te pregunta la causa de tu vergonzosa ceguera, dile que quien te privó del ojo fue Odiseo, el asolador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Itaca.


Por supuesto que, al ser alertado de que su hijo Polifemo había quedado ciego por causa de Odiseo, la ira de Poseidón se encendió una vez más contra el héroe vencedor de los troyanos. Poseidón se encargaría así, de seguir sumando castigos ad infinitum contra este descarado mortal que ahora, además, había dejado invidente a su ciclópeo vástago.

 


 

Contra los gigantes, la invisibilidad salvífica


Volverse “nadie” ocasionalmente puede salvarte la vida. Esa parece ser la enseñanza que la astucia de Odiseo deja flotando en el aire a quien se atreva a comprender cabalmente el profundo significado de este mensaje.

Odiseo opta, concientemente por elidirse: se desvanece junto con la supresión de su nombre propio. Enfrentado a la brutalidad de un poder contra el que se reconoce pequeño y desamparado, no se victimiza ni se entrega al destino de ser devorado por la desmesurada voracidad del gigante. Se refugia en un rincón de la cueva a usar su primera y más segura arma: el pensamiento.

Odiseo piensa. Odiseo acomoda la precaria información que se brindan sus sentidos dentro de esa gruta maloliente en la que todo le indica que perecerá y... piensa. Y es así como una simple rama de Olivo se transforma, tácticamente, en una lanza enceguecedora. Más tarde, un pequeño rebaño de ovejas se vuelve el camuflaje perfecto para garantizar una victoriosa escapatoria. Pero ni la rama de olivo ni las inocentes ovejas hubieran sido algo más que una mera rama de olivo verde y un manojo de lanudas criaturas cuadrúpedas de no haber mediado el ingenio creativo de este legendario héroe homérico.

Sea que tomemos transitoriamente el nombre Nadie, sea que pensemos en la lanza que deja ciego a Polifemo, sea que pensemos en la invisibilidad que logran estos hombres escondidos bajo las ovejas, en todas estas “astucias” el hilo común se trata de la elisión, del borramiento de sí mismo. Lograr un autodesaparecer que permita sobrevivir situaciones que seriamente ponen en riesgo la vida. A veces la visibilidad es nuestra peor condena, sobre todo, cuando el poder que enfrentamos es brutalmente desproporcionado en relación a las limitaciones realistas de las propias fuerzas.

Polifemo es un cíclope, pero podríamos cambiar a Polifemo por cualquier entidad o personaje desmesuradamente poderoso, cargado de violencia o embanderado en una causa tal que busque la supresion física de quien no posee ni los medios ni el poderío para enfrentar esa agresión. El fascismo es todas sus variantes es polifémico. Los autoritarismos persecutorios de las diferencias y de las disimilitudes que no se alinean con  la cerrazón de su relato único y excluyente son fenómenos polifémico. El nazismo ha sido polifémico. Stalin fue un desproporcionado Polifemo. Los tiranozuelos y tiranozuelas populistas devienen en personajes polifémicos.






Sobrevivir en contextos polifémicos


Mencionaré dos breves ejemplos de elisiones cuya salvífica invisibilidad quedaron maravillosamente retratadas cinematográficamente. La primera, en “La vida es bella”.

Esta  película italiana -“La vita è bella”- protagonizada por Roberto Benigni y basada en el libro “Al final derroté a Hitler” de Rubino Romeo Salmoni- presenta la experiencia devastadora que el nazismo representó en las sencillas vidas de muchos judíos europeos. El personaje  principal, Guido Orefice, encarna a un simple pero ingenioso hombre italiano de origen judío que logra salvar la vida de su pequeño hijo en el campo de concentración de Bergeen-Belsen valiéndose de un “cuento” con el cual distorsiona completamente la realidad en la que se encuentra junto a su hijo. Guido le hará creer a su pequeño niño que se encuentran en el campo de concentración como parte de un juego en el que deben ganar puntos, y el primero que gane 1000 puntos se llevará como premio un tanque auténtico. El padre, bajo la excusa del juego y la competencia para ganar ese tanque imaginario, no sólo invisibiliza el horror de la situación en el campo de concentración a su hijo, sino que logra literalmente mantener al pequeño oculto hasta que el fin de la guerra -con la llegada de los aliados- permite al niño escapar a salvo de lo que hubiera sido una muerte segura. Frente al Polifemo nazi, ese padre elide a su hijo, lo invisibiliza a los ojos de la máquina fascista aniquiladora, y es gracias al doble ocultamiento  -de lo real de la situación y de sí mismo- que el ese pequeño ser logrará sobrevivir al holocausto. 

Otro film, en este caso acerca de la demencia del fascismo mussoliniano, es "Vincere”. En esa trama se recorre la trágica historia real de una de las amantes del Duce, Ida Dalser y su locura amatoria hacia el líder italiano. Un psiquiatra se empeñará en que Ida permanezca invisible a los ojos del poder a fin de poder mantenerla con vida. Será ese “médico de locos”  quien le expresará a Ida Dalser un singular punto de vista acerca de cómo no perecer en aquellos duros tiempos envueltos en la atmósfera persecutoria del fascismo de masas. Le dice así a Ida:

Usted ataca… salta de las trincheras y ataca. Estuve en la Segunda Guerra, pero ahí había dos ejércitos matándose entre sí con las mismas armas. Usted, sin embargo, está sola contra todos… los Carabinieri, la milicia, el ejercito, la Guardia Real… demasiados. Se equivoca al ir gritando su verdad. ¡No es que la verdad no debería gritarse! Pero es el modo, el método… el momento, que no es el correcto. Este es el momento de estar tranquilos, de ser actores… ejerzo de médico, curo pacientes. ¿Alguna vez me oyó decir: “Abajo el Duce”? Hoy, no digo siempre, hoy… debemos ser buenos actores.”


El psiquiatra no desalienta a Ida Dalser a enfrentarse al poder, tampoco pone en duda su derecho a la decir la verdad… pero intenta resguardarla de la obscena bestialidad del fascismo. Conciente de la desproporción de poder, el psiquiatra sugiere a Ida que se elida, que se desvanezca en la invisibilidad de ser “nadie” por un tiempo. Intentando advertirle que cuando los contextos políticos se vuelven manifiestamente supresivos de la libertad individual, el coraje puede confudirse con imprudencia sólo está intenta transmitirle que toda valentía requiere de medir cuidadosamente el momento oportuno para la acción. No hacerlo cuesta la vida. A ese momentum preciso para dejar de ser visible, a ese calibrar la propia exposición cuando en ella se nos puede ir la mismísima existencia, a esa sapiencia serena para saber cuándo es el tiempo preciso, a esas reflexiones en torno al instante justo para alcanzar nuestro propósito, a eso los antiguos griegos lo condensaron con la palabra kairós




La libertad emboscada


Odiseo aprende a esperar. Cultiva la tensa espera para vencer a Polifemo, mientras piensa en el mejor modo de vencerlo... hasta tanto llegue el momento de pasar a la acción, Odiseo se disuelve en Nadie. Se vuelve Nadie. Y efectivamente, Nadie lo salva y por ello mismo logra salvarse a sí mismo y recuperar orgullosamente su nombre propio, su reino, a aquellos quienes más amaba.

Pero por sobre todo lo que Odiseo recuperó fue la libertad de vivir la vida que deseaba, continuar viviendo donde la deseaba continuar viviendo y con los que deseaba continar viviéndola. Ser rey es, principalmente, ser amo de sí, no ceder jamás la propia soberanía... no siquiera ante la ira de los dioses. Pero para alcanzar ese estado soberano respecto de sus decisiones y de entera su vida, Odiseo debió naufragar, pagar su tributo de penurias a los olímpicos, demostrar su inquebrantable sentido del valor y nadificarse a punto de perecer en esa elisión. Luego, sí, llego el tiempo de recuperarse a sí mismo.

El que se invisibiliza convalece, sufre, pena, flota sobre su ruina. El asunto es que nada de ello sea en vano. Un Henry Thoreau en aquel bosque cerca de Walden Pond, o un Ernst Jünger emboscado en Stauffenberg, también constituyen versiones de Odiseo en la gruta del cíclope o de Diógenes desnudo viviendo dentro de un tonel pidiéndole a Alejandro que se mueva porque le tapa el sol. Cuando la libertad de sí está en juego y el poder se presenta con toda su escenografía (o todas sus bayonetas), los modos de elidirse permiten llevar a cabo una “convalecencia de la desmesura”. El sentido de esta desventura cobrará relevancia al final de ese relato único que es el propio existir.  

Los nobles griegos de la antiguedad tuvieron un alto sentido del respeto hacia la libertad de quienes consideraban sus pares. Libertad no era una palabra escrita en sus Constituciones –estaban lejos aún los siglos en que advendría el estado-nación y sus cartas fundacionales- sino un acto, una acción, un valor práctico, una pauta de convivencia ética. Entre hombres libres se cultivaba la libertad tanto como la excelencia, el sentido del mérito, la competencia como medio de superación personal, el autogobierno. Sin esa trama interactuante la libertad era cosa vana, una mera proclamación discursiva que cualquier espíritu superior habría rechazado por falsa y vacua.  

La vileza que implica huir escabullidamente de la responsabilidad de estar vivo, los trucos de escapismo con que se intenta mágicamente tomar el atajo de la irrealidad, o la victimización sacrificial (cuyo metamensaje siempre es extorsivo y manipulador) están muy lejos de representar formas de alcanzar la libertad. Por el contrario, elidirnos es otra cosa bien distinta: constituye una forma temporal de darse a la espera. Una espera conciente que no suprime el coraje sino que lo fragua en la dureza de la demora que sabe contenerse para lanzarse más tarde con mayor precisión y justeza. Odiseo es nadie porque sólo vaciándose transitoriamente de quien es puede volverse lanza, puede hacerse mendigo, puede transformarse en la flecha que se toma su tiempo para lograr tensarse a punto con el arco.

La libertad es una flor singularísima cuyo cultivo es muy delicado.
Requiere constancia, pensamiento propio, provechosa soledad, actitud soberana, y por sobre todo, el deseo de jamás ceder al arbitrio absurdo de autoridad alguna. No es asunto para improvisados, ni para ansiosos ni para virulentos. Es una flor tan fuerte como frágil, es el centro de la diana. Y hay que volverse liviano como el aire para poder ser flecha y dar en su blanco. Entonces sí, cuando la libertad se ejerce y se contempla, se transmite y se vivencia, se respira y se cuida.., entonces sí, la visibilidad vuelve a tener sentido. Entonces sí es tiempo de gritar el nombre propio fuera de la cueva, desemboscado. Es tiempo de expandir el buen orgullo de haber permanecido de pie en el infierno y haberlo sobrevivido. Entonces sí se puede elevar aún más esa misma cabeza que jamás se inclinó ante los fueros sagrados que investían al poder arbitrario. Y bien en alto, alzar entonces la mano y recoger esa diana en flor por la que trepamos silenciosa y anónimamente a tantos abismos. O como coronaría Mitsuye Yamada este círculo entre ser y nadie, entre darse a la visión e invisibilizarse, entre elidirse y remarcarse:



Reconocer nuestra propia invisibilidad significa encontrar por fin
el camino hacia la visibilidad.





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